Una novela enriquecida por el aporte sostenido de fuentes de inspiración en comunión con referencias antiguas y modernas. Un autor que, desde la narrativa y en virtud de un manuscrito, tal vez recuperado por obra y gracia del Espíritu de verdad, más conocido como Santo, ilumina un tiempo remoto al ritmo del crecimiento de un niño cuyo pecado original lo condena a la esclavitud. Pero ese ser, una criatura social limitada en su pequeñez al ejercicio de la doma de caballos, se acercará a la inmensidad que trasciende lo por él conocido, al tener la buena suerte de llegar a relacionarse con alguien que, en clara participación afectiva, siente empatía… y se hace cargo.  Veremos que ese chico, una vez convertido en hombre, pondrá a prueba su integridad por aguante.

 

Marcelo Pestarino nos ofrece cierto vistazo sobre un tiempo y espacio que capturó y retiene en estas páginas, como si cada una de ellas fuera un eco más de aquel contexto histórico y, por sobre todo, cultural. Un acervo de detalles que genera el clima; es la atmósfera propicia para llegar a comprender, mejor, sentimientos y emociones. Es así que podemos imaginar, ver y sentir, cada uno de los pasaje y situaciones que presenta la lectura palpitando, de más cerca, una realidad ajena.

 Roma, siglo II. Domicio Furio; un chico sin certificado de origen, aunque con la ventaja de haber aprendido a leer, un saber que fue crucial. Fue, sin dudas, el primer paso hacia su emancipación. Aquel niño, su maestro, su tutor. Y el agradecimiento eterno.

Una historia de afectos e intenciones. También el amor fue decisivo.

La voluntad de aprender y la bendición de reconocerse en ese sentimiento que lo liberaría.

“La noche había pavonado la superficie del cielo y la multiforme luna prorrogaba su permanencia en la negrura celeste. El lejano resplandor de una lámpara iluminaba el semblante de Lausonia. Posé por un instante mi vista en el oro rojizo del anillo que circunscribía su delicado anular y alcancé a identificar el retrato de Placidia. Yo escuchaba con reverencia su relato y compartía el orgullo por la historia de nuestros mayores. Ella supo atraer mis sentidos a la comprensión de los sucesos de la heroica Roma. Si bien nunca sabré, como esclavo que fui, de dónde previene mi sangre, al menos he logrado identificar mi suerte con la de la Urbe que me acoge en sus brazos muelles.

          Luego de un lapso indeterminado de silencio, me dijo que quería ir a visitar a Placidia en        Libarna. Insinuó que, si Valense no me necesitaba, yo la podría acompañar. Me pidió que me asegurara el consentimiento del liberto. Sin decírmelo, se mostró satisfecha por la calidad de mi lectura. En ese momento no alcancé a comprender que pedirle opinión a Valense era una fórmula. No se trataba de una verdadera solicitud, ya que el deseo de Placidia era equivalente a una orden. Tampoco advertí que, además de mis servicios de esclavo lector, ella buscaba, por aquel entonces, mi compañía o, mejor dicho, la compañía de un efebo. Al poco tiempo, arreciaron las buenas noticias.”

Comencé destacando el aporte que representa la serie de fuentes de inspiración y referencias que la obra registra. Ahora me detengo en un aparente punto de encuentro en el firmamento nocturno: entre 1.- el autor de Manumisiones, Marcelo Pestarino y 2.- el filósofo y poeta italiano, del Romanticismo, que escribió el poema autobiográfico “Los recuerdos”, Giacomo Leopardi:

 1.- “…Cuando cayó la primera penumbra, contemplé las constelaciones secas, las dos Osas que nunca bajan al mar, y sentí que se me hinchaba el pecho…”

2.- “…Vagas estrellas de la Osa, nunca / creí volver al hábito de veros / en el jardín paterno relucientes / y platicaros desde las ventanas / de este casón donde viví muchacho…”

Una historia de agresión y escarnio, de sometimientos y humillaciones, de perversiones. Pero, más allá del humor de una caterva nefanda, también pisa fuerte la calidez, la erudición y la pasión.

Creo que lo ideal sería comenzar esta entrevista poniendo el foco en el título de la obra. Por favor hablanos de esta elección.

Manumisión es, como sabés, la liberación de un esclavo, cosa que el personaje del libro logra gracias a su mentora, una patricia romana de nombre Lausonia. Pero hay otra manumisión más en el libro. La liberación de la esclavitud que provoca el amor. El servitium amoris del que hablaron y sufrieron Propercio, Tibulo y, un poco menos, Ovidio. En la obra de Propercio y de Tibulo, el servitium amoris, la esclavitud del amor, es el leit motiv de su poesía. Cuando se me ocurrió escribir el libro, yo estaba fanatizado con estos líricos latinos. Junté ese fanatismo con el otro que siempre tuve, la pasión por la historia romana, y se me ocurrió la trama de la novela, que sigue la vida de este esclavo romano desde su niñez hasta la emancipación de su condición servil y, un poco más tarde, por motivos no deseados, hasta liberarse de la sensación de esclavitud que le provocaba amar a su protectora.

 ¿Cómo presentarías en sociedad a Domicio Furio?

 Quizá, como a un esclavo con suerte y apasionado por la cultura y el amor. Salvo por el hecho de que nunca fui esclavo, las otras dos pasiones las tuve de joven y, adecuadas y moderadas por la edad, las sigo teniendo.

