Claudia Masin es una de las referentes fundamentales de la poesía nacional contemporánea. En 2018, Editorial Contexto editó La desobediencia, que reúne poemas desde su primer libro, Bizarría, publicado en 1997, hasta La siesta, de 2016. La infancia, lo perdido, ley, escritura, violencia, familia, belleza son algunos de los ejes que recorren su obra, donde también habitan peces, miedos, libros, e incluso Tarkovski.

 Para la poeta, la desobediencia es un acto político y de resistencia, y es acto de la palabra: “Las palabras para mí eran piedras en bruto, talladas por la locura de los elementos, por su desobediencia, y por eso las amaba”. En su obra, lo personal, lo social, lo privado, sostienen un diálogo permanente que es cuestionamiento y denuncia. Y la mujer, empequeñecida, invisible, enfrentada al pozo al que ha sido arrojada, grita y es categoría política.

El aislamiento, la partida, la rabia, el cuerpo, son entonces campo fértil para el poema, y para la imaginación. “Que lo salvaje se coma lo salvaje, porque quien es manso a la fuerza, necesariamente enferma y muere de todos modos y mejor morir en la propia ley que en una extraña”. La voz de Masin es demoledora y luminosa, dispara sobre el centro de la podredumbre humana para ir a dar al más noble de los territorios, el de la esperanza.

 

 

“Las mujeres enfrentamos en la niñez un pozo

profundísimo (…)

Muy temprano el miedo es rociado como un veneno

sobre el pastizal demasiado vivo.”

“Leona”.

 

Uno de los ejes que marca tu poética es la infancia, que aparece desde tu primer libro, Bizarría (1997), y se sostiene desde Geología: “No es verdad que las exploradoras no temen / ni que la infancia transcurre en una larga y luminosa mañana”, pasando por La cura: “La niñez es un temporal que pasa rápido, / y rápido hay que perseguir la estela que dejó para no perderla. / Si hay algo que está intacto, tendrá que haber quedado ahí / y hay que encontrarlo: el animal feliz…”, hasta La siesta: “por qué la niñez dura tantos años cada noche, por qué es imposible salir de ella, por qué todavía estoy dentro?”. ¿Cuál es la vía de acceso a la infancia? ¿Cómo se narra, cómo se poetiza?

Creo que a la infancia solo es posible acercarse rondándola, con delicadeza, sin intentar “captarla”, es decir, solo es posible acercarse a ella aceptando la imposibilidad de llegar a ella. Personalmente, encontré una vía de acercamiento en el texto “La poética de la ensoñación” de Gaston Bachelard, cuando él habla acerca de la necesidad de “imaginar” propia la infancia: no habla de recordar (porque los recuerdos mienten, dice también, sobre todo en relación a la infancia, allí nuestros recuerdos son en gran medida los recuerdos de otros, lo que nos han contado que ha pasado, que fuimos). Bachelard habla de imaginar, es decir, de construir la propia mitología personal, el propio mito de origen con los elementos que tengamos, siempre modestos e insuficientes. En mi caso, en principio, la vía de acceso para mí fue un viejo manual de Geología que me fascinaba cuando era chica. Lo releí, ví las marcas que había hecho, los subrayados, los recortes. A partir de eso, me valí del discurso y del imaginario de la Geología para narrar (crear) mi propia infancia. En otro de los libros, la puerta de acceso fue ese tiempo que en mí siempre va a quedar ligado a la infancia y a la lectura: la siesta. A partir de recuerdos deshilachados de mis propias siestas chaqueñas de la infancia, imaginé la historia, es decir, la reescribí, porque esa es otra enorme posibilidad que la escritura poética nos da. Olga Orozco pide a su madre en un poema: “Vuelve a contar mi vida”. En realidad, podría pensarse que se lo pide al propio poema. Que reescriba su vida, que es lo que la poesía hace constantemente. Lejos de dar cuenta de lo que hemos vivido, lo transforma, lo subvierte, lo embellece (no con un mero fin estético, sino en el sentido —nuevamente— en que Bachelard lo piensa cuando dice: “hay que embellecer para restituir”. No estetizar, embellecer. No adornar, sino enaltecer). La restitución que ofrece la poesía, creo, la reparación que implica, tiene que ver con esa transformación, ese embellecimiento, esa subversión.

