Bajo el sino de Saussure

Mucho más que un buen manual

La Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) de nuevo ha publicado un trabajo de enorme valor para el campo intelectual. Ariadna. Para una teoría de de la comunicación es la primera elaboración del legado de Sergio Caletti (1947-2015) por parte del equipo de investigadores y docentes que trabajaron junto a él en las diferentes cátedras que dirigió, como Teoría de la Comunicación III en la UBA o Teorías de la Comunicación en la propia UNQ.

Se trata de un manual introductorio a los principales temas que debe abordar tode estudiante de Ciencias de la Comunicación o disciplinas relacionadas, producto de la elaboración de varias décadas de uno de los principales profesores universitarios dedicado con exclusividad a ellos. Construido con una prosa equilibrada, que permite la comprensión llana de los conceptos más abstractos al mismo tiempo que seduce con giros y comentarios que evitan se caiga en un pozo aburrido y denso. De lo contrario, hubiese sido imposible hincarle el diente a estas más de 300 páginas sobre la historia contemporánea de la comunicación humana.

Primer acierto, un manual escrito por un profesor que se ha dedicado a elaborar estos problemas en clase, moliendo una y otra vez las analogías, los ejemplos y las formas de presentar los mismos problemas a públicos que no les conocían.

Además, Sergio Caletti fue uno de los principales constructores de la disciplina en nuestro país y Latinoamérica. Exiliado en México junto a centenares de militantes de la juventud peronista en los 70, Caletti fue parte de esa camada de intelectuales jóvenes que se terminó de formar al doble golpe de fragua de las corrientes intelectuales y los problemas teóricos más importantes de su hora observados para metabolizar las heridas de la derrota revolucionaria y el nuevo mundo de sentidos que abrió el fin del siglo pasado. En su retorno al país democrático inaugurado por el alfonsinismo, Caletti colaboró en la refundación del campo intelectual argentino, con raíces firmes en la universidad.

Todas las disciplinas universitarias se reformatearon después de 1983, pero algunas como Ciencias de la Comunicación o Ciencias Políticas tuvieron que ser fundadas desde cero. Y Caletti llegó muy alto en esa función de intelectual orgánico, destacándose al máximo bajo el gobierno del kirchnerismo, porque expresaba el programa político en el que sentía más identificado, llegando a ser protagonista del debate sobre la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la 26.522, promulgada en 2009 y ratificada por la Corte Suprema en 2013 y coronando su larga carrera en uno de los más altos cargos a los que puede aspirar un intelectual orgánico, el decanato de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA en 2010.

Esta triple adscripción de Caletti a su propio campo de trabajo -como docente de aula, como constructor de su propia academia y como actor político al servicio del Estado en su especialidad-, hacen que este libro supere con creces el objetivo de todo manual introductorio de una disciplina, y pueda transmutarse en un aporte genuino para pensar los problemas principales del campo al que analiza, un aporte teórico.

El equipo de trabajo e investigación que colaboró con Sergio Caletti ha logrado estar a la altura del legado de su maestro, confeccionando con su obra escrita inédita, un legado del que cualquier intelectual estaría orgulloso.

Así, este libro de Caletti comparte las virtudes y límites que le caben a otros intelectuales de su tradición, como el fundador de la Semiología, Ferdinand de Saussure, cuya obra vio la luz en 1916, también post-mortem gracias al trabajo de sus discípulos más cercanos. No se trata sólo de señalar los límites técnicos de edición colectiva de un trabajo con una fuerte impronta de razonamiento original de un individuo singular (el cuarto capítulo parece una colección accesoria de apuntes sobre temas ya tratados en los tres primeros acápites, al punto que repiten en la página 307 una cita textual de Todorov sobre los formalistas rusos de la página 91)  sino que, como el suizo, Caletti se enfrenta al mismo drama esencial de las Ciencias de la Comunicación, su eterna incapacidad para consolidar un campo intelectual sólido, consensuando objetos de estudio, observables, métodos y jurados que la permitan distinguirse con total claridad en el universo de las Ciencias Humanas.

