Poeta y editor infatigable, Javier Cófreces nació en Buenos Aires en 1957. Su poética está marcada fuertemente por la escritura en colaboración, a cuatro y seis manos, junto a sus socios creativos Eduardo Mileo y Alberto Muñoz, con quienes ha gestado grandes obras como Venecia o Tigre.

 Lleva publicados una veintena de libros y es uno de los difusores más importantes de la palabra poética en nuestro país. En 1981 fundó la mítica revista de poesía La Danza del Ratón, precuela del sello Ediciones en Danza, que dirige hace ya casi veinte años y lleva publicados más de trecientos títulos entre los que se destacan innumerables autores de la talla de Jorge Leónidas Escudero, Beatriz Vallejos, Juan Carlos Bustriazo Ortiz o Francisco Madariaga, por nombrar solo algunos de los poetas que ha rescatado, antologado y prologado a lo largo de los años.

 El barrio, el río, el amor y la política son algunos de los tópicos fundantes de su obra, donde poesía es también contemplación, testimonio, y código único de percepción del mundo.

 

Ha llovido por años

Hoy

Cascadas pluviales

Atormentan la especie

Milímetros hídricos desnudan

El temor a Dios

Y la humedad

De su tormento

Pavor mojado

Destempla la geografía urbana

Sólo agua del cielo

Basta

Por hoy.

“Diluvio”, El ojo del agua (2001)

 

¿Dónde empieza la poesía? ¿Quiénes han sido tus referentes?

A los quince o dieciséis años comencé a escribir mis primeros poemas. A los diecisiete, en 1974, publiqué mi primer librito, Caminos sin tiempo. El empujón inicial y determinante lo propulsó mi primo, el poeta Jonio González. Nos criamos juntos en Barracas. Él me acercó los primeros libros de poesía que leí. En mi casa paterna había una inmensa biblioteca, repleta de libros de historia, de enciclopedias, de novelas policiales y ensayos. El género poético no figuraba. Jonio me introdujo en los poetas españoles, en los surrealistas franceses y en los beatniks norteamericanos. Poco tiempo después, comencé a entusiasmarme con los poetas argentinos, a estudiar literatura e investigar. En 1977, plena dictadura, con Jonio y el poeta Miguel Gaya fundamos el Grupo Onofrio de Poesía Descarnada. Brindábamos recitales nocturnos en teatros del centro. Años más tarde, con Jonio lanzamos la revista La Danza del Ratón, especializada en poesía, que sostuve durante 20 años. Fue el fermento de Ediciones en Danza, que fundé en 2001.

“Yo crecí entre gente / que me habló de hierros / de chapas y de zinc” son algunos de los versos de Tránsito, donde circulan fierros y acero: “Lo peor de los fierros / Es que se oxidan / Y la herrumbre avanza / Hacia el interior del metal”. ¿Qué resonancias te genera el hierro?

Se entremezclan simbolismos y metáforas. Ser “fierrero” se interpreta vulgarmente como aficionado a los autos, al automovilismo. Desde chico siento atracción por las carreras de autos. Hasta fines de la adolescencia solía ir a los autódromos. Tenía mis marcas preferidas y pilotos favoritos en las categorías que me interesaban (unas cuantas). Visitaba talleres mecánicos del barrio. Bajaba a las fosas para ver los coches desde abajo. Les cebaba mate a los chapistas, y recogía rulemanes usados para armar mis “kartings”.

Ese entusiasmo fierrero me llevó a ingresar al colegio industrial a los 12 años. En los talleres de la escuela técnica tenía prácticas de mecánica, tornería, fundición, hojalatería. Me atraían los metales (mi padre trabajaba en una siderúrgica), el acero, los mecanismos y engranajes. Futurismo trasnochado o emulación marinettiana, sospeché más tarde, cuando la literatura y fundamentalmente la poesía ingresaron en mí.

Terminé penosamente el secundario e ingresé a la carrera de Letras en la UBA. Entonces, los metales pasaron a un segundo plano, pero preservo la incidencia que tuvieron en mi vida. Parte de aquello quedó reflejado en unos cuantos poemas de Tránsito (2008).