Proponés un contexto bien definido. ¿La época y el lugar? Hacia fines del siglo II (d. de C.) decae el estoicismo cobrando auge el cristianismo, un tema que tocás relacionándolo con la búsqueda de un remedio; -enfermedad, culpa, arrepentimiento, finalmente la curación-. Te pido un par de palabras al respecto; ¿puede ser?’

Bueno, diste en la tecla. Yo creo que uno de los procesos más misteriosos de la humanidad es la adopción de una nueva religión. ¿Cómo puede ser que, con el correr de pocos siglos, no más de dos o tres, los hombres, que creen fervientemente en ciertos dioses que, si no los veneran adecuadamente o si no les ofrecen sacrificios especiales, son capaces de dejar de protegerlos o aun castigarlos, renuncian a creer en ellos y pasan a creer en un solo Dios que, para colmo, es innombrable e invisible, e intocable? El paganismo, además de tener sus dioses tradicionales, la gran mayoría incorporados o adaptados de la religión griega, tomaba también a los dioses de los pueblos conquistados, les forjaba imágenes, amuletos estatuarios y los dotaba de poderes específicos. Esos dioses acompañaban a cada persona durante su vida según la ocasión a la que se enfrentaba y, de repente, en poco tiempo, esa ritualidad y esas creencias decayeron para concentrarse en la creencia en un solo Dios verdadero, como dice el cristianismo. Un Dios que, en aquel momento, poco se diferenciaba del Yahveh del judaísmo. Bueno, yo quise siempre explicarme o, más bien, adentrarme en ese proceso y, en la novela, intento meterme en la cabeza de algunos de los personajes para describir la manera en que los hombres de aquella época percibían las anomalías que las nuevas creencias venidas de Oriente producían y el rechazo que les provocaban. Es como la reacción que hoy podríamos tener ante alguno de estos nuevos movimientos con los que convivimos, los Testigos de Jehová, por ejemplo, o la fuerza creciente del evangelismo en ciertos países. Los nacidos cristianos, por más que no creamos ya en nada, que seamos ateos, como yo, seguimos siendo culturalmente occidentales y vemos cómo van cambiando las creencias de la gente. No las entendemos bien y nos preguntamos: “¿Por qué será? ¿Qué estará pasando?», mientras, al mismo tiempo, nos provoca cierta incomodidad ver a sus fieles obedecer los dictámenes de algo que, teniendo intenciones de sacralidad, no comprendemos enteramente. ¿Qué movimientos geológicos, imperceptibles para uno, estarán ocurriendo en las profundidades del suelo social para que estas nuevas creencias prendan en la gente? Tengo que admitir que, tanto estas nuevas creencias, específicamente el cristianismo, que, al principio, era casi indiferenciable de una secta del judaísmo, tuvieron una capacidad enorme de capturar las mentes y la imaginación de la gente. El cristianismo de aquellos primeros siglos fundacionales creó lo que yo llamo “el cuento más lindo del mundo”. ¿Sufrís? ¿Tenés problemas? Ahí están Cristo, Dios y el Espíritu Santo (que no se sabe bien qué es) para acompañarte. ¿Le tenés miedo a la muerte? No te preocupes. Vos no morís. Muere tu cuerpo, solamente. Vos seguís vivo en el más lindo de los mundos, donde no hay carencias ni necesidades, ni deseos y te reencontrás con tus seres queridos en un espacio de infinita felicidad. ¿Padecés injusticias? No hay problema. Dios y Cristo están a tu lado para comprenderte, sostenerte y, en algún momento, incluso después de que tu cuerpo muera, te las compensarán. Así de lindo es el cuento. Todo tiene solución. Todo es lindo y, si no lo es ahora, lo será más tarde. Y el paganismo, se ve, no ofrecía respuestas a muchos de estos interrogantes. Incidentalmente, algo parecido pasa con algunas corrientes ideológicas del mundo moderno o, también, de nuestro país. ¿Te sentís desprotegido por las inclemencias del mundo? No hay drama. Allí está el socialismo, allí está Perón para solucionártelas y sus corifeos para protegerte de los poderosos, de los banqueros con habano, que son malos y quieren dañarte. Hay respuestas para todo.

 

La cantidad de fuentes y referencias, registradas, habla de algo que excede el perfil del género. ¿Qué podrías decirnos acerca de la dimensión histórica que cobra fuerza en Manumisiones?

Es cierto. Yo quise escribir una novela, no una obra histórica. No hay ninguna mención a personajes conocidos, a emperadores o cónsules, o miembros del senado. Quise escribir una novela enmarcada en una época histórica definida, pero no quise hacer novela histórica. Hablo del César (porque así se denominaba al emperador de turno, en aquellos años), pero no fue mi intención narrar acerca de las grandezas romanas, sino retratar al ciudadano, al hombre y a la mujer, al esclavo y al noble de aquella época. Las referencias bibliográficas colocadas al final fueron hechas para lectores como…, bueno…, como yo, que, cuando leo una novela histórica como El nombre de la rosa, por ejemplo, me pregunto: “Específicamente, ¿qué lecturas habrán llevado a Umberto Eco a sentir la necesidad, un día, de escribir esa fantástica recreación medieval?” Me hubiera encantado saberlo.

Presentemos a Placidia.