“Y es la imaginación, / y no los hechos, quien te deja asombrada una y otra vez / frente a cosas idénticas”, sentencia “Poligrafía”, en Geología

 Me gustaría decir algo más acerca de la imaginación, esta vez pensada no en relación a la vida individual sino a las vidas de lxs otrxs. A la imaginación como posibilidad de pensarse otrx. De sentir —aunque sea en una pequeñísima medida— cómo sería ser ese otrx. La imaginación, tal como yo la pienso, es la base de la empatía. Y sin empatía no hay poema. Al menos poema como yo lo concibo: ese complejo artificio que nace de la subjetividad y se abre a lo otro, que vive a medias entre lo propio y lo ajeno, en una suerte de espacio intermedial (diría Coccia).

Decís en el prólogo de la desobediencia que “la poesía es capaz de transformar el pasado. Y el presente”. ¿De qué modo opera ese poder de la palabra poética? ¿Es posible la cura?

Me gusta citar la frase de Freud: “la cura solo es posible por añadidura”, es decir, no depende de la voluntad ni de la intención. Sucede. Como la poesía, pensé siempre. Cuanta más voluntad e intención, más se escapa, más se rehúsa. Advienen, las dos, en ciertos momentos. No creo en un “estado de poesía” permanente, ni en una cura permanente. Creo en contados momentos de iluminación en los que podemos ser capaces de conectar —realmente conectar— con lxs otrxs, sus alegrías, sufrimientos, dificultades y grandezas. Ahí sucede la poesía. Y creo en contados momentos de iluminación en que somos capaces de vivir sin dañarnos ni hacer daño. Eso es para mí la cura. Poder evitar el daño, poder repararlo. Eso que se enseñaba en los comienzos de la medicina occidental como parte central de la cura: “ante todo no hacer daño”. Yo diría que la cura no es un estado sin fisuras, es el estado por excelencia de quien ha sido roto, de quien se siente roto, es el estado de reparación y de restitución que aunque dure poco tiempo, deja sus efectos perdurables. Y esos efectos tienen que ver siempre con lxs otrxs: tienen que ver con poder vivir en compañía, con soportar la compañía, con soportar la felicidad que puede traer el encuentro con otro. Y también con soportar su inevitable pérdida. Pero creo que tiene mucho más relación con soportar la plenitud, con soportar la alegría y la belleza, no con soportar el dolor, eso lo hacemos —casi todxs, con los matices de cada unx— incomparablemente bien. Es lo disruptivo, es el deseo, es el punto en que surge algo rabiosamente deseado, lo insoportable: el momento en que surge algo que nos “desordena” al punto de preferir alejarlo, eclipsarlo, hacerlo desaparecer. Supongo que algo de esto quise escribir cuando escribí eso de “soportar la plenitud sin anhelar la abundancia”.

En La vista, donde los poemas están basados en películas, el yo poético es siempre un personaje. Vos misma decís que esos poemas giran sobre la empatía, sobre la capacidad de ser otra. ¿Hay ficción en la poesía? ¿Hay teatro? ¿Dónde nace el sujeto que enuncia el poema? En el caso de La plenitud, ¿cómo se constituye ese “nosotros” que sostiene el libro?

Sí, por supuesto hay ficción, el poema mismo es un artificio, es una construcción, no es “lo efectivamente sucedido”. De hecho, es en esa construcción —más que en los hechos “efectivamente sucedidos”— donde cabe, creo, encontrar la verdad de un poema. Es decir, cada poema crea la escena que recrea, en el sentido de que al narrar o describir algo en un poema estamos inventándolo: por los recortes, los subrayados, las elisiones de la historia que contamos, de la escena que reconstruimos: no es posible acercarnos siquiera a “lo real”, ese territorio inaprehensible, podemos sí, crear versiones. Y será en esas versiones, muchas veces alejadísimas de los hechos, donde habrá —con suerte— algo de nuestra “verdad” subjetiva. En los poemas sobre películas esto está (disculpá la metáfora cinematográfica obvia) “en primer plano”: las historias que cuentan los poemas ya no son las historias que el Yo ha experimentado, ya no rige esa especie de convención (falsa) acerca de que los poemas hablan siempre de lo que le ha pasado al propio Yo. Hay una voz en estos poemas (prefiero pensarla como una voz, no como un personaje) que habla, que no es la voz del Yo, pero que sin embargo, quizás por eso mismo es fuertemente la voz del Yo. Lo que en cada poema esa voz dice es una creación ficcional, y sin embargo no es cualquier creación ficcional, es una que tiene sus raíces hundidas en la historia personal, en la experiencia corpórea de un determinado sujeto en el mundo, en sus relaciones con lo otro, con lxs otrxs.