El hierro y el acero simbolizan la resistencia. La metáfora refiere a la resistencia necesaria de hombres y mujeres para sobreponerse a los golpes de la vida, a los problemas de salud, y también para sostener una editorial de poesía

¿Por qué decidiste no volver a publicar libros personales luego de Tránsito?

Porque dejé de entusiasmarme por mi propia escritura. A la vez, sospeché que tampoco le interesaba a nadie, excepto a mis amigos poetas. Quizás no pudiera evitar escribirla (de hecho, lo seguí haciendo), pero renegué de publicarla por varios años. Lo cierto es que, esencialmente, me estimula dedicarme a trabajar en el género desde la obra ajena. Con el paso de los años (Ediciones en Danza ya cumple 20), me reconozco mejor editor que poeta.

Luego de Tránsito (2008), edité un libro propio tras la muerte de mi viejo, Humos de mi padre (2013). Lo hice con la idea de que fuera una publicación familiar, pero varios amigos me persuadieron a lanzar algunos ejemplares más que llevamos a librerías. En 2020 publiqué Antología personal con antiguos poemas y otros inéditos, no demasiados, escritos durante los 10 años anteriores al lanzamiento de la obra. Tengo el presentimiento de que se tratará de mi último libro de poesía personal. Sospecho que reúne los textos más logrados de cuantos escribí y publiqué en cuarenta años.

Lo que no dejé de hacer en ningún momento es escribir y también publicar trabajos compuestos junto a mis socios creativos, Alberto Muñoz y Eduardo Mileo.

“Quizás a los ochenta años debamos limar nuestras asperezas con un duelo al mejor estilo Conrad (de ser así, me ocuparé de que tu arma no funcione)”. O: “No quise pasar mucho rato para enviarte mi primera impresión de Venecia. Luego de haber leído tanto, de imaginar tanto y de llevar escritas cientos de páginas para un trabajo que tal vez concluyamos algún día. Supongo que tampoco está en los planes de ninguno pasarnos la vida escribiendo sobre esta ciudad, aunque me animo a anticiparte que, con lo poco que ya vi, podría valer la pena”. Son intercambios epistolares con Alberto Muñoz, en este caso. Pero escribiste varios libros también con Eduardo Mileo. Me encantaría que nos cuentes sobre la experiencia de la escritura en colaboración.

Ya son unos cuantos libros publicados con autoría compartida: Venecia negra (2003), Canción de amor vegetal (2006) y Tigre (2010) junto a Alberto Muñoz. Los frutos del apetito (2011), junto a Eduardo Mileo. Titanes (2014) y La Peste (2020) los escribimos entre los tres. Con Muñoz todavía tenemos dos libros escritos a cuatro manos que se mantienen inéditos.

La escritura en colaboración, en nuestro caso, está fundada en una relación de amistad de alrededor de 40 años. Disponemos del magnífico beneficio de que cada uno está entusiasmado por la escritura de los otros dos. En consecuencia, los tres estamos dispuestos a ceder, a conceder, cuando se compone en conjunto.

Cada uno de los libros, tuvo procesos de elaboración muy particulares. Lo más relevante para transmitir es lo satisfactorio y entusiasta que nos resulta encarar estos proyectos. La última experiencia de libro conjunto fue La peste (2020). Fue escrito en 30 días, en plena cuarentena. Cada uno dispuso de un bloque compuesto por 40 poemas. En este caso particular la participación consistía en transmitir puntos de vista y consignas acerca de la pandemia, y cómo nos afectó personalmente. En verdad, nos resulta de lo más natural escribir y publicar conjuntamente. Los tres estamos atravesados por la poesía desde muy jóvenes y en ella y desde ella crecimos a la par.

“No te vayas más / así comienza / este lamento / que te regresa / de todos lados” es el comienzo de “Viajera”. Hablemos de amor y poesía, del amor en el poema y el poema en el amor.