 

Comunicología o transdisciplina de la Comunicación

La lectura de Ariadna nos muestra a Sergio Caletti obsesionado con un interés teórico: poder encontrar el hilo que otorgue sentido y unidad a una disciplina que parece marcada por la tragedia de no encontrarlo nunca. En todos los cursos introductorios de las disciplinas ligadas a la comunicación, se repiten los obstáculos de les docentes más lúcides para explicar si la disciplina nace con Saussure o Bajtín, si debe ser abordada desde los aportes de la Escuela de Frankfurt o de las investigaciones de las universidades estadounidenses sobre los mass media. Caletti toma el guante también y ofrece dos tesis en la búsqueda de organizar, sino un campo de estudios homogéneo, al menos uno coherente y bien delimitado.

La primera es su hipótesis de que las Ciencias de la Comunicación deben ser comprendidas como una transdisciplina. Aceptando por la fuerza de los hechos que no se puede estudiar una comunicología, es decir, una sola disciplina sobre la comunicación humana, Caletti supera una estrategia común en la universidad argentina, la cómoda idea de que se trata de la intervención de múltiples disciplinas combinadas o de un trabajo que comulga disciplinas diversas entre sí.

Porque estas dos acepciones, la comunicación como producto multidisciplinario o interdiscipliario, son las que Caletti detecta como las marcas que han llevado al campo donde trabaja a una especie de pantano conservador, que permite sostener a los especialistas en sueldos universitarios, cátedras y academias pero no promueve la superación de los límites que Caletti subraya. En la introducción del libro les editeres han colocado con mucho tino una conferencia del autor en 2006 en una mesa en la que dialogaba con el conjunto de sus pares de todas las Facultades de Ciencias de la Comunicación de las universidades argentinas. Allí con sutileza Caletti fustiga una incapacidad de la academia para darse una coherencia que reconozca voces autorizadas, objetos de estudio comunes, metodologías aceptadas, etc. En rigor, todo aquello que delimita un campo intelectual definido en el universo de las ciencias humanas.

Caletti constata que el deseo de Saussure no se ha completado casi cien años después de su muerte. Caletti llama a organizar, entonces, una misma comunidad para las disciplinas de ciencias de la comunicación que unifique en un debate común la heterogeneidad de enfoques, rompiendo la fragmentación del campo, que explicaría su infertilidad.

En todo el libro se puede leer este hilo comunicante que intenta consolidar esta hipótesis de Caletti. Porque si los estudios de la comunicación se tratasen simplemente del aporte de distintas disciplinas científicas a objetos de estudio similares, entonces el campo estaría condenado a no serlo nunca, o haciendo como los programas de las facultades que denuncia incorporan seminarios y talleres de forma acumulativa y acrítica sobre todas las disciplinas que se han encargado de tocar algún problema de la comunicación.

Un empirismo que reduce el problema de la construcción de un campo a su nivel más miserable (esto lo digo yo) el de la distribución de sueldos y ayudantías. Pero que no necesariamente permite superar el aporte intelectual en forma coralina, papers que se van acumulando sin criticarse entre ellos, sin negarse, por lo tanto, sin superarse.

Caletti -como en su momento hiciera Halperín Donghi contra la carrera de Historia de la UBA-, reniega de la ausencia de los acalorados debates teóricos, filosóficos y políticos abandonados después de los 80 como piezas de museo o excentricidades juveniles y promueve dejar de lado sólo los fanatismos de esas épocas, pero recuperar la necesidad del debate como forma de superar permanentemente el campo de estudios.

Sus editeres organizaron los apuntes de Caletti de forma tal que esta tesis se puede ir comprobando en la medida que se avanza sobre el manual. Dividido en cuatro partes, las tres primeras abordan la historia de los estudios sobre la comunicación humana desde su historia teórica, la historia de los medios masivos de comunicación y los principales modelos comunicacionales paridos por esos teóricos intentando explicar esa evolución práctica de los medios y la comunicación.

Allí podemos constatar esta idea de Caletti sobre una transdisciplina, es decir, una disciplina formada por estudiosos de los fenómenos comunicativos de la especie humana que obtienen las herramientas conceptuales y metodológicas de otras disciplinas para explicárselos. Una disciplina que atraviesa otras disciplinas para armarse frente a su objeto de estudio un campo propio, esa es la propuesta más audaz que ofrece Caletti. Aunque, si jugamos con el significado de las palabras, como señalan sus teóricos preferidos, también podría tratarse de una disciplina que mantiene una identidad trans, es decir, que se niega a aceptar con candidez la identidad impuesta por el modo de producción académico en el siglo XIX, el positivismo, y se planta en una búsqueda permanente de su propia identidad.