Placidia es un personaje algo secundario en la novela, pero es un personaje entrañable, para mí, querible, una noble iluminada y de sentimientos protectores. Tuvo un pequeño defecto físico, producto de un mal parto, que la habrá hecho desarrollar algún sentimiento de inferioridad, algún complejo, como se diría ahora, y la habrá inclinado a la comprensión de otras personas que sufren. A tener empatía, para usar un término de moda, por quienes, incluso, estaban en una escala social mucho más baja que la de ella, como Furio.

¿Qué rasgos destacarías de la cultura italiana?

¡Ah! ¡Qué linda pregunta! Pero tan difícil de responder sin tener que escribir un libro, un tratado, aun una enciclopedia. Por lo pronto, así como me interesó siempre entender cómo se forja la identidad de mi país, de esta Argentina tan peculiar, tan digna de ser querida y admirada y, por otro lado, tan odiable, también me interesó comprender de dónde se derivan la identidad italiana y la americana. Respecto a la italiana, que es a lo que se refiere tu pregunta, creo que lo que caracteriza a la cultura de Italia es su universalismo y su centralidad, por un lado, y su amplitud y hondura, por el otro. Además de provenir de sangre italiana (mi papá nació en el Piamonte), yo viví en dos períodos en Italia. En Milán, en los ’80, y en Florencia, en los primeros años de esta década. Así que, sin ser un especialista, soy una persona con mucho contacto con la cultura italiana. La identidad italiana está relacionada con el pasado romano, sin duda, con sus reliquias vivientes en cada lugar de Italia. También con el papado, con el medioevo oscuro, con el dominio de las distintas órdenes religiosas; con la vida comunal, es decir con la evolución de los municipios romanos con autoridad central hacia la época de los comuni feudales del medioevo que brindaron la seguridad que el Imperio había dejado de dar a los habitantes luego de que las hordas bárbaras empezaron a atravesar los Alpes para saquearlo todo. Y después, y muy acentuadamente, con la cultura del Renacimiento, con las altísimas expresiones artísticas de ese gran período en que refloreció la cultura clásica, en que aparecieron en Florencia, junto a la creación de una riqueza enorme, las corporaciones de industrias y, a la vez, políticas – las Artes, como se las llamaba. Después viene un hiato en el que Italia se recluye en sí misma y va nutriendo un patriotismo larvado bajo las divisiones internas que provocaba el dominio extranjero de distintas partes de la península, hasta que, se van desplegando las corrientes políticas que culminan en el Risorgimento y en la unidad italiana. Estos distintos elementos conforman las referencias culturales italianas. Cuando uno se enfrenta al inasible tema de la cultura, uno lo puede encarar como un antropólogo que mira las costumbres adquiridas o como un diletante, o un estudioso. Hay rasgos de la cultura italiana que uno puede analizar como lo haría un antropólogo que estudia una tribu o, menos pomposamente, como un turista que se pregunta por los patrones de comportamiento de la gente del país que visita. Por ejemplo, ¿de dónde viene ese refinamiento, ese benévolo cinismo itálico, esa inteligencia serena y distante, ese apasionamiento musical, esa creatividad volcánica, ese esteticismo que uno percibe en cada cosa que hacen, desde el vestir hasta el comer, pasando por la belleza en la disposición de la vidriera de una zapatería? Ahí tenés rasgos comportamentales que son más o menos evidentes en la cultura italiana. Pero también podés adoptar la actitud de un diletante, de un enamorado de la cultura, no ya en el sentido más amplio y antropológico del concepto de cultura, sino en el más restringido de cultura clásica o de cultura para gozar en el tiempo libre, en el ocio. Y en esto último Italia es insuperable, principalmente por la calidad suprema de sus creaciones artísticas, pictóricas, literarias, esculturales, arquitectónicas y hasta políticas, como la gigantesca estructura legal del derecho romano, que sirvió de marco a la política y al encuadramiento de las acciones de los seres humanos por más de dos milenios. Incluso, el derecho consuetudinario anglosajón, que, aparentemente, no le debe tanto al derecho romano, podría emparentarse con el mos maiorum de los romanos, con esa actitud de enfrentar los problemas y hasta los conflictos consultando, antes que nada, las prácticas de los antepasados, algunas ni siquiera escritas o compendiadas en un corpus jurídico. El universalismo que mencioné recién está muy asociado al concepto de centralismo, que también te nombré antes. Italia fue en muchas instancias históricas, durante muchos siglos, el centro del mundo, al menos del mundo occidental. Lo fue con Roma, con el cristianismo, durante el medioevo, y en el Renacimiento, cuando Florencia era el estado más rico del mundo por lejos, por mucho mayor distancia de la que hay hoy entre Estados Unidos y el resto de los países. Y el centralismo te lleva a la universalidad, al interés por comprender por qué ocupás esa posición de privilegio y por entender a todos los pueblos con los que te relacionás, con los que comerciás. Y, además, el centralismo, que tiene un componente económico muy fuerte, también te permite dedicarte a las actividades del intelecto y del ocio. No exageran algunos historiadores cuando dicen que la cultura del Renacimiento es hija de la gigantesca acumulación de riqueza que se produjo en Florencia por el bienestar que trajo la industria de la lana y la bancaria. Si no tenés tiempo para otra cosa que para trabajar tu campo o tu viña, mal podés dedicarte a pensar o a producir obras artísticas. Pero, cuando empezás a ahorrar, a acumular excedentes, podés darte el lujo de producir La Divina Comedia en tus ratos libres o, si sólo sos capaz de apreciar la belleza artística, de convertirte en patrocinador de las artes, en sponsor de la cultura, como los Medici, los Sforza, los Gonzaga, los Este, los Montefeltro y los papas del Renacimiento, sin los cuales no hubieran existido ni Leonardo, ni Botticelli, ni Miguel Ángel, ni Benozzo Gozzoli. Y yendo a otra característica marcada del italiano, lo que yo llamo el “benévolo cinismo”, me parece que proviene del hecho que, durante casi mil años, Italia estuvo desunida y bajo dominio extranjero. El gran responsable de esa desunión fue el papado, al que nunca le interesó la unión italiana, y siempre alentó al poderoso mundial de turno (sea Carlomagno, el emperador electo del Sacro Imperio Romano, el Rey de Francia, los Habsburgo, o los españoles), alentó al poderoso de turno, te decía, a intervenir en las luchas fratricidas de las repúblicas de Italia, de las ciudades-estado, para mantener un inestable equilibrio en el que no hubiera posibilidad de que dos o tres se unieran contra los Estados Papales, los derrotaran y los incorporaran a un dominio central. Esa sujeción de tantos siglos al dominio extranjero hizo que el italiano, que no accedía jamás al poder sino vicariamente, a través del acercamiento más o menos distante al poderoso que los gobernaba, forjara un carácter descreído y poco colaborativo con el estado. ¿Para qué voy a pagarle impuestos a estos tipos que me dominan si se llevan nuestra plata para librar sus propias guerras en otros lados y, además, si hoy están y mañana no están? Parte de esta cultura, de estos comportamientos adquiridos insensiblemente y transmitidos de generación en generación, fue heredada por nosotros, los argentinos.

