Hambre, miedo, salvajismo. San Telmo, Monserrat, Barracas… Y un escuadrón de la muerte que recorre aquellas calles tan rotas como la libertad que algunos conocieron antes del caos y del terror que anida y cobra fuerza en Casa Rosada. Una encarnación del mal, el Máster Regente junto a sus esbirros, todos gozando al ritmo de una crueldad que no reconoce límites. Un sinfín de atrocidades.

Páginas oscuras, tenebrosas. Imágenes vertebradas como imanes en su combinación de óxidos de color negruzco, hierro y acero. Acechanzas y sensaciones extremas.

El libro de Claudia Cortalezzi es como un campo magnético continuo, cuya propiedad de atracción se corresponde con descripciones que conmueven y alertan en virtud de una exageración que avanza sobre la idea de control y una advertencia devenida en chirridos de espanto. Eventual destino de esa espiral que asciende entre capas de exclusión, acumulando sangre sobrante que malvados vigilan, persiguen y arrinconan en comunas cercadas. ¿Un mensaje cifrado?; ¿una indagatoria?

Lo imaginario como posibilidad de conectar, en comunión, vida y literatura en una ajustada fracción de tiempo. El poder, tomado por asalto, en ejercicio del monopolio del crimen y el sadismo.

Distrito territorial San Telmo; el título parece sugerir la intención de asignarle al barrio una función medular o, al menos, algún protagonismo. Quien inicie la lectura podrá intentar ubicarse en espacio y tiempo. Y sabrá reconocer una geografía tan real como simbólica. Un lugar que existe y que, al mismo tiempo, se imagina. Y un marco temporal impreciso, en el que se suceden continuas escenas de sometimiento, mostrando las caras de un mismo ser y estar; personajes en acción que aportan, en paralelo, una significación cargada de cierto sentido testimonial, mediante un cruce de géneros que permite ensayar otra mirada, ahora más atenta, sobre una aparente cercanía… de lo “imposible”.

Comencemos la entrevista con Distrito territorial San Telmo, esta novela descomunal. ¿Cómo y cuándo germina la idea de escribirla? 

Primero quiero agradecerte las minuciosas lecturas y estas preguntas.

Hace unos catorce años apareció la semilla de Distrito, uno de los capítulos centrales de la novela; el más fuerte, creo. Llegó con varios de los personajes, Rufino, Marcia, Emilio y Ñury. Marito Fargas aún ni asomaba. Me acuerdo que se lo mostré a Marcelo di Marco, y él me dijo que le parecía más un cuento. Seguro que así era, pero no pude cerrarlo como cuento. Entonces decidí dejarlo. Y mientras escribía otras cosas, la idea volvía. Volvía, y yo volvía a intentarlo, reescribiendo la historia desde distintos lugares —tengo tres comienzos, nada que ver uno con el otro, y es probable que alguno de esos se convierta en cuento algún día—, pero no había caso. Así, hasta que hará tres o cuatro años apareció este universo con sus otros personajes, también surgieron los odios, los amores, el querer pertenecer o no a los nn, Marito. La regencia en la Rosada, el capítulo cero, Euge. De ahí la historia se fue escribiendo sola, hasta un punto en que me trabé. Y un día Laura Ponce —gracias, Lau— me invitó a una lectura, donde leí ese capítulo cero. Y me dijo algo así como yo te edito esa novela. Yo le respondí que estaba por la mitad y trabadísima. Y ella largó un podrías terminarla, digo, antes de junio —estábamos en octubre, o algo así—, y yo dije sí. Y me senté a trabajar duro, durísimo.

Después, como broche, el genio de Pablo Martínez Burket me escribió un bello prólogo.

Así como el límite entre la cordura y la locura se presenta difuso; en este caso la obra, en sí, nos lleva a dudar acerca de si estamos ante una novela fantástica o frente a otro género. ¿Qué podés decirnos al respecto? ¿Vale la pena despejar las dudas?

