LOS DRAGONES DE ASIA

Entre las novedades editoriales del pasado mes de octubre, editorial Sudamericana presentó el nuevo libro de Guy Sorman, La economía no miente. Partidario del liberalismo clásico y seguidor de la tradición de Toqueville Sorman a criticado en los últimos años el pseudocapitalismo chino aduciendo que “Lo que China ha instaurado es la explotación del proletariado por una minoría de capitalistas, que es el PCCh”, como afirma en el artículo publicado el 8 de mayo de 2007 en Libertaddigital.com[1].

La economía no miente abunda también en análisis acerca de la situación general de Asia, deteniendose puntualmente en las regiones de China, Japón, India, Corea y en los países del Islam y del Sudeste asiático.

Agradecemos a Daniela Morel la autorización para reproducir el presente fragmento.[

 

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Elija usted un país particularmente pobre, mal situado, rodeado de enemigos, que alguna vez estuvo colonizado, arrasado por guerras internacionales y civiles, poblado por campesinos iletra­dos, dominado por una aristocracia reaccionaria y privado de recursos naturales. Corte ese país en dos, según una línea arbitraria, digamos el paralelo cuarenta y dos, de modo tal que queden inte­rrumpidos los intercambios, escindidas las provincias y divididas las familias. Habiéndose reunido así las condiciones más desfavo­rables a todo progreso, aplique en el norte y en el sur de esta na­ción mortificada dos políticas económicas diametralmente opues­tas. Deje pasar medio siglo.

 

El ingreso por habitante en Corea del Norte, porque se trata evidentemente de Corea, se eleva a 7.000 dólares; en Corea del Sur, a 20.000 dólares. Después de las deducciones públicas, la di­ferencia entre los ingresos disponibles para el consumo es aun más espectacular: del orden de los 300 dólares en el norte y de 15.000 en el sur. El éxito del sur y el fracaso del norte son hoy in­discutibles, pero no siempre fue así. Después del reparto de Corea entre los soviéticos y los norteamericanos en 1945, agravado por la guerra civil mantenida entre 1950 y 1953, Corea del Norte esta­ba en una posición más ventajosa que la del sur: disponía de car­bón y de industrias instaladas en la década de 1930 por los coloni­zadores japoneses. El sur, por su parte, era enteramente agrícola. Agreguemos a esto que en los años sesenta, en el norte, el régimen comunista aplicaba la estrategia que por entonces recomendaban los economistas del desarrollo: instalar una industria pesada, pla­nificada por el Estado, detrás de fronteras cerradas. Inspirado por el precedente soviético, este modelo de «sustitución de las importaciones» parecía racional y en el corto plazo no fue inefi­caz. Después de la URSS de Stalin, China adoptó el modelo, asícomo otros países en busca de desarrollo como la Argentina, la India y, por supuesto, la parte de Europa bajo el dominio soviéti­co. Visto desde el exterior y sin mucho detenimiento, este mode­lo podía impresionar al visitante: las fábricas surgían de la tierra, el pueblo se aplicaba al trabajo. Una mirada más atenta habría re­velado que gran parte de la producción, de mala calidad o sin una boca de expendio, terminaba en la basura; los salarios no permitían consumir puesto que no había nada para consumir. Todo esto que ahora se sabe fue ignorado durante mucho tiempo. En ocasiones, deliberadamente. El rechazo del capitalismo, la propaganda marxista, los sueños de una tercera vía, ni capitalis­ta ni comunista, enturbiaron durante largo tiempo la ciencia eco­nómica.

En la década de 1970 en Europa, en Francia en particular, la enseñanza de la economía trataba con igual consideración la eco­nomía planificada socialista y las economía liberal capitalista, la estrategia de sustitución de las importaciones y su alternativa, lla­mada de promoción de las exportaciones. En la Facultad de Cien­cias Políticas y en la Escuela Nacional de Administración, era de rigor considerar equitativamente estas estrategias como si los pueblos tuvieran la posibilidad de elección y como si todas estas rutas condujeran al desarrollo. Esta ecuación irracional, ignorante de los resultados, habrá dejado sus huellas en el espíritu de una generación de burócratas y de políticos formados -o deforma­dos- en esa época.

