EL TIEMPO ACOMODA LAS COSAS

Una novela de fortunas; de previsiones iniciales y de diagnósticos; de apuestas, de traiciones, de abusos y contradicciones, de rencores y resentimientos. De codicia y de canallas.

Un marco histórico y un funeral en el que se despide a un patriarca de la economía francesa, al mismo tiempo que la comunidad internacional se acerca, con paso firme y, tal vez sin darse cuenta, a los prolegómenos de esa crisis mundial que operaría como punto de inflexión, trastocándolo todo.

La crisis del ´29, el “crac” bursátil, la caída de la Bolsa de Valores y la Gran depresión que va de la mano del hundimiento del comercio internacional… y, entonces, la quiebra del sistema bancario.

Pues bien, esta novela de Pierre Lemaitre reconoce como epicentro a París en los últimos años de la década del veinte. Nos ubicamos en febrero de 1927; es el punto final de una vida, la de aquel viejo banquero, un personaje emblemático del sistema económico francés, pero también representa la culminación caótica de una época vencida aunque, de todos modos, seguiría causando efectos.

Todos sabemos que esa experiencia traumática nos dejó una herencia literaria y fue caldo de cultivo en lo que hace al género negro.

Al funeral habían asistido representantes de todos los nichos del poder de Francia; el presidente de la República a la cabeza de algo muy parecido a una romería escoltada por una masa de curiosos.

El maestro de ceremonia, las rigurosas normas protocolares. El sacerdote; los niños del coro. La comitiva. En fin, todo parecía anunciarle a los presentes el transcurso programado de un ritual muy conmovedor, cuando de pronto:

“…Al pie del carruaje, asida a la barandilla de madera, en la que sus uñas se clavaban como garras, Madeleine gritaba fuera de sí. Léonce, deshecha igualmente en lágrimas, intentaba sujetarla por los hombros. Nadie acababa de creérselo: ¿cómo era posible que un niño se cayera de aquel modo desde la ventana de un segundo piso? Pero basta con alzar la vista hacia aquellas coronas apartadas de cualquier manera para ver, pese a la aglomeración, el cuerpo de Paul tendido como una estatua yacente sobre el ataúd de roble mientras el doctor Fournier, inclinado sobre él, le buscaba los latidos del corazón o signos de que aún respiraba. Al cabo de unos instantes, el médico se incorporó con las manos cubiertas de sangre y el esmoquin manchado hasta el plastrón, pero no miró nada ni a nadie, simplemente cogió al niño en brazos y se puso en pie. Un fotógrafo afortunado captó la imagen que daría la vuelta al país: de pie sobre el carruaje fúnebre, junto al ataúd de Marcel Péricourt, el doctor Fournier sostenía en brazos a un niño que sangraba por los oídos.

Lo ayudaron a bajar.

La gente se apartó.

Con el pequeño Paul apretado contra el pecho, el médico echó a correr entre la masa de curiosos, seguido por una Madeleine presa del pánico.

A su paso, los comentarios cesaron y el repentino silencio fue aún más fúnebre que el propio funeral…”

Un enigma: ¿Qué pasó?, ¿por qué el niño se dejó caer al vacío?, ¿se tiró?, ¿lo empujaron? Preguntas que no encuentran respuestas.

Se trata de un banco vinculado a numerosas sociedades mercantiles. Madeleine, la hija del patriarca  ahora muerto, es una “mujer sin hombre”. Y el viejo banquero pensaba que una entidad financiera  no era cosa de mujeres. Como su hija era divorciada -el ex marido permanecía preso por estafador- el hombre fuerte de las finanzas había evaluado la conveniencia de unirla en matrimonio con el apoderado de su imperio, un viudo sin hijos. Ella si bien, en principio, acepta con condiciones en virtud de una mala experiencia conyugal; finalmente se arrepiente y tira para atrás ese proyecto, ideado por su padre, y que había entusiasmado tanto al ahora frustrado príncipe consorte, Gustave Joubert, quien seguiría siendo, a futuro, tan solo un apoderado y consejero de confianza. Y tal vez, un despechado. Alguien a tener en cuenta.

“…Madeleine ya estaba lo bastante confusa cuando, en enero de 1929, su tío Charles aumentó su desconcierto haciéndole una visita. Su cara seria y su ceño fruncido no presagiaban nada bueno.

     No había pedido cita, había entrado sudando y resoplando y se había derrumbado en un sillón.    – He venido a hablar de dinero -fue lo primero que dijo. Nada nuevo-. Sobre todo, del tuyo.

     Eso sí era una sorpresa.

– Mi dinero está bien, tío, gracias.

– Perfecto. En ese caso… – Charles se golpeó las rodillas con las palmas de las manos, se levantó con dificultad y se dirigió hacia la puerta resollando-. Volveremos a hablar el año que viene, cuando estés en la ruina…

    Charles sabía lo que hacía. Esa palabra había marcado toda la vida de Madeleine: para su padre no había otra más terrible, después de `quiebra´.”

La novela, si bien registra un eje central, avanza en distintas direcciones y aborda de manera implícita o expresa diferentes temas, casi todos ligados al ejercicio del poder; del poder entendido en un sentido amplio; del poder político. Y también del poder que surge en las relaciones humanas, sea cual fuera el vínculo; el que aparece, inclusive, en medio de toda interacción social. Y todo tipo de poder, el de convencer, de presentar como verdadero aquello que no lo es. El poder de los jueces, pero también el poder de la prensa. Todo poder capaz de influir en la vida de las personas. El del padre, el de la madre, y luego el de los hijos cuando dicen que no. También trata del poder que uno se atribuye al hacer justicia por mano propia mediante una venganza.

Otro de los personajes que gravitan fuertemente en esta historia es, precisamente, Charles, hermano menor de Marcel y, obviamente, tío de Madeleine. Un hombre sin mayores méritos, un político sin escrúpulos. Aquel que aprovechó la muerte de su hermano para actuar en connivencia con Gustave Jouvert; entre ambos diseñaron una estrategia para hacerle una cama a la mujer que nunca imaginó tener que atravesar una situación económica que la obligara a resignar su estatus social por la caída de la fortaleza Péricourt. Tanto Charles como Gustave pasarían al frente. ¿Se van a enriquecer a expensas de ella? La envolvieron en una trampa de peso y contrapeso, confundiéndola acerca del rumbo de la economía y orientándola en sentido equivocado y a sabiendas. Pero todo tiene un precio en la selva capitalista. Y tarde o temprano alguien paga por lo que hizo, y otros cobran.

Hay distintas maneras de pagar, y diversos modos de cobrar. Esto también es cierto, aunque en la ley de la selva no figure escrito.

 

Título: Los colores del Incendio
Autor: Pierre Lemaitre
Editorial: Salamandra
Traductor: José Antonio Soriano Marco
432 páginas

 

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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