No hay nada peor que comenzar una crítica con aclaraciones, pero en este caso me veré obligado a exponerme al naufragio en los primeros párrafos.

Creo que la crítica -literaria, cinematográfica, televisiva, etc.- que hace uso de la primera persona del singular es incorrecta e incluso grosera. Es como esa gente que dice algo y luego aclara “bueno, eso es lo que creo yo”, olvidando que el 100% de lo que pronuncia en el 100% de su vida responde a esa fórmula (el viejo problema de ser redundante con idioteces). La crítica carece de objetividad, es fruto de la mirada y/o del interés particular del crítico (los primeros son los honestos; los segundos, los kiosqueros). En ese sentido, el lector ya tiene que soportar el recorte de mirada, como para agregarle cuestiones explícitas en primera persona. Es decir: si el crítico desea llamar la atención sobre sí mismo, podría dedicarse a producir en vez de a mirar, o incluso desnudarse y salir a correr por la calle. La atención de la crítica está (o debería estar) sobre lo criticado, no sobre el crítico. Ya bastante injusto es que algo se califique (para bien o para mal) como para encima restarle trascendencia en el texto de la crítica (de las audiovisuales ni opino, pues no las considero críticas, tan solo comentarios, casi nunca bienintencionados).

El tema es que, como en toda regla, hay excepciones. Y esto radica, fundamentalmente, en que hay ocasiones donde por honestidad intelectual el crítico debe informar de sus propias falencias a la hora de hablar de lo criticado, porque esos defectos propios van a alterar la mirada.

Este es uno de esos casos.

O, dicho de otra manera, todo lo que sigue en este texto puede resumirse en “cómo tirar por la borda en un único texto todo lo que uno cree que debe ser la crítica”.

 

Tengo casi cincuenta años, y pertenezco a las últimas generaciones cuya infancia fue enriquecida con la colección de libros infantiles ilustrados Robin Hood. Sus tapas duras amarillas poblaban mi escuálida biblioteca, y su catálogo fue uno de los que comenzó a delinear lo que iba a ser mi gusto. Ahí descubrí a Verne, me apasioné con London, me aburrí con Salgari. Sin embargo, hubo una autora integrante del seleccionado a la que no pude abordar: Louisa M. Alcott. La razón fue muy sencilla: se suponía que era para mujeres. Como buen neurótico obsesivo, mi intención era leer toda la colección, pero cuando pedí que me compraran Mujercitas, no recuerdo si mi madre o mi abuelo me dijo “no, eso no es para vos, es para nenas”. Mi curiosidad se acrecentaba porque el segundo volumen se llamaba Las mujercitas se casan, y ya desde niño creía que el casamiento instituía una especie de felicidad estable, por lo que me interesaba el tema. Pero lo cierto es que nunca las leí.

Hoy, con casi cincuenta años, estoy casado y he comprobado que la hipótesis infantil se acercaba bastante a la realidad. Y, ante el estreno de la nueva versión de Mujercitas, le propuse a mi señora verla juntos. Originalmente la iban a ver ella a solas con la nena (al igual que las maratones de The Nanny, en el streaming de Amazon, a las que me sigo resistiendo), mientras yo en el otro cuarto leía o miraba algo de lo que no les gusta a ellas (ciencia ficción y terror, fundamentalmente), pero por un lado la nena dijo que prefería esperar porque ver la película le iba a arruinar la lectura del libro que tiene en la pila de lista de espera, y por el otro yo tenía ganas de hacer la crítica, y que al mismo tiempo mi señora me aclarase diferencias y similitudes con lo escrito en los libros.

Lo primero que debe aclararse en relación a esta nueva versión fílmica (siempre, de acuerdo a lo que me explicó mi señora), es que el film de Greta Gerwig toma elementos de Mujercitas y de Mujercitas se casan. Está narrada en dos tiempos, un presente (partes del segundo libro) y un pasado (del primero). Resulta bastante fiel al original, aunque se toma licencias de forma más que de contenido: lo que ocurre es lo que pasa en las novelas de Alcott, pero el tono es diferente.