Sencillamente estudiando el caso de las dos Coreas, laborato­rio ejemplar, se habría podido comprender, ya en 1970, que exis­tían buenas estrategias y malas estrategias que conducían respec­tivamente al desarrollo y al subdesarrollo. La geografía, el clima, los recursos naturales, la cultura, la religión, todos los factores con los cuales se intentó vincular el desarrollo desde los orígenes de la ciencia económica no tenían ninguna incidencia decisiva. El caso de Corea alcanza: prueba que una política económica es verdade­ra o falsa. Sería conveniente que se dieran las condiciones para que los pueblos pudieran elegir y aplicar esta buena política. ¿Cómo consiguió hacerlo Corea del Sur?

 

Los economistas al poder

«Nosotros nos vimos beneficiados por el concurso de varias circunstancias favorables y no necesariamente reproducibles», dice Il Sakong, formado en Berkeley, Estados Unidos, analista y actor esencial de ese desarrollo coreano, quien admite que «Corea tuvo suerte». Una suerte que no fue políticamente correcta. En 1962 el general Park Cheng-Hee tomó el poder: era un dictador, pero lúcido. Corea del Norte amenazaba, el sur no sobrevivía sin la ayuda estadounidense. ¿Cómo preservar la independencia, sino mediante el desarrollo? Park, que no era un economista, tomó nota de que el Japón, Taiwán y Hong Kong progresaban a más del 10% anual. Era el mismo tipo de comprobación que harían en otras partes del mundo otros dictadores no más instruidos que Park, pero de espíritu igualmente práctico: Franco en España, Pi­nochet en Chile.

¿Hacía falta un dictador para imponer una buena estrategia económica en Corea? O, de manera más general, ¿es indispensa­ble un poder fuerte para que se dé el desarrollo en las naciones pobres? Il Sakong, que trabajó sucesivamente para dictadores y demócratas, llega a la conclusión de que el despotismo no es nece­sario: la India democrática, ¿no se adhirió al modelo liberal? Lo importante, según muestra la experiencia, no es tanto la naturale­za del régimen como la elección estratégica que haga y la capaci­dad de aplicarla; en otras palabras, elliderazgo. Puesto que el país no tenía ningún recurso energético y la ayuda norteamericana es­taba destinada a desaparecer, la única solución era exportar. Park reunió a un equipo de economistas, el Instituto de Desarrollo Co­reano, para que lo asesorara. Constituido por expertos formados en los Estados Unidos y en Alemania, el KDI (Korean Development Institute) hizo detener los planes de desarrollo aplicados hasta en­tonces en Corea y reemplazó los planes imperativos de tipo sovié­tico por catálogos de objetivos por alcanzar, siguiendo el modelo de los planes marco franceses de la época. En aquel momento, re­cuerda Il Sakong, se estimaba que en su concepción los planes in­dios eran los más perfectos del mundo; sin embargo, ninguno de sus objetivos pudo nunca hacerse realidad. En Corea ocurrió lo contrario.

Una economía nacional concebida y dirigida por economis­tas parece algo banal, pero es una excepción asiática. El KDI sólo tenía dos equivalentes en el mundo: el MITI (Ministerio Interna­cional de Comercio e Industria) del Japón y uno comparable de Taiwán. En los Estados Unidos existe un comité de economistas que asesora al presidente, pero cumple un papel menor, como el que alguna vez le cupo al Comisariato del Plan francés.

Il Sakong aclara que la tradición administrativa de la Corea clásica explica la confianza acordada a los expertos. Inspirados por el modelo imperial chino, los soberanos coreanos reclutaban al personal administrativo por concurso; los más letrados alcanza­ban los cargos de la administración pública. En la Corea de los años sesenta, la costumbre persistía. Hoyes menor, porque las empresas privadas ofrecen carreras más atractivas que la función pública. Pero una característica de los gobiernos coreanos conti­núa siendo el alto porcentaje de universitarios, con frecuencia eco­nomistas, que hay en sus filas.

