¿Es la primera vez que incursionás en el género negro?

En un sentido estricto sí. Pero la estructura narrativa de El cerco es similar a la de Error de cálculo y a la de Velas para Gilda. No tuve intención en ninguno de los tres casos de hacer una novela negra, si hago o no literatura de género me tiene sin cuidado. El parecido viene por otro lado, por Hitchcock; el maestro complejiza la trama, la retuerce y la expande al mismo tiempo. Esa manera de llegar a lugares insospechados cuando vemos la primera escena. Bueno, eso traté de hacer en los tres casos. Y salió una novela negra… pero recuerdo que algunos leyeron Error de cálculo como un texto de ciencia ficción. Y está bien: los límites son imprecisos; ayudan si no los tomamos de forma estricta. Volviendo a Hitchcock no sólo los cineastas deben leer el extraordinario reportaje que le hizo François Truffaut en El cine según Hitchcock, sino también todos los narradores.

¿Tenés formación como lector de policial, o fue por una cuestión de estilo que decidiste contar esta historia anclada dentro de este género?

Me gusta el policial. Pero también pasé años leyendo ciencia ficción, leí a Theodore Sturgeon, a Ray Bradbury y a Howard Fast, a Úrsula Le Guin y nunca se me ocurrió una idea de ciencia ficción.

¿Considerás la narrativa de género como una narrativa menor?

En absoluto. Te veo muy obsesionado por las diferencias de género, no es tan importante. No creo que haya géneros menores o mayores, lo que sí hay son maneras mayores o menores de abordarlos.

Mientras escribías El cerco, ¿leíste algún libro o viste alguna película para tratar de meterte en clima?

Jamás hago eso, soy —o tengo miedo de ser— muy influenciable, no sé. Cuando trabajaba en la novela “histórica” sobre Alfredo Palacios, no quise ir a ver su casa de la calle Charcas (que además, ya no era su casa sino un museo). Con El cerco, sí estuve tentado de hablar con una amiga psicóloga muy inteligente y sabia para conocer la personalidad de los asesinos seriales, pero no lo hice. No lo hice no como causa, sino como efecto del lugar que ocupa el asesino en la narración. Mi búsqueda no fue entender las razones del desquiciado sino lo que hace la sociedad cuando surge un fenómeno que ella juzga extemporáneo y por eso ajeno.

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¿Estás leyendo algo del género en este momento?

No, o sí… estoy leyendo Sorgo rojo, de Mo Yan. Y estoy absolutamente fascinado, por suerte todavía me faltan muchas páginas para terminarla.

Uno de los puntos fuertes de la novela tiene que ver con el humor. ¿Se trata de una decisión predeterminada para lograr una estética o es propiamente un modo de comprender el mundo?

Tanto en Error de cálculo como en El cerco se trata de que las muertes, que las hay muchas, no generen un clima truculento. La idea es no entregarse al clima de lo que se está narrando sino lo contrario, lucho contra él, y (esto me resulta extraordinario y sorprendente) ese resistirse amplifica el efecto. Una de las herramientas de esa lucha es el humor. Te pregunto, cuál es más violenta: una de esas películas en las que chocan cien autos y vemos mil balazos o la violación de Rocco y sus hermanos, plano general, víctima y victimario están chiquitos en la imagen, y primer plano de sonido.

¿La novela se te apareció, igual que a tu asesino, producto de la inspiración, o hubo algún disparador real que diera el puntapié inicial a la historia?

No debo contestar esa pregunta, no con la verdad; ofendería a alguien, así que mejor no te digo nada.

 

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Si bien anclás la narración en el cliché del “asesino serial” como disparador, encontrás una divergencia del tratamiento clásico alejando tu mirada de esta oscuridad para hacer hincapié en la visión de toda una galería de personajes secundarios «grotescos» para los que los muertos son una oportunidad de hacerse «ricos» u obtener respeto, y no una cuestión social. ¿Cómo surge esta estrategia narrativa?