 Hay un libro de temática amorosa, que me marcó particularmente, Últimos poemas de amor, de Paul Eluard. Lo leí de adolescente, con versiones de César Fernández Moreno, editado por De la flor. Creo que fue la primera llave que dispuse para ingresar en ese lugar, la poética alusiva al amor, al ser amado. Recuerdo que también me atraían muchísimo los textos de Girondo vinculados al tema. No Neruda, ni Benedetti. Sí Prevert, sí Breton. Sí Enrique Molina.

Tuve una ventaja considerable para abordar la temática amorosa. Me refiero a disfrutar de la persona amada desde muy joven, Alejandra. Es la mujer que me acompaña desde mi juventud. Todos los poemas de amor que escribí en la vida están dedicados a ella. No tengo dudas de que se trata de uno de los tópicos preponderantes en mi obra, lo mismo que el barrio, el río y la política.

“Cada uno de los huecos de la ciudad / Insiste en conocer los secretos / Que le deben como promesas de novio / Los mensajeros de varias generaciones / que la abandonaron irremediablemente / Durante los últimos años” rezan los primeros versos de “Exilio”. ¿Cómo viviste esos años? ¿Cómo la política atravesó y atraviesa la poesía?

 Justamente, los años de la dictadura fueron muy duros de atravesar. Los militares entraron en mi casa y en la de Jonio. Por suerte a él no lo encontraron, gracias a la intervención de mi viejo que logró ocultarlo a tiempo. No tuvo la misma suerte mi hermana que fue secuestrada y milagrosamente liberada. En aquellos años yo tenía un trabajo social muy activo en la villa de Barracas (actualmente, la 21), en la unidad básica de la JP. Zafé de casualidad. Tras la irrupción del comando paramilitar a mi casa, estuvimos una temporada viviendo con mi familia aterrorizados en lo de una vecina, en fin. Miles y miles de argentinos la habrán pasado peor y 30 mil no sobrevivieron.

La figura de la muerte también ocupa un lugar en tu poética: “Mis muertos queridos”, “Antes del deshielo”, “Mireya” son solo ejemplos. ¿Qué diálogo se teje entre muerte y poesía?

 Ningún diálogo, creo que no hay nada menos poético que la muerte. Sin embargo, es inevitable evocarla, por la tristeza y el desconsuelo que genera en los sentimientos de los hombres y de las mujeres. Es un alivio poder acudir a la poesía como elemento de sublimación, o de catarsis. Me refiero a leerla y a escribirla. Me resultó una fuente de consuelo componer poemas a “mis muertos queridos”, a mi viejo fallecido, o a mi perra “Mireya” luego de tener que sacrificarla.

“Yo creo en las almas / Pero no en las de los muertos / El alma del fierro está en la resistencia / El alma de las personas también”. ¿Sos un ser religioso? ¿Creés en la correspondencia entre la poesía y lo sagrado?

 No soy religioso y sospecho que tampoco demasiado creyente, pero como cualquier persona, al momento de ahogarme quisiera disponer de un salvavidas a mano. Fui criado en la religión católica, pero abdiqué a los veintipico. Mi lejano vínculo con el cristianismo lo preserva el trabajo que observo en los curas villeros. También en mi admiración por la obra del padre Carlos Mugica y del obispo Angelelli. Cada vez que viajo a La Rioja me detengo en el santuario erigido en el sitio donde asesinaron al inolvidable “pelado”. Venero la figura de Ernesto Cardenal, como cura y poeta.

La correspondencia entre la poesía y lo sagrado nos ha brindado algunas de las páginas más maravillosas de la lírica. El legado de los poetas místicos es admirable, y nos permite un acceso único al más allá, que sin semejante inspiración sería imposible percibir para el común de los mortales. Resultan lecturas imprescindibles escritas por seres humanos que gravitan en una órbita diferente, conmovedora. Son voces que fluyen como ríos de una naturaleza distinta, profundos e iluminados.

