Aurelia nos enseña a escuchar

En mi mundo ideal todas las personas deberían contar con la posibilidad de María Rosa Iglesias López, autora de Aurelia quiere oír, un hermoso ejercicio de elaboración ficcional de los rasgos más traumáticos de su propia biografía. Sin importar el resultado literario, su potencial como ejercicio terapéutico en dos niveles –individual y colectivo- amerita que sea promovida la literatura de estas características en escala capilar.

Individual porque tode escritere que ancare una ficcionalización de algún rasgo traumático de su vida tiene la posibilidad de escupir una catarsis en signos lingüísticos escritos, tomar distancia de ese vómito y llegar a alguna conclusión que le permita ubicar ese sufrimiento en un lugar más sano, como dolor al menos. Colectivo, porque para nosotres, lecteres de una obra como esta novela, la autora nos permite el privilegio de acceder al sufrimiento real y concreto de otra persona, empatizando con ella o no, para ejercitar esa otra característica tan humana, tan sana y tan poco ejercida cotidianamente de aprender del otre.

Libros como éste deben ser aplaudidos, agradecidos, por el coraje de la autora para escribirlos, someterlos a la mirada crítica de editeres y critiques de arte y a las miles de posibles lecturas desviadas de sus lecteres. De paso, felicitar también a una editorial como Paradiso que sigue construyendo un catálogo con fuerte contenido emocional.

 

Una doble identidad excluída

¿Qué tiene de particular el sufrimiento de Aurelia, protagonista de este libro? Que se trata de una reflexión sincera y cruda de una doble pérdida, la del mundo exclusivo a las personas que oyen y hablan –quienes imponen a toda la sociedad su sistema de comunicación como único y universal- y la de los derechos sociales, culturales y políticos que gozan los ciudadanos naturales de un determinado Estado. Aurelia fue arrancada de sus raíces étnicas y culturales, de su condición de clase y de sus privilegios como hablante casi al mismo tiempo, durante su infancia.  Habiendo nacido en una familia campesina en una aldea milenaria de Cruña, en Galicia, España, a los dos años de edad adquirió una otitis crónica que primero le quitó la audición completa de uno de sus oídos, a los catorce años le sumó una parálisis permanente de la mitad de su rostro y a lo largo de su vida terminó de provocarle una sordera total y permanente; a los seis años de vida, la emigración forzada de su madre, su tía materna y su primo hacia Buenos Aires le arrancó, además del mundo donde había nacido y criado, también el afecto de su madre, quien falleció en el camarote de tercera clase del barco negrero que las llevó de Vigo a Retiro a mediados del segundo gobierno de Perón.

La novela intenta tomar distancia del poderoso dolor sufrido por Aurelia con dos varios recursos ficcionales. El primero, el ya nombrado, la autora intenta escindir su propia subjetividad de la sublimación de su propia vida, desdoblándose en una narradora omnisciente que arroja interpretaciones y juicios de valor permanentes sobre las vivencias de los personajes mencionados y luego construyendo de su experiencia un personaje de ficción que podría haber sido impactada o no por las situaciones que atraviesa. El segundo tiene que ver con la forma de narrar la temporalidad de esta biografía, en dos partes divididas a su vez en 9 libros suponemos con la intención de marcar la importancia de ciertos hitos de la narración en la evolución de la conciencia de la protagonista, como eventos que vistos desde lejos terminando siendo claves en ese proceso. Nuestra sensibilidad no llegó a distinguir lo suficiente las voces de narradora, protagonista y autora, o al menos no con el énfasis que habría pretendido ella, y la subdivisión en partes sólo nos ayudó a encontrarnos cuando perdíamos el hilo de la trama.

Encontramos a la protagonista en su crisis de los cuarenta en la cima de la mítica montaña que gobierna el valle donde está su aldea natal, muy cerca de la reconocida capital gallega Santiago de Compostela, y la narradora se instala dentro de su mirada, de su cerebro y su sistema emocional para intentar contarnos cómo se van sucediendo las memorias fragmentadas de su propia historia personal, que Aurelia llora y procesa en la primer semana de reconocimiento de las vidas y presentes de la familia y la aldea que dejó, 36 años después. En la segunda parte los libros y capítulos son menos, porque Aurelia ha logrado un avance significativo en la comprensión de sí misma, de su deseo y las posibilidades de desarrollarlo en su presente, después de esta tortuosa vida y tortuosa recopilación baja del cerro mítico, como Moisés, con algunos indicios entregados por su yo y súper yo para poder gobernar de mejor manera lo que resta de su vida mortal.