Te pido un semblante de la obra de Giacomo Leopardi y te pregunto, ¿qué valor le adjudicás?

¡A mi juego me llamaste! De chico, a los once años, tuve la “desgracia” de que en mi casa me obligaran a estudiar italiano. Yo quería jugar al fútbol doce de las veinticuatro horas del día y no soportaba tener que bañarme temprano para ir a las siete de la tarde a las clases de italiano con mi mamá y mi hermana en el Centro Cultural Italiano de Olivos. Era un suplicio para mí. Mi hermana tenía trece años y yo, once. Éramos los únicos chicos en una clase de veinte “viejas” de cuarenta largos, como mi mamá, que querían aprender italiano. A veces, me tiraba en el suelo en el último banco, porque allí no me veían y podía pensar en los firuletes de Ángel Rojas o los goles de Pianetti. Pero algo queda siempre. Toda una lección para cualquier padre. La profesora de italiano era una amante de la literatura como pocas personas que yo conocí. Leía a Dante en clase y nos explicaba cada canto del Infierno con apasionamiento contagioso. Yo entendía un décimo de lo que decía, pero igual me sirvió. Otro día, nos recitaba Silvia o Il sabato del villaggio, o La será del dì di festa y, cada tanto, lograba captar mi atención. Cuando, más grande, me apasioné por la literatura, me parecía natural volver a leer a Dante y a Leopardi, tanto como a Cortázar, a Sabato o a Borges. Y si bien sabía que Leopardi era un clásico, nunca me había dado cuenta de que era un gigante de las letras universales, apenas por debajo de Dante y de Shakespeare. Una especie de Riquelme por debajo de Pelé, de Maradona, de Messi y de Cristiano Ronaldo, como dice Basile. Esas poesías famosas que te acabo de mencionar están acompañadas por otros cantos menos conocidos, de esos treinta y pico que componen su obra poética, que son uno de los cúlmenes de la belleza literaria universal, además de tener una hondura histórica, patriótica y hasta filosófica pocas veces igualada. Cuando leés Ad Angelo Mai o el Bruto Minore, no podés menos que extasiarte ante el efecto que te producen las figuras retóricas que usa, las rimas intercaladas, las anáforas justas, ante el uso módico de la doble adjetivación (“romanos ínclitos muros”) y ante el hondo efecto sentimental que te produce el contenido de lo que comunica. Esa exaltación del patriotismo itálico que va creciendo a partir de un pequeño detalle, como el descubrimiento embelesado de los libros de la República de Cicerón, o la humedad de la “fraterna sangre” que lleva en su cuerpo Bruto en su huida, o la humildad de la amarilla ginesta en las “espaldas” desiertas del Vesubio, donde antes hubo “jardines y palacios”. O cuando en La sera del dì di festa, que es la poesía de un enamorado no correspondido y sufriente en su lecho, mientras su amada está divirtiéndose en una fiesta, salta de golpe a comparar, por un lado, la desaparición de ese día festivo que él había esperado tanto y que, en cambio, le trajo una tristeza pesada, densa y solitaria, con, por el otro, la desaparición de los rastros del gran Imperio Romano y de los pueblos antiguos. Vos venís leyendo un poema de amor no correspondido y, de repente, te encontrás con la nostalgia de una época feliz, antigua y perdida para siempre en la que tu nación era el centro del universo conocido. Llega la noche, desaparece “cada humano incidente” del día festivo y empieza el día de trabajo. Ya no quedan huellas, casi, de esos “incidentes” que él había estado esperando y esa ausencia lo deja en un estado de desolación y desamparo y, de golpe, sin decir agua va, Leopardi te compara ese estado de desolación con el de la desaparición de la vieja Roma. Se pregunta dónde están los sonidos de los pueblos antiguos, el fragor de las armas que anduvieron por la tierra y el océano. O cuando te topás con la originalidad de El pensamiento dominante, que no es un canto a su amada o al amor, sino al pensamiento acerca de su amada y se pregunta cómo hizo antes, como pudo soportar tanto tiempo sin esa dulce compañía, la del pensamiento, no la de la amada, la de ese pensamiento dominante que, “como una torre antigua en solitario campo” (mirá qué linda la hipálage del ‘solitario campo’), en un instante, le hace diluir todos los otros pensamientos en su mente. ¿Cómo ser indiferente a tanta belleza? ¿Cómo no derrumbarte en una exaltada fruición cuando pasás tus ojos por tan pocas páginas gloriosas? ¿Cómo se hace para soportar un agobio estético tal que llega casi al punto de saturarte la capacidad de recibir emociones?

