TIERRA Y SELVA ENDEMONIADAS

Las raíces y lo residual. El pecado original que se arrastra en el entramado que acompañó y aún perdura en la letra y en el espíritu de la organización nacional pensada en pos de la construcción de diferencias. Sus músculos ocultos y sus cavidades capaces de pervertirlo todo, y en todo contexto.

En Pampa del Infierno, Molfino logra un desplazamiento y, por momentos, un diálogo entre  culturas. Parecería ser que se piensa a sí mismo en otra dimensión y, entonces, lo ajeno se hace más auténtico. Tal vez una manera de reinventarse junto al protagonista de este viaje (o fuga), cuya gran historia es parte de la nuestra, aquí envuelta en un ritual de purificación del género, reconociendo el paladar negro que evidencia esta suerte de legado, o herencia aceptada sin beneficio de inventario.

La figura idealizada del vaquero; su resistencia y destreza. Su modo de vida, sus valores. Su cultura.

Aventuras en escenarios hostiles, indómitos que, en suma, califican como el lugar de los hechos.

Las campañas ordenadas sobre la selva chaqueña se inician de a poco; todo es más lento que en las regiones patagónica y pampeana, fundamentalmente  por las dificultades que ofrece el Impenetrable chaqueño. Se hace pie, primero en Santa Fe; se pone un límite al norte de la ciudad con los pueblos del Chaco. A renglón seguido, la guerra con el Paraguay precipita las cosas, obligando al estado argentino a ocupar aquellas tierras, de lo contrario, se las podría llegar a quedar el Paraguay, (en estos términos tiene cabida uno de los personajes: nada menos que el temible señor Jinkus). Por fin, se decide avanzar con mucha presencia militar, tanto sobre Chaco como sobre Formosa (aquí encaja el general Fotheringham, otrora, héroe de guerra). Ambos personajes, serían representativos de un penoso proceso histórico, conocido como la conquista del desierto. Un verdadero genocidio.

¿Tierra de nadie?, ¿tierra vacía? Tierra arrebatada a sangre y fuego. Algo ya entonces naturalizado. 

Una novela clavada a la tierra. Una historia de familia que se remonta e inscribe, ya en tiempos de concluida la guerra civil; una historia que se inicia en Tom Green, Texas, con el nacimiento del niño Kenneth Parker, en noviembre de 1890. Su padre: un inglés -ex buscador de oro y ex alguacil- Cyril Jerome Parker. Su madre: una mujer navajo, Bikeh Hoz Ho, hija del jefe Mangas Coloradas.

Ken fue el favorito de su padre, quien lo independizó, a los veintiún años de edad, diciéndole:

“Ya eres adulto Ken, debes pensar que tu vida ya empezó, la que usarás vayas donde vayas. Pero debes cambiar ya (…) Debes ocuparte ya o llegarás tarde a tu funeral…”

Llegada la despedida, el padre le entrega su estrella de sheriff. Llevará consigo, también, un Colt 45 y el puñal que perteneció a su abuelo -el jefe navajo- y que le regaló su madre. Él partirá con el firme propósito de capturar a un par de bandidos -Sundance Kid y Butch Cassidy-. Para localizarlos deberá viajar, a como dé lugar, hasta la Patagonia, en Argentina. Atravesar la infinita llanura; cabalgar ese mundo sin bordes. El viejo camino de Schoonover. Las vías ferreas del Southern Pacific. La inmensidad del horizonte y una soledad intensa. Él perseguirá la recompensa prometida.

La belleza que le imprime Molfino a la novela, mediante un caudal sostenido de descripciones, resulta ser garantía de equilibrio, a modo de compensación por tantas cuotas de trágica oscuridad. Así logra mantenernos en vilo y al mismo tiempo, darnos un respiro en virtud de imágenes poéticas.

Una travesía, a caballo; en castigados barcos a vapor; en ferrocarril. Una aventura interminable y, por fin, un punto de llegada después de tanto recorrido en vano; las selvas de Pampa del Infierno.

“Hasta aquí llegaste, hombre lejano”.

