Velcro y yo, el segundo libro de relatos de Martín Rejtman, publicado en
1996, supuso una revolución para la literatura argentina, que en aquel
momento, como si hubiesen escaseado los clichés, pocos notaron.

Quince años más tarde, estas historias extraordinarias aún pueden leerse como
si hubiesen sido escritas mañana, en tanto los únicos signos del paso
del tiempo que se detectan en ellas no le pertenecen al texto sino al
mundo que lo rodea («la sospecha de que también la realidad es idiota»,
como anotara Graciela Speranza). Al igual que en Rapado (1992) y
Literatura y otros cuentos (2005), brilla aquí la enorme capacidad del
autor y cineasta para convertir lo cotidiano en algo asombroso, y
viceversa. Ofrecemos a continuación el texto El pasado y agradecemos a Daniela Morel de Random House Mondadori, la autorización para hacerlo.

Martin A. La Regina

Cuando todavía estaba casado con mi ex mujer llevaba una vida más burguesa. Trabajaba en computadora y casi no tenía problemas. Recordar hoy esa época me produce una sensación extraña: yo no estoy ahí, el protagonista es otro. Sin embargo, los recuerdos están tan presentes como el presente: recibíamos dos diarios todas las mañanas y de vez en cuando salíamos con matrimonios amigos, entre otras cosas. Un día la mucama se deprimió y con la excusa de que encontró un gorrión muerto en el balcón no quiso trabajar más. Durante tres semanas la situación siguió igual; la mucama encerrada en el cuarto de servicio y mi ex mujer en el dormitorio. Al principio de la cuarta semana hice la valija y cambié de vida.

Soy escritor pero no hablo desde el futuro; vivo en un mundo miserable lleno de camiones de basura y casas destruidas. Judith, mi actual mujer, es la empleada del lavadero automático de la cuadra. Mi nuevo barrio está en transformación constante. Ayer abrieron un supermercado coreano; hoy se roban la parada del colectivo. Cada día cierra un local y abre otro. Lo que más abunda son las cerrajerías. Vivimos bajo el signo del cambio hacia cualquier cosa.

Nuestro departamento queda en un edificio de artistas de poco dinero. Esto es una casualidad; Judith ya vivía ahí cuando nos conocimos, y el artista soy yo.

Ni Judith ni yo solemos pagar las cuentas a tiempo, y hace dos días nos cortaron el teléfono. Ahora subo a la terraza, desde donde intercepto las líneas de otros y escucho conversaciones ajenas que me provocan repulsión. La gente no se fija en lo que dice cuando cree que nadie la escucha.

Estos días, en mi literatura, estoy desarrollando el concepto de underwriting que, según me dicen, significa «subescritura». La novela que quiero escribir con este método se llama «Vida de un miserable».

Hasta ahora tengo cuatro capítulos escritos:

  1. Mercado de capitales
  2. Mispricing
  3. Underwriter
  4. Panfletos

Hace meses que no puedo empezar el capítulo cinco, que creo que va a cerrar la novela. La causa es Judith. Durante el día no puedo concentrarme por el calor, y a la noche está siempre ella en casa. Varias veces le sugerí que saliera por su cuenta, pero me dice que no tiene amigas. Se queda sentada en silencio sobre la cama, pero es obviamente su presencia lo que me impide concentrarme.

Conseguí una habitación en el barrio coreano, a dos cuadras de la villa. Todavía vivo con Judith, pero paso las noches en mi estudio, escribiendo. La dueña de casa me advierte contra los bolivianos que trabajan para ella; dice que son peligrosos. En la calle, los bolivianos me advierten contra los coreanos.

Hace más de un mes que no veo a Judith. Ella trabaja de día y yo de noche. De a poco fui sacando todas mis cosas de su casa y las acumulé en este cuartito que ahora es mucho más que mi estudio.