Las fanáticas de las novelas (léase mi señora) pueden contrariarse con esas alteraciones temporales, pero lo cierto es que en la narración funcionan muy bien. Pareciera que Gerwig se concentró en modernizar o contemporizar la prosa del siglo XIX, para hacerla más atractiva para las generaciones del siglo XXI. Y, en líneas generales, eso se cumple en forma óptima.

Posee, sí, falencias, como los parlamentos que se notan muy injertados desde el presente políticamente correcto, donde los personajes aclaran innecesariamente lo que ve el espectador a lo largo de toda la película (esto es, que la mujer era relegada en la sociedad del siglo XIX, o que el matrimonio podía implicar acuerdos económicos o de subsistencia). O como ciertos momentos donde, para mantener un ritmo vertiginoso que no para a lo largo de toda la película, pareciera que los personajes están enchufados a 220 voltios (sin percibir que los tiempos en el XIX eran más parsimoniosos). O, y ahí sí es un error grande, cuando para mostrar la rebeldía de Jo y Laurie los hacen bailar espasmódicamente algo que parece un rock extemporáneo.

El elenco es sólido. Tiene actuaciones correctas como la de Ronan, y presencias superlativas en actores secundarios como Meryl Streep (impagable tía March), Laura Dern (la madre) y Chris Cooper (como siempre, un gigante en roles de reparto). Resulta una sorpresa agradable descubrir que Emma Watson puede actuar bien, medida y sin caer en el énfasis gestual. Pero también hay que hacer mención aparte a Timothée Chalamet.

Chalamet es un actor que puede ser comparado con Oscar Isaac, o que se puede sospechar que poseen el mismo representante (muy bueno para ellos, pésimo para el espectador). Ambos son actores muy malos (el primero por la sobreactuación que haría empalidecer incluso al líder del área, Leonardo Di Caprio, el otro porque resulta más inexpresivo que Charles Bronson en su peor momento), pero de la noche a la mañana comienzan a proliferar en las películas que se estrenan, y uno no entiende qué hacen ahí en la pantalla, cómo es posible que nadie entre los cientos de personas detrás de cámaras se haya dado cuenta de que es un queso de la interpretación. Chalamet hace siempre de niño caprichoso (quizás lo sea en la vida real), ya sea que interprete a un adolescente que descubre su homosexualidad, a uno que es adicto o a este Laurie que transforma en lo que a los ojos del espectador sólo puede ser un estúpido malcriado. Me genera pánico lo que puede hacer en la próxima Duna.

Aún así, Chalamet no logra arruinar una muy buena película.

Porque eso es lo que es Mujercitas. Una muy buena película. Divertida y sensible, sin ser sensiblera. Un film al que las mujeres que leyeron las novelas de chicas podrán disfrutar recordando viejos placeres. Una película que los hombres también podemos disfrutar, si dejamos los prejuicios de lado y comprendemos que no hay historias para hombres separadas de historias para mujeres: hay buenas o malas historias, hay buenos o malos libros.

No es culpa de la mujer que lo que suele ser el producto diseñado para mujeres por la industria constituya una gansada, de la misma forma que no es culpa del hombre que lo que suele ser el producto diseñado para hombres por la industria sea una sandez. Por suerte hay excepciones, como Mujercitas.

 

Mujercitas

Título original: Little Women

Dirección: Greta Gerwig

Guión: Greta Gerwig, basada en las novelas de Louisa May Scott

Elenco: Saoirse Ronan, Emma Watson, Laura Dern, Meryl Streep, Timothée Chalamet, Chris Cooper y otros

Año: 2019

Fecha de estreno en Argentina: 30 de enero de 2020

Ya disponible en torrent

Sobre El Autor

Escritor, periodista y licenciado en sociología, Diego Grillo Trubba ha ganado diversos premios de relato y novela, destacando entre su obra títulos como Los discípulos o Crímenes coloniales.

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