Así, le lectere tiene cierto alivio para los momentos más duros del viaje que atravesará por la vida de Aurelia como una suerte de Dante guiado por Virgilio en las profundidades de un drama individual, que sabe de antemano que llegará a atravesar con vida su infierno infantil en conventillos de Quilmes y Ciudadela, el purgatorio de la adolescencia y primera juventud independiente en Mar del Plata, y el paraíso de la adultez, que le permitió volver al lugar donde nació y del que nunca quiso despegarse.

Aurelia ha completado la primera parte de una batalla por su identidad que le ha tomado la vida entera. Porque ser emigrante, hipoacúsica, mujer y pobre fueron para ella golpes emocionales sistemáticos que la hicieron sentir la pérdida, el robo de los mundos que Aurelia consideraba propios por derecho: patria, familia y comunicación.

Quizá les lecteres hayan asistido a muchos relatos sobre el desgarramiento psicológico de infancias obligadas a migrar producto del desarrollo del capitalismo en su fase imperialista, entre fines del siglo 19 y todo el 20, y probablemente conozca ya lo hostil que fue ese genocidio silencioso sobre el campesinado feudal de las provincias galegas que cometió la resistencia de la nobleza de sangre y la Iglesia Católica a largar sus privilegios y dominios en el campo galego, generando miseria y exilio a la enorme mayoría de sus varones en edad activa. Esta novela de Iglesias López se ubica entre los más desgarradores relatos de esa diáspora.

 

Asimilarse o resistir: la lucha de la cultura sorda

Pero estoy segura que pocos de eses lecteres saben el exilio forzado que sufren las personas sordas en nuestra sociedad , que organiza el sistema de comunicación sobre las bases que permite el oír, verbalizar y leer. Pocas novelas conozco donde la pedagogía de las situaciones narradas –los diálogos de la protagonista con su primer amor platónico, un ciego músico y vendedor de lotería o con la gran amistad sorora que la ayudó a alcanzar su madurez- nos explican con sencillez ese mundo que desconocemos, el de cómo vive una persona que no oye. Aurelia le explica una y otra vez a la única persona que se ha tomado la paciencia y sistematicidad necesarias para comprenderla, a fuer de mejor ayudarla y aconsejarla, su compañera de laburo, Gloria, que una persona sorda no es capaz de desarrollar el pensamiento abstracto con la naturalidad que lo hace cualquier persona que ha sido socializada en un sistema lingüístico de signos verbales y leyes gramaticales. Como nos enseñó Saussure pensamos con la misma esctructura      que hablamos desde bebes, y por lo tanto, quienes entre nosotres no han contado con la chance de hablar y ser culturizados dentro del habla desde la oralidad infantil, podrán hacer ese proceso en tanto sean educados en otra lengua, un sistema que no cuente con el oído ni las ondas sonoras como premisa esencial, sino todo lo contrario.

La realidad de las personas sordas es de una otredad radical, de las más radicales que existen dentro de la multi diversidad humana. Si en algunos años les filósofes llegaron a pensar que la condición perseguida del judaísmo en el universo cristiano europeo fue la cifra más drástica de un otro cultural aislado, si podemos entender la condición de le afrodescendiente en el continente americano, donde fuera esclavizado durante tres siglos, o de los pueblos originarios de cada continente que fuera invadido y colonizado por el imperialismo europeo desde el siglo quince hasta hoy, situación compartida hasta cierto punto por el campesinado galego obligado a la diáspora, la condición de sorda aísla y expulsa del mundo a una persona de una forma tal que la coloca en una de las situaciones más angustiantes que se pueda experimentar, y por ello, concentra en sí misma la posibilidad de muchos otros dolores y desgarros vividos por individuos con condiciones distintas pero similares en resultados, las personas cuya psicología es considerada anormal, las personas de géneros que contradicen la biología y la heteronorma, etc.

