Hoy, 17 de marzo de 2020, se cumple el centenario del nacimiento de una poeta insoslayable para nuestra lengua. Recordamos a la enorme Olga Orozco compartiendo algunas de sus creaciones y recordando a los lectores de Evaristo que pueden seguir explorando su universo en el volumen de Poesía completa publicado por Adriana Hidalgo editora en 2012, que va por su tercera edición y recoge los once libros de poesía publicados a lo largo de su vida, su libro póstumo, reunido bajo el título de Últimos poemas, más tres textos en los que la poeta expresa sus ideas sobre la literatura y la creación poética y evoca su vida.

 

 

 

«En cuanto a mi vida, espero prolongarla trescientos cuarenta y nueve años, con fervor de artífice, hasta llegar a ser la manera de saludar de mi tío abuelo o un atardecer rosado sobre el Himalaya, insomnes, definitivos. Hasta el momento sólo he conseguido asir por una pluma el tiempo fugitivo y fijar su sombra de ma­drastra perversa sobre las puertas cerradas de una supuesta y anónima eternidad.»

De Anotaciones para una autobiografía.

 

 

 

 

 

El retoque final

Es este aquel que amabas.

A este rostro falaz que burla su modelo en la leyenda,

a estos ojos innobles que miden la ventaja de haber volcado a ciegas tu destino,

a estas manos mezquinas que apuestan a pura tierra su ganancia,

consagraste los años del pesar y de la espera.

Ésta es la imagen real que provocó los bellos espejismos de la ausencia:

corredores sedosos encandilados por la repetición del eco,

por las sucesivas efigies del error;

desvanes hasta el cielo, subsuelos hacia el recuperado paraíso,

cuartos a la deriva, cuartos como de plumas y diamante

en los que te probabas cada noche los soles y las lluvias de tu siempre jamás,

mientras él sonreía, extrañamente inmóvil, absorto en el abrazo de la perduración.

Él estaba en lo alto de cualquier escalera,

él salía por todas las ventanas para el vuelo nupcial,

él te llamaba por tu verdadero nombre.

Construcciones en vilo,

sostenidas apenas por el temblor de un beso en la memoria,

por esas vibraciones con que vuelve un adiós;

cárceles de la dicha, cárceles insensatas que el mismo Piranesi envidiaría.

Basta un soplo de arena, un encuentro de lazos desatados,

una palabra fría como la lija y la sospecha,

y esa urdimbre de lámpara y vapor se desmorona con un crujido de alas,

se disuelve como templo de miel, como pirámide de nieve.

Dulzuras para moscas, ruinas para el enjambre de la profanación.

Querrías incendiar los fantasiosos depósitos de ayer,

romper las maquinarias con que fraguó el recuerdo las trampas para hoy,

el inútil y pérfido disfraz para mañana.

O querrías más bien no haber mirado nunca el alevoso rostro,

no haber visto jamás al que no fue.

Porque sabes que al final de los últimos fulgores, de las últimas nieblas,

habrá de desplegarse, voraz como una plaga, otra vez todavía,

la inevitable cinta de toda tu existencia.

Él pasará otra vez en esa ráfaga de veloces visiones, de días migratorios;

él, con su rostro de antaño, con tu historia inconclusa,

con el amor saqueado bajo la insoportable piel de la mentira, bajo esta quemadura.

 

En el final era el verbo

Como si fueran sombras de sombras que se alejan las palabras,

humaredas errantes exhaladas por la boca del viento,

así se me dispersan, se me pierden de vista contra las puertas del silencio.

Son menos que las últimas borras de un color, que un suspiro en la hierba;

fantasmas que ni siquiera se asemejan al reflejo que fueron.

Entonces ¿no habrá nada que se mantenga en su lugar,

nada que se confunda con su nombre desde la piel hasta los huesos?

Y yo que me cobijaba en las palabras como en los pliegues de la revelación

o que fundaba mundos de visiones sin fondo

para sustituir los jardines del edén sobre las piedras del vocablo.

¿Y no he intentado acaso pronunciar hacia atrás todos los alfabetos de la muerte?

¿No era ese tu triunfo en las tinieblas, poesía?

Cada palabra a imagen de otra luz, a semejanza de otro abismo,

cada una con su cortejo de constelaciones, con su nido de víboras,

pero dispuesta a tejer ya destejer desde su propio costado el universo

y a prescindir de mí hasta el último nudo.

Extensiones sin límites plegadas bajo el signo de un ala,

urdimbres como andrajos para dejar pasar el soplo alucinante de los dioses,

reversos donde el misterio se desnuda,

donde arroja uno a uno los sucesivos velos, los sucesivos nombres,

sin alcanzar jamás el corazón cerrado de la rosa.

Yo velaba incrustada en el ardiente hielo, en la hoguera escarchada,

traduciendo relámpagos, desenhebrando dinastías de voces,

bajo un código tan indescifrable como el de las estrellas o el de las hormigas.

Miraba las palabras al trasluz.

Veía desfilar sus oscuras progenies hasta el final del verbo.

Quería descubrir a Dios por transparencia.

 

Rapsodia en la lluvia

Ahora

desde tu ahora estarás viendo

bajo esta misma lluvia las lluvias del diluvio

y aquellas que lavaron las rosas avegonzadas de Caldea

o las que se escurrieron desde el altar del druida hasta el cadalso

y fueron a susurrar sobre una tumba hostil en la espinosa Patagonia,

y también las azules, las prodigiosas narradoras,

las que te prometían un milagro cuando aún eras visible.

