El pasado jueves 16 falleció el escritor y activista chileno Luis Sepúlveda, luego de permanecer 48 días en coma y con respiración asistida. Habiendo fijado su domicilio de los últimos años en España, Sepúlveda fue declarado primer paciente con corona virus, COVID-19 de Asturias.

Cual héroe de aventura literaria Sepúlveda recorrió buena parte del orbe luego de ser exiliado en la dictadura de Pinochet. Recorrió toda Sudamérica, convivió con los indios shuar en Ecuador y basado en esa experiencia escribió su novela más famosa, Un viejo que leía novelas de amor. Eterno militante de izquierdas participó también en la revolución Sandinista en Nicaragua. Luego de asentarse un tiempo en Hamburgo como corresponsal, partió a recorrer los mares del mundo militando junto a Greenpeace.

Alimentaba sus ficciones con su propia experiencia utilizando elementos tanto del género policial como del realismo mágico. De alguna manera Sepúlveda fue el último Pariente de sangre del boom latinoamericano. El último cronopio.

Compartimos uno de los relatos subidos por el autor al Proyecto Patrimonio, perteneciente a su libro Desencuentros.

 

My favorite things

Está tranquilamente sentado contemplando la inmovilidad de la tarde. Jugando a adivinar reflejos de agua en la ventana, chispazos de luz externa que se filtran entre las plantas, mirando a veces el reloj sin la menor intención de descubrir el momento exacto en que se encuentra porque, sencillamente, da lo mismo.

Nada hay más inmóvil que la tarde con su rutina de muertes que se acusan en las cortinas herméticas de las ventanas, en los destellos agónicos que evidencian interiores en reposo, en las rejas que frustran cualquier deseo de salir a comprar cigarrillos, en la iluminación débil de la calle, que proyecta obeliscos sobre los adoquines. La tarde se pega al humo del cigarrillo, adquiere una tonalidad azul perenne, tan sutil que se rompe cuando él recuerda que acaba de leer un artículo sobre la muerte de Thelonious Monk y le parece estúpido el haberse sorprendido en plena calle por el aviso fúnebre y el responso por un hombre a quien nunca conoció y del que le ha separado siempre tal distancia que ponerse a calcularla ahora, tal vez consultando la Espasa, no sería sino contribuir a ahondar aún más esta inmovilidad de sombras y ese olor a orines.

Sabe que en algún lugar de la casa tiene una cinta del cuarteto de Thelonious Monk y sabe también que es John Coltrane el que sopla el saxofón soprano, y que la primera vez que escuchó My favorite things fue hace ya tal cúmulo de tiempo que no vale la pena recurrir a los calendarios del recuerdo.

Busca a cuatro patas, va desempolvando las cintas, leyendo con pereza las anotaciones hechas con tintas de colores, viendo el paso de los años en las inscripciones ya borrosas, y finalmente encuentra la cinta deseada.

My favorite things y Thelonious Monk recientemente muerto al otro lado del mundo y tal vez con el mismo olor a cigarrillos que ahora inunda esta habitación en la que la tarde se ha detenido con todo su peso. Soplando el saxofón soprano el aliento sensual de John Coltrane.

Descorcha una botella de vino y se prepara entonces para rendir su homenaje póstumo al muerto gritando desde las páginas del periódico. Pone el casete en el aparato y se sienta a esperar las primeras notas, pero lo único que llega a sus oídos es el ronroneo mecánico de un gato con asma.

Piensa que es un fallo de la grabación, y es natural, los primeros casetes fueron grabados sin dedicación, apropiándose de la música a la rápida, encerrando las tonalidades que antaño se esparcieron y llenaron las salas de otros tiempos sin mayor preocupación que la idea posesiva de no olvidar; esa música fue un testimonio de días con comienzo y final establecido, pero sin hacer evaluaciones demasiado prematuras, o acaso demasiado atrasadas. Así pasan unos minutos que se tornan insoportables y llega a la conclusión de que el casete está dañado. Demasiado tiempo sin ser escuchado, demasiados viajes; tal vez con unas gotas de aceite funcione otra vez.