Los únicos límites de esta historia están en los cercos entre barrios. No escribo pensando en los géneros —siempre que me impongo algo, termino no escribiendo—. Pienso sí en que la historia que tengo entre manos contenga personajes lo más humanos posibles, al menos que yo pueda verlos así. Debe de ser por eso que Distrito, por ejemplo, se puede etiquetar en más de un género. Al ser una distopía, se encuadra en la ciencia ficción; pero podría catalogarse dentro del terror; y como tiene bastante de bizarro, anda también por ahí. Aunque en este caso dejaría en suspenso el fantástico, las personas somos capaces de cualquier cosa. Y si el fin es quedarse con el poder absoluto, no resulta extraño que surja un Marito Fargas o alguno de los otros que aparecen por acá.

Por favor, ¿podrías describir a grandes rasgos el proceso de escritura?

 Mis novelas —esto es algo que me pasó en las tres que tengo terminadas: las dos editadas y la que espera su momento— nacieron de una escena completa, un hacia dónde ir. Claro que eso no es garantía de nada: tengo que ver cómo llego a esa escena, cómo la adapto a la historia que le inventé por el camino y qué pasa después. Pero es bueno tener ese motor en marcha.

Escribir una novela es muy diferente de escribir un cuento o una microficción. Podría decir, a grandes rasgos, que una vez que arranca la historia y tengo el mundo armado en la cabeza, me queda guiar a los personajes, y seguirlos con flexible tensión hacia donde quieran ir. Siempre que me dejo llevar por ellos, obtengo mejores resultados. No hay nada más placentero que descubrir lo que los personajes proponen.

Con el cuento pasa algo similar, necesito el qué se cuenta como arranque. Después, a trabajar para que cada pieza encastre.

En las microficciones es distinto, suelo decir que soy una escritora cuando trabajo cuentos y novelas y otra cuando trabajo los micros. La microficción —la llamo así, para que abarque todas sus formas— llega completa, y la escribo a mano. Ahí la trabajo y la dejo. Cuando la paso al word, decido si sirve o no. Y si funciona la termino de corregir.

No importa sobre qué escriba o la extensión de lo que escribo, siempre corrijo, y mucho, y en algunos casos la reescritura es la mejor opción.

El clima, la atmósfera, la tensión en el ambiente; todo ello me lleva a preguntarte sobre los elementos que tomás en cuenta a efectos de lograr este resultado, y pedirte un semblante de la Buenos Aires devastada.

Sin el escenario adecuado, no sé si los personajes pueden verse como realmente son. Cuando escribo necesito tener bien claro el contexto donde viven, ver por sus ojos, respirar el mismo aire, recorrer sus calles, y conocer a fondo los pasillos, escaleras, habitaciones, todo. Aunque después aparezca sólo una pincelada de ese entorno. Si yo como narradora lo domino bien, acaso mis lectores puedan ver algo que se parezca bastante a lo que pensé.

Para conseguir el clima busco acercarme a los extremos, eso implica lo físico, los sentimientos, el miedo, el poder. Y de una situación a otra, en ese tratar de que la tensión no afloje, la historia va creciendo. Además, si bien yo quiero a todos mis personajes, me encanta que la pasen mal.

La Buenos Aires que transité en el proceso de escritura y corrección está prácticamente destruida, es oscura, silenciosa, húmeda. Los buenos y los malos, para decirlo sin detalles, viven en estado de alerta. Pero ese silencio puede desbaratarse al oír un traqueteo, porque vendrán los reflectores y todo podrá volverse una hecatombe; y acaso habrá sacrificio, arrebato de bebés, muerte, hoguera pública, lapidación, masacre.

El libro se divide en partes y, si te parece, vamos a avanzar, en principio, sobre  la primera de ellas. Los personajes, tanto los masculinos como los femeninos, si bien hacen pie en situaciones límites, cada uno asume la complejidad que le toca encarar de la manera que puede. Creo que la idea ha sido esa y la de ver hasta dónde puede llegar una persona. Entonces, ¿quién es Mario Fargas y, como ser humano, de dónde renguea, y qué vínculo lo une al viejo Jaime?

