Agua y también desierto son los versos de Alicia Genovese, que nació en Lomas de Zamora en 1953. En su obra no faltan pájaros, arboledas, azucenas silvestres, mariposas, pescadores de perlas, poemas de invierno. Y la emoción, “ese punto ciego e irreductible del poema”, es eso que sigue actuando: un temor, un deseo.

 Anónima, El borde es un río, Puentes, Química diurna, La hybris, Aguas, La contingencia, La línea del desierto, Leer poesía. Lo leve, lo grave, lo opaco, El mundo encima, La doble voz. Poetas argentinas contemporáneas, ahí lejos todavía, Azar y necesidad del benteveo, El cielo posible, Diarios del Delta, El río anterior son sus libros. Obtuvo la beca a la creación otorgada por el Fondo Nacional de las Artes, en 1999 y en 2002 la beca Guggenheim. Es profesora titular del Taller de Poesía I en la Universidad Nacional de las Artes.

 Alicia va por el camino del río, cruza puentes, enciende fuegos, va: “y llegar es un sitio sin alcance, / no solo es lejos”. Su poética es viaje, transformación, memoria, exploración, descripción, movimiento, experiencia: “Pensar dentro del poema también es una erótica. Así como el pensamiento puede dar valor a una emoción, una emoción puede validar la lucidez del poema”.

“Nadar es hablar con la respiración”, o: “en el paisaje del desierto / el agua es / como la primera palabra”, o “En el aliento / la obsesión por el agua”. ¿Cómo no empezar por el agua? Contános qué significa el agua para vos, y cómo se constituye en tu poética.

El agua va apareciendo en mis poemas poco a poco de manera inconsciente, como cuando se camina por un camino de montaña y se va escuchando su sonido hasta que aparece un arroyo o una caída de agua. Aparece junto a la atracción por los paisajes donde la presencia del agua define el espacio: el mar, los ríos. Esa atracción se fue metabolizando a través de una recurrencia de imágenes que después de largo tiempo ubiqué yo misma como referencias que volvían en la escritura. Cuando escribí Aguas el libro de donde provienen las citas de la pregunta ya era bastante consciente de eso, aunque de todas maneras el libro comenzó con los poemas de los nadadores y nadadoras y en la relación que establecen con el agua que tanto me llamaba la atención.

El agua, el diálogo con el agua que se va dando en mis poemas es parte de mi historia personal. El mar de la adolescencia cuando mis padres vivían en Necochea, el agua de los manantiales y los ríos transparente de la península de Florida donde viví varios años, los ríos y arroyos del Delta que desde hace mucho tiempo están conmigo; en el Delta suelo pasar largas épocas, en verano especialmente. De esa historia personal quizás azarosa y del rebote que va teniendo lo que escribo con el paisaje va surgiendo esa poética que me liga al agua. En el agua también encuentro la historia ya no como hecho personal sino colectivo, se podría escribir la historia de la humanidad a través del agua. En un libro que titulé Puentes, el agua del Riachuelo, con su contaminación de desechos químicos es dolor. Es el paisaje quemado que no hemos sabido recuperar. Pero a pesar de eso y mucho más frecuentemente, la presencia del agua impone la cercanía con lo vital que ella es capaz de transmitir, la alegría, la recuperación del deseo, la felicidad de su contacto en el cuerpo, de zambullirse y perder gravedad mientras se flota, la de demorarse en ella. Se piensa de otra manera en esos momentos “con” el agua, se pierde lastre y hay como una fuerza más calma que rebrota. Mi historia personal con el agua transita esa alegría entre las aguas, la del agua que se disfruta.

“Hybris. // que la furia / no dé nombre a las cosas / que las envuelva con su pulso / que las aguijonee el contra viento / que el aguijón no se clave en tu cabeza / que la conmoción / no te exilie / que la violencia genere un ritmo / que la ironía no lo clausure // construir una palabra / Para llamar, llamar”. Son los versos que cierran La hybris. ¿Cómo nace ese texto?

