Los pueblos turcos han cruzado todo Asia para instalarse definitivamente en la puerta de Entrada de Europa. En su trayecto arrastraron una impresionante tradición oral, modificada aquí y allá por las formas culturales sedentarias de los pueblos que conquistaban, de las cuales el Islam, fue la más influyente y postrera. En esta primera entrega de cuentos de Turquía, ofrecemos a nuestros lectores dos bellos ejemplares de la riqueza narrativa de su pueblo.

Durante más de 300 millones de años Asia y Europa han estado geográficamente unidas. Pero toda vez que el hombre evitó los inhospitalarios pasos septentrionales, fue la Antigua Anatolia el corredor obligado.

Si la Ruta de la Seda ha sido el mayor símbolo de intercambio cultural y comercial entre Oriente y Occidente. Los territorios que hoy comprenden la actual Turquía fueron su verdadero portal, su axis mundi, su punto de encuentro.

Pueblos, ejércitos y ambiciones cruzaron por ella en una y otra dirección. ¡Que se abstuvieran los débiles de tamaña aventura! Aquellas regiones solo deparaban un destino de constante batallar. Apocalípticas guerras de espadas y creencias. Quienes salían victoriosos, se veían precipitados ante la apertura de un nuevo mundo, tan extraño como temido; un mundo de formas desconocidas y de posibilidades infinitas.

Su suelo, como su historia, vio pasar a los grandes conquistadores de la historia de la humanidad: Ciro el Grande, Alejandro Magno, Osmán I, Tamerlán el Terrible, Solimán el Magnífico.

Sus últimos y definitivos dominadores, llegarían desde muy lejos, desde las regiones más extremas de Asia nororiental, allí donde la cruda estepa obliga al nomadismo. Los pueblos turcos arribaron a Anatolia en distintas oleadas desde el siglo IX. Primero fueron los turcos selyúcidas, más tarde los turcomanos, y finalmente, destacándose entre estos, los otomanos.

El traslado y la conquista eran una y la misma cosa. Para cuando se encontraron a las puertas de Europa arrastraban consigo un bagaje cultural riquísimo, nutrido de grandes tradiciones orales. Su antiguo sistema de escritura, que utilizaban al menos desde el siglo VII, sería reemplazado por el árabe, dominante en la región. Mas la importancia de la narración oral no menguó en importancia hasta fechas muy cercanas a nuestra contemporaneidad.

La primera de las dos historias que ofrecemos a continuación, gracias al amable permiso del Archivo de Narrativa Oral Turca (Archive of Turkish Oral Narrative) de la Universidad Tecnológica de Texas, fue grabada en su contexto originario aldeano en la década de 1960.

La segunda historia, compilada a principios del siglo XX, de fuentes desconocidas, guarda cierta oralidad, percibible principalmente en su preámbulo, pero deja traslucir explícitamente influencias persas y, sobre todo, musulmanas.

En ambos relatos, serán un hombre y una mujer (una pareja), sus personajes principales.

En “Exceso de Virtuosismo” la relación entre los cónyuges se trasladará al mayor de los ámbitos: el cortesano. Para un pueblo de tradición nómade como el turco, donde el constante movimiento desterraba los compromisos escritos, la palabra verdadera y la lealtad se transformaban en pilares elementales y necesarios de toda relación, desde el núcleo familiar, hasta el gran imperio. El quiebre de esos preceptos debía ser castigado sin miramientos si se pretendía sobrevivir.

En “Belleza de Rosa” la encantadora simpleza de las imágenes se ve contrastada por las intrigas y complicadas relaciones entre personas de distinto orden social, ora cortesano, ora leñador, ora pordiosero. El reconocimiento y unión matrimonial de los personajes principales se torna cada vez más improbable. La cultura turca posee un intrincado sistema de tradiciones matrimoniales, con sus tabúes, derechos y burocracias, forjado en la combinación de formas tanto nómades como sedentarias, lo mismo que chamánicas, budistas e islámicas.

Gracias a la traducción de Alice Keiller y Darío Durban, nuestros lectores podrán deleitarse con estos dos ejemplares de la cuentística turca, por vez primera publicados en idioma español.