También el agua está muy presente en tus versos, tus “Poemas de río”: “Hay una lenta cadencia / el río pasa / junto a aquello que se fue”. Por no hablar de Venecia negra o Tigre

 El agua, básicamente la del río, siempre fue un tema constante en mis poemas. Particularmente a partir de mis expediciones en canoa allá por la década del noventa. Quise dejar un testimonio de aquellas travesías aventureras emprendidas con un amigo de la infancia, y esas vivencias aparecen en poemas de varios libros que publiqué. Son testimonios de noches a flote en una embarcación mínima. Naufragios insignificantes que convertí en epopéyicos. Versos que evocan el padecimiento ante una sudestada en el río Luján.  La recalada en un rancho isleño tras una tormenta eléctrica. La remontada del río Salado hasta su desembocadura marítima. En fin, todos remedos de las verdaderas proezas literarias. Las que me sugirieron Salgari, Conrad, Stevenson y Melville, que en general ocurren en el mar, aunque cómo olvidar El Corazón de las Tinieblas, en el río Congo. Lo mío fue ribereño, pero me permitió evocar aquellas hazañas de mis héroes adolescentes. Disfruté las travesías y mi humilde correlato poético.

Ahora bien, en 2002 con Alejandra compramos una vieja casona isleña en el arroyo Caraguatá, en el Delta del Paraná. Por supuesto, desde entonces, la cuestión del agua, de la naturaleza y el río explotaron en mi cabeza y en mi poética.

Tuve como aliado a un antiguo habitante isleño, el poeta Alberto Muñoz, amigo de toda la vida. Entonces comenzamos a escribir el libro Tigre, quizás el trabajo más importante y trascendente que dejemos. Fueron 500 páginas de una obra publicada en 2010 que nos llevó más de seis años de elaboración (quedaron 300 páginas inéditas). Aunque parezca mentira, hasta entonces había muy poca literatura acerca de la isla. Prácticamente, para encontrarla había que remontarse al siglo XIX, cuando Marcos Sastre publicó El tempe argentino y El carapachay recogió los artículos referidos al Delta que Sarmiento publicaba en los diarios de la época.

Para emprender nuestra obra, francamente ambiciosa, ya contábamos con la experiencia de una escritura también dedicada al agua, Venecia negra, publicada en 2003. Tigre tuvo y tiene aún hoy muchos lectores, fue impreso y reimpreso. Ofrecimos infinidad de charlas y lecturas vinculadas a este trabajo. Nos ofrecieron hacer audiovisuales y documentales con algunas historias que aparecían en el libro. Fue un trabajo que nos llenó de satisfacciones, por el entusiasmo de componerlo y por la avidez que generó su contenido en los lectores.

Contános sobre el proceso de construcción de Venecia negra (Cófreces & Muñoz).

 Fue dificultoso e intrincado, aunque también gozoso. Se trataba de la primera composición conjunta y teníamos que aprender a poner en funcionamiento nuestro mecanismo compositivo. Tardamos alrededor de tres años en concluir el trabajo. Fueron aproximadamente 100 reuniones, realizadas los jueves en la casa de Muñoz. Cenábamos juntos y luego nos poníamos a escribir y leer hasta las dos o tres de la mañana. También aprovechábamos para trabajar durante los viajes a encuentros literarios que nos invitaban, en los que disponíamos de horas libres y compartidas. Recuerdo que Muñoz había viajado a Venecia en 2000 y al año siguiente lo hice yo (o viceversa, da igual). Yo volví a hacerlo en 2002, ya con el libro encauzado, en procura de materiales puntuales que requeríamos para redondear la obra. Los personajes, las historias y las fantasías de la Serenísima fluían sin solución de continuidad. Ficción, literatura y realismo navegaban por los canales venecianos. Tras la publicación, una lectora nos pidió la dirección donde encontrar al poeta gondolero, Franco Conigliaro, autor de uno de los capítulos, ya que viajaba a Venecia y quería conocerlo. Un crítico literario escribió una memorable reseña de Venecia negra en el diario La Nación, y se lamentaba de no haber visitado el museo poético que evoca la obra. El buscador de Google da cuenta que se rescató un cuaderno de Turner en Venecia y que aparece trascripto en Venecia negra. Jamás nos ocupamos de aclarar si las historias del libro eran reales o pura ficción.