¡Qué inventario de lluvias en los archivos embalsamados de la Historia!

Mas ¿qué importan las lluvias?

Sería igual que vieras dinastías de ocasos, medallas o fogatas.

Sólo quiero decir que eres testigo desde todas partes,

huésped del tiempo frente al repertorio de la memoria y del oráculo,

y que cada lugar es un lugar de encuentro como el final de una alameda.

Pero estos pasos tuyos, vacilantes, bajo los pies menudos de la lluvia

me conmueven aún más que tus lamentaciones en el interminable corredor

o tu viejo mensaje para hoy, hallado entre dos libros.

Apostaría estas palabras rotas a cambio de tu nombre tembloroso en los vidrios,

toda la sal del mundo apostaría

a que vienes a combatir por mí contra los legionarios de las sombras,

o que tratas de hallar el moscardón azul que zumba con la muerte,

o que pagas un altísimo precio por abrazar los narcisos y las amapolas

-la vibración más íntima de cualquier estación-,

siempre bordeando los despeñaderos y hasta el confín del mundo,

siempre a punto de caer en la hoguera,

sin remisión y sin aliento.

Y sin embargo has visto el miserable revés de cada trama,

conoces como nadie la urdimbre del error con que fue tapizada mi orgullosa,

mi mezquina morada.

Querrías escamotear la inocultable imperfección con el brillo de un tajo,

dar vuelta mis pisadas encaminándolas hacia el aplauso y el acierto,

corregir el alcance de mis ojos, el temple de mi especie.

¿No te oigo girar y girar entre las ráfagas del agua lavando cada culpa?

¿Y no intentas acaso revelarme con tu melodía los cielos que ya sabes?

Conseguirás de nuevo doblegar esta noche hasta el amanecer

insistiendo en quedarte, como antes en escurrirte más allá de los muros,

acá, donde sólo compartimos la efímera ganancia y la infinita pérdida,

vueltos sobre el costado que nos oculta la visión,

aunque caiga la lluvia.

 

En el revés del cielo

Somos duros fragmentos arrancados del reverso del cielo,

trozos como cascotes insolubles

vueltos hacia este muro donde se inscribe el vuelo de la realidad,

la mordedura blanca del destierro hasta el escalofrío.

Suspendidos en medio del derrumbe por obra del error,

enfrentamos de pie las inclemencias, la miserable condición del rehén,

expuestos del costado que se desgasta al roce de la arena y al golpe del azar,

bajo el precario sol que quizás hoy se apague, que no salga mañana.

No tenemos ni marca de predestinación ni vestigios de las primeras luces:

ni siquiera sabemos qué soplo nos expulsa y nos aspira.

Apenas si el sabor de la sed, si la manera de traspasar la niebla,

si esta vertiginosa sustancia en busca de salida,

hablan de alguna parte donde las mutiladas visiones se completan,

donde se cumple Dios.

Ah descubrir la imagen oculta e impensable del reflejo,

la palabra secreta, el bien perdido,

la otra mitad que siempre fue una nube inalcanzable desde la soledad

y es toda la belleza que nos ciñe en su trama y nos rehace,

una mirada eterna como un lago para sumergir el amor en su versión insomne,

en su asombro dorado.

Pero no hay quien divise el centelleo de una sola fisura para poder pasar.

Nunca con esta vida que no alcanza para ir y volver,

que reduce las horas y oscila contra el viento,

que se retrae y vibra como llama aterida cuando asoma la muerte

Nunca con este cuerpo donde siempre tropieza el universo.

El quedará incrustado en este muro.

El será más opaco que un pedrusco roído por la lluvia hasta el juicio final.

¿Y servirá este cuerpo más allá para sobrevivir,

el inepto monarca, el destronado, el frágil desertor obligatorio,

rescatado otra vez desde su nadie, desde las entrañas de un escorial de brumas?

¿O será simplemente como escombro que se arroja y se olvida?

No, este cuerpo no puede ser tan sólo para entrar y salir.

Yo reclamo los ojos que guardaron el Etna bajo las ascuas de otros ojos;

pido por esta piel con la que caigo al fondo de cada precipicio;

abogo por las manos que buscaron, por los pies que perdieron;

apelo hasta por el luto de mi sangre y el hielo de mis huesos.

Aunque no haya descanso, ni permanencia, ni sabiduría.

defiendo mi lugar: esta humilde morada donde el alma insondable se repliega,

donde inmola sus sombras

y se va.

Sobre El Autor

Olga Nilda Gugliotta Orozco nació en Toay, provincia de La Pampa, el 17 de marzo de 1920. Ya en Buenos Aires, estudia en la Facultad de Filosofía y Letras. Destacada exponente de la "generación del 40", a los 18 años comenzó a publicar sus primeros poemas. Entre sus principales libros se destacan Desde lejos (1946), Las muertes (19529, Los juegos peligrosos (1962), Museo salvaje (1974), Veintinueve poemas (1975), Cantos a Berenice (1977), Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1983), Antología poética (1985), Con esta boca, en este mundo (1994) y Eclipses y fulgores (1998). Recibió numerosos galardones, entre otros en 1964 el Primer Premio Municipal de Poesía; en 1980, el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes; el Primer Premio de Poesía de la Fundación Fortabat, en 1978; el Primer Premio Nacional de Poesía, en 1988 y el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1989. En 1995 obtuvo en Estados Unidos el Premio Gabriela Mistral, otorgado por la OEA, y en 1998, el Premio Juan Rulfo en México. Murió en Buenos Aires en agosto de 1999.

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