Un relato que sacude el alma.

“Pequeños combatientes caminando la vida como aprendieron, como pudieron, como los dejaron.

Una familia mutilada en los 70 –una entre tantas-. Otra casa marcada. Un cambio abrupto, una niña y su hermanito; padre y madre arrancados de su lado –un corte a pico-.La solución familiar insuficiente; un traslado a espacio ajeno.

La adaptación y la ilusión de un reencuentro siempre postergado.

Sentir la “guerra” a temprana edad. Crecer de golpe y un hacerse cargo. Un relato en el que se pierden los nombres, tal vez porque los nombres pierdan su importancia –aquella realidad que, en ese entonces, se repite y multiplica los trasciende-.

Raquel Robles busca y logra decirnos algo y ojalá que ese algo, presente en esta historia, no haya sido en vano.

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Elegiste tres pensamientos que anteceden a este relato que, realmente atrapa la atención del lector durante 150 páginas. Elegiste a Carson Mc Cullers, a John William Cooke y a Sigmund Freud. Tomo las palabras de este último para preguntarte: ¿por qué seleccionaste una frase que tiene que ver con el olvido?

Elegí el olvido porque lo que hice con este libro fue un ejercicio de memoria y a la vez de duelo por todo lo que nunca podré recordar. La solución que encontré, de algún modo, fue reponer las lagunas con ficción y entender que todo recuerdo es una invención. Para poder recordar hay que olvidar, sino no es un recuerdo, es una presencia permanente que, como un ánima acompaña la vida diaria. Por eso para mí fue un trabajo dialéctico entre recordar y olvidar, olvidar para recordar.

En el primer renglón la protagonista dice: “Yo sabía que estábamos en guerra…” –y esta última palabra se repite en la novela-. Es una palabra que hace ruido. ¿Adónde apunta? Te lo pregunto porque los diputados de los años 70 también decían con frecuencia que estábamos en guerra.

La teoría de los dos demonios hizo que toda la militancia, -desde los protagonistas de la lucha de los 70 hasta los familiares-, intentara edulcorar un discurso que en su momento tenía mucho de bélico. Los desaparecidos “luchaban por la democracia”, o “estaban en la agenda de alguien”, “tenían sueños de juventud” se decía en los años 80 y también entrados los 90 para intentar conmover a una sociedad que había vivido las leyes de impunidad sin mucho escándalo. Tal vez para esta sociedad con tantas ganas de sacarse los problemas y las responsabilidades de encima era necesario escuchar estos textos para entender que lo que pasó había pasado en realidad. Por eso también, con tanta agua que ha corrido bajo los puentes, aun hoy los juicios necesitan probar –y son las víctimas las que tienen esa responsabilidad- que en la Argentina hubo torturas, matanzas, robos de niños, desaparición de cuerpos. No creo que en los años 70 hubiera en la Argentina una guerrilla que fuera capaz de arrebatarle el gobierno a nadie, por lo que también es falso que la dictadura haya existido para eliminar a los guerrilleros, que por otra parte ya estaban derrotados antes de 1976. Creo que poner a militares contra guerrilleros, no sólo le quita la responsabilidad a la sociedad restante, sino que deja afuera las verdaderas razones –económicas- fuera de la discusión. Sin embargo, la militancia tenía en su discurso muy instalado que se estaba librando una guerra, una guerra de intereses, una guerra a muerte. De esa palabra –guerra- lo único que sobrevivió fue la acepción más literal, la de las armas, dejando atrás toda una red de significaciones que hablaba mucho más de la contienda histórica entre los que tienen y los que necesitan. Por eso, a pesar de que “guerra” ha sido una palabra muy usada por los justificadores del genocidio, me parece que parte de nuestra tarea es recuperar las palabras y devolverles significados, o trocarles significados. Mis padres, por ejemplo, no están desaparecidos. Fueron asesinados durante la dictadura y sus cuerpos nunca nos fueron entregados. Guerra, desaparecidos, lucha, incluso militancia; por citar algunas palabras, son palabras que quedaron con significados congelados y me parece que es necesario descongelar. En el libro también tienen significados muy tiesos, porque es una niña la que usa el lenguaje de los adultos y les confiere los únicos significados que tiene a mano. Nosotros somos todos grandes, podemos empezar a mirar las palabras y desnudarlas.

 

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Raquel Robles

La protagonista de tu historia habla de “lo peor”. ¿Qué sería hoy “lo peor”? ¿Dónde estaría ahora la silueta del mayor peligro?

No creo que haya “peor” que la tortura y la muerte. Eso puede pasar hoy, y de hecho pasa, pero no de aquel modo institucionalizado e irreductible. En el contexto de hoy, en el marco del proceso que vivimos en este momento, creo que es muy malo –aunque no sé si “lo peor”- que haya tan pocos funcionarios dispuestos a aquella sintonía fina con la que se encaró la segunda presidencia de Cristina. Hay mucho de ese funcionario gris contento con su posición, que ha olvidado que la misión era mejorar las condiciones del área que le tocó, y que eso no es posible sin generar incomodidades, sin estar un poco incómodo, en definitiva, sin tocar intereses. Creo que es muy típica la actitud del burócrata, aunque también es preocupante la burocratización de la militancia, la idea de que para militar hay que obtener algún rédito personal o que se milita para mantener un estado de cosas, cuando la quintaesencia de la militancia es cambiar cosas.

¿Qué diferencia podés marcar entre aquella sociedad y esta?

Vivimos en mundos totalmente distintos. Aquella época estuvo marcada, tatuada para siempre con el terror, y hoy pueden sentirse muchas cosas, pero nada cercano a tener terror de la salir a la calle, de preguntar por tus amigos, de que los seres queridos no lleguen a tu casa. A partir de ahí, nada se parece a nada.

Este libro, que es de fácil lectura, supongo que podría llegar a manos pequeñas. Te pregunto: ¿a partir de qué edad un niño o niña estaría en condiciones de recibirlo con ganas de leerlo?

Cuando yo era chica no había tanta literatura “para niños”, aunque María Elena Walsh ya había aparecido en mi casa no se estilaba mucho. Entonces leímos libros que eran para todos y que fuimos resignificando y volviendo a leer con el tiempo. Creo que cualquiera puede entender, más o menos desde la edad que empieza a saber leer o a leer con fluidez, este libro. Pero tal vez haga falta estar un poco “de vuelta” para entender el dolor de estos niños. O entenderlo de otro modo. Creo que se puede confiar en los lectores. Cuando un libro todavía no es para cierta edad, simplemente no interesa, y cuando ya interesa, aunque no se entienda del todo, es porque ya se tiene la edad suficiente para leerlo.

 

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integra el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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