La novela se reconoce en un cruce de culturas -las indígenas-. En Estados Unidos, apaches. Más al sur, navajos. Y más acá,  aymarás, mapuches, wichís, tobas, makás, pilagás…. Y sus idiosincrasias.

Presenta personajes de diversas nacionalidades, dando cuenta del famoso crisol de razas en este mapa. Pero es, fundamentalmente, un western que alberga, como tal, malhechores, bandidos, misioneros, contrabandistas, soldados e indios renegados, detectives, desertores, y tantas otras especies de la fauna humana. Y un general, y un desaparecido con presunción de fallecimiento.

Es una trama de furia, de violaciones y crímenes, de crueldad, de muerte, de incendios, de asaltos y de robos de bancos; de venganzas. Es lo que es. Una guerra sorda y subterránea, en la frontera.

Tierra y selva, endemoniadas. Una tensión entre el orden social y el natural.

La esencia humana, en tiempos de colonización. Y, también, la esperanza de un lugar en el mundo.   

    Cabalgando hacia el norte y paralelo al río, halló pequeñas poblaciones de aborígenes. Cultivaban algodón y poseían un puñado de animales en los corrales. A su paso, lo saludaban con las manos y saltaban como si asistieran al paso de los tres Reyes Magos. Se los notaba amigables y algunos parecían bailar danzas caóticas cuando, en realidad, estaban borrachos.

    Despareja, con hondanadas y cañadas, la sábana se extendía verde, intensa, en esa época del año. Así es la primavera. No obstante, exhibía una soledad temible que se redimía a la distancia, allí donde la selva explotaba de árboles vibrantes. Cada tanto se veían matorrales rencorosos de espinas. Pensó en la época en que esa pradera no pertenecía a nadie y todos formaban parte de ella. La muerte parecía recién inventada, un abismo lúgubre y perturbador que le había saqueado la inocencia a ese paisaje.

    Cuando el caballo cruzaba los altos tacuruzales, Ken Parker podía observar el río calcinado por el sol. Algunas canoas pasaban pobladas de aborígenes con sus arpones listos para la pesca.

    Le llamó la atención la cantidad de huesos y de cráneos humanos destrozados diseminados a lo largo del camino. Algunos costillares aún conservaban retazos de los uniformes azules del ejército de línea. Otros, restos de taparrabos devorados por las hormigas rojas. Cráneos partidos con filos de hacha, esternones quebrados por flechas o balas, costillas aplastadas por botas o mazazos. La brisa aventaba un polvillo casi invisible, como si se tratara de una mortaja evanescente. Las últimas tinieblas que guardaron en vida los corazones de esos cuerpos descoyuntados.

    Se apeó. Llegó hasta un esqueleto más o menos entero, se acuclilló y súbitamente pegó un salto hacia atrás y quedó de pie con la vista clavada en los huesos muertos. El tórax y el cráneo se habían convertido en un nido de escorpiones rubios. Las costillas dejaban ver la punta de un sable. Por la posición, la estocada había buscado el corazón. Ken bien sabía que eran muy venenosos. Los famosos escorpiones güeros que había conocido en el desierto mexicano.

    Escupió una saliva espumosa: la sed. Bebió dos tragos cortos de agua y colgó la cantimplora en el costado de la montura. De un salto, agarrado a un puñado del pelo del zaino, volvió a montar, echó un vistazo al sol viscoso del atardecer. Producía un efecto cegador y el aire parecía de gelatina. Siguió su camino. Un viento crudo empezó a soplar del sur. En el horizonte, una línea verde sin fin lo esperaba. Allí estaría una vez que la noche se hubiera apoderado de todo.

    Azotó la grupa del caballo y apuró el galope haciendo crujir los huesos bajo el peso de los cascos. El viento venía arreando unos cúmulos grises y bandadas de pájaros chillones. Una comadreja cruzó como una luz metros más allá de su caballo y desapareció en su madriguera. Lejos, a más de dos kilómetros, una caballada salvaje nacía de una nube de polvo. Se preparaba una tormenta.

