Voces que se acercan. Tiempos y espacios.

Dimensiones cruzadas por lo nostálgico.

Lugares iluminados y sombríos; lugares indispensables, de ilusiones y fantasías.

Y lugares a los que no hay que ir.

Un re-conocimiento de la figura paterna. Perplejidad.

Un descubrimiento que hace el hijo al leer, con demora, esa novela sin final escrita por su padre. Ahora cada lector podrá darle un sentido particular, posiblemente íntimo, a este libro de recuerdos.

Una clave es el secreto y ese efecto perturbador que no se neutraliza, a pesar de tratarse de una parte oculta de esta historia que se presenta por cierto como de otros, como ajena, pero que alcanza a trascender lo personal.

Distintas voces. Son dos novelas integradas, dos registros, dos vertientes y un mismo eje.

Un estremecimiento, una sacudida y una reconstrucción. Imágenes esenciales del terremoto.

La vanidad y lo inútil. El amor y los grandes sacrificios.

Ruinas, ruidos y ecos; golpe y resonancias. Vacilaciones.

Las sombras. Fantasmas en la oscuridad. Muecas del pasado; la memoria. Escombros.

Dos amantes perdidos entre el miedo y el deseo.

Y una distancia corta, aunque infinita. Hace muchos años de muchas cosas.

Recuerdos que se mezclan, mientras la tentación puede inclinarse hacia un aprender a no recordar.

Laberintos y agujeros; bosque de ramas caídas; una cueva, un túnel.

Aliento y desaliento en la búsqueda de la verdad. Una búsqueda, en algún punto, ociosa.

 

Cuando se apagan las luces, cuando se callan las voces y terminan los rumores, empieza la función;

y “…lo único que puedo hacer es lo único que sé hacer: mirar de lejos.”

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Podríamos iniciar esta entrevista poniendo el acento en la “búsqueda”. Por una parte: “…buscando senderos entre los derrumbes. Tanteando a ciegas entre las ruinas de la ciudad a oscuras.” Por otra parte, la búsqueda de la verdad, una búsqueda de información, como material útil para concretar otro tipo de encuentro. ¿Qué podés decirnos al respecto?

Yo creo que la verdad es lo que siempre falta, lo que no está. Las voces de la vida real son disonantes, gritan, no hay nada de coral en el mundo, hay fritura, ruido de fondo, rumor de sala antes de la función. Lo coral se construye, se inventa. La verdad es un invento. Un invento indispensable. Yo me pasé años tratando de descubrir por qué mi viejo había escrito esa novela que encontré en un cajón después de su muerte, quería saber de quién había estado tan enamorado para escribir algo así (descontaba, vaya a saber por qué, que tenía que ser alguien distinto de la mujer con la que había estado casado cincuenta años, o sea: mi mamá). Era una novela llena de sangre, muertos, mujeres desnudas, ruinas, pasiones, una novela erótica y violenta, es decir: todo lo contrario de lo que había sido mi viejo para mí. Y lo que descubrí con esa novela inconclusa, rota y abandonada, fue que la memoria no existe, que lo que  hay son historias, contadas y vueltas a contar una y otra vez, siempre iguales a sí mismas, siempre distintas, y que si quería saber la verdad, si de verdad quería saber de quién había estado tan enamorado mi viejo para escribir esa novela rota, iba a tener que inventarlo todo, de punta a punta. Por eso escribí Mirar de lejos.

Otro paralelo podríamos hacerlo sobre la “reconstrucción”. Por un lado, la reconstrucción de una ciudad y, por otro, la reconstrucción de una historia.

Martín (el protagonista) reconstruye su historia con puras voces: las que lo rodean, la suya propia, las que ya no están. Voces contradictorias que incluso cambian lo que dicen a lo largo del tiempo. Todas hablan de lo mismo, cuentan y vuelven a contar, y nunca es igual. Hablan entre ellas, hablan con nosotros, hablan solas; en distintas ápocas, en distintos lugares; dicen, se desdicen. Sus recuerdos cambian con ellas. Esas voces reconstruyen la historia de Martín y lo construyen a él. Martín no otra cosa que esas voces. Martín es  Mirar de lejos. Construir siempre es reconstruir.

Habiendo hablado de reconstrucción, ahora podríamos hacer lo propio con “recreación” en la literatura; ¿te parece bien?

Uno de los personajes de Toda la vida dice:

“… tu abuelo estaba ahí desde mucho antes, cuando yo todavía no tenía más palabras que las suyas y los cuentos me los contaba él en noches que yo esperaba en pijama, antes de irme a dormir, con su voz resonando de países lejanos, abuelos viajeros y trenes voladores; viejas historias que él había soñado alguna vez, y que ahora ya estarás soñando vos cuando yo te dejo con un beso en la cama, en esta posta de sueños en la que estamos todos metidos desde siempre. Él estaba antes del principio, y sigue estando; los personajes y las historias se le parecen como una anticipación de lo que vendrá, como si todo hubiera sido dicho de una vez y para siempre en una lejana y única primera vez: Eclesiastés. Pero la forma de contar la historia sí cambia, y a veces pienso que probablemente eso es lo único que cambia, y que no somos otra cosa que nuestra forma de recordar y relatar lo que recordamos, de contar las mismas y repetidas historias…”

Hablemos del componente autobiográfico y de las distintas dimensiones que se advierten en  Mirar de lejos. Y hablemos de realidad y ficción.

