Hay una maldición china (al menos de acuerdo a lo que señalan las leyendas urbanas) que declama “ojalá te toque vivir tiempos interesantes”.

Bueno, vivimos tiempos interesantes.

Los índices de desigualdad crecen mes a mes, lo que transforman la realidad cotidiana en una porquería. Pero, al mismo tiempo, comienzan a detectarse señales de hartazgo ante esa desigualdad, lo que equivale a albergar esperanzas (quizás infundadas, quizás no) a futuro.

Las ficciones, producidas en ese caldo de cultivo, parecieran dar cuenta de los procesos que se viven. Por un lado, proliferan las historias donde aparecen sectas u órganos secretos que digitan los destinos de la humanidad, dando cuenta que la percepción es que arriba hay quienes están decidiendo muy mal acerca de los que están abajo. Por otro, surgen cada vez con mayor frecuencia ficciones que muestran la posible reacción de los oprimidos ante el sistema una vez que se hartaron de él (de lo cual un extraordinario ejemplo es la película Joker, que fascina hoy en la pantalla grande).

El instituto, última novela publicada de Stephen King, aborda ambas vertientes en simultáneo.

El argumento es sencillo: niños con poderes (telepáticos y telekinéticos) son secuestrados por una misteriosa organización, que los mantienen cautivos para sacarles provecho en un juego político que se mantiene en las penumbras. Hay referencias, claro, implícitas y no tanto, a dos novelas antiguas del escritor: Ojos de fuego y La zona muerta.

Por un lado, la novela aprovecha la capacidad de King de retratar la forma en que piensan y viven los preadolescentes, que ya explotara con maestría en El cuerpo (para quienes solo lo siguen en las adaptaciones audiovisuales, Cuenta conmigo). Esos chicos secuestrados funcionan como mirada inocente (es decir, que precisa discernir el mundo) para que lo que ocurre sea desentrañado, para que el lector los acompañe en esa trayectoria. En esas interacciones el autor sabe mostrar los miedos y la resiliencia, la forma en que los seres humanos terminan por adaptarse a lo que les ocurre, el modo en que se generan lazos solidarios y afectivos en las situaciones más adversas, los instantes en que nace eso mágico llamado amistad.

Por el otro, es una lectura política del presente por parte del escritor. Están sus comentarios habituales contra Donald Trump y las consecuencias nefastas de sus políticas, a su entender. Pero está también, y es mucho más interesante, la metáfora no demasiado elaborada como para que se pueda malinterpretar. Hay un grupo de seres indefensos que son explotados por otros con poder. Hay una etapa de miedo donde los secuestrados se mantienen casi paralizados. Pero hay otro momento a partir del cual comprenden que siempre tuvieron la salida delante de los ojos, y que no alcanzaban a distinguirla justamente por creer en la fuerza de los supuestos poderosos. En un ámbito cerrado, y por medio de la didáctica de suponer que los oprimidos son niños (con todas las contras que eso implica), lo que King efectúa es identificar cómo se desarrolla una revolución. Una de esas sangrientas.

Es evidente que a la obra le sobran páginas, pero a esta altura del partido puede afirmarse que esa voluminosidad innecesaria es característica intrínseca del actor. Le gusta contar, le gusta irse por las ramas, y listo.

King muestra un mundo donde se distinguen con nitidez los buenos y los malos, donde prácticamente no hay grises (salvo quizás por un personaje). En este caso, no puede acusarse al autor de simplismo, de que se le pierdan de vista las contradicciones, ya que de lo que trata El instituto, en definitiva, es de mostrar dónde está parado cada uno, y cómo le correspondería obrar de ahí en más.

Incluido el lector, al que se le generará una incomodidad más que bienvenida, dados los tiempos interesantes que nos tocan vivir y padecer.

Título: El instituto

Autor: Stephen King

Traducción: Carlos Milla Soler

Editorial: P&J

620 páginas

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