 

Confucio y la empresa

 

Tal era la situación de Corea del Sur en la década de 1960: es­taba dotada de un líder de tendencia desarrollista, de un equipo de expertos de formación internacional e inspirada por un mode­lo que había tenido éxito en el Japón, la promoción de las exporta­ciones. Pero, ¿contaba Corea con empresarios? La pregunta es ba­nal y errónea, dice Il Sakong. La bibliografía económica no ha dejado de interrogarse, hasta no hace mucho, sobre el espíritu de empresa: ¿existe o no en todas las civilizaciones? Si no existe, ¿le correspondería al Estado tomar el lugar de los empresarios faltan­tes? Puede considerarse responsable de esta problemática al soció­logo alemán Max Weber, quien atribuyó los orígenes del capitalis­mo (La ética protestante y el espfritu del capitalismo fue publicado en 1904) a la existencia de un grupo social imbuido de la ética protes­tante y con ello hizo suponer que el espíritu de empresa estaba determinado culturalmente. En la década de 1920 explicaba que Asia no podría desarrollarse ni adoptar el modelo capita­lista a causa de su cultura confuciana. Ésta, escribía, incitaba al conformismo, a la repetición, al comunitarismo, todos valores que contradicen el individualismo indispensable para que se dé el espíritu de empresa. Los dirigentes soviéticos invocaron ese determinismo cultural como una de las razones para dar priori­dad al papel motor del Estado: ¡se suponía que el espíritu de em­presa estaba ausente de la mentalidad rusa! En la década de 1960 una abundante bibliografía publicada en los Estados Unidos, don­de Max Weber cuenta con numerosos discípulos (en particular Pe­ter Berger de Boston) atribuía aún al confucianismo la pobreza ineluctable del Asia y la imposibilidad de que China y Corea se desarrollaran. ¡Diez años después, la misma escuela de pensa­miento idealista producía obras que elogiaban las virtudes econó­micas del confucianismo en el Japón, en Corea y en Taiwán! Otros igualmente idealistas (Serge-Christophe Kolm en Francia) estima­ron que el despegue de esos «dragones» del Asia se debía, antes bien, al budismo y a sus valores.

Si Corea no se desarrollaba a causa del confucianismo y lue­go se desarrolló gracias a él, ¿cuál puede ser la influencia del confucianismo en los comportamientos? Algunos economistas del desarrollo le atribuyeron actitudes de sumisión: repudio del individualismo, conformismo, repetición. Pero esos valores son reversibles: el conformismo confuciano perjudicaría el espíritu de empresa, pero sería útil para la industria es tanda rizada, lo cual explicaría el gusto coreano por el armado de artefactos.

En realidad, esos rasgos del carácter se encuentran en la ma­yor parte de las sociedades rurales tradicionales sin que sea nece­sario atribuírselos a Confucio. Otro error de perspectiva: en Corea el confucianismo no es la única tradición religiosa; compite con el budismo y el cristianismo, dos confesiones completamente individualistas. ¿Habrá que considerar que la competencia entre creen­cias conduce a la competencia entre empresas? Esta hipótesis del pluralismo necesario se aplicaría también al caso de Europa, don­de la rivalidad entre católicos y protestantes ciertamente contribu­yó al desarrollo del capitalismo occidental. Por el contrario, donde reina el pensamiento único -como en ciertos países árabes musulmanes o cristianos ortodoxos-la burguesía tiene dificulta­des para abrirse camino.

La relación entre religión y democracia es tan compleja como la relación entre economía y religión. Así, en Corea, cuando en la década de 1960 estudiantes y obreros se rebelaban contra los regí­menes militares, ¿estaban animados por el confucianismo? Con frecuencia, los líderes eran cristianos, pero también Confucio apela a la rebelión contra los dirigentes, cuando éstos son incompe­tentes y corruptos. En la misma época, ¿esas masas de obreros aplicados, inclinados sesenta horas por semana sobre sus máqui­nas de tejer o sus herramientas eran o no confucianos? Lo más probable es que sólo se esforzaran por salir de la miseria económi­ca. Me da la impresión de que las normas autoritarias que regían en esa época, y cuyas huellas subsisten en la Corea contemporá­nea, respondían más a la pobreza que a Confucio, a cierta sumi­sión campesina y al autoritarismo tanto de los empresarios como de los dirigentes políticos. Apelar constantemente a Confucio es aventurarse en un terreno seudocultural que, en el mejor de los casos, fotografía una sociedad pero no explica su trayectoria.