“Una palabra sola y el territorio de pura luz queda vedado, / minada la gratuidad de la única alegría real, / que es la del cuerpo”, sentencia “Hans” en Geología. También el cuerpo es figura fundamental en tu voz. ¿Bajo qué luz dialogan cuerpo y poesía?

Para mí, cuerpo y poesía son indiscernibles. Se escribe con el cuerpo, se escribe con el empuje corporal, con una especie de urgencia corporal por decir. Y hablo de urgencia corporal porque no se trata —sólo— de una necesidad mental, psíquica, espiritual, o como querramos llamar a la dimensión metafísica. Se trata —en mi caso al menos— de una necesidad física, el poema surge de allí, como decía Seamus Heaney, del “nudo en la garganta”, de la emoción, pero no de la emoción como entelequia, sino como presencia activa en el cuerpo que pide ser manifestada. Y no solo ser manifestada sino también adquirir una nueva corporeidad, transformarse en algo intangible, en escritura, que a su vez transmuta en algo tangible: en voz, en libro.

“Los niños, como los gatos, podemos ver en la oscuridad. / Vigías que saben que no pueden deslumbrarse / con su propio sueño, pasamos las horas / tejiendo una tela finísima alrededor / de nuestro miedo. Después, muchos años después, / solías decirme, llega el olvido y podemos dormir / sin sobresaltos. Yo aún no he olvidado.” ¿Qué puede decir el miedo?

El miedo aparece en mis textos, creo yo, como esa inmensa potencia que se opone a la vitalidad y la fuerza, como esa inmensa potencia regresiva y represiva que nos envía al origen (en algún poema hablo de “los terrores del origen”). Pero no es sin este miedo, es decir sin enfrentar, sin confrontar este miedo, que podremos revertir su potencia. A veces da temor (o terror) acercarse a ciertas experiencias en la poesía, tememos escribir acerca de ciertos temas por la angustia que —suponemos— nos podría producir hacerlo. He comprobado por experiencia que esa angustia es intrascendente en comparación a la otra, la solapada, la insidiosa, la del silenciamiento. Escribir un poema es liberador, no es una experiencia de dolor sino un acto de desobediencia frente al dolor, que cuando llega de verdad nos acalla completamente. Empezar a escribir es empezar a hablar acerca de algo y cuando un sobreviviente habla es cuando empieza a ser un sobreviviente. Antes no sabemos si efectivamente ha sobrevivido, qué daños ha habido, qué de él o de ella se ha quedado varado en la experiencia de extremo sufrimiento. Antes, ni él ni ella mismo/a lo sabe. Hay que hablar para medir la extensión del daño, hay que hablar para empezar a repararlo. Y hablar es —a diferencia de lo que se piensa— una experiencia liberadora, opuesta al miedo y a sus mecanismos de silenciamiento.

Ars poética: “Todas las cosas hermosas, al principio, son palabras.” (“Azufre”), o “no existe el lenguaje deslumbrante, existen las palabras, / como piedritas desprendidas de un volcán que se extinguió / después de estallar. La geología traza la cartografía / de esa desposesión” (“Saknussem”). Incluso: “Si el daño que hice pudiera ser deshecho, no tendría sentido escribir” (“Reptiles”), y “Cuando se empieza a hablar se pierde lo que tenemos de piedra. Cuando comenzamos a escribir, se recupera” (“Cómo los yuyos…”). ¿Qué significan palabra y escritura?

Palabra y escritura significan —para mí— desobediencia. Es decir, la palabra, o mejor dicho, el habla es —en el principio de la vida— desobediencia. Con el paso de los años, con la tarea de amansamiento y de adaptación que se realiza sistemática e implacablemente sobre cada unx de nosotrxs, esa potencia de revuelta del habla primaria se va perdiendo. Ciertos modos de vinculación con la palabra le devuelven ese carácter primero: el de la insumisión. Eso es la palabra y la escritura para mí: yo creo que la palabra poética hace algo así como utilizar las armas del amo contra el amo. Es decir, restituye la potencia original de eso que nos ha sido transmitido como herramienta, la palabra como moneda de cambio, como “insumo”. Restitución es también una palabra que usaría aquí. En ese sentido y también en el sentido en que la he mencionado antes: la palabra poética también es restitución de ese momento primigenio, mítico, en el que la “domesticación” aun no había comenzado y el habla era un acto de sorpresa frente al mundo, de descubrimiento y de juego, y no una “función notarial”: volver a ese momento en que éramos escritores, no escribanos. Y claro, tratar de reproducirlo en el aquí y ahora en que el lenguaje de la comunicación, del sentido común, nos tiene cercados, con todas sus jerarquías y prejuicios y sentidos cristalizados.

