A diferencia de otras disciplinas artísticas, la historieta es llevada adelante por gente que ama el género. Arte usualmente bastardeado, aunque (o a causa de que) genera mucho dinero, el guionista de historietas fue primero fan de la historieta, un defensor podría decirse, y quizás nunca deje de serlo. Esta adhesión colegiada puede verse, por ejemplo, en que es extremadamente extraño que un guionista critique en público a otro, a diferencia del resto de las disciplinas artísticas. Son fans, son equipo.

Es probable que Geoff Johns sea, entre todos los guionistas de la historieta norteamericana, aquel que más ama no solo lo que hace sino lo que hicieron los demás en el género. Su trabajo desde hace décadas en DC implicó la revalorización de personajes caídos en desgracia, primero, y luego en dar una coherencia al conjunto, un corpus. Esto no indica que sus obras sean necesariamente extraordinarias (que las tiene, como sus etapas en Green Lantern o en JSA, por citar solo un par), sino que siempre se trató de una construcción: es de los pocos autores que no solo conforman una obra coherente, sino que además intentan otorgarle coherencia a la editorial donde trabaja.

Doomsday Clock, su último trabajo publicado, es justamente eso: el intento máximo por otorgarle solidez a los personajes que publica DC Comics. Incorporar en forma definitiva a los personajes de la genial Watchmen al universo gobernado por Batman y Superman. Y es así como hay que leerla, ya que no se trata de una secuela a la obra máxima de Alan Moore (por más que hay detalles que, al leerla, se ve que también fueron tomados por la serie de HBO que sí era secuela, como por ejemplo el hecho de Robert Redford presidente).

Johns plantea que, luego de lo ocurrido en Watchmen, con el Dr. Manhattan alejado, el plan de Ozymandias primero resultó fructífero pero finalmente (es decir, cuando comienza Doomsday Clock) es un fracaso estrepitoso: no se puede salvar lo que desea morir. La idea del héroe/villano (salvó a la Tierra, pero para eso se cargó a millones de personas) es ir tras Dr. Manhattan, y es entonces que descubre que está en una dimensión paralela, aquella donde viven Batman, Superman y el resto de sus superamigos.

Como en todas sus obras, Johns arranca muy despacio (que no significa para nada que sea aburrido, todo lo contrario), muestra de a poco las cartas con las que va a jugar la partida. En el promedio, la trama comienza a ganar ritmo, para arribar a un último tercio vertiginoso. En eso no se modifica lo que venía haciendo.

Donde Johns da un paso gigante y exitoso es en lo que se refiere al metalenguaje. Siempre había dado muestras de su erudición, con pequeños guiños a los lectores haciendo referencias a otras épocas de los personajes, pero en este caso maximiza lo que ya había intentado hacer (muy bien) en Infinite Crisis: el guiño/referencia, ahora, es también al modo en que se producen las historietas en los Estados Unidos. Si en Infinite… realizaba un planteo del choque entre los tiempos dorados e ilusos de los superhéroes con otra etapa mucho más oscura, ahora lo lleva mucho más allá: lo que intenta explicar, siempre desde la mirada aparentemente fría del Dr. Manhattan, es la lógica a partir de la cual se publican las historietas. Esa mentalidad industrial y economicista (que hoy podría encarnar Dan Didio), pero puesta ahora, en Doomsday Clock, al servicio de la narrativa. Para Johns, en lo que plantea en esta excelente macrosaga, hay una lógica en la producción que va más allá de la voluntad de ganar dinero: ¿qué es lo que llevó a que Superman haya tenido origen en distintas décadas, desde la del ‘30, con cada reinicio del universo por cuestiones comerciales? ¿Qué es lo que hace que la historieta de superhéroes norteamericana pueda, de tanto en tanto, hacer borrón y cuenta nueva y no morir en el intento? ¿Cómo se relaciona el comercio con el arte? Éso es lo que intenta responder Johns en Doomsday Clock.

Resulta paradójico que el proyecto Doomsday Clock haya estado aquejado de problemas industriales: debió adelantarse su publicación para no afectar la continuidad de otras series, y fruto de ese apuro comenzó a padecer retrasos cada vez mayores en la publicación, finalizando casi dos años más tarde de lo que estaba programado.

Johns mismo debió padecer otros asuntos de la lógica de la producción, como la competencia entre profesionales dentro de la propia editorial, siendo relegado por decisión empresaria primero ante Scott Snyder (que no le llega ni a la uña del dedo meñique del pie), y ahora por (todo lo indica) el nuevo autor estrella de la editorial, Brian Michael Bendis (quizás el otro guionista con un perfil similar al de Johns, en búsqueda y en calidad). Pero es el mismo Johns el que hace un triple salto mortal en la historieta, sobre el final, para introducir esos elementos, e incluso adelanta dentro de la trama cuáles serán los siguientes eventos de DC Comics (el más próximo, este mismo año, que se llamará 5G y aparentemente implicaría otro reinicio del universo, o quizás un salto adelante en el tiempo, a manos casi seguro de Scott Snyder), incluso un ¿chiste? de un crossover entre DC y Marvel que se llamará Secret Crisis y que tendría lugar entre 2025 y 2030 (sí, Johns hasta pone las fechas).

Y lo que explica Johns, en forma más o menos explícita, es que la historieta (de superhéroes, pero podría decirse toda historieta) puede funcionar más allá de los intereses y arbitrariedades mercantiles porque posee algo así como un alma. Y los personajes con alma, se sabe, pueden ser inmortales por más macanas que se manden los demás.

 

Doomsday Clock

Guión: Geoff Johns

Dibujo: Gary Frank

Números: 12

Editorial: DC Comics

Sobre El Autor

Escritor, periodista y licenciado en sociología, Diego Grillo Trubba ha ganado diversos premios de relato y novela, destacando entre su obra títulos como Los discípulos o Crímenes coloniales.

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