 

Del feudalismo al capitalismo

 

Por lo tanto, el espíritu de empresa existe en Corea como en todas las civilizaciones sin excepción; son las reglas de juego vi­gentes las que orientarán o no ese espíritu de empresa hacia acti­vidades rentables para el conjunto de la sociedad o de suma cero.

Antes de ser ocupada por el Japón y luego por los Estados Unidos, Corea del Sur estaba en manos de una aristocracia terra­teniente cuyas rentas financiaban su ocio y a veces su refinamien­to. En esa sociedad injusta y poco productiva, la incitación a pro­ducir era débil, tanto para el propietario de tierras como para el aparcero. Los japoneses, entre 1905 y 1945 Y luego los estadouni­denses, rompieron este equilibrio de la pobreza.

Aun cuando el tema es tabú en Corea, es innegable que la modernización del país comenzó con la ocupación japonesa: los japoneses introdujeron la eficiencia industrial. Pero el desarrollo autónomo empezó verdaderamente con el impulso dado por los Estados Unidos. Desde 1945, animada tanto por una voluntad de equidad social como por la búsqueda de la eficiencia económica, la administración norteamericana (modelada en aquella época por los principios intervencionistas del New Deal) impuso en Corea (al igual que en el Japón y en Taiwán) una reforma agraria radical; se desmantelaron los grandes latifundios y se redistribuyeron las tie­rras. Antes, los estadounidenses calcularon el valor de las propie­dades con el propósito de inculcarles a los coreanos las nociones contables de la economía de mercado.

Estas reformas agrarias del sudeste asiático nunca fueron medidas anticapitalistas sino, antes bien, operaciones pedagógi­cas tendientes a instaurar el capitalismo. A diferencia de las refor­mas de inspiración marxista (aplicadas en Corea del Norte y en China donde fue abolida la propiedad terrateniente), éstas con­templaron la indemnización de los propietarios surcoreanos des­poseídos y ofrecieron créditos bancarios ventajosos a los campesi­nos para que cada uno adquiriera su parcela. Los norteamericanos esperaban que de esta nueva nación de pequeños propietarios surgiera una sociedad justa y emprendedora. En los lugares don­de Estados Unidos no impuso la reforma agraria -como en el caso de Filipinas-, la economía continuó siendo feudal. En el Ja­pón y en Taiwán, la reforma agraria permitió que los campesinos escaparan a la miseria y que los antiguos terratenientes reconvir­tieran su economía dedicándose a actividades empresarias no agrícolas. En Corea, este plan fue perturbado por la inflación y la guerra, dos factores que impidieron una transición fácil de la aris­tocracia terrateniente a una nueva economía empresaria. Aun así, surgieron emprendedores de medios muy modestos (el fundador de Hyundai era un obrero agrícola), lo cual no habría sido posible con la antigua organización terrateniente.

 

El valor agregado cultural

Desde las décadas de 1950 y 1960, sofocados por la guerra y la inflación, los empresarios coreanos maximizaron sus ganancias apostando a la especulación y la escasez; importaban productos de consumo de primera necesidad, los almacenaban esperando que los precios subieran y los revendían a cotizaciones más eleva­das. Estos empresarios eran, desde su punto de vista, racionales, pero para la comunidad el resultado era negativo. De modo que lo que faltaba en Corea no eran empresarios sino una buena política económica que canalizara la energía de esos agentes hacia activi­dades más útiles y rentables. ¿Qué actividades? El mercado deci­de, responde Il Sakong; desde hace cincuenta años, los empresa­rios coreanos han ido adonde los atraía la demanda internacional. Las obras públicas, los textiles, la construcción naval, la electróni­ca, la industria automotriz: tal fue la curva ascendente de Corea hacia actividades cada vez más complejas.

Al comienzo, la mano de obra coreana era abundante y bara­ta. Resultaba rentable utilizarla en las obras de construcción (en Taiwán o en Arabia Saudita). Luego, la mano de obra se hizo más escasa a medida que aumentaba el nivel de educación. Las empre­sas se reconvirtieron gracias a la investigación y la innovación y comenzaron a vender mercancía y servicios de mayor valor agre­gado. Simultáneamente, otros países tales como China, Malasia y Turquía se adherían al modelo coreano y esta competencia impul­só aun más a Corea hacia la innovación.