Martín Lo Coco

Exceso de virtuosismo[1]

Había una vez un hombre cuya mujer no lo apreciaba demasiado, pero que igualmente no decía nada sobre el tema. Un día el hombre vio que cuando su mujer estaba en el patio, daba vuelta el rostro hacia la pared cuando el gallo pasaba caminando.

“¿Por qué das vuelta tu cara hacia la pared?”, le preguntó.

“Bueno”, dijo ella, “el gallo es una criatura masculina, ¿verdad?” Con esto ella trataba de hacer creer a su marido que era una mujer excepcionalmente casta, pero en realidad no lo era[2].

La esposa tenía un amante que la visitaba en ocasiones cuando su marido no estaba, pero él no se alejaba de la casa tanto como ella hubiera querido. Un día, urdió un plan para sacarlo de la casa por un rato para que su amante la pudiera visitar. Le dijo a su marido que en el mercado de un pueblo cercano estaban vendiendo cachorros a un precio muy alto. El hombre juntó un gran número de cachorros de su propio pueblo y los llevó hasta esa población. Allí se encontró con un amigo que le preguntó: “¿Qué estás haciendo aquí?”

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“Traje unos cachorros para vender. Me han dicho que aquí se consigue un precio muy alto”.

“¿Dónde escuchaste que los cachorros se vendían aquí a un precio más alto que en cualquier otro lugar?” preguntó el amigo.

“Mi esposa me lo contó”, dijo el hombre.

“Entonces tu esposa no es una buena mujer”, replicó el amigo.

“Oh, sí que lo es. Mi esposa es tan virtuosa que evita mirar cualquier criatura masculina, incluso un gallo”.

“No, yo creo que tu mujer tiene un amante”, dijo el amigo. “Deja que venda este cargamento de uvas y después te mostraré que tu mujer recibe amantes en secreto”.

El amigo vendió entonces un gran canasto de uvas que tenía y luego introdujo al marido en el canasto y lo cargo hasta su propia casa.

Cuando llegaron a la casa, el amigo le dijo a la esposa: “Estoy vendiendo uvas, ¿quiere algunas?”

“¿Por qué no entras?”, me gustarían algunas.

El amigo descargó el canasto de su espalda y lo ubicó en el cuarto principal. Luego se sentó en una silla y la esposa del hombre comenzó a entretenerlo. Cantó y bailó para él y se puso muy amigable.

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El marido, aún escondido en el canasto de las uvas, escuchó todo lo que pasaba y concluyó que su esposa no era en realidad una mujer muy virtuosa. Se sintió tan desanimado con lo que estaba pasando que mató a su esposa y a su amante, y después dejó la casa y se fue a vivir a una cueva.

Mientras tanto, hubo un robo en el palacio del Sultán. Habían entrado al salón de los tesoros. Los ladrones fueron rastreados por todo el país. Los hombres del Sultán encontraron al marido escondido en la cueva y lo acusaron del robo. El marido trato de explicarle al Sultán que él no tenia nada que ver con el robo y le pidió al Sultán cuarenta días para encontrar a los verdaderos culpables.

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El marido le dijo al Sultán: “Si no puedo encontrar a los verdaderos ladrones en cuarenta días, me puedes mandar a decapitar”. El Sultán estuvo de acuerdo con su propuesta del marido y le permitió irse por cuarenta días.

El marido comenzó a pensar en cómo atrapar a los ladrones. Unos días más tarde, cuando se encontraba caminando por el mercado vio un Hoca[3] caminar hacia él. Era el famoso Hoca de las campanas[4]. Este Hoca tenía pequeñas campanas atadas a los dedos de forma que cuando caminaba las campanas advertían a las pequeñas criaturas sobre el piso que salieran del camino. Él decía que no quería pisar ninguna criatura viviente.

“¿Quién es ése?”, le preguntó el marido a un transeúnte.

“Es el gran Visir del Sultán, un hombre muy religioso y bueno”, le contestaron.

El marido volvió al Sultán inmediatamente y le dijo: “Mi Sultán, encontré al ladrón, es el Hoca de las campanas, su gran Visir. Si no me crees, entonces sólo pídele a tu gran Visir que te de su rosario y lo descubrirás por ti mismo, yo te lo podré demostrar claramente entonces”.