El capítulo cinco avanza, pero igual hay noches en las que la humedad y las altas temperaturas hacen que no pueda concentrarme, y la vida nocturna de la calle Carabobo no es muy intensa. Hay miles de restaurantes pero ningún bar, y cuando quiero un vaso de vino que no sea de arroz tengo que internarme en la villa.

Ayer me encontré con Judith, la del lavadero automático. Me dijo que a su casa llegó una carta para mí. Tomamos juntos el premetro y fui a su casa a buscarla; era de mi hermana, que vive en Chicago. Me invita a visitarla, me manda un pasaje y un money order por dos mil dólares a cobrar en el correo de Chicago. Mi hermana y yo nunca nos llevamos bien, nunca soporté su compasión por el artista pobre que no despegó. No pienso ceder ante su presión y visitarla; sería reconocer un cierto tipo de fracaso.

Pero el money order me vendría muy bien. Intento primero cambiarlo sin éxito en las financieras del centro, donde me darían más; después con dealers locales de Korea Town. «¿Chicago?», me preguntan, y todos niegan con la cabeza.

Encerrado en mi cuarto miro el ventilador de pie y reflexiono, agobiado por la ola de calor. Mi vida es demasiado austera: huevos fritos, bifes a la plancha, y arroz con una mezcla de algas y sésamo, un condimento que conseguí en mi nuevo barrio.

Tomo una decisión: viajar, cobrar el dinero, y volver a Buenos Aires en el vuelo siguiente. No llevo equipaje y al salir de mi cuarto pego en la puerta un cartelito que dice: Vuelvo enseguida.

En el avión me toca sentarme al lado de un futuro estudiante de sociología. Parece entusiasmado. Converso un rato con él, y después duermo de un tirón hasta que aterrizamos al amanecer.

En Chicago la temperatura es de ochenta y nueve grados Fahrenheit. No sé lo que significa pero igual transpiro. Me despido del estudiante de sociología, salgo del edificio impersonal, y paro un taxi.

—To the Central Post Office —le digo al conductor. Mi inglés es prácticamente inexistente. Le pido al taxista que espere en la puerta del correo, cobro el dinero, le pago, y decido caminar por el barrio. Con el entusiasmo de los dos mil dólares del money order no me di cuenta de marcar la vuelta en el pasaje, así que decido buscar una agencia de viajes. Quiero volverme en el primer vuelo. No soporto la idea de gastar parte de mi dinero en un país extranjero y las tentaciones en Chicago parecen enormes.

La empleada de United me explica que mi pasaje requiere un mínimo de quince días de estadía. Es una portorriqueña que todavía habla un poco de español; tiene un prendedor con su nombre: Lupita Menéndez. Dice que se solidariza conmigo pero no puede hacer nada. Me ofrece venderme otro pasaje a Buenos Aires; en eso se me iría la mayor parte del dinero y mi viaje perdería sentido. Hago una reserva para la primera fecha posible y, un poco triste, salgo a la calle, apabullado por el aire caliente y la humedad.

Como no tengo equipaje ni planes me dedico a hacer observaciones: el tipo de gente que camina por las avenidas, las construcciones, los lugares de comidas, tan diferentes de los nuestros, las costumbres en la calle, el paso rápido, mis zapatos que se quedan pegados en el cemento derretido de las veredas, los ricos, los pobres.

Entro en un hotel que no parece muy caro. Se llama Chicago Regency. En la recepción nadie habla mi idioma pero hay un letrero con los precios: la habitación más económica cuesta noventa y cinco dólares. Multiplico por quince y vuelvo a salir a la calle.

Paro un taxi. Le pregunto al conductor por un hotel barato.

—Barato? —me dice él en inglés.

—El más barato de la ciudad.

—Address? —pregunta sonriendo. Decido cambiar de estrategia.

—Latin Quarter —le digo. Supongo que ahí por lo menos alguien me va a entender.

El taxista me lleva a una parte devastada de la ciudad. Es como si de pronto todo el pasado hubiera vuelto: la guerra, el hambre, los bombardeos. Un barrio pobre de hispanos y drogadictos.

