EL CUADERNO ROJO

 

¿En los ´90 la promiscuidad entre narcos, militares y altos funcionarios de gobierno comulgaba con príncipes de la Iglesia Católica? La confusa muerte del cardenal Posadas alimenta la hipótesis.

 

Un ojo observador que abarca el panorama y una manera de expresar, lo capturado, mediante tantos pliegues de personajes reales e inventados que interactúan para activar una construcción, haciendo pie en el lenguaje, con la idea de ir formando  imágenes que garantizan el avance de la acción.

 

Hombres y mujeres que van emitiendo sus juicios y opiniones. Obviamente, todos se definen a sí mismos por lo que dicen y hacen, pero también por lo que de ellos perciben los demás.

Todos cuentan con su correspondiente antagonista, ya sea un “otro” o algún elemento de la trama que sirva de oposición como fuerza aparente que adquiere peso en la historia personal de cada uno de ellos o en la general que los reconoce y liga alrededor de la intriga; algo que funciona desde lo psicológico, desde lo místico, e inclusive desde lo institucional, como bien podría ser aquel país de entonces, con Guadalajara a la cabeza.

 

Beto Zaragoza, un reportero que frecuenta la morgue; Eduardo “Tripa” Fernández, un ex agente de seguridad; Lizette André, la ex amante de un general, peso pesado, y una ex prostituta conocida como “Jazmín”, quedarán expuestos y en zona de riesgo, aunque no todos conscientes de ello, por el solo hecho de haber, algunos, intentado acercarse a esa verdad que se asoma en viejas fotografías y que permanece atrapada entre líneas de una lectura prohibida, prueba de una connivencia mortal.

 

“Peláez se le quedó viendo en silencio. Había algo en la manera de Beto para pedir las cosas que le caía bien; una ironía profunda en su forma de ver el oficio que no tenía el resto de sus colegas de nota roja. No era un lobo estepario; era un perro solitario y callejero capaz de sobrevivir a cualquier circunstancia, con un instinto inigualable para encontrar la presa. Olía los asuntos graves como un chucho un hueso bajo la tierra; de entre todos los asuntos que pasaban en la ciudad, siempre escogía aquellos que ponían nervioso al procurador y que irremediablemente terminarían causándole problemas…”

 

“¿Tripa? ¿El pinche borracho que corrieron del Cisen por loco? No me jodas, Beto. Le compraste la historia a un orate, le diste en la madre a tu periódico y a tu carrera por creerle a un tipo que sacaron a patadas del Gobierno federal por andar inventando mamadas….ese tipo es una mierda. Cuando trabajaba para la Dirección Federal de Seguridad su especialidad era modificar             escenas de crimen; borrar las huellas de los imbéciles que iban por delante. Él no mataba, era muy miedoso para eso, dicen que se meaba del susto; pero era el que borraba las pruebas, no por nada le decían el Maestro Limpio”.

 

“Los tics en el rostro de Lizette se aceleraron. Pina extendió la mano para acariciarle el brazo; le daba ternura y tristeza en lo que había acabado la niña preferida del general: La Liz que estaba frente a ella no tenía nada que ver con aquella mujer fuerte, alegre y de ojos vivaces que siempre tenía una frase amable para todos y una buena ironía para salir del paso”.

 

“Ya no tenía el mismo cuerpo firme y curveado de antes, pero mantenía la sonrisa, el desparpajo y la forma de vestir, si no es que la misma ropa, de quince años atrás. Jazmín había engordado; tenía en la cintura una llanta que sobresalía debajo de un top rojo que batallaba por mantener en su lugar dos crecidos y alegres pechos que se desbordaban por encima del pedazo de tela que no daba más de sí. Sus nalgas le parecieron descomunales: comparadas con aquel culo firme, musculoso y bien acomodado de la Jazmín veinteañera, lo que ahora veía Tripa era una masa de carne amorfa. No había nalga izquierda y derecha, era un todo oscilante, orgullosamente enfundado en un pantalón negro dos tallas menor de lo requerido. Sin embargo, a pesar de que los cachetes le habían crecido un poco, la enorme sonrisa y el brillo de los ojos miel seguían ahí, perfectos, encantadores, listos para desarmar a cualquiera…”

 

Pero son muchos más los personajes que andan por las páginas de Casquillos Negros. Uno de ellos es Everardo y, por él, como por tantos otros, es que late en esta historia una serie de múltiples complejidades. Se advierten observaciones sobre el deseo. Y la postal envejecida de esa estructura de función paterna que pega con el látigo de los mandatos, frente a una nueva imagen, la del padre que intenta comprender  y asistir a una hija que no tiene a su madre a mano.

 

Y un marco marginal organizado desde lo institucional.

La idea es correr el velo para contrarrestar las argucias, la ignorancia inducida, la desinformación.

 

Complicidades, culpas, soledades y miedos. Prostitución, drogas y alcohol.

Hábitos. Clero y corrupción. Delirio, paranoia. Muerte y montajes.

 

Una foto del proceso de degradación, de la descomposición del cuerpo social; de la decadencia.

Una foto que podría sacar cada uno, con ojo único, y verla e intentar lograr posibles perspectivas, pero teniendo en claro que, no obstante el aspecto fingido y más allá de la parte inventada, la muerte es siempre lo que cuenta, aunque relatarla no cueste nada más que un penoso acostumbramiento.

 

Una historia de hechos que se suceden por separado, uno tras otro, como no relacionados entre sí, hasta que algo hace pensar en una eventual causa común que los cobija.

Un suicidio que despierta sospechas entre otras muertes que necesitan ser más y mejor investigadas.

 

Una trama que reúne a la Iglesia Católica con el narcotráfico. Ambas fuerzas poderosas tienen su conexión con un mundo mágico y ello tal vez sirvió para que, en aquella oportunidad, la rueda de la fortuna de los narcos tentara a los pastores de la Iglesia, piezas humanas de la ruleta vaticana.

 

Título: Casquillos Negros

Autor: Diego Petersen Farah

TusQuets Editores

248 páginas

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Ir a la barra de herramientas