La evolución de la marca Made in Korea es representativa de esta trayectoria: en su origen, designaba un producto barato y de calidad mediocre; hoy implica diseño y tecnología de punta (Hyundai, Samsung). El éxito más reciente: Corea exporta su cultura. En cine y en música hay una «ola coreana» que se extiende por el Asia y llega hasta los Estados Unidos. De todas las exporta­ciones posibles los «productos» culturales llevan el mayor valor agregado y son, por definición, los más resistentes a la imitación. De modo más general, la imagen de una nación refleja su éxito económico y contribuye a sostenerlo. Al comenzar su ascenso, Co­rea no tenía ninguna imagen, salvo la arcaica (el «País de la mañana calma») o la de fabricante de productos baratos. A medida que se la fue conociendo más y que sus exportaciones se hicieron más elaboradas, la imagen de Corea evolucionó hasta convertirse en la de una civilización singular: Made in Korea tiene otro sentido y hoy le permite al exportador aumentar su margen de beneficios gra­cias a una especie de valor cultural agregado. Las grandes marcas internacionales reconocidas contribuyen a esta evolución de la imagen: Samsung es la nueva Corea.

En general, si se clasificara a las naciones en función de la percepción cultural que tiene el mundo de ellas y en función de la cantidad de marcas reconocidas, su jerarquía estaría en un nivel equivalente al de su rendimiento económico. Evidentemente estas percepciones suelen responder a estereotipos (Francia es el lujo, Alemania, la técnica), pero los estereotipos venden y además se basan en realidades.

 

Un capitalismo de «compinches»

Esta epopeya coreana no podría haberse escrito si no se hu­biera dado la concertación -algunos dicen la colusión- entre el Estados y los empresarios (crony capitalism), en particular con los dueños de los conglomerados que dominan la economía coreana, los chaebols [del chino, chae, propiedad y munbol, familia noble]. Estos chaebols -los Hyundai, Samsung, Daewo y otros- nunca habrían podido alcanzar la condición de gigantes nacionales y luego mundiales sin el apoyo del Estado.

Esta característica del desarrollo coreano encuentra su expli­cación en la historia nacional. Corea del Sur salía de la coloniza­ción y la guerra civil, la nación estaba sedienta de independencia y de desquite. La lógica económica, que es la que prevalece hoy en los países en desarrollo, habría optado por atraer a los inversores extranjeros, es decir, la vía elegida por los chinos actualmente. Pero como los coreanos temían que los japoneses regresaran con el pretexto de las inversiones sus líderes eligieron otro camino, el del endeudamiento. El presidente Park fue a golpear las puertas de los gobiernos y las instituciones sensibles a sus argumentos anticomunistas -recordemos que esto ocurría en la década de 1960-, particularmente de los Estados Unidos y de Alemania. Eran años de inflación y algunos se endeudaban sin vergüenza, persuadidos de que devolverían el dinero, en moneda devaluada. El único verdadero banquero coreano fue entonces el Estado. El gobierno, que se encontraba en posición de financiar a los empre­sarios a su elección, seleccionaba a los futuros ganadores otorgán­doles préstamos a intereses negativos. En principio, dice Il Sa­kong que participó de esta política, la selección se hacía siguien­do un criterio de eficiencia: el gobierno financiada al propietario que tenía éxito en un sector con el fin de fortalecer su posición en el mercado mundial o de permitirle aventurarse en nuevas activi­dades prometedoras. Así se constituyeron los chaebols que, en la década de 1980, llegaron a controlar el 30% de todo lo que se pro­ducía en Corea del Sur y el 80% de lo que se exportaba. Esta selec­ción no podía exclUir las colusiones, ni la corrupción, ni los erro­res: no todos los chaebols hacían el mejor uso posible de los fondos que se les prestaban. En el momento de un vencimiento financie­ro particularmente duro en 1998 se hizo evidente que algunos de esos conglomerados financiaban sus inversiones de largo plazo con dinero a corto plazo, o que se habían aventurado en especulaciones inmobiliarias de carácter inflacionistas. Algunos chaebols desaparecieron, algunos directores fueron condenados y encarcelados (el fundador de Daewo, por ejemplo) y otros su­peraron esta «crisis asiática» de 1998 especializándose e innovan­do más.