Hablanos de la protección de la matrona Lausonia; y de su vínculo con su esposo Claucio y con sus hijos.

Lausonia es la tabla de salvación de Domicio Furio, la casualidad que le permite a Furio emanciparse y, a la vez, de enamorarse como se enamoran los jóvenes de mujeres mayores que ellos. La protección se va dando, con el correr de los años, por un motivo no previsto por Furio. Él fue a hacerle una demostración de sus destrezas de niño jinete, de ayudante de domador de caballos, y no se dio cuenta, hasta que lo llamaron para servir a Lausonia, de que lo más importante para que lo convocaran al palacio de Lausonia era que él sabía leer y que, entonces, esa cualidad le permitía constituirse en el esclavo lector de la mujer de Claucio. Ser letrado era una excepción en esa época en que la mayor parte de la población de Roma era esclava y analfabeta. Y, como los libros eran incómodos de manipular, eran rollos de pergamino o de cuero de oveja donde se escribía sin puntuación definida, con muchas abreviaturas convencionales, era más lindo que te leyeran y escuchar, que leer uno mismo. Un esclavo lector era una especie de audiolibro viviente. Si, primero, sabías leer y si, además, eras bueno haciéndolo, te convertías en un bien preciado y, entonces, Lausonia comenzó a proteger a este esclavito adolescente tan útil para ella. Más tarde, con el correr del tiempo, la asiduidad de la relación cultural derivó en enamoramiento mutuo. Como decía Bioy, es imposible que un hombre y una mujer que conviven durante un tiempo bajo un mismo techo (sea una casa, un auto o ensayando en un teatro), no terminen en la cama. El vínculo de Lausonia con Claucio es muy distante, es el de sometimiento resignado, pero no sólo a un hombre, a un esposo elegido por otro, por su familia, sino a una cultura, a una manera de comportarse de toda la sociedad. En esa época, las familias patricias de Roma casaban a sus hijas a una muy temprana edad con quien más les conviniera política, social o económicamente. No es muy explícito en la novela, pero Lausonia provenía de una familia muy antigua y, posiblemente, de mayor nobleza que la de Claucio, que se presume era bastante mayor que ella. En consecuencia, no había una relación sentimental entre ellos y la procreación de Lucio y Gayo, sus hijos, pudo haber sido sólo una ambición de descendencia de Claucio. Sin duda, no el fruto de una relación de amor. Claucio era un depravado, al estilo de Trimalción, el personaje del libro de Petronio, a quien le daba lo mismo satisfacer sus apetitos sexuales con una mujer o con su efebo preferido, ya sea por la fuerza o por consentimiento. Más allá de que, en aquella época, la relación sexual con un efebo, con un jovencito, era parte de la rutina erótica de los patricios romanos (acordémonos que a Julio César le decían la Reina de Bitinia, porque había sido el amante de Nicomedes, el Rey de Bitinia, cuando era adolescente), esas relaciones seguían un cierto canon. Seguían una especie de protocolo no escrito. No era lo mismo ser un homosexual activo que uno pasivo, tener modales masculinos que ser un afeminado. Y Claucio era una especie de pansexual masculino, como se diría ahora, una especie de Miley Cyrus que, además, cometía sus depravaciones en público, incluso delante de sus hijos que, por lo tanto, consideraban natural esa manera de comportarse. Como Lausonia provenía de Alba, al sur de Roma, tenía costumbres un poco más provincianas, más conservadoras, acompañadas de una refinada nobleza.

¿Qué elementos de la realidad histórica tomaste en cuenta para ofrecer al lector un panorama tan pormenorizado orientado a reflejar la densidad de los banquetes servidos en los triclinios? Hablanos de Nario, por favor.

 Ah, qué bueno que notaste que tanto detalle no puede ser inventado. Ahora no me acuerdo bien, pero creo que le escuché decir a Borges una vez, en una entrevista, que de la lectura nace la necesidad de escribir. Como a mí me gustaba tanto, y me sigue gustando, Roma y la historia romana, leí vorazmente todo lo que llegaba a mis manos. En un momento, recuerdo, leía a los clásicos latinos, leía libros de historia y de literatura romanas con el mismo espíritu con que se leen los diarios. Algo así como “a ver qué novedades me trae el mundo hoy”. Y, bueno, los triclinios son una derivación del Trimalción de Petronio y Nario, el cocinero, también. Sus recetas, en cambio, provienen de De re coquinaria de Apicius, un libro maravilloso escrito en aquella época donde se describe la preparación de los distintos manjares romanos, entre los cuales, si no recuerdo mal (tendría que releerlo ahora), el Garum, una salsa a base de pescado fermentado muy famosa y que, para mi éxtasis y sorpresa, la pude probar en Barcelona en mayo de este año porque se ve que algún iluminado chef rescató la receta, la preparó y se puso de moda. A tal punto que, según uno de mis tantos hijos (tengo seis) que vive allá, se consiguen frascos de garum en El Corte Inglés.