Como sea, si Caletti tiene razón, el desafío de las Ciencias de la Comunicación es abrumador, ya que requiere de un esfuerzo filosófico-teórico supremo por parte de sus estudiosos. Caletti parece preferir la propuesta filosófica de Peirce para leer el signo desde el noúmeno kantiano y une podría decir que por el camino de Hegel y Marx la cosa debería ser mucho más interesante, pero lo seguro es que para encarar un debate fructífero, quienes pretendan formarse y especializarse en los estudios de la comunicación desde esta perspectiva, deberían estudiar a fondo, además de cien años de prolíficos estudios sobre la comunicación humana, a les principales aportantes de la historia de la filosofía.

Por eso –suponemos nosotres- es que termina sucediendo lo que Caletti denuncia, un desprecio por el estudio teórico epistémico – que termina atrincherándose en las academias- de parte de les profesionales prácticos (periodismo, otros). Caletti demuestra haber batallado contra esa distinción profesión vs. ciencia en el despliegue de ideas que nos presenta su Ariadna. Y entendemos que lo logra.

 

¿Comunicarnos es compartir informaciones o significaciones?

La segunda tesis original y audaz de Caletti, es que la comunicación humana debe ser considerada una actividad en la que se comparte algo más que pura información de una persona o grupo de personas a otra u otro grupo social, una acción social en la que se comparten significaciones. De esta manera, Caletti pretende encontrar una clave epistemológica que obliga a tomar todas las aproximaciones intelectuales del campo como válidas, incluso aquéllas que se parten en la dualidad información-significados de forma excluyente. En un aporte sagaz, Caletti descubre en Aristóteles y Platón, una preocupación que le permite encontrar el hilo que busca. Hay una diferencia entre las palabras y las cosas, entre la forma que nos explicamos el mundo y la realidad. Esa distancia obliga a la humanidad a compartir distintas y divergentes formas de darle significado al mundo real. En esta relación, la de significar, dar sentido, es donde Caletti propone fijar los problemas de los estudios de la comunicación, incorporando aquellos aportes intelectuales que la ven sólo como transmisión de información como los de aquellos que la restringen al mundo de los significados.

Por eso es tan importante para Caletti prestar atención en detalle a la producción de la escuela norteamericana ligada al conductismo y los estudios sobre los efectos de la comunicación en las masas, aunque repudie su origen y supervivencia ligadas a los intereses del Estado norteamericano por ganar la Segunda Guerra Mundial, o de las gigantescas empresas de broadcasting (cine, música, radio y televisión) por imponer sus productos y puntos de vista a las grandes masas de consumidores o, con mayor banalidad aún, a los grandes partidos políticos del régimen en su ansiedad por forzar elecciones a su favor. Estos estudios se alejaron de las pretensiones teóricas y filosóficas, redujeron la comunicación a un esquema de medios técnicos reificados, donde el emisor y el mensaje suelen ser concebidos como omnipotentes y omniscientes y los sujetos receptores concebidos como masas inertes a ser moldeadas a piaccere.

Sin embargo, esos estudios han avanzado millones de kilómetros en el aporte al conocimiento de las formas concretas en que se produce el hecho social de la comunicación humana moderna. Mientras, como Caletti reconoce, quienes pretenden descubrir las formas en que los sujetos sociales que recibimos los mensajes de los grandes medios participamos activamente en esa lucha por imponerle un sentido a la realidad compartida, no han consolidado todavía un modelo teórico a la misma altura.

Por eso entendemos que Caletti le otorga carta de ciudadanía en el campo en que pretende adscribirse, además de las tradiciones abiertas por Saussure, los Mass Media Research y la Escuela de Frankfurt, también a la escuela semiótica de Peirce en la Universidad de Chicago y su pragmática como a los estudios derivados del análisis del grupo de Bajtín y escuelas como la de Birningham, con Hall y Raymond Williams a la cabeza.