No camino ni dos cuadras y encuentro un edificio con un cartel enorme que dice Hotel Men Only. No parece ser un lugar muy caro.

Mi cuarto da directamente a la calle. Abro la ventana. El calor sigue siendo insoportable. Escucho salsa sin parar y el olor a frito y picante sube por las escaleras de incendio. El paisaje, al menos, no me resulta familiar.

Me desvisto, me doy una ducha, y me vuelvo a vestir. Me tiro sobre la cama y duermo una siesta. No sé qué hora es cuando me despierto, pero bajo a la calle y compro un diario. Camino hasta la avenida y en una librería compro un cuaderno. Quiero aprovechar el paréntesis para seguir con mi novela. Después tomo un taxi y, como no sé qué hacer, le leo al taxista la dirección de mi hermana.

La casa queda en los suburbios; estudio mentalmente el camino. Sin bajarme le pido al conductor que vuelva a llevarme al hotel. Ceno chicken wings en un bar oscuro; hay tan poca luz que no puedo darme cuenta si el lugar es caro o barato. Vuelvo al hotel; me duermo hasta el día siguiente.

Alquilo un Toyota en Avis. Me decido porque no puedo creer lo absurdamente económico que resulta.

Durante unos días vigilo la casa de mi hermana desde mi coche nuevo. Ella saca la basura todas las mañanas y después se sube a un Mazda gris perla, que estaciona en el parking de la torre de la corporación en donde trabaja. Sé que está casada y con hijos, pero su familia no aparece. Hace casi veinte años que no la veía; de aspecto no cambió nada. Yo también debo estar igual.

Una mañana me decido finalmente a tocarle el timbre. Se queda helada al verme. Me da un abrazo frío; es como si me estuviera diciendo «Nice to meet you». Mi inglés mejoró bastante desde el día que llegué y además creo que maduré. La idea misma del viaje relámpago ahora me resulta infantil.

Me hace pasar a un living en el que hay cabezas de ciervos y alfombras de osos por todos lados. Conversamos sin hacernos preguntas, hasta que yo saco el tema de sus hijos. Ella me explica que se fueron de caza con el padre, que vive en Oregon. Le pregunto si están divorciados. Me dice que de ninguna manera; están juntos pero él vive en Oregon. «Oregon queda a miles de kilómetros de Chicago», le digo. Ella me contesta con una sonrisa que de kilómetros no entiende nada y da por terminada la conversación. Me sugiere, sin preguntármelo, que le gustaría saber adonde estoy parando. «En el hotel Men Only», le contesto. Me dice que no lo conoce pero no me invita a quedarme en su casa, a pesar de que yo sé que por lo menos un cuarto, el de mis sobrinos, está vacío.

Esa noche mi hermana me lleva a su restaurante preferido: un Oyster bar para yuppies que queda en pleno downtown. Me resulta muy difícil verla tomar sopa de pescado; me doy cuenta de que lo que estoy viendo es su vida. No puedo engañarme. Tiene treinta y ocho años. Se nota que sabe que ya no está en tránsito hacia ninguna otra situación.

Mientras cenamos me cuenta cosas de Chicago. Desde hace menos de un mes los policías de la ciudad usan uniformes especialmente diseñados por Jean Paul Gaultier y las agentes, carteras de Gian Franco Ferré. Mi hermana saluda a un par de conocidos. Me dice que son compañeros suyos de trabajo. Su castellano es perfecto, salvo cuando tiene que decir alguna palabra en inglés.

Nos despedimos en la puerta del restaurante; sé que no nos vamos a volver a ver. Son apenas las ocho y cuarto de la noche y como no tengo sueño decido ir al cine. Compro el Chicago Daily News y leo el resumen del argumento de una película norteamericana que acaban de estrenar en el Chicago Film Center: Un cantante de tango retirado todavía sigue activo como agente secreto en una pequeña aldea de campesinos japoneses. Los actores son superstars archiconocidos. Me sorprende que todavía existan campesinos japoneses. Y éste es mi último recuerdo de la noche: entro al cine, me acomodo en la butaca y se apagan las luces.