    Cuando el día se estaba apagando, todavía lejos de la franja ya negra de la selva que tenía enfrente, Ken Parker creyó ver una luz de candil, débil y fugaz. Se sumió en la oscuridad en un segundo. Se detuvo a observar; ya aferraba su Winchester. Forzó los ojos y distinguió una casa semiderruida, quemada, sin techo, disimulada tras unos pastizales descomunales junto a unos añosos algarrobos. La luz del candil cambiaba de lugar rápidamente: alguien trataba de huir, de quedar lejos de los ojos del intruso.

    Espoleó al animal y galopó hasta la enigmática ruina. Desmontó, y a los pocos pasos, un hombre andrajoso temblaba con el candil en una de sus manos. En su única mano. Al espantado hombre le faltaba un brazo. Todavía llevaba un esparadrapo sucio de tierra y sangre seca cubriéndole el hombro porque le habían seccionado el brazo desde muy arriba y el rostro del pobre tipo, aterrorizado, balbuceante, daba cuenta de la saña de quienes lo amputaran.

    -Tranquilo, amigo, nadie le quiere hacer daño- dijo Ken.

    El hombre soltó el candil y de un salto se colocó a un metro de Parker: un cuchillo salió a relucir en su mano. Y arremetió. Ken le pateó una rodilla, tambaleó el tipo y luego recibió otra violenta patada en la otra rodilla. Cayó con un gemido. Desde el suelo, lo miraba con ojos implorantes y temblaba apoyado en su único brazo. El candil estaba volteado sobre unos ladrillos picados pero conservaba la luz de la vela. La sombra sobre el cuerpo del hombre serpenteaba y huía noche adentro. Llevaba un harapiento pantalón de hilo cuyo color ya era indiscernible. El torso desnudo, esmirriado y sudoroso, brillaba bajo la luz indecisa del candil. El brazo le faltaba desde la axila. Parker supo que ese pobre tipo no viviría mucho tiempo más. Una infección le deformaba el hombro y parte del cuello. Hubiera sido más piadoso que lo picara una yarará. Volaba de fiebre.

    -Si me va a matar, máteme ya…¿Lo mandó Jinkus?- afónico, le costaba armar las palabras.

    -Yo no lo pienso matar, hombre. Usted está muy malherido. ¿Cómo se cortó el brazo?

    -Fue… fue Jinkus…Dijo que yo era un cobarde, que había rehuido matar al francés Le Saige…

    -¿Y quién es ese fulano?

    -Javier Le Saige, el tipo que tiene la estancia para allá -y marcó un rumbo- y no se la quiere vender. Por eso me mandó a matarlo. ¿Tiene un cigarrillo? (Ken empezó a liarlo). Pero el francés es un buen paisano, yo trabajé para él durante años, desde los quince hasta los treinta, más o menos. Ahora tengo cuarenta y dos… pero qué mierda que soy, justo me fui a trabajar para Jinkus, usted no sabe, señor, gracias -dijo, tomó el cigarrillo, le pegó una larga pitada y con un silbido bronquial exhaló el humo-. Le decía que fue una mierda ir a laburar con Jinkus, es el diablo en persona, todo el mundo le tiene miedo…

    -¿Cómo se llama usted?

    -Aguayo, Cirilo, para lo que guste mandar…

    -¿Tiene hambre, Cirilo?

El hombre buscó el rostro de Ken en la oscuridad y una vez que lo ubicó estiró una sonrisa rala, los labios finos exudaban una espumilla blancuzca.

    -No, señor, más bien tengo sed.

Ken Parker fue hasta el caballo y regresó con la cantimplora. Se la alcanzó pero antes tiró el cigarrillo. Se podía escuchar a dos kilómetros a la redonda el glub-glub desesperado de Cirilo. Dejó de tomar, le entregó la cantimplora, se irguió como pudo y se sentó en un gran pedazo de pared cubierto de pastizales. Su gesto de dolor lastimaba. Su desesperanza también.

    -Dígame, Cirilo, ¿quién es Jinkus?

 

 

 

 

Título: Pampa del infierno

Autor: Miguel Ángel Molfino

Editorial: Revólver

236 páginas

 

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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