Cuando el Hoca de las campanas vino a atender al Sultán, éste le dijo: “Hoca, dame tu rosario por un rato.” El Hoca hizo lo que le pidió el Sultán. Entonces el Sultán le entregó el rosario al marido. “Aquí esta el rosario”, dijo, “ahora deberás probarme que el ladrón fue el Hoca de las campanas”.

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Al día siguiente el marido fue a la casa del Hoca mientras éste se encontraba en la corte. La hija del Hoca le abrió la puerta y el marido le mostró el rosario a la chica para probar su amistad con su padre, y le dijo: “Me vas a mostrar dónde está escondido el tesoro del Sultán que tu padre robó el otro día. ¿Dónde esta escondido?” La chica le mostró el camino al tesoro robado y allí encontró todo lo que faltaba de palacio. El marido fue al Sultán y le pidió que lo acompañara a la casa del Hoca. Cuando vieron todo el tesoro escondido en la casa del Visir, el Sultán se sorprendió mucho y preguntó: “¿Cómo descubriste esto?”

“Su Majestad”, dijo el marido, “una vez tuve una esposa que pretendía que era tan virtuosa que ni se enfrentaba a un gallo cuando éste se le acercaba. Más tarde descubrí que era una mujer mala. La maté a ella y a su amante y me escondí en la cueva. Vuestros soldados me encontraron y me acusaron de haber robado su tesoro. Descubrí la culpa del Hoca de las campanas por la experiencia que tuve con mi esposa”.

Belleza de Rosa[5]

En los tiempos antiguos, cuando el camello era vendedor de caballos, el ratón un barbero, el cucú un sastre, la tortuga un panadero, y el burro todavía un siervo, había un molinero que tenía un gato negro. Además de este molinero, había un Padishah[6] que tenía tres hijas, de las edades de cuarenta, treinta y veinte años. La mayor hizo que la menor escribiera una carta a su padre en estos términos: “Querido padre, una de mis hermanas tiene cuarenta años, la otra treinta, y todavía no se han casado. Toma nota que yo no esperaré tanto tiempo antes de tener un esposo.”

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Al leer la carta, el Padishah mandó llamar a sus hijas y les dijo: “Aquí tienen un arco y flechas para cada una de ustedes. Vayan y tiren, y dondequiera que caigan sus flechas, allí encontrarán a sus futuros esposos.”

Tomando las armas, las tres vírgenes salieron a la caza. La hermana mayor tiró primero y su flecha cayó en el palacio del hijo del Visir, y por consiguiente fue unida a él. La flecha de la segunda hija cayó en el palacio del hijo de Sheikh-ul-Islam y, por consiguiente, fue unida a él en matrimonio. Cuando la hija más joven tiró, su flecha cayó en la choza de un leñero. “Eso no cuenta”, gritó todo el mundo, así que volvió a tirar. La segunda vez, la flecha cayó en el mismo lugar, y en el tercer intento no tuvo mejor destino.

El Shah se enfureció con su hija por haber mandado la carta y exclamo: “Criatura tonta, te mereces esto. Tus hermanas mayores han esperado pacientemente y son premiadas. Tú, la más joven, has osado escribirme esa carta impertinente. Eres justificadamente castigada. Toma a tu leñador y desaparece”. Así la pobre muchacha dejó el palacio de su padre para convertirse en la esposa del leñador.

Con el tiempo nació de esta unión una hermosa niña. La esposa del leñador lamentaba amargamente el hecho de que la pequeña tuviese un hogar tan pobre. Mientras ella todavía lloraba, tres hadas milagrosas pasaron por la pared de la choza e ingresaron al cuartito donde dormía la criatura. Paradas junto a su cuna, cada una estiró su mano por sobre la infante durmiente.

La primera hada dijo: “Belleza de Rosa se va a llamar y en lugar de lágrimas ella derramará perlas”.

La segunda hada dijo: “Cuando ella sonría, florecerán rosas”. La tercera dijo: “Donde se pose su pie, pasto crecerá”. Después de eso, las tres desaparecieron así como habían aparecido.

Los años pasaron. Al cumplir doce años, la niña había crecido y había adquirido una hermosura que nadie había visto antes. Mirarla una vez significaba amarla. Cuando sonreía, las rosas florecían; cuando lloraba, brotaban perlas de sus ojos; y el pasto crecía donde apoyaba sus pies. La fama de su belleza se extendió hasta muy lejos.