La comunidad sorda, en los últimos cien años, se ha organizado y lucha en asociaciones al mismo tiempo mutuales, culturales y políticas para lograr el derecho a una cultura propia, que vienen construyendo alrededor de los sistemas que han construido para comunicarse, auto-educarse y protegerse de la hostilidad del mundo hablado. Los sectores que luchan por el reconocimiento de los mismos derechos humanos que los hablantes, pero defendiendo su propia identidad, enfrentan lo que conciben como un intento violento de asimilación por parte de los Estados de hablantes, quienes además de aislarlos y estigmatizarlos pretenden integrarlos en contra de su identidad, obligándolos a leer labios, forzándolos a intervenciones quirúrgicas dañinas y en su gran mayoría ineficaces. Elles luchan para que su lengua, la lengua de señas, tenga el mismo derecho que toda lengua a ser enseñada y difundida al nivel de masas necesario para que una persona sorda pueda ser funcional en el metabolismo social sin obligarse a adaptarse a un sistema lingüístico que les ajeno.

 

La angustia específica de ser hipoacúsica

La Aurelia que construye María Rosa no milita en ninguna de esas asociaciones y adopta por propia voluntad otra estrategia, durante toda su vida se esfuerza por seguir perteneciendo a la comunidad hablada, estudiando lectura de labios, probando todos los sistemas de audífonos que la tecnología de la última mitad del siglo 20 y sus magros ingresos le permitieron, operándose sin resultados positivos desde pequeña y enojándose con familiares, compañeros de trabajo, clientes y toda persona hablante que la discriminara o violentara por el sólo hecho de no comprenderla. La autora nos lo explica en el prefacio de su obra, Aurelia es hipoacúsica, no como sinónimo progre de “sorda” –aclaremos que ser sordo no debe considerarse ni un insulto ni un demérito, sino como una más de las variantes que ofrece la diversidad biológica de la humanidad- sino como descripción de la particular realidad de las personas que han nacido con la capacidad de oír y pudieron ser socializadas por la cultura hablante perdiendo una parte de su capacidad auditiva.

Por eso Aurelia siente la pérdida de su lugar en el mundo, su aldea, su nacionalidad, su familia y también su lugar como oyente con el doble dolor de un derecho natural que le fue injustamente quitado. Y como hipoacúsica crónica, va siendo expulsada de las relaciones sociales que constituyen la norma oficial paulatinamente, viviendo con plena conciencia ese dolor, esa violencia. Con la particularidad que viven las personas sordas, una elaboración de la propia experiencia en una soledad casi perfecta, que tortura la conciencia, la confunde. La culpa de sentirse deforme y anormal, de sentirse una carga para su familia, un monstruo que no será amado sexualmente por ningún ser humano “entero”, la casi absoluta incapacidad de otro ser vivo para comprenderla y contenerla o acompañarla.

De este laberinto infernal Aurelia ha logrado escalarse a sí misma gracias a su amor propio, que le impidió abandonarse ante las adversidades. Mientras ella se siente horrible y no deseada con causa, la novela nos va mostrando a los seres más inteligentes y empáticos que la conocen y tratan fascinados por su resiliencia, su coraje y su sistematicidad para sostenerse y avanzar a pesar de su sufrimiento. Esta doble identidad está en tensión durante toda la novela, lo que hace imposible para le lectere contagiarse de esa admiración, prestarle atención a las razones que fundamentan la baja autoestima de la protagonista, a su dolor antes que palmarse la espalda por presenciar una nueva historia tranquilizadora de auto superación. María Rosa no ha escrito para que aplaudamos la capacidad inherente de les desposeídes para sobrevivir a pesar de todo, no es una novela indulgente o de autoconmiseración. Todo lo contrario, es una denuncia vigorosa y visceral, pero muy racional de la injusticia que obliga esta sociedad.