Es una buena lectura. Planteémoslo así: que Jesús haya sido o no el Mesías no me preocupa, lo literariamente importante son los cristianos. Esos personajes grotescos a los que aludís somos nosotros. Y: qué hacemos nosotros, los carniceros, los maestros, los periodistas y los dueños de los medios, los policías, los políticos, el presidente, los curas y los licenciados en diferentes licenciaturas, cuando alguien decide matar fuera de la común racionalidad. Lo que me interesa somos nosotros, los grotescos, los tontos que mientras se cae el mundo seguimos esperando un salvador.

Otra particularidad de la narración es la especulación política, ya sea como respuesta a la trama en el universo macro de la narración o como reflexión del autor. Habiendo escrito tantas novelas de narrativa histórica, ¿se trata de un resabio profesional?

No tantas, sólo tres. Decididamente no. (¡Qué obsesión por los géneros!) Yo diría que si necesitamos poner orden en el caos tenemos dos alternativas: uno, el pensamiento esotérico, lo oculto; dos, entender al hombre como colmena, lo social. En mis trabajos suele haber un pastor integrante de lo que la Iglesia Católica llama sectas, pero no un chanta sino alguien sincero. Soy agnóstico y por ende qué otra cosa que respetarlos, al fin ellos tienen una respuesta donde yo solo tengo el vacío del renglón en blanco. Para entender la colmena, esa enorme estructura inmaterial que solamente se visibiliza de manera grotesca, es imposible excluir a la política. Solamente los ricos y los poderosos se pueden dar el lujo de no entender nada de política, yo soy un trabajador y la necesito. Me puede ir la vida en eso. No quiero ser dramático, pero les informo a los que no les interesa la política —y que en el colmo de la estupidez se sienten inteligentes por eso— que, la entiendan o no, la política decide infinitamente más de lo que creen sus vidas. En un país donde desaparecieron a 30.000 compatriotas y mataron por otra vía a muchos más con el discurso único del mercado, esto debiese ser obvio.

Presentaste la novela con Leo Oyola y Damián Vives en Libros del pasaje. ¿Tenés contacto con la nueva generación de narradores? ¿Qué opinión te merece el panorama actual de narrativa nacional?

Tengo menos contacto del que quisiera, será cuestión de invitarlos a ustedes a mi casa y comer un asado. Sobre la opinión… no confío nada en mis opiniones literarias. Un día en los primeros 80, leí Respiración artificial. A la página 50 la tiré contra una pared que tengo especialmente para eso en mi casa. Un año después la agarré otra vez, cómo no iba a leer ese trabajo de Piglia. Bueno, contaba las páginas, no quería que terminase nunca. Así que mis opiniones, por mutantes y azarosas, no las expreso en público.

¿Volverás a incursionar en el género?

Ahora, en mayo, sale por Edhasa una novela que entregué a la editorial hace dos años, La última carta, que no tiene nada que ver con lo negro. Es un trabajo inspirado en la magnífica El último encuentro, de Marai, y sobre personajes (grotescos) que he conocido, amado y sufrido. En este momento estoy escribiendo la saga de El cerco, pero después abordaré otra cosa. Más de dos seguidas sobre un mismo universo y desde cierta mirada afín me cansa. Para después de la que estoy escribiendo tengo una idea, veremos, es sobre y desde algo que nunca hice.

 ¿Qué pueden esperar tus lectores para los próximos años?

Solamente una cosa, el convencimiento de que lo único que un narrador no debe hacer es aburrir.

 

Sobre El Autor

(Buenos Aires, 1986) Trabaja en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Participa en RASTROS: Observatorio Hispanoamericano de Novela Negra y Criminal. Dogo (2016, Del Nuevo Extremo), su primera novela, fue finalista del concurso Extremo Negro. En 2017, Editorial Revólver publicó Cruz, finalista del premio Dashiell Hammett a mejor novela negra que otorga la Semana Negra de Gijón. Es hincha de George V. Higgins, Donald Ray Pollock, Edward Bunker, James Sallis, David Goodis, Raymond Chandler, Jeff Nichols, Kike Ferrari, Leonardo Oyola, James Crumley, Ben Affleck, Daniel Woodrell, Taylor Sheridan, Vern Smith, Newton Thornburg, Jason Aaron, RM Guera, entre otros.

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