¿Cómo entra Parathios en esta historia?, ¿qué podés adelantarles a los lectores?

Parathios es también un personaje secundario, una especie de hombre de servicio, leal, bondadoso y complaciente, que, para Furio, se transforma en el símbolo de las buenas noticias.

No ahorrás detalles, y cada descripción genera una atmósfera que envuelve todo y a todos, incluido el lector. Me gustaría que nos hables de ello, ¿puede ser?

Sí, cómo no. Creo que los detalles, en general, le dan una dosis de realismo a la literatura que, como toda obra de arte, tiene que hacerle “suspender el descreimiento” al lector o al espectador, para usar esa frase que no me acuerdo quién la acuñó. La apreciación del arte es una tarea difícil. La producción artística es un ejercicio fabricado, falso. Dentro de dos horas vas a cenar, estás esperando que te llamen a la mesa en un rato o, si te toca, pronto te tenés que poner a cocinar. Pero te queda un rato libre y te sentás a leer. El libro te tiene que raptar. Si no, empezás a pensar en lo que tenés que hacer. Si el libro con el que te enfrentás te parece un invento artificial, digamos, si te hablan de moscas que salen a bailar con mosquitos a una disco de la Costanera y que se fuman un porro, es imposible seguir leyendo. Por lo menos, para mí. Me pasa lo mismo con el cine cuando los personajes saltan de un edificio a otro, o cuando vuelan entre rayos laser y bombas luminosas. Yo me levanto y me voy al bar más cercano y espero a mi mujer y a mis hijos con la mayor de las ternuras, mientras me zambullo en el celular para leer noticias o ver las chanchadas que me mandan mis amigos por WhatsApp. Lo paso mejor así que con una mosca-personaje que se comporta como un adolescente desquiciado, porque no me atrapan con eso. Los detalles, si son verosímiles, ayudan a suspender el descreimiento que te produce estar haciendo algo tan poco natural como leer. Si yo te digo que Claucio invitó a sus amigos a una cena en su palacio para divertirse, vos, como lector, podés no engancharte demasiado, podés pedir que te diga qué pasó durante la cena, pero, tal vez, te resulte más completo que te describa el cielo raso del comedor (el triclinio) y, con eso, te metés un poco más en el ambiente, aunque esto te aparte por un rato del desarrollo de la acción principal. O, a lo mejor, si yo te digo que Claucio es un degenerado, te alcanza para comprender lo que sigue, pero si te digo que, borracho, se besaba con su amante preferido y que éste le relamía el pecho después de haberle levantado la toga orinada por la incontinencia que le provocaba la bebida, puede ser que te lleves una idea más acabada de la depravación de las costumbres de esas personas y, quizá, logres adentrarte más en la historia. De todos modos, me parece que, capaz, se me fue la mano con los detalles en algunos pasajes de la novela.

¿Cómo resumir en dos renglones el papel que juega Fledio en esta historia?

Fledio es el mentor intelectual de Furio. Es quien le enseñó a leer cuando era un niño y quien lo introdujo en la cultura y la filosofía que, entendida desde un punto de vista utilitario, ayuda a preguntarte el porqué de las cosas, a sumergirte en la sutileza conceptual, a formular con claridad tus intuiciones y tus pensamientos, a enaltecer el mundo y notar rasgos de la realidad que parecen estar escondidos al primer e inmediato entendimiento de lo que ocurre. “There are more things in heaven and earth Horatio than are dreamt of in your philosophy”, como le decía Hamlet a su camarada. Esto es lo que le da Fledio a Furio. La capacidad de mirar a su alrededor con el ánimo del descubridor, del adelantado.

Y, ¿qué nos dirías de Valense?

Valense es el hombre del poder oscuro, el Sejano de Tiberio, el Narciso de Claudio, el Marcos Peña de Macri, el ­­­­Zannini de Cristina, el Corach de Menem. Es uno de esos personajes que, incapaces de concitar el entusiasmo de la gente, tienen un talento inmenso para ejercer el poder en las sombras. Admirados por la clase política y odiados por el público por la influencia que ejercen sobre quienes tienen la legitimidad del poder, la autoridad o el cargo. Valense, además, es un liberto, un esclavo emancipado, como Narciso (no como Sejano, que era del orden ecuestre), que maneja las voluntades de los Claucio, del palacio y de toda la clientela de su patrón. Clientela en el sentido de familia, siervos, esclavos y todas aquellas personas con una relación de favores recíprocos entre el patrón y su entorno. Tiránico y sanguinario con toda persona que tenga un poco menos de poder que él, Valense es obsecuente con el que detenta el poder y receloso de quienes tienen autoridad, como Lausonia.

 

Si bien entiendo que la idea no ha sido presentar esta historia marcando una línea imaginaria que separe a los buenos de los malos, lo cierto es que el accionar de los personajes termina, de manera inapelable, ubicando a cada uno de ellos de un lado, o del otro, de esa línea divisoria. Supongo que el hecho de haberle otorgado el uso de la palabra al principal involucrado en el “relato autobiográfico”, explica apreciaciones que, tal vez subjetivas, resultan concluyentes. ¿Qué podrías decirnos acerca de la voz narrativa?