Ese libro La hybris nace justamente con ese poema que cierra el libro, concretamente fue la imagen de las Madres de Plaza de Mayo la que dio origen a este largo poema, nace con ese gesto visceral de las madres que se hace político. Pertenezco a una generación tallada por ese gesto que nos dio sobre todo a las mujeres la posibilidad de conformar y soltar una voz distinta, capaz de imponerse en lo público, la posibilidad de desafío al statu quo, la posibilidad de generar un contradiscurso. Creo que en todo el libro está la imagen de la furia revalorizada, las erinias míticas con sus voces de acoso a Orestes por haber asesinado a su madre, fugan de ese tiempo mítico y se superponen con la realidad histórica que vivíamos y con la voz personal que yo necesitaba para exteriorizar algunas cosas. Lo curioso de ese libro fue que el poema final estuvo durante mucho tiempo solo sin que pudiese publicarlo porque su tono no se parecía o yo no podía asociarlo con otros poemas. Releí a los clásicos de la tragedia, Esquilo, Sófocles y en la voz de algunos de sus personajes escuché la voz que yo había tomado en ese poema y que decantaba de ahí. Un tono más alto del que usaba habitualmente que era más reconcentrado, más ensimismado. Con esas lecturas o relecturas creo que pude seguir escribiendo los otros poemas.

¿Qué experiencia significó publicar El cielo posible en pleno proceso?

Se publicó en el 77, todavía yo no tenía demasiada consciencia de lo que significaría después la dictadura. Muchos de los poemas son anteriores al golpe militar, ligados a una búsqueda poética donde la política resonaba claro, pero con tonos muy íntimos. La edición fue muy artesanal, pero con una tirada bastante grande que fue distribuida a pulmón por las librerías de Buenos Aires, particularmente de la calle Corrientes. Las opiniones que recogí entonces fueron muy alentadoras, fue una suerte haber conseguido el sello de El Escarabajo de Oro, de algún modo la lectura de escritoras como Liliana Heker o Abelardo Castillo avalaban la publicación.

¿De qué modo se puede acceder a “ese punto ciego e irreductible del poema” que es la emoción? (En Sobre la emoción en el poema).

Ah no lo sé, creo que se llega a él, que hay que buscarlo con la escritura, con el apoyo en la vivencia, en la pulsión que da origen al poema. No hablo de sentimentalidad, cuando hablo de emoción, más bien abro la posibilidad hacia todo aquello que nos afecta y que no puede simplificarse o reducirse a un sentido preciso, sino que sigue actuando en cada uno, cada una, con su margen desconocido: un temor, un deseo. Hacer que siga viviendo dentro del poema, no pretender controlarlo o achatarlo con las palabras, sino al revés, darle curso, dejar que nos hable, se trataría de eso.

“A través de la emoción, reaparece la sensibilidad más primaria que fuera deseo de sobrevivencia, impulso de existencia, temor a la muerte. La emoción es, en ese sentido, constitutiva de la sensibilidad, sustrato de la individualidad y conexión con la especie.” ¿Es la emoción lo que hace que el arte nos vincule con el mundo y con los otros?

Creo que sí, si entendemos la emoción como abarcadora de aquello que nos mueve, que nos da destino, que nos impulsa hacia un otro, que nos focaliza la atención en determinadas cosas del mundo, no en todas quizás, o no en todas al mismo tiempo. En el ensayo que mencionás “Sobre la emoción en el poema” trato de revalorizar el papel de la subjetividad, su relación con la percepción del mundo, algo que a veces queda fuera de marco cuando se habla de poesía como construcción, como búsqueda de un lenguaje como si pudiese disociarse de un proceso subjetivo, de la experiencia sensible que nutre la búsqueda de un lenguaje y la necesidad de decir. Creo que la comunicación poética nos vincula con los otros cuando el poema no borra su propia conmoción, su asombro frente al mundo, su reconocimiento de zonas que no transita el lenguaje en sus modos habituales de comunicación.

En tiempos de posverdad y devaluación de la palabra, ¿qué le toca a la poesía?