De la película no conservo ninguna imagen. Me despierto en la cama junto a una desconocida. Enseguida me doy cuenta de que no estoy ni en mi casa ni en el hotel. Suena el teléfono. La chica no da señales de vida. Se enciende un contestador automático y escucho el mensaje.

—Lucy, this is Richard, your therapist, I hope you remember our date at the ICA Café. It’s already 11:05 and you are not here yet.

Intento despertar a Lucy, pero sigue profundamente dormida. Estoy desnudo y busco mi ropa por toda la casa. Los placares están cerrados con llave. Sobre la alfombra hay unos zapatos de taco alto demasiado chicos para mí. Me asomo al balcón tapándome con la cortina. Hay una bandera norteamericana que cuelga de la baranda. Me ato la bandera a la cintura y vuelvo a sacudir a Lucy. Parece dopada. Busco dinero por toda la casa. Encuentro un frasco lleno de monedas sobre la mesada de la cocina.

La casa de Lucy está en un barrio pobre de latinos y drogadictos. Un barrio igual al mío, que no parece ser el mismo. En la vereda de enfrente hay un Army and Navy store. Entro y me compro un Levi´s 501 talle W38, L32 y un paquete de tres remeras blancas Fruit of the Loom extra large. Me pongo la ropa en el probador y paro un taxi.

En el viaje a mi hotel le dedico diez minutos al pasado. Es un método que utilizo cada vez que mi mente se pone en blanco. Esta vez diez minutos resultan demasiado. No puedo acordarme ni dónde la conocí, ni cómo, ni de lo que hice en la casa. Mientras el taxi avanza siento que varias horas de mi vida van quedando atrás. Ni siquiera me fijé en qué calle queda la casa de Lucy. No tengo suficientes recuerdos de la noche anterior como para llenar diez minutos de tiempo. Miro el reloj: son las once y veinticinco.

— To the ICA —le digo al taxista.

No tengo nada mejor que hacer y quiero charlar con el terapeuta de Lucy. Necesito saber si puede decirme algo sobre mí. Todavía tengo la bandera norteamericana en la mano. La toalla la dejé en el probador del negocio donde compré la ropa. Estoy descalzo.

Un hombre de anteojos está solo junto a la ventana del café del ICA. Lee un diario sensacionalista y decido que es él. Cada tanto levanta los ojos del diario y mira hacia afuera, como si esperara a otra persona. No me animo a hablarle directamente, y en un momento se levanta y se va. Lo sigo hasta el Botanical Garden. Se pasea a la sombra de los árboles y saca migas de pan de sus bolsillos para darles de comer a los gatos.

Lucy me está esperando en la puerta del hotel Men Only. Me explica en un castellano trabajoso que el recepcionista no la quiso dejar pasar. Yo no me olvido de que esta misma noche tengo el vuelo de vuelta a Buenos Aires, y Lucy insiste en acompañarme al aeropuerto.

En el taxi nuestra conversación es fluida. Tengo la impresión de conocer a Lucy desde hace muchos años. Adivino sus gustos y ella los míos y nos reímos de las mismas cosas. El taxista se da vuelta varias veces a mirarnos; sospecho que él también habla castellano.

Lucy y yo entramos al aeropuerto. Llegamos con dos horas de adelanto, como lo indican las instrucciones impresas en el pasaje. Recojo mi boarding pass del mostrador de United y nos sentamos en dos sillones contra un enorme ventanal. Le cuento a Lucy que estoy a punto de terminar el capítulo cinco de mi novela. «Es el último, ¿no?», me pregunta ella, y la miro sorprendido. A lo mejor hablamos de esto la noche anterior. Pero prefiero no hacerle ninguna pregunta. No por vergüenza ni miedo a lo desconocido, sino para no romper la intimidad que existe entre nosotros.

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