En medio del viento y la tormenta, sin sombrero, con el pelo desgreñado, caminando por los callejones oscuros de Viena ¿quién no se hubiera asomado a la ventana entonces, para ver pasar al sordo? Beethoven siempre había ya – olvidado su sombrero en algún lado. Componía por las calles, caminando. Todos sus retratos dan la impresión de haber sido pintados al final de un día de viento.

Dice Marina Tsvietáieva que hay a quienes Beethoven no les gusta por miedo. Como hay quienes, en un día de tormenta, prefieren no bajar a la calle y cierran todas las persianas. Es que Beethoven tiene algo de monstruoso. Una verticalidad entre eléctrica y humana: el estruendo del hombre en el medio del viento, el estruendo de un relámpago en medio de una tormenta.

Hay quienes no soportan a Beethoven por esta especie de tosca verticalidad. Incluso cuando es celestial, parece que quisiera pisar con toda la planta del pie sobre el suelo ¡y levantar bien alto la cabeza! Si bien es cierto que hay días en que las sinfonías retumban dentro de uno como un golpe (incluso chirrían, incluso arruinan completamente el momento), luego está el Beethoven del piano. Que también es caprichosamente vertical, porque siempre sigue parado maravillosamente en el medio de la música, sin que nada ni nadie pueda llevárselo.

Así como resulta que algunos compositores se desplazan y se desperezan sobre el piano, Beethoven parece más bien arrojarse, llover de arriba abajo sobre las teclas. Creo que hay momentos en que incluso el piano, de puro horizontal y obediente, parece que quisiera acurrucársele entre los dedos.

Pero olvidemos por un momento a este Beethoven vertical y eléctrico (el Herr Beethoven de la Humanidad, la Genialidad, entre otras grandes palabras), y acerquémonos al Beethoven sencillamente humano. Al Beethoven sordo y santo de los hombres solos, de los marginados y de los locos, que para “ver” el estruendo de aplausos que había despertado su Novena Sinfonía durante su estreno, tuvo que darse la vuelta y mirar al público, porque ya no podía escucharlo. Contemplemos a este Beethoven, que es la prueba de que, para llegar a tener un destino, hay que ser, además, muy obstinado:

Al principio de su sordera, para poder seguir componiendo, Beethoven mandó a colocar en su piano una especie de caja metálica en la que, mientras tocaba, hundía su cabeza. Esta suerte de secador de pelo musical es parte de la historia de su relación con el viento: con el sonido en tanto movimiento, en tanto Luftzug (movimiento de aire). El sonido, en cuanto ya no podía oírse, entraba al cuerpo del músico por medio del tacto: Beethoven sujetaba un palito de madera entre los dientes y lo apoyaba contra el piano. También había mandado a fabricar una especie de estetoscopio que salía de los instrumentos y se colocaba en sus sienes o en su frente. Así podía percibir las notas en forma de vibraciones en los huesos del cráneo. De modo que, para escuchar, Beethoven no solo usaba los dientes, sino que en general comprometía casi la totalidad de su cabeza. Todo en honor a la desesperación de oír.

 

¿Hay una clase de desesperación que solo se puede expresar con un violín? Creo que Beethoven diría:

–Sí.

Oigan si no el primer movimiento de la Sonata de Kreutzer.

Y luego:

¿Hay una clase de pradera en el medio del viento que empuja la ropa como en remolinos y enreda completamente los cabellos que solamente puede atravesarse, sentirse,  caminarse y recordarse escuchando la Obertura de Egmont?

–Sí –he aquí Beethoven.– claro que hay, existe esa clase de pradera.

Por otra parte, escuchando algunos cuartetos de cuerdas, creo que noté por primera vez que una música puede ser perfectamente irónica. Puede estar, por ejemplo, llena de hadas que estornudan. En el Cuarteto Número 15: ¡de hadas que se suenan la nariz!

Un día, a este caminante en medio del viento, a este Beethoven despeinado y sin sombrero le pidieron que se quedase sentado. Solamente, le dijeron, un par de horas, para que le hiciesen un retrato. En una carta al amigo que había encargado a un pintor el trabajo, Beethoven se queja:

No puedo hacer mucho ni por la suerte de que me dibuje (si es que el pintor la considera tal) ni por la desgracia de que tenga que copiarme. Ya que él le da tanta importancia a mi rostro, que en sí mismo no significa demasiado, quiero quedarme, en nombre de Dios, sentado para él. Aún si estar sentado es para mí una clase de castigo, que sea como tenga que ser, pero que usted le dé tanta importancia a este asunto, eso apenas lo entiendo. Oh Dios, qué torturado uno llega a ser, cuando tiene un rostro fatal como el mío.

El rostro fatal de Beethoven, la verticalidad del obstinado frente al peor enemigo de su siglo: la fatalidad de tener que posar sentado. Encuentro, en cambio, que la mejor manera de pintar a Beethoven hubiera sido uniendo su fatalidad con su verticalidad. Quizá es lo que él mismo hizo en ese famoso segundo movimiento de la Séptima Sinfonía, que llega como si algo se estuviese acercando, además de irresistiblemente, además de irreversiblemente, muy lento y riéndose. Todo en la Séptima Sinfonía es vertical y despiadado. Todo ríe contagioso, pero macabro. Todo invita y asusta. Desespera hasta la frivolidad. Como esas antiguas danzas de hadas o de brujas, que solo podían soportarse uniéndose y bailando.

En esa música, parece necesario hacer algo importante, irreversible: algo macbetheano, como lavarse un par de manos ensangrentadas. Bailar, en medio de una llama. Arder eternamente sin saber por qué. La Séptima es como una primera puñalada, si uno sabe que podría llegar hasta la última. Ante la séptima uno no puede resistirse. Ante la séptima, es mucho más adecuado bajar los brazos.

Y sin embargo, lo más macabro y tremendo de ese segundo movimiento es que se termina. Con un final que es como si todas las hadas y las brujas no hubiesen tenido la intención de retenernos mucho tiempo. Como si su danza con nosotros hubiese sido solo una manera de pasar de largo.

Sobre El Autor

Marina Closs nació en 1990, en la provincia de Misiones. Cursa estudios de en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Publicó los libros La doncella aguja, El pequeño sudario y El violín a vapor.

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