Lejos de pretender limitarse a una exposición ordenada y pedagógica de los antecedentes canónicos de su transdisciplina, el manual que nos ofrece la UNQ pretende una toma de posición epistémica y política, donde la subjetividad de les receptores de mensajes cobre toda la dimensión teórica necesaria para equipararse a los fundadores.

Así mirado, el típico recorrido que podría asumir cualquier buen manual de ciencias de la comunicación cobra otra dimensión, se supera en una propuesta de enfoque epistemológico novedosa.

Caletti nos ofrece una caracterización, basado sobre todo en la lectura de Michel Pêcheux contra Saussure en 1969, en sus mejores conclusiones, de los límites del enfoque tradicional de la lingüística como un campo cerrado al sistema de signos que no permite explicar la realidad de la comunicación humana, que comparte con aquellos sistemas o modelos que restringen la actividad humana de comunicarse a un mero compartir información, como si de describir una maquinaria perfecta se tratase todo, pero rescata para la propuesta que esgrime esa pretensión de cientificidad que Saussure y los suyos aportaron al campo.

“Si la conceptualización de la comunicación como transmisión de información resulta entonces reductiva e insuficiente, pensamos que conceptualizarla como producción social de significaciones permite incluir en sus términos tanto las componentes “informativas” que, como caso particular, forman parte de ella, como abarcar también la mayor parte de los “restos” y procesos de variación y transformación que se producen con ella y en ella.” (p.237)

 

Una y otra vez: la crisis intelectual de occidente

Es comprensible la preocupación de un intelectual orgánico que ha dedicado su vida a construir su propio campo de actividad la preocupación ante una disciplina que tiene tantas fundaciones como la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca. Aunque la analogía es mala porque las ciencias de la comunicación no han fracasado tantas veces como para ser vueltas a fundar en otro sitio distinto, cabe detenerse en que la ciudad nombrada no pudo echar raíces hasta que la clase social que la necesitaba, los terratenientes feudales españoles/criollos, pudo derrotar para siempre la lucha de las poblaciones campesinas libres y serviles de pueblos originarios que necesitaban explotar.

Quizás en los dilemas que obsesionaron a Caletti siga jugado una clave explicativa la lucha de clases

Porque ¿no es el problema que Caletti señala para los estudios sobre la comunicación humana, el mismo que atestiguan todas las ciencias humanas después de la segunda guerra mundial? ¿No se da en todas las disciplinas el mismo quiebre del paradigma fundador de la ciencia occidental entre la presión por el estudio empírico, que garantiza una profesión fuera de los claustros mejor paga y aplaudida por la sociedad, y el enclaustramiento de les científiques a discutir teoría entre elles, protegidos por cátedras titulares y contratos de publicación en revistas y editoriales de renombre?

Creemos que los problemas que con toda sinceridad ataca Caletti sobre su propio campo son propios de la crisis intelectual de la sociedad capitalista desde que se hiciera claro en el horizonte su doble potencia, la superación revolucionaria en otra forma de organización social -el socialismo triunfante en Rusia o China-, o un proceso de descomposición social inaudito, la barbarie que vivimos cotidianamente. La clase social que financió durante el siglo XVIII y XIX a las universidades y academias para encontrar las soluciones a los desafíos que le presentaba construir una sociedad a su imagen y semejanza, se desangra en una competencia genocida por conservar sus ganancias a costa de las masacres humanitarias y del ambiente más apocalípticas.

La burguesía ha perdido hace rato todo interés en invertir enormes presupuestos en resolver los nuevos y eternos problemas de la humanidad, y entre las ciencias sociales se encuentra financiando como mucho a les intelectuales que le proporcionen eruditos y sesudos fundamentos propagandísticos para su lugar en el poder, no verdades. No extraña entonces que el giro discursivo de fines de los 70 haya caído tan bien en un arco tan amplio de disciplinas. Si la única realidad que podemos conocer es la que creamos con nuestros discursos –relativamente estables- aprobados por nuestro grupo social de referencia, todo poder es válido o repudiable y vale lo mismo la violencia del Estado contra las masas obreras y desposeídas que la verticalidad de un individuo usando verbos imperativos para expresarse por megáfono en una asamblea. Y si vale lo mismo, por ende, nada vale nada. Y queda un lugar para cada discurso en cada cátedra o facultad, siempre y cuando no violente este código común.