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La madre de un príncipe se enteró de Belleza de Rosa y resolvió que esta doncella y ninguna otra debería convertirse en la novia de su hijo. Ella llamó a su hijo y le dijo que debía ver a una doncella que estaba en el pueblo y que sonreía pétalos de rosas, lagrimeaba perlas y bajo cuyos pies crecía el pasto.

En un sueño las hadas ya le habían mostrado la muchacha al príncipe, y de esa manera habían sembrado el fuego del amor. Pero ante su madre él fue tímido y se negó buscar a la mujer de su pasión. La Sultana insistió y finalmente ordenó que una cortesana de palacio lo acompañara en su búsqueda. Ellos entraron en la choza y explicaron la razón de su visita, y en el nombre de Allah pidieron que les concedieran la doncella para el Shahzada. Los pobres padres estaban extasiados de felicidad por la buena fortuna, comprometieron a su hija, y enseguida comenzaron las preparaciones para su partida.

La cortesana de palacio tenía una hija que hasta cierto punto se parecía a Belleza de Rosa, y no estaba nada contenta con el hecho de que el príncipe fuera a casarse con una muchacha pobre y no con su propia hija. Por eso urdió un plan para engañar a la gente y conseguir que el príncipe se casara con su propia hija. El día del casamiento, ella le dio de comer a la hija del leñador comida muy salada y después puso en el carruaje de la novia, donde ella, su hija y Belleza de Rosa iban a viajar hacia el palacio, un jarro de agua y un gran canasto.

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En el camino, la doncella se quejó de sed y pidió un poco de agua. La cortesana de palacio le dijo: “No te daré agua hasta que me des un ojo a cambio”. Casi falleciendo de sed, la muchacha se arrancó uno de los ojos y se lo dio a la cortesana cruel a cambio de un poco de agua.

A medida que avanzaban en el camino, los tormentos de la sed volvieron y la pobre doncella pidió agua nuevamente. “Te daré algo de tomar pero solamente a cambio de tu otro ojo”, contestó la cortesana. Tan grande era su agonía que la victima cedió su otro ojo. Apenas tuvo el ojo en su posesión, la malvada mujer tomó a la ahora ciega Belleza de Rosa, la ató dentro de un canasto y la hizo llevar a la cima de una loma.

La cortesana se apresuró a palacio y presentó a su hija, ahora vestida en preciosas ropas de boda, al príncipe diciéndole: “Aquí está tu novia”. El casamiento fue celebrado con muchos festejos, pero cuando el príncipe levantó el velo de su esposa vio que ella no era la misma que había visto en sueños. Pero como de alguna forma ella se parecía a su novia del sueño, mantuvo su silencio.

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El príncipe sabía que la doncella de sus sueños derramaba perlas cuando lloraba, sonreía pétalos y que el pasto crecía bajo sus pies, pero de esta novia no salían ni perlas, ni pétalos de rosas ni césped. Ahora sus sospechas aumentaron y estaba seguro de haber sido engañado, así que pensó: “Ya descubriré qué pasó”. Pero no comentó con nadie lo que pasaba.

Mientras tanto, la pobre Belleza de Rosa lloraba y gemía y desde sus ojos vacíos caían perlas que rodaban por sus mejillas hasta que el canasto en el que la había encerrado rebalsó. Un pordiosero que trabajaba sobre el camino escuchó el sonido de dolor y con miedo grito: “¿Quién es?” ¿Un espíritu o un hada?” La doncella contestó: “Ni espíritu ni hada, un ser humano como vos”.

El pordiosero, ya más tranquilo, se acercó hasta el canasto, lo abrió y vio a la chica ciega y las perlas que había derramado. La llevó al miserable cobertizo que tenía por casa y estando solo en el mundo la adoptó como hija propia.

Pero la doncella lamentaba constantemente la pérdida de sus ojos, y como siempre lloraba, el hombre ahora no tenía otra cosa que hacer que juntar las perlas que ella derramaba para después salir a venderlas. El tiempo pasó. En el palacio había alegría, pero en el cobertizo del pordiosero había sólo pena y dolor. Un día, mientras Belleza de Rosa estaba sentada en la puerta del cobertizo, de golpe ella sonrió ante un recuerdo lindo y apareció una rosa. La doncella le dijo al pordiosero: “Padre, aquí tienes una rosa, llévala al palacio del príncipe y diles que tienes una rosa de una especie extraordinaria para vender. Cuando la cortesana de palacio aparezca, dile que la rosa no se puede vender por dinero sino que sólo puede cambiarse por un ojo humano”. El hombre tomó la rosa, fue al palacio y gritó muy fuerte: “Una rosa a la venta, la única de su especie en el mundo entero”.

