Sam cabalgaba. Lentamente. Silbaba bajito. Estaba cansado. Cansado pero contento. Había estado recorriendo las pasturas al norte del rancho. El pasto estaba bueno. Las vacas se veían bien. Los terneros ya estaban gordos. Dentro de un mes podían ser separados de sus madres.

Su recorrida empezó a las cinco de la mañana. Y su reloj de bolsillo ahora indicaba más de las seis de la tarde. ¡Con razón el cansancio! Ya no era un muchachito. Era hora de echar raíces. Pensó en Eva, la bella hija del señor Jones, el dueño del rancho. El señor Jones confiaba en Sam. Después de todo, lo había nombrado su capataz.

Eva había regresado de sus estudios en la costa oeste hacía cuatro meses. Durante sus estudios se había transformado. De niña en una mujer apetitosa. ¡Muy! Sam recordó las sonrisas sonrojadas que Eva le regalaba todas las tardes, cuando volvía al rancho. Pronto iba a pedir la mano de Eva a Mr. Jones. Sam ya sabía en qué punta del rancho quería construir su casa. Y con Eva, llenarla de niños.

Sam soñaba despierto. Una sonrisa en su cara. ¡Qué lindo! Su ruano de repente enderezó las orejas. Sobresaltado, Sam miró a su alrededor. Enfrente, unos cuarenta metros más arriba en el cañadón, el sol se reflejó en algo metálico. ¡Un rifle! Así como venía, con una mano agarró el Winchester y se tiró al piso. Se escondió detrás de una piedra. Esperó.

No se movía ni se oía nada. Sam esperó con paciencia. Conocía la importancia de no apresurarse. Al rato escuchó unos gritos:

-¡Eeeh! ¡Sam! ¿Nos escuchas?

-Sí, sí, claro que escucho. Con esos gritos creo que ya los escuchó todo el estado de Tejas.

Sam oyó risas nerviosas. Su oído atento identificó tres personas. Se ponía bravo este encuentro.

-¿Qué quieren? -respondió Sam.

-Oye, Sam. Queremos que te largues. Que montes tu caballo, y que no pares hasta llegar a Oklahoma. El “Rancho Fortuna” ya no es sitio para ti. ¡Lárgate! Este no es momento para morir. Es lo que te va a ocurrir si no te marchas.

“Qué raro”, pensó Sam. ¿Quién lo querría lejos del rancho? Los ocho empleados a su cargo lo respetaban y le tenían aprecio. Sam lo sabía. Ninguno de los vecinos del rancho le tenía antipatía. Lo que sí tenía claro es que este, este no era el momento para abandonar el rancho. Sin hacer ruido se sacó las botas. Las colgó de un estribo. De una alforja sacó unos suaves mocasines. Sigilosamente rodeó la ladera. Por lo que escuchaba, los tres bandidos estaban discutiendo cómo aprehenderlo.

Sam se encontró con sus tres caballos. Atados a unos arbustos. Los desató, y con suaves ademanes los orientó cuesta abajo. Los caballos enfilaron, mansos, y con poco ruido, se fueron. Sam continuó su círculo. En pocos minutos se encontró detrás del trío. Todavía estaban discutiendo qué hacer con él. Se irguió y amartilló su rifle en un movimiento fluido.

Los tres se dieron vuelta, sorprendidos. Sam reprimió una sonrisa. “Estos tres no asustan a nadie”. El de la izquierda era pelirrojo, gordísimo, con cara de no tener muchas células grises. El del medio, pelado, flaco como un esqueleto, con un tic que hacía levantar su ceja izquierda cada dos por tres. El de la derecha era otro gordito. No tanto como el pelirrojo. Pero la caminata al pueblo le iba a costar. Era rubio, pelo pajizo, y una barba rala. Apuntando con su rifle, Sam les dijo:

-¡Oigan! Sus caballos ya se adelantaron. Marchan al pueblo sin ustedes. Lo primero que van a hacer, de a uno, es tirar sus rifles y revólveres hacia mí. Vamos a empezar con el Despacio, tira el rifle. ¡Muy bien! Ahora, el revólver. Bien. Ahora, el pelado. Lentamente. Rifle y revólver. ¡Bien! ¡Bien! Ahora, el colorado, las dos armas hacia mí.

Por sus caras, Sam leyó que estaban preocupados. No sabían qué iba a hacer él con ellos. Temían un castigo. Incluso el peor de todos. Los tranquilizó:

-Se dan vuelta y caminan hacia el pueblo. Los estaré mirando. Sugiero que sean ustedes los que se vayan a Oklahoma. La próxima vez que nos crucemos, estaré disparando. ¿Entendieron?