Vos lo decís mejor que yo: “Los personajes, tanto los masculinos como los femeninos, si bien hacen pie en situaciones límites, cada uno asume la complejidad que le toca encarar de la manera que puede”. Gracias.

Alguna vez leí que justamente hay que llevar a los personajes a situaciones límites para que muestren de qué pasta están hechos. Y yo lo intento siempre que puedo.

Marito Fargas renguea desde que quedó huérfano, se puede leer literal —porque de verdad es rengo— o metafóricamente. A partir de ese momento el viejo Jaime fue el viejo Jaime, el que lo cuidó y lo quiso; y Marito se dejó querer por él. Pero es en el final del capítulo cero, cuando Marito tiene una efímera pelea con él mismo frente al viejo, que el Rengo crece como personaje. Eso me hizo reescribir al Marito de las páginas que siguen, que ya estaban escritas.

¿Qué representan, en conjunto: El Gringo, el Flauta, León, Ñury, Euge, Marcia y el cambio de apariencia, la Osa, Rufino, Emilio y los viejos Correa. Y la figura de los NN. Luego, Matilde, la vieja Pola, los hermanos Aller, los Bertrán…

Te agradezco que hayas nombrado al Gringo en primer lugar, es un personaje que pensé mucho, y hasta ahora los lectores no lo mencionaban, parecía que Marito y el Chulo lo habían pasado por encima. El Gringo y el Flauta serían las dos vertientes posibles dentro del mismo régimen.

El cambio de apariencia de Marcia era un juego, algo que terminó siendo útil a la historia.

La familia nn del teatro, la de la pensión y la del anejo los rescata. Pero, como ninguna regla puede ser un para todos, no bien arranca la historia se sabe que Marito salió del teatro.

¿Qué podés adelantarnos acerca de el Teatro en San Telmo, de el anejo, del galpón del antiguo Carrefour, y de la Curtiembre en Barracas?; ¿Qué representa cada uno de los refugios?

Ya desde la primera versión, esta historia se movía por San Telmo.

Viví muchos años en San Telmo, en distintos lugares: no bien me vine a Buenos Aires a la casa de mi abuela, a los diecisiete; cuando se mudaron mis padres desde Trenque Lauquen; y después con mi marido, de novios y los primeros años de casados. También di talleres grupales en San Telmo, a una cuadra de la plaza Dorrego. Es un barrio que conozco muy bien y que quiero, más allá de que no voy muy seguido.

Todos los sitios de San Telmo que aparecen en la historia son reales —claro que no son exactamente iguales, las circunstancias de la novela los modificaron—, por eso la tapa y también la enumeración de los puntos del mapa en el final del libro, por si alguien alguna vez quiere darse una vuelta.

El anejo: buscando cómo nombrar a la trastienda del cuartel de bomberos, apareció esta hermosa palabra. El Carrefour está ahí, tan cerquita del teatro —el teatro también existe o existió, tomé unas clases de actuación en él, en alguna de mis tantas vidas—. La curtiembre sí es invento, necesitaba un trabajo que se pudiera hacer en ese mundo postapocalíptico en otro barrio.

¿Qué representa cada uno de los refugios? Todos son refugios transitorios para estos personajes; todos, menos los afectos. Hay algo que circula entre ellos, un tácito pacto de hoy por vos mañana por mí, o por vos porque sos mi par o porque somos uno, que surgió al ir interrelacionando los personajes. Acaso por la indefensión ante el poder, acaso porque el poder, ese enemigo feroz, viene de uno de ellos y ellos no soportan ese reflejo. O acaso porque los afectos son lo único verdadero.

Habría un revés de la trama que parecería reflejar connotaciones éticas e ideológicas y te pediría que nos hables de ello, por favor.

Hay en rompimiento de la ética, tanto de un lado como del otro. Creo que no podría haber escrito esta historia sin apelar a eso.