No era época de rosas. La cortesana de palacio escuchó el grito del pordiosero y decidió comprar la rosa para su hija pensando que cuando el príncipe viera la flor en posesión de su esposa, todas sus sospechas se calmarían. Llamando al hombre a un lado le preguntó el precio de la rosa. “El dinero no puede comprarla”, respondió el pordiosero, “pero se la entregaré a cambio de un ojo humano”. Y así la cortesana entregó uno de los ojos de Rosa de Belleza a cambio de la rosa. Enseguida llevó la rosa a su hija y se la prendió al pelo y cuando el príncipe la vio empezó a pensar que después de todo, quizás fuera la doncella que las hadas le habían mostrado en sueños, aunque no estaba nada seguro. Se consoló pensando que pronto iba a saber la verdad.

El Viejo tomó el ojo y se lo llevó a Belleza de Rosa. Dando gracias a Allah, ella lo introdujo en su lugar y tuvo la felicidad de nuevamente ser capaz de ver bien. En su nueva felicidad, la doncella sonrió tanto que muy pronto había una gran cantidad de rosas. Una de éstas se la dio al pordiosero para que fuera al palacio a recuperar su otro ojo. Apenas había llegado el hombre al palacio, la cortesana lo vio con la rosa y pensó: “Todo esta saliendo bien, el príncipe ya está empezando a amar a mi hija. Voy a comprar esta rosa y su amor se reforzará, y pronto se olvidará de la hija del leñador. Lo llamó al pordiosero y pidió la rosa, pero el hombre le dijo que sólo podía ser canjeada bajo la misma premisa que la primera. La cortesana de buena gana le entregó el otro ojo y se apuró a darle la flor a su hija mientras que el viejo volvía a su casa con su premio.

Belleza de Rosa ahora tenía sus dos ojos y era aún más hermosa que antes. Mientras con una sonrisa hacía sus caminatas por las laderas marchitas de la montaña, éstas se convertían ahora en un verdadero jardín de Edén. Un día, mientras la doncella estaba caminando por la zona, la cortesana de palacio la vio y se espantó. ¿Qué pasaría con su hija si se supiese la verdad? Averiguó donde vivía el pordiosero y se fue rápidamente a verlo, y lo asustó de muerte al viejo acusándolo de haberle dado techo a una bruja. El miedo lo llevó a preguntarle a la cortesana que tenía que hacer. “Pregúntale por su talismán”, le dijo ella, “entonces podré resolver el asunto con rapidez”. Cuando la chica llegó, lo primero que le preguntó su padrastro era cómo siendo humana podía hacer tanta magia.

Como no sospechaba nada malo, la muchacha le contó que sus hadas de nacimiento le dieron un talismán y que mientras el talismán viviera ella podría llorar perlas, hacer crecer rosas y pasto. “¿Cuál es tu talismán?”, preguntó el viejo. “Un joven ciervo que vive en la montaña. Cuando muera, yo moriré también”, contestó la doncella.

Al día siguiente, la cortesana de palacio fue en secreto a ver al pordiosero y se enteró cuál era el talismán de la doncella. Con este conocimiento valioso, se apresuró en volver a palacio, le contó todo a su hija y le aconsejó que le pidiera al príncipe que cazara al ciervo. Sin perder tiempo, la joven esposa se quejó diciendo a su príncipe que se sentía mal y que tenía que comer el corazón de un ciervo especial que vivía en la ladera de la montaña para recuperarse. El príncipe envió a sus cazadores, los que volvieron con el animal, lo mataron y le sacaron el corazón, que fue cocido para la pretendida inválida.

En el mismo instante que el ciervo murió, murió Belleza de Rosa. El pordiosero la enterró y la lloró con mucha pena y dolor por mucho tiempo.

Sin embargo, en el corazón del ciervo había un coral rojo que nadie había visto y mientras la esposa del príncipe estaba comiendo se cayó al piso y rodó debajo de las escaleras.