El trío dio media vuelta mascullando. Cansinamente bajaron la ladera, dirección al pueblo. Cuando Sam los vio chiquitos, agarró el ruano, montó, y volvió a dirigirse hacia el rancho de don Jones. Mientras marchaba, Sam se preguntaba quién podría quererlo lejos. O muerto. ¿Un pretendiente de Eva? A lo mejor. Le iba a preguntar.

Cuando Sam y el ruano llegaron, todo estaba tranquilo. Todavía quedaba una hora de luz. Los otros empleados no estaban. Seguramente seguían de recorrida. Por el humo de la chimenea, Sam supo que Ted, el cocinero, estaba trabajando. Su estómago gruñó contento. Se dirigió al establo. Desmontó y desensilló al ruano. Luego lo llevó al bebedero y de allí al corral. En el camino se le acercó Eva:

-¡Hola, Sam! – empezó ella.

-Hola, Eva. ¿Cómo estás hoy? ¡Bah! Ni sé para qué te pregunto. Veo que estás muy linda. Y ese vestido verde te queda espléndido. Resalta tus lindos ojos. Y no necesitan ser resaltados. Son preciosos.

-¡Ay, Sam! Qué cosas me dices. Me siento roja de vergüenza. Tú siempre con tus preciosas alabanzas.

-Recién me crucé con tres bandidos y…

-¡No, Sam! ¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? Me muero si te pasa algo.

-¡No, Eva! No te puedes morir antes que yo. Escucha: sé que no soy muy bueno con las palabras, Eva, pero quiero saber si hay lugar en tu corazón para mí. Si me dices que sí, seré el hombre más feliz en todo Tejas.

-¡Ay, Sam! Me pones colorada como un tomate. Cómo me sorprendes. Has hecho que mi corazón galope. ¡Ay! Espero que tu corazón galope junto al mío. ¡Qué emoción! En mi corazón solamente entras tú, querido Sam. ¡Sam! Cómo y cuánto te quiero. ¡No tienes idea!

-Bueno. Gracias, Eva. Gracias. No te imaginé tan efusiva. ¿Estás segura de que no hay otro en tu corazón? Porque te estaba por contar de los tres bandidos…

-¡Ay, Sam! ¡No me atormentes! ¿Cómo que te cruzaste con tres bandidos?

Finalmente, Eva se dispuso a escucharlo. Le aclaró que no. Que no tenía otro novio. Nunca lo tuvo. Su corazón siempre perteneció a él.

Sam prefirió postergar las emociones para otro momento. Seguía preguntándose quién podría haber enviado al trío. Sin más, giró ciento ochenta grados y se dirigió a la casa del señor Jones. Dejó plantada y boquiabierta a Eva. Adela, la empleada de siempre, la que había criado a Eva, le abrió la puerta, y con un breve “Hola, Sam”, lo hizo pasar. El señor Jones estaba en su oficina:

-¡Hola, Sam! ¿Cómo estuvo esa recorrida?

-Muy bien señor Jones, muy bien. Hay mucho pasto. Las vacas y los terneros se ven bien. Oiga, señor Jones, ¿me da su bendición para casarme con Eva?

-¿Qué? ¡Cómo! ¿Estás loco, Sam? ¿Me quieres dar un infarto? Me hablas de las vacas y acto seguido me pides la mano de mi hija. Tu sí que estás loco, Sam. ¡Bueno! Por supuesto que apruebo. Me encantará tenerte como yerno. ¡Jajaja! ¡Cuando te cases con Eva ya no tendré que pagarte un sueldo!

A Sam no le gustó mucho esta idea. Estaba acostumbrado a su sueldo. Primero como aprendiz. Luego como empleado. Hace unos años como el capataz. Aprovechó para contarle al señor Jones sobre el trío. Su futuro suegro lo miró con preocupación. A ninguno de los dos se le ocurrió quién podría querer a Sam lejos del rancho, o muerto.

Sam decidió que lo mejor sería ir al pueblo. “Danger”, así se llamaba. Pidió permiso al señor Jones. Coincidieron que en el pueblo estaban las respuestas que Sam buscaba. Decidió salir la próxima mañana, temprano.

