SUSPENDIDOS EN EL AIRE Y EN EL TIEMPO

Una novela de extrañezas: “Días extraños”. Todo el primer año del niño abandonado en el circo “fue extraño”. Y, “ocurrió algo extraño”. Ocurrió lo del león…“el rugido extraño de la bestia”. Y, ese niño “era extraño”. Y, también, era extraño que el mundo del circo “no le resultaba extraño en lo más mínimo”. “Era extraño que hubiera un circo compuesto por casi puras mujeres”. Y, “un calor extraño”. Y, “una sombra extraña”.  Y, la “curiosidad por ese mundo extraño -el de los hombres que viven fuera del circo-”. Y él, “siempre hablaba de forma extraña”. Y “esos versos sonaban particularmente extraños en su boca”… “Nos comportábamos extrañamente en el mundo de la ilusión”. “el extraño trajo la desgracia”. “El padre de mi hijo no solo era un ser extraño, sino que estaba loco”.

Y podríamos seguir rescatando frases que acerquen la idea de extrañeza; pero creo que esta pequeña muestra resulta suficiente. El clima de la novela está marcado a fuego.

                   “No hay presente donde no hay ruido, ni futuro donde no hay muerte”.

Un circo humilde, una familia, una niña, y un niño que el destino insertó de prepo en esa comunidad liderada por un tal Malaquías. Un macho alfa que, a la brava, se aferró a la tradición cuasi feudal que consagra el derecho de primogenitura masculina, eso que parecería haber forjado su íntima convicción de tener un mejor derecho en la sucesión de su padre, el Tony Cigarrito. Así habría sido desde un inicio, en tiempos del bisabuelo Salomón, y antes también. Por ello, sin la necesidad de consensuarlo con el clan familiar, y bajo amenaza de quemar las naves, el hombre tomó -de hecho- las riendas del negocio en común y, con ellas, asumió la obligación moral de mantenerlo en vigor.

Se trataba del Gran Circo Garmendia, ese manto que cobijaba a toda la parentela, con excepción de los desertores que se alejaron persiguiendo un mejor sueño. Así, quedaron girando por los pueblos, además del Señor Corales, la niña a la que le encantaba volar, y aquí es la narradora que presenta a la abuela Zulema -con sus intervalos lúcidos-; a los gemelos – los payasos Frutilla y Frambuesa-; al tío Arístides -payador-; al tío Baltazar – ilusionista-; también a Salomé -con su rencor a flor de piel-. Y a la Fátima, a la Milagros y a la María Adelaida, – serían, algo así, como las primas de Javiera- la trapecista devenida en cuenta historias-. Falta mencionar a la tía Lupita, a la tía Hilda y a su hija Beatriz. Y, obviamente, a Magdalena -la mujer del macho-.

Pero, antes y después: Sahriyar y Sherezade, con más los maravillosos libros, de cuentos eternos.

Suspendidos en el aire y en el tiempo.

“… y los mil y un corazones expectantes de los antiguos persas penetraron en mi cuerpo de niña”. Lo real y lo ilusorio. La verdad de la ilusión.

Un trastocamiento en el derrotero del circo. Una imprecisa demarcación entre el adentro y el afuera. Una fisura que propone variedad de sentidos. La ilusión y la experiencia extrema.

Todo comienza en el momento exacto en que entra en el circo aquel árabe con el niño de la mano; y la vieja carpa los recibe sin entender el por qué de esa presencia, y el para qué de esos dos libros tan grandes y antiguos, con olor a otro tiempo. Aromas de una época remota y de un lugar desconocido, aunque con recuerdos de lo no vivido.

El árabe les cuenta una historia que despierta el mayor interés en esta niña trapecista que, tiempo después, por accidente, llegará a conmover la mística del circo. Todo para ella pasará a ser mágico, excepto el vínculo que mantendrá con su padre putativo, y cierto temor por la conjura.

¿Será así como comienzan a cambiar las cosas definitivas?, ¿será por casualidad?   l Paulatinamente, el espíritu del circo será invadido por el de Las mil y una noches; este fenómeno atrapará a ambos menores ya crecidos y unidos por reconocimientos falsos, por una doble cuestión de identidades e identificaciones. Señales cruzadas por cierta obsesión que terminará coronando la última escena, inesperada, más allá de haber estado siempre latente y en el aire, en virtud de esos libros, también por siempre, inacabados.

Esta historia del pequeño paria que irrumpe entre nómadas, bien podría intentar leerse en términos existenciales, mientras se impone una primera lectura que, entre líneas, apunta a reconocer algunas siluetas del machismo y sus ínfulas. Intolerancia. Sometimiento, humillación; abusos y violaciones. Crímenes. Vicios y costumbres. Complejidades. Un lugar de jerarquía en la manada; el macho dominante y el derecho de poder aparearse con la hembra elegida, aun sin su consentimiento.  Tenemos, por una parte, la ambición del rey león; y por otra, una maldición que encaja en la trampa de antaño, pero que ahora apenas podemos ver, a simple vista, como un delirio compartido, o como un fatal malentendido; como una confusión cuyo esclarecimiento llegaría demasiado tarde. Y, así, seguiríamos sin hacernos cargo del alcance de esa parte oscura de la vida que, en lugar de dejarnos volar como las aves, en su libre albedrío, nos levanta y deja caer, como el viento a las hojas secas.

Título: Tony Ninguno

Autor:  Andrés Montero

Editoial: Odelia editora y La Pollera ediciones

155 págs.

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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