En esa excursión creo que está el mejor aporte de Aurelia quiere oír, en que incomoda, grita, denuncia, no acepta paliativos ni siquiera con buenas intenciones. Como su protagonista, la autora parece haber escrito, corregido y publicado para dar una batalla, no para tranquilizar. Su denuncia del racismo y la xenofobia de la sociedad porteña es tajante, dentro de un sentido común que se auto identifica como progresista y cosmopolita. Como hije de una familia que emigró de Galiza y Asturias para la misma época que Aurelia, puedo decir que su denuncia es exacta, no miente. Por el conocimiento que tenemos de la lucha cotidiana de la comunidad sorda en nuestro país, entendemos que su denuncia en este aspecto también es literal y contundente.

 

Excluida por emigrante, por hipoacúsica y por mujer

Por este camino de auto conciencia, Aurelia detecta también y distingue los traumas que a su doble condición de excluida por emigrante e hipoacúsica agrega el patriarcado en su condición de mujer. En varios capítulos se explora la tensión de la tía, quien la crió en reemplazo de su hermana biológica, quien sostiene una doble asimilación resignada a los rigores de la sociedad porteña contra su galleguidad y a la de su marido, que le impone los rigores de una sirvienta en su propio hogar. Aurelia va notando de qué forma el patriarcado la obliga a una condición de oprimida que intensifica y formatea su realidad de doble exclusión social dándole una forma final distinta.

Es en ese punto donde la autora logra sus escenas mejor resueltas, a nuestro criterio. Cuando describe sus descubrimientos sexuales y eróticos, producto del encuentro empático y consensuado con otras personas que sufren exclusiones como ella, un vendedor ciego pobre, un escultor bohemio, una trabajadora sexual. En su persistencia por salir adelante y construirse una vida autónoma, Aurelia busca y encuentra a esos otros que le permitan el puente para comprender aquello que no le fue explicado y que no puede comprender por sí misma, expulsada del sistema de signos que le permitiría sacar deducciones propias. Aurelia busca la verdad en el otro en el mundo de los libros que le acercaba la escuela y la facultad frustrada, en el otro mundo de la palabra muda impresa, y también en la lengua no verbal de la pintura y las artes visuales. Aurelia busca verdades que le permitan entender el mundo y entender su existencia en él, sus caminos y posibilidades.

Lo logra en parte recuperando su identidad nacional y étnica. Cuando puede hacer el camino inverso de esa emigración forzada de los cincuenta treinta años después, en la segunda parte, la narradora no nos describe más las interrupciones obligadas a la trama por las dificultades de comprensión de su protagonista. Las barreras e imposiciones de la sordera no son sufridas por Aurelia una vez en su tierra natal, en su familia nuclear recuperada. Sabemos que siguen allí, pero Aurelia parece haber encontrado en este aspecto fundante de su identidad el lugar de firmeza necesario para superar el obstáculo y asumir su identidad sorda y también su deseo de mujer independiente en términos afectivos y sexuales.

 

La invisible identidad de clase y su poder clarificador

No sabemos –no podemos saber- cómo siguió la vida de Aurelia después de tomar la decisión de vivir y construir su vida de nuevo en la Galicia radicalmente transformada del boom democrático postfranquista, donde sus raíces campesinas ya no existían y las tradiciones que idealizo y extrañó durante su infancia y adolescencia ya no podían contenerla como antes.

Esperamos que haya sostenido su persistencia en la indagación de sus identidades para seguir mejorando su percepción de sí misma, que se haya mantenido lejos de las idealizaciones simplistas del nacionalismo galego y la morriña, que no se haya dejado encandilar por las ilusiones de aceptación ecuménica que en la novela mantiene y sostiene –en tensión- con la religión católica, poseedora del encanto de las catedrales y parroquias medievales, que al mismo tiempo que nos ofrecen el ilusiorio refugio de un origen ancestral común donde somos admitidas, esconden su sanguinaria responsabilidad en la construcción de las realidades sociales y económicas que expulsaron a les campesines galegues a la diáspora, genocidio silencioso e invisible superpuesto en genocidios más evidentes y atroces, contra las poblaciones originarias del continente y contra las poblaciones africanas. Quizás por ese camino Aurelia también encuentre las razones profundas de su identidad de campesina feudal tironeada por una familia que intenta “escalar socialmente” usando su mentalidad de pequeños patrones rurales para explotar a la propia familia en la construcción de pequeñas y medianas empresas y su lugar como “gente decente” en la sociedad capitalista donde se transplantaron.