Exactamente lo mismo que vos acabás de decir. Te diste cuenta de una debilidad del género autobiográfico, género que no existía en aquel entonces, por otra parte. Es un relato en primera persona delineado por alguien que filtra a través de su prisma personal todos los acontecimientos y los juicios acerca de los demás personajes de la novela. Furio es el que va marcando, con sus preferencias, de qué lado está el bien y de cuál el mal. Es el juez de su propia vida y de las personas con las que se topó a lo largo de los años.

Entre líneas, el mensaje parecería ser: “el conocimiento, el saber, la lectura libera”. Te pido que cierres la entrevista reflexionando al respecto y ajustando el razonamiento a la realidad actual. Muchas gracias.

¡Ja! Tamaño compromiso querés que asuma, ¿eh? Sí, por un lado, creo que el conocimiento, el saber y la lectura, más que liberarnos, nos enriquecen, nos dan mucho mayor volumen y, dentro de ese volumen, incluso mayor densidad, para usar términos de la física. Uno siente que puede ver más cosas con el conocimiento de las que nos aparecen ante los ojos en una primera mirada. Cuando voy a la ópera, que tanto me gusta, me da una envidia enorme no saber de música como sabe el director de orquesta o el concertino. Me digo: “¡Cuántas más cosas perciben ellos en este momento que las que siento yo!” Hay alguna conexión entre el conocimiento y la libertad, pero no es tan evidente. Yo concibo a la libertad como una cualidad más física, más asociada a la acción, a la capacidad de verter opiniones sin temor a represalias de parte de quienes detentan el poder en una circunstancia determinada. No creo, como el estoico Epicteto, que uno puede ser libre, por más que tu cuerpo esté engrillado, porque, según él, vos dependés sólo de tus juicios, de tus deseos, tus opiniones, tus tendencias. Tu cuerpo, tus riquezas, tu reputación no dependen de vos, entonces, podés prescindir de su influencia. No creo para nada en esto, por más que, lo admito, sería muy lindo creer que es así. El conocimiento, evidentemente, si lo tenés, te permite sustentar mejor tus opiniones, darles un fundamento, sopesar cómo de verdaderas son, cuán fidedignamente representan tus palabras la realidad que te circunda y, sobre todo, los procesos que se dan a tu alrededor, el hilo que une eventos más o menos lejanos. Pero yo lo concibo más como una riqueza que como una liberación. Desde algún punto de vista, el conocimiento es liberatorio, porque te desata las cadenas de la opinión fácil, del razonamiento de un solo paso, del slogan político. Por ejemplo, para venir a la realidad actual, un mínimo de conocimiento económico te permite darte cuenta de que no es tan fácil “ponerle plata en el bolsillo a la gente”. Si buscás y rebuscás, si estudiás profundamente un tema, si le das vueltas en tu cabeza, en tus conversaciones, en tus lecturas y en la acumulación de experiencias, vas a encontrar respuestas que, a primera vista, no son evidentes. Por lo pronto, aprendés que hay que empezar por definir los términos. ¿Qué quiere decir “gente” en este contexto? ¿Toda la gente de un país, del mundo, o solamente un grupo determinado? O, tal vez, podés preguntarte por cuánto tiempo querés ponerle plata en el bolsillo a la gente, si por gente entendés el ciudadano que trabaja o al que trabajó toda la vida. Y cuánto tiempo le durará ese beneficio que le querés dar. También te tenés que preguntar cuánta plata querés o podés ponerle en el bolsillo a la gente. Si por gente entendés al pobre o al indigente, ya lo estás haciendo desmadradamente a través de los subsidios. Y si pensás que es poca, tenés que pensar cómo hacer para que sea más. Si te sale decir, “fácil, le saco a los ricos y se la doy a los pobres”, enseguida te encontrás con que los ricos, las empresas, las multinacionales, los terratenientes, los emprendedores dejan de producir riqueza y todos nos volvemos más pobres. Lo que te lleva, entonces, a buscar soluciones, a pensar de qué manera podés hacer para volver a producir más riqueza. Unos dirán que podés expropiar todo y dárselo a empleados del estado para que produzcan lo que los ricos no quieren producir por falta de incentivos para hacerlo. OK. En pocos años, te vas a encontrar con la Unión Soviética, donde falta manteca y sobran gorros, porque no hay peor forma de planificar el funcionamiento de la economía que hacerlo centralizadamente y con propiedad estatal de los medios de producción. Planeás la oferta, pero la demanda va para otro lado. Podés, también, si esto te parece muy extremo, pretender generar riqueza asumiendo un déficit fiscal que genere una explosión de consumo que, supuestamente, generará mayor producción de bienes para satisfacerlo. Pero te vas a encontrar que, en poco tiempo, tenés que dar marcha atrás porque la gente va a dejar de creer en esos papelitos de colores que le das y huye de ellos hacia bienes o divisas en las que sí creen. Hiperinflación y devaluación. Si no querés dar papelitos de colores, tenés que endeudarte, como le pasa a cualquier padre de familia que gasta más de lo que gana, como le pasó a este gobierno que osciló entre el optimismo adolescente y la ilusión cínica de vaciar de contenido al peronismo con populismo ilustrado; y también le pasó lo mismo al menemismo en la segunda presidencia. Y en un momento, que no sabés bien cuándo se da ni por qué, el que te presta te dice “no te presto, más; disculpame, devolveme la plata”. Por lo que tenés que bajar los gastos, hacer el ajuste, en otras palabras. Otros dirán que tenés que tener un mínimo de gobierno que se dedique