En el año 2017 viajé a Buenos Aires para participar del 2do Encuentro de Estudios Japoneses, donde hice cosas de académico responsable. El último día del evento, sin embargo, me escapé con Fernando Krapp al bar Los galgos, el lugar que él había elegido para charlar sobre el (los) idioma(s) y la (las) historia(s) de Japón. “Estoy escribiendo un libro sobre la inmigración japonesa en Argentina”, me dijo entonces mi ex-compañero de universidad. ¿Un libro sobre la inmigración japonesa en Argentina? Qué cosa más aburrida. Pero jamás me negaría a una birra. Nos sentamos en una de las mesas cerca de la ventana, pedimos una, dos, tres cervezas, para después dar paso un ping-pong de preguntas y respuestas vinculadas a “Japón”, a la “cultura japonesa” y a otras tantas categorías artificiales. Hoy, aquel encuentro forma parte de la introducción de su libro; me gusta pensar que también las caóticas y desorganizadas explicaciones que le di sirvieron para crear estas clarísimas y entretenidas narraciones sobre los nikkei, una de las comunidades más intrigantes de nuestra nación.

 

Una isla artificial es quizás la crónica mejor documentada que haya escrito un extranjero sobre los japoneses en Argentina. Junto a otros libros recientes que pronto voy a reseñar (les pido paciencia, muchaches), libros como Camino al este de Javier Sinay (Tusquets, 2019) y Japón desde una cápsula de Julián Varsavsky (Adriana Hidalgo, 2019), el de Krapp constituye un corpus (¿género?) de textos argentinos que hablan sobre Asia, pero lejos de la mirada del supuesto experto y cerca de la del explorador o descubridor. En este género, todo exotismo es perdonable e incluso fundamental. ¿No nos resulta fascinante que estos escritores vayan cambiando sus miradas, sus preconceptos, que cuestionen sus prejuicios, a la vez brindándonos todo tipo de datos curiosos e interesantes (algunos necesarios)? Es lógico, entonces, que hayan elegido para este género el formato de la crónica, por definición un tipo de texto en ell cual se mezcla lo informativo y lo interpretativo.

Krapp en particular hace de la idea de ‘mezcla’ un eje temático. Una isla artificial abunda en yuxtaposiciones, mestizajes, hibridajes, lo cual desestabiliza el esencialismo existente sobre las culturas nacionales. Dicho de otro modo, en este libro Japón y Argentina son uno; o mejor dicho, son muchos. Representativos de este fenómeno son un mapa de Japón colgado al lado de un retrato del General San Martín, asados en festividades japonesas acompañas con arroz de sushi, recetas de cocina que mezclan técnicas de Misiones y de Okinawa, voces en un “español ajaponesado” (p.73), ritos que tienen “algo de fiesta ancestral y algo de cumpleaños de quince” (p.83). El episodio en que Krapp entrevista a Anna Kazumi Stahl es el más explícito sobre esta cuestión, sostenido por una frase de Paula Hoyos Hattori, profesora de la Diplomatura en Estudios Nikkei del CeUAN: “la literatura nikkei cuestiona las esencias y trabaja a partir de la mezcla” (p.181).

Por otro lado, al referirse a las diferencias generacionales dentro de la comunidad japonesa en Argentina, Krapp desestabiliza también la idea de ‘lo nikkei‘ como una esencia homogénea.

Para los primeros japoneses, Japón es una tierra que dejaron atrás pero que en parte trajeron consigo a esta tierra nueva. Para sus hijos, la idea de Japón está condensada en la historia de sus padres y tiene una función dramática, una narrativa. Para sus nietos, Japón es un mundo al que se asoman a través de videos de Internet (p.29).