Un año más tarde, al príncipe le nació una hija que lloraba perlas, sonreía rosas y bajo cuyos pequeños pies crecía el pasto. Cuando el príncipe vio que su hija era Belleza de Rosa se convenció fácilmente de que su esposa realmente era la indicada. Pero una noche, en un sueño, Belleza de Rosa apareció ante él y le dijo: “Oh, príncipe, mi propio novio, mi alma está debajo de las escaleras del palacio, mi cuerpo en el cementerio, tu hija es mi hija y mi talismán es el pequeño coral”.

En cuanto el príncipe se despertó, fue hasta la escalera, buscó y encontró el coral. Lo llevó a su cuarto y lo apoyó sobre la mesa. Cuando su pequeña hija entró al cuarto, tomó el coral y apenas sus dedos lo tocaron, tanto ella como el coral desaparecieron. Las tres hadas llevaron a la chica con su verdadera madre, Belleza de Rosa, quien, cuando el coral cayó en su boca, despertó a una nueva vida.

El príncipe, que se encontraba en un terrible estado de intranquilidad, fue hasta el cementerio. Allí encontró a Belleza de Rosa con su hija en brazos. Se abrazaron con cariño mientras la madre y la hija lloraban perlas de felicidad; cuando sonreían, las rosas brotaban y el pasto crecía en todos los lugares que sus pies tocaban.

La cortesana de palacio y su hija fueron severamente castigadas y el viejo pordiosero fue invitado a vivir con Belleza de Rosa y el príncipe en el palacio. Los amantes ya unidos tuvieron una magnifica fiesta de casamiento y su felicidad duro eternamente.

Traducción por Alice Keiller y Darío Durban.


[1] Cuento: f77 (Grabación 18, 1961-1962) Narrador: Mehmet Catal – Lugar: Aldea Camalan, Kaza de Tarsus, Provincia de Isel – Fecha: Febrero de 1962 Extraído de http://aton.ttu.edu/Narratives/wmVol_03-77_Piety_in_Excess.pdf [17/07/07]

[2] A pesar de que el velo ha sido prohibido en Turquía hace ya casi 4 siglos, todavía existe el sentimiento en algunas zonas rurales de que las mujeres no deben exponer sus caras a la mirada de los hombres. Las mujeres del campo casi siempre usaban un pañuelo o “molleras” atadas al cuello y muy ajustadas a la cara. En algunos lugares de Turquía, las mujeres darán vuelta su cara hacia la pared cuando un hombre se aproxime. La mujer en este cuento intenta demostrar este tipo de virtud dando vuelta la cara hacia una pared en la presencia de cualquier ser masculino, aún un gallo.

[3] Honorífico turco. Los honoríficos turcos generalmente siguen al nombre de la persona y en especial si se refieren al sexo o a un status social particular, por ejemplo: Nombre Bey (Sr.), Nombre Hanim (Srta.), Nombre Hoca (profesor/docente o clérigo). Estos términos honoríficos son usados tanto en situaciones formales como informales. El término “Sayin”, que precede al apellido o nombre completo y no es específica de un género (por ejemplo: Sayın Nombre o Sayın Apellido) es generalmente usado en situaciones muy formales.

[4] El narrador habla de Zilli Hoca (Hoca con campanas), como si hubiera sido un personaje histórico.

[5] En KUNOS, Ignacz (comp. y tr.); Forty-Four Turkish Fairy Tales; George G. Harrap & Co. London; 1913; págs.31-38

Sobre El Autor

Darío Seb Durban nació en Vicente López, provincia de Buenos Aires, un año maldito de la era de plomo. Cursó varios estudios, ninguno digno de mención, y se empeñó en no terminar ninguno. Entre los años 1995 y 2006 estudió música informalmente y compuso canciones y poesía jamás oídas. Entre los años 2001 y 2007 se desempeñó como dramaturgo en la compañía teatral Crisol Teatro, estrenando cinco obras entre las que se contaban Las noctámbulas, Factoría y Zozobra. A partir del año 2012 participó talleres literarios, donde se avocó a explorar la voz de distintos narradores, nunca encontrando la suya propia. Hoy trabaja de forma inconsecuente en industrias no literarias, y ocasionalmente escribe textos que reproducimos en Evaristo Cultural.

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