a generar confianza y condiciones para que vengan capitales, para que los argentinos, que tienen mucha más plata en el exterior que toda la deuda externa argentina, y las multinacionales vengan a invertir. Para eso, tenés que mantener las cuentas ordenadas y dar libertad al emprendedor para que asuma riesgos, para que gane plata y, así, genere más bienes y más baratos. Con una mínima intervención estatal, se genera más demanda de empleo para producir las cosas que ese emprendedor le entrega a quien las demanda por ser mejores y de menor precio. Yo creo más en esto último. Creo que, cuando vos querés distribuir más de la cuenta (que, traducido, quiere decir cobrar más impuestos o tener más déficit fiscal, subsidiar más, proteger mucho a la industria nacional en detrimento de quienes producen sin ventajas, proteger al empleado en detrimento del que busca trabajo), terminás por generar tantas distorsiones y tanto agobio que, al cabo de un tiempo, vas a empobrecer más a todo el mundo. Hoy, el más pobre de los Estados Unidos es más rico que la mitad de la población argentina. Y que no me digan que esto es así porque los Estados Unidos explotan al resto del mundo, porque enseguida me viene la necesidad de explicarme por qué, si todos largamos la carrera hace doscientos cincuenta años del mismo lugar de partida, ellos nos ganaron a los demás. En 1897 nosotros teníamos el producto bruto per capita más alto del mundo. Hoy, somos lo que somos. Un país empobrecido y decadente. El número sesenta o setenta del ranking. O, si no querés ir tan lejos ni tan atrás, por qué Chile, que era un país pobrísimo cuando yo era chico, es hoy mucho más rico que nosotros. Si vos generás estabilidad jurídica, sentás las condiciones para que los argentinos mismos y, después, el mundo, se animen a invertir. Si das rienda suelta a la libertad emprendedora, muchos asumirán riesgos que, en última instancia, nos beneficiarán a todos. Por ejemplo, a mí me pone muy contento que Jeff Bezos sea una de las personas más ricas del mundo. Gracias a él, los libros no sólo salen más baratos, sino que se consigue acceder a ediciones agotadas que, antes, eran imposibles de conseguir. Hace treinta años, yo quería leer Buried Alive, la novela de Arnold Bennett. Bueno, tuve que esperar que me tocara un viaje a Londres mucho más tarde para ir a recorrer las librerías de viejo en Charing Cross y, recién después de mucho caminar y caminar, me gasté, qué sé yo, veinte libras para llevarme una edición desvencijada. Quince años después, lo compré en Amazon por siete dólares. ¡Que haya millones de Jeff Bezos en el mundo! ¿Tienen una riqueza inconmensurable? ¡Mejor para mí y para los millones de consumidores del mundo que compran, no sólo libros, sino cualquier producto de los cientos de miles que se venden en Amazon más barato y más rápido! Yo soy amante del capitalismo, como verás. El capitalismo es incómodo, pero es lo que permitió, en alianza con el conocimiento científico, plasmar este enorme bienestar mundial en el que podemos vivir siete mil millones de personas. Sin el capitalismo, sin el conocimiento científico, vos y yo, muy probablemente no hubiéramos nacido. El mundo seguiría teniendo los mil millones de habitantes que tenía hasta hace trescientos años. Y el capitalismo está aquí para quedarse. Parafraseando a Giorgio Ruffolo, el capitalismo tiene los siglos contados. Un día se va a crear el partido de los consumidores, porque consumidores somos todos, aquí y también en la caída Unión Soviética. Todos necesitamos bienes para subsistir. Y en cada producto que compramos en el supermercado, hay un porcentaje enorme de IVA que pagamos para sostener a una maquinaria gigantesca de gastos y subsidios, en cada producto que compra un coya jujeño o un chango catamarqueño perdido en las sierras, que apenas le alcanza para comer, hay un pedazo que financia mis viajes en el Mitre o la cuenta de gas de la casa de un vecino de la Recoleta, no de San Salvador o de Resistencia, ¡de la Recoleta! ¿Dónde está la justicia allí? Me pediste una relación del conocimiento con problemas de la actualidad, ¿no? Bueno, esto es lo que yo pienso. Yo creo que el conocimiento (en este caso, el económico) y una educada capacidad de razonar te dan la posibilidad de liberarte del lugar común, del slogan político, del facilismo argumental de un solo paso que hay en frases como “lo que hay que hacer es ponerle plata en el bolsillo a la gente” o de crear el Ministerio de la Felicidad para todos. Lo mismo con el calentamiento global o el problema de las migraciones masivas, o el terrorismo islámico. El conocimiento profundo de estos temas te permite actuar con bases sólidas. En este sentido, el conocimiento tiene un componente liberatorio muy fuerte, además de enriquecedor. En fin, pasás de tener opiniones a tener conocimiento, a comprender la secuencia de eventos, que no es otra cosa que la capacidad de justificar tus afirmaciones, de fundamentar tus creencias y de llegar a un retrato de la realidad que tenga un grado de veracidad mucho más alto que el de la mera intuición o la expresión verbal de un sentimiento. Si lográs eso, vas a poder actuar mejor, vas a poder generar acciones que logren el objetivo de que todos vivamos mejor. Con opiniones fáciles, con slogans atractivos, no vas a ninguna parte. ¿Es ésta la típica postura de un intelectual argentino? No, lo admito. Todo lo contrario. Pero es lo que pienso. ¿No queda bien? Y…, bue…, ¿qué le vamos a hacer?

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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