¿Se puede hacer un juicio en conjunto de los comportamien­tos dispares de los chaebols? Desde el punto de vista de la utilidad económica, dejando de lado todo enfoque moral, se observará que entre 1960 y 1980 la economía coreana progresó a un ritmo medio del 12%, velocidad que no logró todavía alcanzar China. Es indudable que sin los chaebols Corea del Sur nunca lo hubiera logrado.

Pero la experiencia está cerrada. Il Sakong estima que no es reproducible porque las reglas de juego cambiaron tanto en Corea como en el resto del mundo.

Cuando en la década de 1960 los chaebols partieron a la con­quista de los mercados exteriores, la competencia era débil y la demanda gigantesca. La idea misma de protegerse de la invasión de los productos coreanos no pasaba aún por la conciencia esta­dounidense ni europea. El mercado mundial que demandaba de productos baratos no estaba por entonces reglamentado como lo está desde que se creó la Organización Mundial del Comercio. La mayor parte de las prácticas coreanas de entonces, como el dum­ping, los préstamos y subvenciones del Estado a los industriales, hoy estarían prohibidas en nombre del respeto a las reglas de la competencia. Hoy los exportadores chinos deben afrontar obs­táculos -que por cierto logran superar- que los coreanos no co­nocieron en aquella época. Antes de que entráramos en la era de la globalización, el comercio internacional era, paradójicamente, más sencillo.

El otro cambio que experimentó Corea del Sur fue puramen­te interno: la democracia.

 

La incertidumbre democrática

Sin demasiada violencia, por etapas, los gobiernos militares surcoreanos cedieron el poder político a partidos elegidos. Desde 1988 Corea del Sur se ha convertido en un régimen de alternancia entre la izquierda y la derecha, ciertamente más democrático que su vecino, el Japón y que todos los demás regímenes de la región. Allí los debates políticos son enérgicos; lo que la prensa escrita, controlada en gran parte por los chaebols, trata de disimular se en­cuentra en la web. La democratización no modifica solamente las instituciones políticas: la sociedad también se transformó, las ac­titudes respecto del trabajo son menos sumisas, la disciplina den­tro de las empresas, de las familias, de los establecimientos de en­señanza, de las parejas, de las iglesias, es menos estricta. Dejando en el pasado una moral confuciana considerada la más rígida del Asia, los coreanos se volvieron tan individualistas como los esta­dounidenses y más que los chinos y los japoneses. Seguramente, siempre lo fueron, pero antes estaban oprimidos por instituciones autoritarias. La economía también cambia: su ritmo se desaceleró considerablemente y está en el orden del 4 a16% según los años, es decir, es el doble de lento que en los tiempos de la dictadura, pero el doble de rápido que en las economías más desarrolladas de Eu­ropa o de los Estados Unidos.

¿Habrá que responsabilizar a la democracia por esa desacele­ración o ésta es sólo el reflejo de un nuevo estadio de desarrollo? Il Sakong lo atribuye no a la democracia en sí misma sino a la au­sencia de una estrategia de los gobiernos de izquierda que estu­vieron en el poder desde 1992 hasta 2007. Y se trata de una izquierda poco socialista, pues Corea del Norte basta para desacre­ditar el marxismo, pero al menos es redistributiva y menos respe­tuosa del poderío de los patrones, está menos enamorada de los Estados Unidos y está más atenta a las reivindicaciones de los sindicatos. En este nuevo régimen, el crecimiento ya no tiene la prio­ridad absoluta que se le asignaba antes: los salarios suben y las protestas sindicales interrumpen el ritmo de producción sin que el gobierno intervenga. Los márgenes de las empresas se reducen, las inversiones se desaceleran o parten hacia países de salarios más bajos: Filipinas, Tailandia, China.