Se imprimieron 500 ejemplares que se agotaron en un par de años. Fue una edición lujosa, en tapa dura, con papel ilustración y reproducciones interiores a color. Tuvimos que gestionar un crédito para publicarla.

Estuvimos a punto de viajar a Venecia a presentar el libro, invitados para la Bienal de Poesía Hispanoamericana. Lamentablemente en ese momento estalló una crisis económica en Europa y aquello quedó en la nada.

¿Y Titanes (Cófreces-Mileo-Muñoz)?

Su escritura a seis manos fue mucho más relajada. Por lo pronto, el libro fue resuelto en menos de un año y con reuniones más esporádicas. Sin el rigor de Venecia negra ni Tigre. Además, resultaba más difícil concertar encuentros entre los tres. Las reuniones las efectuábamos alternativamente en cualquiera de nuestras casas, aunque la mayoría fue en la casa de Muñoz, a quien le costaba más moverse, por sus actividades. Recuerdo que cada uno elegía a sus titanes preferidos. Los poemas no podían exceder las 10 líneas. La condición, arbitrariamente, la propuse yo y fue aceptada por mis amigos. Entonces, en los encuentros cada uno leía los textos que había escrito y, en caso de que hiciera falta, los masacrábamos sin piedad. Por consenso se rescataban los poemas sobrevivientes, muchos de los cuales resultaban intervenidos con el consentimiento del autor. Camaradería, empatía, amplitud y generosidad podrían ser tres atributos que rondaron la concreción de esta obra. Fue un libro que no generó especial interés en los lectores. Apenas se habrán vendido 100 ejemplares. La mitad de los cuales fue en la presentación, repleta de amigos y familiares. No obstante, conservo un recuerdo imborrable de este emprendimiento de tres amigos, poética y sanguíneamente inseparables. Reconozco haber sido el motor y el propulsor de la idea, como en todos los libros que encaramos juntos. Asumo el impulso irrefrenable que promueve mi afán de publicar obra junto a dos poetas monumentales, Muñoz y Mileo.

“Publiqué mi primer libro de poemas, Caminos sin tiempo, a los 17 años, en 1974. Únicamente el recuerdo de aquel entusiasmo juvenil me permite la utilización del término “libro”. En rigor, se trataba de un cuadernillo abrochado, impreso a mimeógrafo con la colaboración de mi amigo Marito, en una escuela salsiana de La Boca” es el comienzo del prólogo que escribiste para tu Antología personal. Desde el comienzo tuviste vocación de editor. ¿Cómo ha sido ese camino? ¿Qué significa hoy para vos Ediciones en danza?

 Siempre tuve vocación de editor, aun cuando no sabía que mi vida estaría signada por ese destino, el que me ampara y justifica. Cuando tenía 17 años imprimí mi propio libro. Pocos años después comencé a publicar una revista para difundir a los poetas que más disfrutaba. Veinte años más tarde fundé un sello que ya tiene más de 300 títulos publicados. Rescato a dos maestros que me dejaron grandes enseñanzas: Francisco Gandolfo, fundador del sello rosarino El búho encantado y José Luis Mangieri, el inolvidable editor de Libros de Tierra Firme. Tal vez se trate de los editores de poesía más importantes que tuvo el país. En el caso de Gandolfo, hasta disponía de imprenta propia. Los traté mucho y aprendí de ellos el oficio y descubrí un trabajo que me apasiona y no cambiaría por ningún otro.

Sobre El Autor

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Co-fundadora y Jefa de Redacción del portal Evaristo cultural, es editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; Hablar de Poesía -Argentina-, entre otras). Se dedica también al trabajo social. En 2019 recibió la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes para su proyecto Poéticas de la percepción / Entrevistas sobre poesía, actualmente en desarrollo.

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