En cuanto a lo ideológico, no lo pensé entonces, mientras trabajaba la novela, y no lo pienso ahora. Si se desprende algo ideológico, no fue buscado; al menos, no conscientemente. De todos modos, como el lector va a poner algo de sí, es probable que un día yo me diga a mí misma que terminé escribiendo algo que ni sabía. Busco que los personajes sean lo más reales posibles, con sus contradicciones, con sus errores. No es fácil hacerlo, y no estoy segura de que sean tan humanos como quisiera, pero la cosa va por ahí.

Si te parece, me gustaría que nos hables de Escritos entre mate y mate, de esta reunión de firmas, de títulos y textos; de rasgos estilísticos, de enfoques y tonos diversos. ¿Cómo surge la idea de reunir, en esta antología, a tantas autoras de microrrelatos?

Escritos entre mate y mate es un libro que me dio muchas satisfacciones: al conocer personalmente a autoras del género que leía y admiraba, comprobé que la humildad es la característica de los grandes, también gané algunas amigas. La idea no fue mía, sino del editor, Beto Benza. Él recién había llegado de Perú —para un evento de microficción— con un cargamento de libros de su editorial, Micrópolis; entre esos libros estaba mi No ser o ser. Fui a buscar mis ejemplares a la casa de otro editor de micros, Fabián Vique —quien ya había editado mi libro In excelsis—, y me invitaron a almorzar. En ese almuerzo, Beto me comentó sobre su proyecto de sacar antologías de escritoras de microficción en distintos países: México y Argentina, entre otros; después saldría el de República Dominicana. Y me preguntó si quería ser la antóloga.

Ese mismo día, en el evento, Beto y yo invitamos a participar de la antología a Luisa Valenzuela y Ana María Shua, y ellas dijeron que sí. Las autoras son excelentes representantes del género, y no quisiera ser injusta, pero el espacio no da para nombrarlas a todas, de manera que destacaré un par de nombres más, sólo por trayectoria: Rosalba Campra, Sylvia Iparraguirre, Ildiko Nassr, Flavia Company, María Rosa Lojo, Esther Andradi.

Leí muchos micros de cada una de las veintiocho autoras —algunas me mandaron sus libros, otras archivos en pdf, otras textos inéditos; algunos libros tenía yo en mi biblioteca—, releí, y ahí recién empecé con la selección. Nada fácil. Como digo en el prólogo, la construcción de una antología siempre es un trabajo parcial, y el criterio de selección es del compilador. Lo que no dije ahí es que como compliadora tuve varios tironeos conmigo misma, para dejar tres y sólo tres micros de cada escritora. Las voces y los temas, así como los enfoques y los tonos —tal cual lo decís vos— son muy distintos, pero hay algo que convive en estos micros: la forma mínima, el contar sin decir, el plasmar la palabra justa, porque es esa la palabra y ninguna otra; el saber dónde y cuándo dejar el vacío que completará el lector. Dentro de los textos leídos, traté de buscar los que fueran una muestra de la obra de cada una, a mi modo de ver; y claro que la selección es acorde a mi gusto personal. Escritos entre mate y mate tuvo tres presentaciones: en el Congreso de Tucumán —hay cuatro autoras tucumanas—, en la librería Eterna Cadencia de CABA y en  la Feria del Libro de Lima.

Teniendo en cuenta la temática y estética que integran este territorio diverso, tanto en razón de los estilos como de los discursos que oscilan entre realidad y lo irreal, conforman un mosaico de elementos subyacentes; ¿cuál sería, a tu juicio, el común denominador, más allá de la evidente creatividad estructural intelectual, que se evidencia en cada caso?