Esta diferencia se acentúa repetidas veces a lo largo del libro, siendo ejemplar el episodio de la lucha de sumo en Nuñez: “Para Claudio toda la generación que nació después de los issei (es decir, la de él) está un poco loca y debería ir a terapia” (p.197). En esta línea, creo que es un acierto que Una isla artificial haya sido escrito por alguien ajeno a la sociedad y descendencia japonesas. Así, en su intención informativa, es capaz de tocar puntos delicados para hijos, nietos y bisnietos nikkei: el abandono del estado japonés a migrantes en todo América, la inexplicable devoción que sienten por la cultura central de archipiélago a pesar de provenir mayormente de zonas periféricas, la discriminación que sienten al viajar a Japón, las imposibilidades de adaptarse allí a una cultura que imaginaban parte de su historia personal y que finalmente les resulta tan ajena como a cualquier otro argentino. Krapp trata estas cuestiones (que sin duda harán reflexionar a más de un nikkei) con sutiliza y respeto, condensándolas en una frase memorable: “un trauma genera comunidad” (p.159).

 

Desde el otro lado del charco, sin embargo, escuché también críticas al autor sobre estos puntos, incluso a mis comentarios citados en el libro. Nos achacan dar la mirada de un gaijin, de un extranjero-a-Japón, un término que un ‘verdadero’ japonés evitaría por considerarlo despectivo. Pero yo me pregunto: ¿qué pensaremos todos sabiendo que siempre hay un otro que nos mira y nos juzga, un otro que nos recuerda que vivimos en nuestra propia región ficticia e imaginaria? ¿Qué mejor recordarnos que esta condición –la artificialidad–, tan propia de un mundo de redes y segmentaciones sociales, acecha y determina nuestras relaciones humanas? Krapp logra magistralmente dar cuenta de esto al poner en escena personalidades que hablan por sí mismas, ante las cuales el cronista es apenas un facilitador, un hilo conductor de historias que atraviesan un trasfondo mayor: la historia de la inmigración en Argentina.

Identidades que son construcciones, imaginaciones, artificios. Ahí reside el tema de Una isla artificial. Por mi parte, me gustaría preguntarle al autor en qué cambió ÉL tras escribir este libro; qué parte de su personalidad cambió en el contacto con la (las) cultura(s) japonesa(s), qué cosas empezó a apreciar, cuáles a detestar, si algún día volverá a ser como antes. Hoy, ¿Japón también te persigue, Fer?

Un último punto en voz de un descendiente de japoneses, el antropólogo Marcelo Higa, que hoy vive en Tokio: “los estereotipos pueden capitalizarse” (p.100). Desde los viveros hasta las artes marciales, pasando por actividades que no estaban explícitamente unidas a la cultura japonesa como las tintorería, Una isla artificial está repleto de historias sobre el modo de subsistencia predilecto que encontraron los japoneses en territorio criollo: explotar su cultura. Así, un festival O-bon, un jardín japonés, la cumbia samurái, el sushi y el té se convirtieron en mercancías; también el haiku y el zen y en el wabi-sabi lo fueron en distintas latitudes, versiones de una marca registrada llamada Japón, Japan Inc. o Nihon™. Pero esto no es una crítica. Por el contrario, es un ejemplo de la flexibilidad que tienen las culturas para sobrevivir al mercado y para crear identidades que son el producto de la circulación y transformación de prácticas culturales. Ejemplo que demuestra que no existe cultura desvinculada de la economía. A mí también me pasa: soy el latino en Japón. Al que le piden que dé conferencias sobre fútbol o sobre cómo ser un latin-lover, aunque no sepa un pomo de ambas. Quizás eso somos todos los migrantes: comerciantes de culturas, negociantes en una feria de bienes nacionales.

Me gustaría alguna vez escribir yo sobre mi encuentro con Fer Krapp en Los galgos, me gustaría que también él sea parte de un libro mío. Por el momento dejo esta entrada de blog y unos fugaces momentos en los que su libro sobre Japón dio vueltas por «Japón».

 

Sobre El Autor

Matías Chiappe Ippolito tiene 33 años, es traductor e investigador, licenciado y profesor en letras por la UBA, máster en Estudios de Asia y África por El Colegio de México y candidato a doctorado por la Universidad de Waseda. Actualmente vive en Tokio y lleva adelante el blog: https://lalineadechape.wordpress.com/

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