Para que la propuesta transdisciplinar que propone Caletti pueda ver sus frutos, sería necesario que les especialistas en comunicación se formasen al mismo tiempo en conocimientos tan vastos y sutiles que le llevarían mucho más tiempo de estudio, tiempo que debería ser sustraído de las preocupaciones por sostenerse materialmente de docentes universitarios y profesionales de la comunicación sometidos a la hiperexplotación de esta fase del capitalismo. Otra universidad debería concebirse a tales fines, con el triple de presupuesto con el que cuenta hoy, otra sociedad organizada con criterios opuestos por el vértice a la que tenemos debería ser construida. Una que vuelva a plantearse la ciencia como una unidad por encima de las necesidades fragmentarias de los campos profesionales y los nichos de succión de presupuesto estatal o empresarial, una formación teórica común que luego se diversifique en los distintos observables posibles que ofrece la vida en nuestro universo.

Pero las universidades y academias, así como las profesiones, hoy están acicateadas por el interés concreto de la competencia capitalista, entre empresas y naciones, y sus respectivos Estados, tanto en el campo de los medios de comunicación de masas –pensemos sólo en la publicidad o la propaganda política- como en el de la medicina o la física nuclear.

Y podemos agregar una hipótesis todavía más audaz, aunque no novedosa. Hace más de cien años el dirigente bolchevique que rompiera con Lenin en 1908, Alexándr Bogdánov, planteaba la necesidad de algo más que una común unión entre científiques para consolidar una nueva ciencia: la organización consciente de toda una nueva clase social, el proletariado industrial moderno, bajo un programa/estrategia de poder social. Una propuesta repudiada -hasta cierto punto- por Lenin como idealista o por Trotsky como imposible para una clase social que se define por su expropiación de toda cultura o identidad positiva por el capital y retomada –sólo en la formalidad- por el Estado estalinista aunque no con el alcance liberador de su concepción original.

Quizás una reflexión concreta sobre los límites alcanzados por la Ley de Medios de Sabatella en la que Caletti jugó todo su poder teórico y profesional, un debate sobre el poder real de los grandes medios de comunicación y las clases sociales a quienes representan, un debate sobre el carácter social del Estado como instrumento de la dictadura de una clase sobre el resto antes que una “arena donde se disputan significados” nos permita comprender hasta dónde los límites que este libro pretende buscar en la lucha de ideas se encontrarían con mayor eficacia explicativa en la lucha de intereses materiales de las clases sociales que construyen la realidad. Quizás se trate de volver a poner las energías en la comprensión de esa realidad, antes que en el debate de sus significaciones o relatos, para encontrar un camino, un sentido superador.

Quedará a quienes se especializan en este campo de la conciencia humana el determinar con su trabajo futuro si Caletti ha acertado o no en sus intuiciones y aportes. Nosotres, quienes no nos dedicamos con exclusividad a ello, nos quedamos con un entretenido y potente material que explica con suma pedagogía y oficio de aula contenidos que se ofrecen generalmente como enigmas/filtros en los cursos introductorios de las más diversas disciplinas universitarias. Lo que es mucho decir a favor de este libro y corresponde, desde ya, agradecer.  Sobre todo viniendo de alguien que quizás comparta también con Saussure el sino de convertirse en una autoridad intelectual en el campo de estudios que intentó construir durante toda su vida adulta, después de fallecido.

 

 

Título: Ariadna. Para una teoría de la comunicación

Autor: Sergio Caletti

Editorial: UNQ

336 páginas

Sobre El Autor

Leo Grande Cobián (1977) publicó dos libros, "El retrato de Santos Capobianco", 2015 de relatos y "La Asunción, informe de actividades" en 2016, novela de ciencia ficción. Trabaja como docente en escuelas medias del Estado, fue militante trotskista en frentes sindicales, barriales y universitarios y Editor Jefe del Mensuario Cultural "El Aromo" entre 2003 y 2006.Sostiene un blog con ensayos, reseñas y producción literaria propia desde 2014, Los viajes de Mburucuyá Capobianco Cigalí Paraná, tal su nombre artístico en esta etapa de su transición.

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