Padre, madre, familia aparecen con fuerza en tus versos: “Cada uno carga su familia como los mendigos sus bolsas raídas, esas cosas que ya no sirven para nada, pero no se pueden abandonar…”. El texto es contundente pero igual me gustaría ahondar en tu visión sobre la institución familiar.

La institución familiar clásica me parece un instrumento de reproducción de la infelicidad, el modo más eficaz de transmitir a otrxs el daño que se ha ejercido sobre unx mismx. Creo en la posibilidad, en la construcción de otro modo de familia, de una alternativa que nos permita a los seres humanos vivir juntxs, reunirnos, pero cuesta pensarla sin caer en los estereotipos que por siglos han fracasado de una manera tan rotunda. Creo en los lazos basados en el amor, el deseo, la alegría, no en los montados sobre el deber, el miedo, el odio. Sé también que las contradicciones y la complejidad emocional son parte de lo humano, no idealizo modos de relación que excluyan por completo el deber, el miedo, el odio. Solo que pienso que es posible que no estén en el centro de la escena, que no nos devoren por completo.

“Ay de lo que hace la violencia con los pequeños brotes, cómo los hace temblar desesperados, y cómo ellos acaban por absorberla, la convierten en savia.” (“Cómo se contagia la violencia…”). ¿Cuál es el antídoto?

No conozco el antídoto, ojalá lo conociera. Seguramente escribo para tratar de entender, entre tantas otras cosas, esta. Cómo convivir con la violencia recibida sin reproducirla, sin hacerla caer sobre otrxs. Transformar el veneno en medicina, decía Buda. Pero sabemos que esa transmutación alquímica es dificilísima y que podemos pasarnos toda la vida intentándola. Por mi parte, estoy dispuesta a hacerlo. La opción es la repetición. Y no es en realidad una opción, es una imposición, es lo que se espera de cada unx de nosotrxs. Que dé lo que ha recibido, que continúe la rueda de infelicidad y de renuncia al propio deseo.

¿Cuáles fueron aquellos libros devoradores leídos en la siesta? ¿Qué otros llegaron más tarde?

Los “libros devoradores leídos en la siesta” fueron —sobre todo— dos: La vida tranquila de Marguerite Duras y una recopilación de relatos de Bruno Schulz. Ambos son narradorxs, pero me pusieron en contacto con una relación con el lenguaje que después encontraría mayormente en poetas: una relación intensa, apasionada, visceral y a la vez de un cuidado y una delicadeza extrema.

Yo siento que en escritorxs como Duras y Schulz hay una necesidad que pulsa, que empuja necesariamente a escribir, pero a la vez hay un trabajo extremadamente delicado y sutil sobre los textos. Una intensidad tremenda pero “refrenada”, como diría Watanabe, el poeta peruano que tan bien marcó las diferencias entre refrenamiento y desborde en el campo de la escritura.

En la trinchera donde se instala La siesta, hay también esperanza, “sobrevive, fustigada y maltrecha”: “Es delgada como la cuerda que tendía nuestra madre de una pared a otra de la terraza para poner la ropa a secar al sol. Continúa colgada (…) sobre las cabezas de los niños que seguimos siendo”.

¿Qué luz puede arrojar al mundo la poesía en tiempos como los que corren?

Yo creo que la poesía puede darnos una alternativa frente al discurso único, hegemónico, el discurso de la utilidad y la valía de los objetos y las personas en función de su productividad, de su capacidad de circular en el mercado de los bienes, de convertirse en producto. Una alternativa frente al discurso capitalista, al discurso neoliberal, lo cual no es poco.  La poesía no es pasible de ser reducida a mero producto, es el campo por excelencia de resistencia de lo subjetivo, de supervivencia de aquellas cosas que el discurso neoliberal desecha. El discurso poético es un lugar de encuentro en una sociedad de individualidades y de aislamiento, es el habla de la tribu, de la infancia de la especie y de nuestra propia infancia. ¿Cómo, trayendo todo eso consigo, no va a arrojar al mundo alguna luz, no?

Sobre El Autor

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Jefa de Redacción durante años del portal Evaristo cultural, es actualmente editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; El ojo de la tormenta, y Metaliteratura -Argentina-, entre otras). Desde su rol docente, se dedica también al trabajo social.

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