Si bien la literatura es siempre un acto de a dos, autor-lector, lo que resalto de este libro, y podría asentar como común denominador, más allá de la diferencia de estilos, temas y tonos de las autoras, es algo que constaté cuando revisé el libro completo antes de enviarlo a la editorial —y sigo viendo cuando lo llevo a los talleres para ejemplificar qué es un micro y cómo se escribe—: hay una conversación con el lector. Porque, por más corto que sea el texto, no se termina de apreciar en los pocos segundos de lectura. Al detenerse o al volver a leer, queda la sensación de que se cuenta más. Muchos micros cuentan más de una historia, y generalmente la que se oculta es la más sabrosa. Por eso siempre digo que traten de disfrutardlos de a uno y darles tiempo para que decanten en su totalidad. Los micros, como los buenos platos, se saborean mejor despacio.

Cada texto forma parte de un todo y, tomándolo así, aparecen rostros detrás de rostros y recortes que, más allá del velo dramático, del velo del humor, del de las rarezas, y aun desde el absurdo, y sin perjuicio de la esencialidad de lo poético, que se advierte en ciertos casos, todo haría de alguna manera contacto con una realidad más o menos cambiante que se ramifica. Te pido una reflexión al respecto.

Estos mundos en miniatura son enormes. Podría decir que eso viene de la necesidad de exactitud,  una de las características de esta escritura brevísima. También la intertextualidad, sea con la literatura como con experiencias cotidianas, hace que esos mundos se multipliquen. A veces, la tendencia a la ironía le da una doble lectura. Alguna de las autoras trajo a esta antología un matiz poético. En muchos casos, el final apenas está anunciado, o el título cierra el texto. Cada uno es diferente, porque los micros son diferentes. Y no necesariamente son cuentos en pocas palabras: abarcan otras formas de narrar. Si bien sabemos que en el trabajo de contar no existen reglas, que siempre prima el contexto, esto se ve más en este género. Pero, más allá de las libertades del microrrelato o microficción, no debemos olvidar que siempre se debe contar algo que justifique su escritura y su lectura. Y contar algo en apenas un puñado de palabras no es tarea sencilla.

En esta antología con tantas voces conviven muchas realidades, que por separado funcionan perfectamente; aunque en una lectura completa del libro se puede apreciar esa ramificación a la que hacés referencia.

Por último:“He podado tus cuentos, ahora son microrrelatos”. Cerramos con No ser o ser -una antología personal-. Aquí me interesa poner el foco sobre los elementos que conforman esa virtual galería de arte macabro. Hablanos, por favor, de esa exploración que supone entrar, con los personajes, en situaciones complejas, de severa oscuridad.

Me gusta esa definición “virtual galería de arte macabro”, trataré de no robártela.

Para estas narraciones brevísimas siempre busco elementos que linden con la angustia. Si no me generan algo a mí, al lector tampoco le provocarán nada. Seguramente de ahí se desprende la oscuridad de los personajes y de las situaciones.

Fuera de contexto, la frase que vos transcribís acá, He podado tus cuentos, ahora son microrrelatos, podría tomarse como que podando un cuento se logra un microrrelato, algo que dista mucho de la génesis de los micros. Pero el texto del que la extrajiste me sirve para definir a grandes rasgos mi escritura de microficción, porque estas historias mínimas vienen, como dije más arriba, completas; aunque no podría decir que alguien me las dicta, yo tengo que desenmarañar la idea, buscar las puntas del hilo. La microficción tiene un desarrollo, no de los personajes ni del qué pasa, sino del conflicto. Un micro es un texto narrativo en el que se desarrolla el momento climático de la historia. Tenemos una historia, sí, pero hay que contarla en un espacio mezquino; eso requiere de un lector cómplice, que complete esos vacíos de los que hablaba antes, ya que este género se apoya más en lo que se sugiere que en lo que se cuenta. Por eso exige un delicado tratamiento del lenguaje.

Mi libro No ser o ser, que editó Beto Benza en Perú, reúne cinco partes: “Un buen trato”, que sería la relación del escritor con sus textos y su entorno; “Moraleja y cuento” y “No ser o ser”, que van más por la ficción en general; “Nuevos gustos”, donde juego un poco con las relaciones de pareja; y “Piedra libre”, algunas reescrituras de rondas y juegos infantiles; más un grupo de preguntas que tienen que ver justamente con preguntas.

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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