Asistimos a diario a una utilización devastadora del lenguaje, hay en esta época un corrimiento violento de lo que entendíamos como garantías argumentales del discurso. El discurso de la posverdad y el neoliberalismo tal como aparece en nuestra sociedad son caras de la misma moneda. En ese discurso, el dato objetivo puede negarse, convencer es más importante que entender o conocer. De lo único objetivo que ese discurso no se desprende al parecer es de las encuestas de opinión, aunque suele ocultarlas, aunque su uso no genere autocrítica o la posibilidad de transformación por el reconocimiento de errores, sino que se usan más para manipular, para crear falacias, para ocultar información o cambiar el centro de la discusión.  Es muy difícil hoy leer los diarios y tener una imagen más o menos acabada, en cuanto a lo objetivo de los sucesos; en otra época leer entrelíneas era un ejercicio que se hacía por default, ahora es más difícil no hay ningún pudor en poner a rodar noticias que son mentiras de comienzo a fin, salvo la intencionalidad política que las crea.

La poesía se ubica en las antípodas de esta utilización del lenguaje, es exploración de aquello que trata de decir, es interrogante de aquello que la impulsa, es búsqueda de una verdad por mínima que sea que pueda anclar en la propia mirada sobre el mundo. Aquello que enuncia no se centra en la utilidad, no tiene un para qué pragmático, no es para que otro haga o piense tal o cual cosa. Dice mucho con poco, aprende de su silencio.

“La doble voz no es un estilo, no es un rasgo sintáctico ni un conjunto de rasgos formales de la escritura, es un excedente de los textos que permanecen parcialmente oscuros si no se los enfoca con una perspectiva de género que lea la irradiación producida por el sujeto de enunciación”, leemos en La doble voz…, publicado por primera vez en 1998. Allí identificás esa segunda voz (que se realiza como “un sujeto que niega pero también afirma, que va constituyendo a través de la escritura una identidad propia como lugar tentativo, demasiado inestable para ser considerado una esencia”) con el perfil de la extranjera. Más de veinte años más tarde, en vista de la producción de la poesía contemporánea, ¿pensás que ese arquetipo se sostiene?

La extranjeridad de las escritoras mujeres es muy marcada en el corpus de la poesía argentina anterior a los años 80. Cuando escribo La doble voz, justamente intento leer un cambio, una fuerte aparición en escena de poetas mujeres. Actualmente hay una demanda social por las producciones literarias de mujeres, se lee de otra forma, se escribe quizás con esa conciencia. Aunque la poesía siempre mantiene su zona marginal en relación con la literatura escrita por mujeres que desde hace un tiempo el mercado demanda con todas las distorsiones que esa demanda puede generar. No obstante esto, creo que en un plano subjetivo persiste ese conflicto de pertenecer y no pertenecer a la cultura, ese conflicto que implica tener que demostrarnos a nosotras mismas, con mucha autoexigencia, que sabemos escribir para así justificar que lo hacemos.

“La naturaleza no es solo / una armonía retórica” son los versos finales de La contingencia, donde el río, los pájaros, la arboleda, y el agua siempre, son protagonistas. ¿Cuál es la conexión entre naturaleza y poesía?

Para mí la mirada sobre el paisaje, sobre todo aquello que ofrece la naturaleza en su infinito movimiento de transformaciones, el cambio de estación, las variaciones que a diario nos permiten estar cerca de las plantas, de todo aquello que ofrece un jardín, una calle que es una por la mañana y otra en el atardecer, me devuelven a mí de otra manera, me permiten mediatizarme, alterizarme, ser en lo otro, encontrarme y establecer lazos muy estrechos con lo otro, con lo que no soy.