Yo escribo de lo que sé, de lo que conozco. De eso parto. Después pasa cualquier otra cosa. Y eso es un verdadero misterio. Pero te puedo decir algo: para cuando empieza a pasar esa “otra cosa”, yo ya la conozco bien.

Lo poético está presente en la novela. ¿Cómo te relacionás con la poesía en general?

Desde el placer. No tengo ningún otro parámetro para acercarme a la poesía. Alguna poesía me mata, y no tengo la menor idea de por qué.

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El libro pasa revista a tantos sentimientos, que podría compararse con un enorme lienzo de imágenes y colores. Ahora, me gustaría, más allá de reflexionar sobre ello, poner énfasis en tu sentir más íntimo al tiempo de iniciar el proceso de escritura en esta obra en especial.

En uno de los capítulos, Martín dice que quiere entrar por su memoria en la casa de Gesell. Entrar de verdad en la casa, estar de vuelta en ese living, en esa cocina, en ese baño en el que se bañaba con su papá. Yo escribí esta novela para inventar ese lugar en el que ya no voy a poder estar nunca más. Además estaba esa novela rota de mi viejo.

Una historia de amor; ¿qué parte de ella podrías adelantarle a los lectores sin entrar en detalles?

En Mirar de lejos el amor está siempre del otro lado: antes de empezar, cuando ya se acabó, atrás de las servilletas, en las calles llenas de gente, en la mesa del fondo, en el telo de luces de neón. Pero también está muy cerca: se lo huele, se lo toca, se le habla de vos.

¿Cómo te llevás con los secretos de familia?

Son el corazón de las tinieblas, el banquete original. Las familias se construyen a su alrededor.

Sería injusto no hablar de San Juan en esta oportunidad; deberíamos hacer pie en algunos de esos lugares mencionados en tu libro y, hablando de lugares, podríamos detenernos también en aquello de “lugares a los que no hay que ir”

La familia de mi viejo es sanjuanina. Él nació en San Juan. Y aunque yo nací en Buenos Aires, San Juan está siempre detrás de mí con sus calles rectas, sus edificios antisísmicos y sus historias de terremotos, sequías, fincas y bodegas, esas historias que cuando era chico no me interesaban para nada, y ahora que necesito escucharlas, ya no hay nadie para contármelas. Barreal es un valle en medio de las montañas al que voy desde que nací. Y si bien yo no soy sanjuanino, tal vez sí soy un poco barrealino.

El mundo en general, y el pasado en particular, está lleno de Lugares-Adonde-No-Hay-Que-Ir, son lugares ominosos que buscamos incansablemente como suicidas obsesivos e ignorantes. Algunos piensan que es importante meterse con ellos. Yo, en cambio, concuerdo con mi amigo Miguel Orellana Benado que dice que a esos lugares, como muy bien indica su nombre, NO hay que ir. Y punto.

Esta obra recluta una serie de célebres escritores que nos permite reconocer en vos a ese excelente lector que seguramente sos. Hablemos de tus lecturas, de tus influencias y preferencias.

Yo soy un poco como Jacko, cada vez que le doy a leer un libro a uno de mis hijos le digo: este es uno de los mejores libros que se ha escrito. Y es verdad.

Aprendí a leer escuchando y tocando Schubert,  Schumann, Bach, Beethoven, Brahms, Mahler, después vinieron Miles, Bill Evans, Keith Jarret, Atahualpa, Glenn Gould, Leonard Cohen, Salinger, Joyce, Conti, Márai, Quevedo, Steiner, Piaget, Vargas Llosa, García Márquez, Rulfo, y también Coppola, Visconti, Bertolucci, Woody Allen, y Rulfo y Rulfo y Rulfo. Y todo por decir algo, porque el otro día aprendí todo de nuevo leyendo Stoner de John Williams. Y así.

¿Cómo describirías al lector ideal?

Ese tipo que me anda tan de cerca y yo no tengo idea quién es.

En la “Carta al padre” Franz Kafka,  dice algo así como que, acercarse a la verdad en la relación padre e hijo puede hacerles, a ambos, más fáciles la vida y la muerte. Te pido una reflexión sobre esta frase.

La relación con los viejos es la principal relación que se tiene con uno mismo. Es tan interior como los huesos. Yo no sé qué es acercarse a la verdad de esa relación, lo que sí sé es que cada día necesito más y más escuchar de mi viejo lo que no escuché (o no me acuerdo), saber lo que no sé. Mientras tanto, con mis hijos, quiero todo ya. Y los días van pasando.

El tema de la memoria y el olvido es materia de debate permanente; ¿qué pensás al respecto?

La novela de mi viejo podría haberse perdido, desaparecido. Digamos que escribir es un intento más de conjurar el olvido. Y como la memoria son puras historias, la mejor manera de preservarla es inventar más y más historias.

Hay quienes celebran la fuerza de la nostalgia y quienes no encuentran en ella nada positivo. ¿De qué lado estás?

Es raro no encontrar nada positivo en algo que nos pasa a todos. A lo mejor no tiene mucho sentido en sí misma, pero como todo lo que nos pasa, y la nostalgia definitivamente nos pasa, me parece que vale la pena hacer algo con eso.

“Después de todo la nostalgia existe” decían Benedetti y Biglietti en un casette que me había mandado mi hermano desde su exilio adolescente en París y que yo escuchaba una y otra vez, una y otra vez. Y de eso, como buenos uruguayos, ellos sabían un montón.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Luis Adrian Vives

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integra el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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