Antes que amaneciera, Sam ya se había levantado. Conversó un rato con Ted, mientras tomaba su café. Aprovechó para darle las órdenes a Frank, su número dos. Apenas amaneció, Sam se dirigió hacia Danger. En la mitad del trayecto se le erizaron los pelos de la nuca. Se dio vuelta para mirar si alguien lo seguía. No vio a nadie. Siguió cabalgando.

Danger no era grande. Al llegar, desmontó frente a la oficina del alguacil, el sheriff John Earp. Al lado estaba el correo. Enfrente el salón “Drink”. El salón no le generaba mucha simpatía. Malos recuerdos. La calle era ancha. Hacia ambos lados, se podía ver el final del pueblo. Ató su caballo en el palenque, y entró a conversar con el sheriff.

-¡Buen día, Sam! ¿Cómo estás? Hace mucho que no te vemos.

-Buen día, Sheriff. Es cierto, creo que hace un par de meses que no vengo. ¿Cómo está todo?

-Bien, Sam, bien. Tranquilo. Bueno. Tú sabes cómo es esto. Acá las cosas se ponen bravas los sábados por la noche. Aparecen todos los cowboys de la zona. Sedientos. Y luego de unas copas, se ponen pendencieros. Nada grave. Ya sé cómo manejarlos.

Sam relató al alguacil sus aventuras con los tres bandidos. Este no se mostró sorprendido.

-Oye, Sam. Tú y yo sabemos quién te odia en este pueblo. La dueña del salón Drink, la señora Hate, te quiere ver muerto.

-¡Uia! Tiene usted razón, Sheriff. ¿Ella no ha olvidado el asunto? ¡Fue hace más de once años!

-Sam, para algunos once años no es nada. La señora Hate hace tiempo que viene cocinando a fuego lento su odio. No te perdona que su hija Lucy se haya enamorado de ti. Ni que Lucy se haya ido a vivir a Durango, porque su amor no fue correspondido.

-¡Pero, Sheriff! A mí Lucy nunca me gustó. Era muy bonita, sí. Pero muy ambiciosa, también. Una mujer linda y ambiciosa enloquece a su hombre en poco tiempo. O lo entierra.

-Puede ser que tengas razón, Sam. Pero la razón y la emoción no van de la mano. Rechazaste a Lucy, y ella se fue del pueblo. Ahora la madre, la señora Hate, te odia a tí, y quiere verte muerto.

-¿Y qué se sabe de Lucy?

El sheriff miró a Sam con asombro:

-¿Qué? ¿Acaso no lo sabes?

-Mmmm, no. ¿Qué he de saber?

-Hace dos semanas que Lucy regresó. Dicen que para quedarse. Se va a ocupar del salón. Su madre está grande y cansada. ¿Recuerdas al famoso pistolero de Durango?

-¿Quién? ¿Fast Draw? ¿El que mató a más de quince hombres?

-Ese mismo. Parece que finalmente se enfrentó a un joven más rápido que él. Una bala le destrozó la columna.

-¡Uy! -dijo Sam.

-Sí. Ahora anda en silla de ruedas. Seguramente lo verás en Danger. Dicen que es el marido de Lucy. La pobre no tiene mucha suerte con los hombres. En Danger un joven la desairó – el sheriff sonrió con malicia –. Y en Durango se consiguió un lisiado.

Sam se irritó, pero decidió no reaccionar. Quedó pensativo. Era cierto. Desde que Lucy se fue a Durango, cada vez que aparecía en el salón, la señora Hate lo ignoraba. No le dirigía la palabra. Ni lo miraba. A Sam eso no le molestaba. Si ahora Lucy había regresado, esas dos brujas podían estar tramando cualquier cosa. Y si estaban asociadas a un temible pistolero, el resultado era un cóctel explosivo. Sam seguía con estos pensamientos. Sin previo aviso, un muchachito entró como una tromba en la oficina del alguacil.

-¡Sheriff! ¡Sheriff!

-¿Qué, Luc, qué? ¡Tranquilo! Primero respira hondo, y luego dime qué asunto te trae tan apurado.

-¡Va a haber tiroteo, Sheriff! Está por comenzar un duelo frente al salón.

-¿Un duelo, Luc? Tú sabes que hace años no tenemos duelos. Los tengo prohibidos.

-¡Sí, ya sé! ¡Apúrese, Sheriff! Va a llegar tarde.

-Ahí voy, Luc. Pero primero, dime: ¿quiénes se batirán?

-La señorita Eva del rancho “Fortuna” desafió a la señora Lucy.