¿Dónde se tejen los límites entre narración y poema? No es por servilismo con los géneros que lo pregunto sino para ahondar sobre los hilos que se juegan en cada caso, si acaso responden a distintas sensibilidades, o…

Creo que el poema puede narrar, pero lo hace fragmentariamente, sin que importe demasiado esa historia o esa escena que se está narrando, el poema va en busca de otra cosa, no se deja agotar por la secuencia de la narración. En este sentido siempre doy la distinción que hacía Paul Valery entre prosa y poesía. Para él la prosa es como caminar, ir hacia un objetivo que se despliega temporalmente, en cambio la poesía es una danza, hay movimiento pero no hay grandes desplazamientos siempre se está en el mismo sitio, ahondando en la situación que generó el poema. Más allá de diferenciaciones tan tajantes, creo que puede haber un diálogo entre narrativa y poesía muy fructífero. Pienso en Las ciudades invisibles de Calvino y leo a un narrador, lector de poesía, por ejemplo. Así como a veces leo narradores a quienes pienso que la poesía tendría mucho para aportarles, en brevedad, en intensidad, no para que dejen de ser narradores o narradoras, sino para nutrirse también en otro suelo, no solo en la construcción de una trama.

“La persona equivocada / es el desierto (…) El error es el desierto (…) La negación es el desierto”. ¿Podés contarnos cómo el desierto se vuelve parte de tu poética? ¿Es La línea del desierto la contracara de Aguas?

El otro de los paisajes que me provoca atracción, además del paisaje de aguas, es el del desierto, quizás porque allí percibo el olvido del agua, lo que el agua ha abandonado, aquello que el agua no alcanza y donde todo se transforma en estrategia de sobrevivencia, adaptación en medio de la escasez, en medio de la sed. En cierto modo, La línea del desierto es la contracara de Aguas, y en cierto otro modo no, en ambos está la idea de lejanía de grandes espacios solitarios donde el yo se siente muy pequeño, son paisajes que exigen un desprendimiento para reconocer lo verdaderamente necesario, para probar las propias fuerzas y donde se descubre aquello capaz de acompañar.

“Irme, siempre quería irme” es el comienzo de ahí lejos todavía, donde infancia y familia son protagonistas y se multiplican “Conversaciones con mi madre” de toda índole. ¿Cómo se configura ese libro? ¿Qué rol juega la infancia en la constitución de una poética, cómo dialogan infancia y poesía?

Es bastante raro mirarse en la vivencia de infancia, sin el apremio del presente y al mismo tiempo con el riesgo de distorsionar aquella vivencia y domesticarla. Traté de recuperar a través de ese libro aquellas vivencias que me siguen, que vuelven de tanto en tanto con mucha fuerza y que siguen portando casi el mismo misterio.

Necesité escribir ese libro en los últimos años de mi madre, en la particular relación que establecimos en esa época, que me llevaron más vívidamente a mis lugares de infancia y adolescencia, a rememorar con ella muchísimas situaciones de entonces. Necesité la prosa, necesité narrar, pero la poesía está presente y nutre muchas zonas de ese libro, no porque lo haya buscado pero es que aun escribiendo prosa tampoco puedo negar mi historia de proximidad con el lenguaje de la poesía.

Contanos de tus primeras lecturas y tu entrada al universo de la poesía.

Un poco es lo que narro en el libro como pregunta que todavía me sigo haciendo, cómo en una casa sin libros, en un lugar perdido en el conurbano sin casi nada a mano, salvo la escuela y un kiosco de revistas, se puede estar diciendo que se va a ser escritora y transformarse en eso, como si desde el empecinamiento de una nena se pudiese trazar una vida. Recuerdo con una sensación que es la misma de hoy mi atracción por lo libros que conseguía por recomendaciones de maestras, de profesores, de compañeras o compañeros, muchos prestados. De esos libros, fue decisiva una antología que usaba en la secundaria y que me abrió a la poesía de los clásicos. Eso fue el inicio verdaderamente. Años más tarde, cuando tenía unos veinte años empecé a reunirme con poetas en el Taller De Lellis y desde ahí supe mejor que quería escribir poesía.

Sobre El Autor

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Co-fundadora y Jefa de Redacción del portal Evaristo cultural, es editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; Hablar de Poesía -Argentina-, entre otras). Se dedica también al trabajo social. En 2019 recibió la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes para su proyecto Poéticas de la percepción / Entrevistas sobre poesía, actualmente en desarrollo.

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