Va entonces a la cocina, regresa con el cuchillo del pan, destripa la cinta y descubre que está cortada, casi imperceptiblemente cortada, y respira satisfecho.

Está nuevamente a cuatro patas en el suelo, en la actitud atenta de un cirujano ante una emergencia. Suda un poco, los dedos se le antojan demasiado grandes, torpes para realizar una misión tan delicada, pero finalmente lo consigue. Vuelve a colocar las tapas, con la ayuda de un bolígrafo otorga una aceptable tensión a la cinta, la encaja en el aparato y se dispone, ahora sí con seguridad, en pocos segundos, a zanjar con My favorite things toda cavilación acerca de la inmovilidad de la tarde y, para coronar el triunfo alcanzado, se sirve una copa hasta los bordes.

Primero se sorprende de lo que escucha. Piensa que puede ser un efecto no recordado, pero resulta ser indiscutiblemente un llanto, sí, es un llanto de mujer, un llanto tenuemente reprimido y, a espaldas del llanto, se oyen unas voces, son palabras de consuelo, voces que emiten sus mensajes con una tonalidad tan apagada que no alcanza a comprender con toda su nitidez las ideas expresadas, entonces se incorpora, sube el volumen, pega las orejas al parlante y puede reconocer a la mujer que llora. Es su madre.

La voz entre sollozos habla de sueños y esperanzas, allá al otro lado del mar grande, llora con un llanto suave pero desolado y, por sobre las frases de consuelo, logra articular algunas palabras más inteligibles, algo así como que era una noticia que siempre estuve esperando, algo así como qué pena no poder estar allá con él, y luego logra identificar entre otras la voz de su hermano: es la más fuerte y decidida, es la voz que a veces masculla con todo el rencor posible la palabra mierda; luego se distinguen las voces de tíos y parientes más lejanos, más allá de las referencias que a veces regala la memoria. Parientes y amigos a los que tantas veces prometió una carta que se detuvo en el encabezamiento y fue a dar al canasto de los papeles junto a los corchos, a las colillas de los innumerables cigarrillos fumados en noches de espera y de semen involuntario.

Está de pie escuchando, tiene la frente pegada a los vidrios, pero al otro lado de la ventana no están sino las sombras de una tarde que agoniza, y las voces se suceden y hay un ruido de tacitas y susurros que ofrecen una copita de coñac y alguien, también impersonal, que dice que le sirvan a la vieja, y luego pausas que son aprovechadas por la impudicia del gato asmático que desliza su ronroneo entre las voces, el gato invisible que habita en todas la s grabadoras del mundo y que opaca la voz del tío Julio que dice que afortunadamente la Seguridad Social del país donde se encuentra e bastante eficiente, y los parientes más lejanos confirman con sus alabanzas la perfección de la burocracia europea, y todos al unisono dicen que ya no hay que preocuparse, que, aunque estas cosas son siempre duras, hay que pensar que el pobrecito ahora sí que va a descansar, que todos sabemos que salió bastante enfermo de la cárcel y que el pobrecito nunca dijo nada, tan hombre hasta el fin, dice una voz que se ofrece para hacer los trámites en el consulado y consultar mañana sin falta los precios en Lufthansa, pero a lo mejor le hubiera gustado quedarse en esa tierra junto al viejo; sí, eso es lo que le hubiera gustado, y oprime el botón de stop.

Mira a la calle y le parece más solitaria e inmovil que nunca. Se dispone a salir, pero esta vez sin coger las llaves porque sabe que nunca volverá a cruzar ese umbral hediondo a orines, que nunca más volverá a habitar ese piso de hombre solitario, y que nunca más escuchará My favorite things interpretada por el cuarteto de Thelonious Monk, con John Coltrane soplando el saxofón soprano.

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Ir a la barra de herramientas