Sam se quedó boquiabierto. ¡Eva! ¡Lo había seguido! ¿Cómo se había enterado sobre su historia con Lucy? Seguramente Adela le había contado todo. Y ahora Eva, esa joven sin experiencia, había desafiado a Lucy, una serpiente. La preocupación lo invadió. ¡Debía salvar a su amada!

Cuando Sam iba a pedirle ayuda al sheriff, lo vio agachado, riéndose a carcajadas.

-¡Sam! ¿Te das cuenta? Hoy es un día histórico. Dos mujeres se van a batir a duelo. Mejor avisamos a los pobladores de Hate. Que se escondan porque van a bailar las balas. ¡Sin puntería! Las mujeres, Sam, no han nacido para empuñar armas. ¡Jajajaja!

Sam sabía que el sheriff estaba muy equivocado. Había visto a ambas mujeres disparar. Lo invadió el miedo. Temía por Eva. Salió a la calle principal. Había un silencio sepulcral. Ni el aire se movía. Separadas por unos cuarenta metros, Lucy y Eva dominaban la calle principal. Había pocos observando. Delante del salón, un hombre flaco, con traje negro y facciones que inspiraban temor, miraba a las dos mujeres, sentado en una silla de ruedas. A su lado, la señora Hate.

Mientras Sam pensaba qué acción tomar, alcanzó a ver cómo las dos mujeres, sin señal alguna, desenfundaron a la velocidad del rayo. Fueron dos disparos, tan juntos que se oyeron como uno. Las dos mujeres se desplomaron.

Sam corrió hacia el cuerpo de Eva. Pasó al lado de Lucy. Su pecho tenía una mancha de sangre, agrandándose lentamente. Era obvio que estaba muerta. Eva, por suerte, no lo estaba. Se la veía dolorida. Y furiosa.

-¡Sam, mi amor! ¡Me dio en la pierna! Esto duele mucho, Sam. Por favor, llama al doctor Cure.

-Sí, Eva querida, sí. Ya lo busco.

Sam corrió hacia el salón. Doc Bones solía tomar coñac allí, cuando no tenía que hacer curaciones. En la puerta, la señora Hate sollozaba. El hombre en la silla de ruedas también. A Sam le extrañó ver un hombre llorando.

-¡Doc! ¡Ey, Doc! ¡Lo necesitamos aquí fuera! – gritó Sam. Cuando estaba por entrar al salón, se dio cuenta que el hombre en la silla de ruedas le hablaba:

-Usted. ¿Lucy está viva?

-Lo dudo. Creo que recibió un certero disparo en el corazón.

La señora Hate pasó de los sollozos a los alaridos. Sam otra vez encaró la puerta, cuando sintió la mano del lisiado sobre su brazo:

-Hágame un favor. ¡Se lo ruego! Cuando vaya a socorrer a su amiguita, dispárele de parte mía. ¡Mátela!

Sam estaba por responder rudamente, cuando salió Doc Bones del salón. Tieso, su cuerpo oscilando lentamente, los ojos vidriosos con tanto coñac, miró la calle y rápidamente entendió la situación. Le dijo a Sam:

-¡Vamos, Sam! Ayúdame a cargar a Eva. Tenemos que transportarla hasta mi consultorio.

Sin titubear Sam arrojó al lisiado de su silla, y la llevó corriendo hacia Eva.

Sobre El Autor

Ingeniero Agrónomo (1982, UBA), Master of Science (1989) y Ph.D. (1992) en Producción Animal (University of Illinois, EE.UU.). Egresado del CEIDA (1995, Centro de Estudios e Investigación para la Dirigencia Agropecuaria). Coach Ontológico Profesional (2013, Senti2). Ex Administrador de estancias en la zona de Esquel, Chubut. Ex Director de Planificación Estratégica, INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria). Ex Director de Investigación y Profesor de la Escuela de Negocios de IDEA (Instituto para el Desarrollo Empresarial Argentino). Ex Director Ejecutivo de COPAL (Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios). Ex Subsecretario de Información y Estadística Pública del Ministerio de Agroindustria. Ex Director de Laboratorios y Control Técnico, SENASA (Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria). Presidente de CAMBU SA. Vice-Presidente de Unión Fabril SA. Vice-Presidente de Agroinversiones y Desarrollos S.A. Consultor en agronegocios. En 2018 comienza a pintar con acrílicos en el taller de Rebeca Mendoza. En 2020 comienza un taller de escritura con el Maestro Martín Sancia Kawamichi.

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