¿Deberíamos, como Il Sakong, señalar a la izquierda como única responsable de este debilitamiento del modelo coreano y, en consecuencia, de su menor dinamismo? Su juicio, evidentemente, es partidario pues la desaceleración del crecimiento también se debe a la multiplicación de los competidores que están sustituyen­do a los coreanos. Esta amenaza exterior es virtuosa: obligó al país a entrar en el ciclo de innovación donde hoy se encuentra detrás del Japón, pero antes que China. El éxito mismo de Corea la im­pulsa a la destrucción creadora, a desembarazarse de lo antiguo para proponer lo nuevo a la manera en que lo hace Samsung, y para lanzarse a las futuras actividades, como las biotecnologías, en las que Corea podrá destacarse. En este ciclo ascendente, la educación cumplirá una función decisiva, pero el umbral cualita­tivo aún no se ha alcanzado. Lo que queda en Corea del confucia­nismo se ha refugiado en las escuelas y en las universidades; en esos establecimientos, la enseñanza autoritaria no alienta la parti­cipación ni la creatividad de los alumnos. En este terreno, Estados Unidos conserva una ventaja decisiva y hacia allí parten los mejo­res estudiantes coreanos. En general, a diferencia de los chinos y los africanos, esos estudiantes regresan a su país de origen. Conti­núa siendo coreanos, pero coreanos diferentes, «mundializados».

Hay además un factor, no cuantificado y rara vez menciona­do por los economistas, que explica el desarrollo de Corea del Sur: la garantía militar estadounidense. Si el ejército de los Estados Unidos, presente en el territorio coreano, en el Japón y en los ma­res vecinos, no preservara su seguridad, los surcoreanos habrían estado más preocupados por defenderse que por enriquecerse. Más allá del caso coreano, la observación es válida para el conjunto de la región, incluida China. Los flujos comerciales entre Amé­rica del Norte, Europa y Asia, que sustentan la prosperidad regio­nal y mundial, sólo son duraderos a causa de esta protección mili­tar y marítima norteamericana. Del mismo modo, en el siglo XIX, en una escala menor, la marina británica había permitido la pri­mera mundialización. Si se diera el caso de que Estados Unidos dejara de ser gendarme global, el modelo económico en el que prosperamos podría desaparecer.

 

Chinos libres y empresarios

Las explicaciones culturales del desarrollo están pasadas de moda, pero, por teorizar en exceso, los economistas a veces pa­san por alto las circunstancias locales. Las normas sociales, si bien no explican el desarrollo, contribuyen a orientarlo: la misma estrategia puede conducir a resultados distintos porque la ci­vilización y la historia señalan desviaciones particulares de los principios generales. Así, en la bibliografía económica es habi­tual que se agrupe en una misma categoría a los «dragones de Asia»: hay cuatro que despegaron al mismo tiempo, a la misma velocidad y siguiendo los mismos métodos, dando prioridad al espíritu de empresa y a la exportación. Pero, después de haber aplicado esta estrategia común, Corea del Sur, Hong Kong, Sin­gapur y Taiwán sólo se asemejan por h<;lber alcanzado un nivel de vida comparable. En una generación todos pasaron de la po­breza a la prosperidad, pero, aunque todos son «asiáticos», con­tinúan siendo muy diferentes entre sí. En el Asia, la diversidad cultural sigue siendo más perceptible que en Europa; un coreano se parece menos a un taiwanés que un francés a un alemán y en­tre Hong Kong y Singapur la distancia es tan vasta como entre Roma y Estocolmo.

Consideremos por un momento la situación de Taiwán que desde 1949, año en que se separó del régimen comunista de Pekín, es en realidad un Estado independiente. Si nos atel’).emos a la teo­ría económica, Taiwán siguió el mismo camino que Corea: puso énfasis en una economía privüda separada del Estado y en las ex­portaciones. A semejaza de Corea, hasta 1945 Taiwán fue colonia japonesa; hasta 1965 la ayuda norteamericana, económica y mili­tar, fue considerable. Pero Corea está dominada por grandes di­nastías industriales que inicialmente fueron seleccionadas por el Estado; en cambio, Taiwán es un hervidero de pequeñas y medianas empresas. Corea se especializó en las producciones con gran valor industrial agregado y que exigen inversiones elevadas, como los astilleros o la industria automotriz. En Taiwán se optó por explorar los nichos de la industria textil, la biotecnología y la informática. Los coreanos son industriales; los taiwaneses son más administradores e intermediarios financieros. Cuando uno visita una empresa coreana, advierte una jerarquía visible, un es­tilo de administración casi militar; en Taiwán reinan más bien la desenvoltura y una hiperáctividad un poco desordenada. Los taiwaneses son más móviles que los coreanos; encontraron sus primeros inversores en Estados Unidos y en China continental. Como dijo Wu Rong-yi, el presidente de la bolsa de Taipei, Taiwán más que una nación es una red. Los coreanos, anclados en su te­rritorio, son patriotas, mientras que un taiwanés tiene más difi­cultades para definirse atendiendo a la nacionalidad. Cuando una empresa coreana se encuentra acorralada por la competencia mundial, sus directores buscan apoyo en los bancos, en el Estado; los sindicatos coreanos hacen manifestaciones para defender la empresa y los empleos. En circunstancias comparables, el empre­sario taiwanés cambia de rubro y hasta de país.