Porque esa iglesia tradicional y ancestral que admira cuando entra a los templos más significativos de su biografía –la parroquia del pueblo y la catedral de Santiago- es un útero cómodo pero contradictorio, una cárcel de falsa comodidad que también fue responsable de garantizar la miseria para las familias campesinas galegas, miseria que no sólo explica con claridad su exilio forzoso, sino también su hipoacusia, porque el sarampión es una enfermedad posible solo para quienes son excluídes del acceso a la salud científica y sus tratamientos. Una parienta le cuenta lo que su madre sufría por creerse culpable de la sordera de su pequeña hija, asumiendo para sí un castigo divino, un sino del destino que la atormentaba. Su madre, víctima también de esa miseria que la obligó a sufrir una apendicitis con las posibilidades de atención médica de una tercera clase que era obligada a dormir, comer y cagar en el mismo espacio personal.

Quizás por ese camino pueda superar una conciencia política confusa o indulgente con las limitaciones políticas de su propia familia, que le enseñó a Aurelia a odiar al peronismo por su carácter fascista pero al mismo tiempo tomar una posición equidistante del franquismo y el comunismo en su balance de la Guerra Civil española. Porque si bien distingue con claridad los límites que le imponía a la clase obrera pobre con la que compartía conventillo el seguidismo al líder y denuncia las injusticias que el nacionalismo xenófobo y el fanatismo ejercían sobre las infancias no argentinas y no pernoistas en las escuelas del Estado, Aurelia no logra apartarse de una crítica gorila de pequeño patrón que refunfuña por los derechos laborales conseguidos en setenta años de lucha por la clase obrera en el Río de la Plata, y no le permite avanzar en una crítica furiosa del fachismo franquista y el rol criminal de la Iglesia católica entre la población galega campesina y obrera durante el siglo 19 y 20.

 

Aprender a escuchar

Pero estas observaciones críticas las podemos hacer porque logramos rescatarnos del dolor que la honestidad brutal de María Rosa nos hizo vivir como propios. En la angustia de Aurelia hemos reconocido las nuestras, como inmigrantes, y como travesti, que en tantos tramos nos vemos igual de matratadas e incomprendidas, obligadas a gritar, pelear contra amigues, familia y extraños por hacernos oír. Para quienes somos, como dice ella citando a la inmortal Rosalía de Castro, viudas de vivos, o en realidad, huérfanas de vives, ya que todas las relaciones que debimos romper o que nos han expulsado de sus vidas por no bancarse nuestro derecho a la identidad, a una existencia conforme a nuestro deseo, nos rompen un dolor emocional idéntico a la pérdida definitiva, con el bonus track de que siguen viviendo allí en algún sitio, negándose a cambiar para amarnos y aceptarnos. Negándose a hacer el esfuerzo necesario –como tuvimos que hacer nosotras- para acompañarnos.

Eso es lo más bello que puede enseñar Aurelia quiere oír, aprender a ejercer el verbo de escuchar, salirse del sistema de códigos que nos explica el mundo, ponernos a verlo y sentirlo desde las coordenadas donde está situade el otre y laburar para acompañar su deseo, su derecho, su existencia y no simplemente jugar a satisfacer nuestra necesidad de bonohomía.

 

 

 

 

Título: Aurelia quiere oír

Autora: María Rosa Iglesias

Editorial: Paradiso

352 páginas

Sobre El Autor

Leo Grande Cobián (1977) publicó dos libros, "El retrato de Santos Capobianco", 2015 de relatos y "La Asunción, informe de actividades" en 2016, novela de ciencia ficción. Trabaja como docente en escuelas medias del Estado, fue militante trotskista en frentes sindicales, barriales y universitarios y Editor Jefe del Mensuario Cultural "El Aromo" entre 2003 y 2006.Sostiene un blog con ensayos, reseñas y producción literaria propia desde 2014, Los viajes de Mburucuyá Capobianco Cigalí Paraná, tal su nombre artístico en esta etapa de su transición.

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