Es sabido que los coreanos conservan un rencor inexpiable contra el Japón que los colonizó: para ellos superar a los japoneses es uno de los motores del activismo económico. Además prospera en Corea un sentimiento antiestadounidense, mientras que los tai­waneses se sienten muy atraídos por los Estados Unidos, van a es­tudiar a ese país y con frecuencia emigran. Pero lo más sorpren­dente es que el país preferido de los taiwaneses sea el Japón. Aunque los japoneses iniciaron la modernización de Corea, los co­reanos nunca lo reconocerán; mientras que los taiwaneses sienten profunda gratitud hacia esos mismos colonizadores japoneses que modernizaron la infraestructura, la agricultura y la industria de su país y consideran que esa colonización fue positiva. No se co­noce otro caso en el que los colonizados muestren tal reconoci­miento en relación con sus ex colonizadores.

Estas divergencias del comportamiento en países con idénti­cos ingresos responden, no a las estrategias económicas compara­bles aplicadas en cada uno de ellos, sino, evidentemente, a histo­rias nacionales y culturales diferentes. Corea del Sur es heredera de un reino nacionalista y del confucianismo más rígido que haya existido en Asia. Los taiwaneses son un pueblo emigrante que en el siglo XVIII abandonó la China continental para huir del empera­dor; en la isla sin Estado donde se instalaron se hicieron pescado­res, piratas y comerciantes. Desde el siglo XIX, Taiwán exportaba convenientemente sus productos agrícolas al Japón. Cuando en 1947 el ejército nacionalista de Chang Kai-chek, vencido por Mao Tse-tung, se retiró del continente hacia Taiwán y constituyó allí un gobierno local, los taiwaneses negaron toda legitimidad a ese nue­vo estado y se refugiaron en la esfera económica. En 1997 el Esta­do taiwanés se hizo democrático, pero su autoridad, comp:utida como está entre los independentistas y los» continentales», fieles aún a la «China grande», continuó siendo débil; es un Estado que ejerce poca influencia en el ámbito empresario. Para los empresa­rios, Taiwán, como madre patria, es un territorio en el mapa del mundo; un taiwanés es, en primer lugar, un horno economicus de ci­vilización china, a menudo anglófono. Un coreano es un patriota que entiende la economía más como un medio que como un fin. Todo esto nos muestra que los «dragones del Asia» tienen formas muy diversas, porque ni el desarrollo económico ni la globaliza­ción pueden hacer tabla rasa de las culturas; muy por el contrario, les confieren nuevos medios para florecer.

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Guy Sorman

 

Biografía

Ensayista y periodista de prestigio internacional, Guy Sorman cursó estudios en la École Nationale d’Administration y la École des Langues Orientales. Se graduó en el Institut d’Etudes Politiques de París, donde enseñó economía entre 1970 y 1987. Dicta seminarios en universidades francesas y extranjeras. Ha publicado una veintena de libros, traducidos a varios idiomas, entre los que se cuentan La solución liberal, La revolución conservadora, El genio de la India, Made in USA y China. El imperio de las mentiras. Colabora periódicamente con La Nación,Le Figaro, The Wall Street Journal, y diarios de Corea, Japón y Polonia. Vive en París. Es miembro fundador y presidente honorario de Acción Internacional Contra el Hambre.

[1] http://www.libertaddigital.com/mundo/guy-sorman-china-vive-un-verdadero-sistema-de-apartheid-con-la-poblacion-rural-1276305108/

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