Nació en Buenos Aires en 1932. Publicó siete libros de poesía. Premiado por el Fondo Nacional de las Artes, obtuvo un Tercer Premio Municipal por su libro “Cactus con flores amarillas” y el Primer Premio Municipal por “Blue Lines”. Poemas suyos figuran en discos y antologías publicadas en Argentina y España y han sido traducidos al portugués, francés, inglés y alemán.
Colaborador en diversas publicaciones dedicadas siempre a la poesía, fue codirector de la revista Nueva Crítica y, junto con el poeta Enrique Puccia, del programa radial Hojas de Hierba.
Tradujo, entre varios autores de lengua inglesa y portuguesa, a Emily Dickinson, Edwin Muir, Clarice Lispector, Fernando Pessoa, Adelia Prado, Ledo Ivo y Machado de Assis.
Periodista profesional, se desempeñó como secretario de redacción de La Prensa, jefe de prensa del Fondo de las Artes y de la Academia Nacional de Bellas Artes y como coordinador y jefe de redacción en las editoriales Abril y Columba.

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EL HIMNO NACIONAL 

El himno nacional apagó las velas y salió por la puerta de servicio,
bordeó el parque Lezama, entró en el bar Británico
y esperó su café cortado con medialunas de manteca.
Los cartoneros, tirados en el pasto como cueros al sol,
se preguntaron sin palabras:
Ey, ¿no será ése el himno nacional?
El himno no sabía que su vestido había pasado de moda
y que lo llaman túnica, pero en cambio advirtió
que su túnica estaba manchada y desflecada.
Al bajar por la calle Brasil
tocó la campanilla de la iglesia ortodoxa
interrumpiendo la lenta combustión de un salmo.
Los celebrantes envolvieron al himno y, como caridad,
lo adornaron con lentejuelas bizantinas.
Uno de ellos le retocó las cejas y le tiñó los pelos de la barba
con una crema que se extrae del petróleo, importada de Rusia.
Sin dar las gracias, el himno bajó por la escalera de dos en dos,
cruzó Paseo Colón, alucinado, y enfiló hacia la costa.
Nadie le cortó el paso. El himno nacional es mudo cuando quiere;
también es invisible. Al divisar el río
descubrió que las aguas se abrían invitándolo
pero aumentó el olor, la pestilencia y no quiso y no pudo bañarse.
Prefirió descansar a la sombra de un ceibo
y recordar detalles de su vida: dos padres, la ausencia de una madre,
cómo se fracturó las costillas en un festejo patrio
y cómo perdió el brazo que sostenía una antorcha
y cómo le injertaron otro brazo.
Lo engañaron al himno, lo convidaron con vinagre,
lo obligaron a contar chistes en una cervecería del Bajo,
hizo de arco de triunfo, funcionario, milico,
maestro y estudiante al mismo tiempo.
Él, que nunca se tuvo por sublime, se cansó de ser todos.
Desorientado y huérfano, la marejada se lo entregó a la noche
y la noche, sin que él se diera cuenta,
lo tomó de los pliegues traseros de la túnica
y cuando amanecía lo devolvió al museo.
¡Qué pena, qué alegría reconocer los muebles portugueses,
las condecoraciones, las cartas, el silencio”
Y el himno entonces recuperó la voz.

EL JEFE NARCO
Yo era pobre, invisible. Aparecía en las inundaciones,
en los enfrentamientos con la policía,
en alguna cancioncita romántica.
Pero ahora soy rico y ustedes tienen miedo,
cierran todas las puertas, esconden a sus hijos,
les falta el aire, se les dispara el corazón.
Ustedes malgastaron la conciencia social
y ya no hay soluciones.
Somos los hombres-bombas.
En cada villa hay cientos de hombres-bombas.
Ustedes se debaten entre el bien y el mal;
nosotros somos la especie diferente,
bichos de cuatro ojos, pies ligeros.
La muerte para ustedes es un drama cristiano;
para nosotros es la comida diaria,
un zanjón al costado de la ruta.
En sus congresos los intelectuales
hablan de la lucha de clases,
la lava que alimenta los libros y ha cambiado la historia.
Pero entonces irrumpimos nosotros.
Señores: allí afuera está creciendo una tercera cosa
amasada en el barro, educada sin pisar una escuela,
diplomada en las cárceles,
un Alien entre los recovecos.
Hay un lenguaje nuevo detrás de la miseria
montado en Internet, en celulares, con chips,con megabytes.
Nosotros somos ágiles; ustedes lentos y administrativos.
Nosotros peleamos en nuestro territorio;
ustedes en una tierra extraña, la tierra que perdieron.
Nosotros somos crueles;
ustedes tienen la manía del humanitarismo.
No basta el sentimiento de culpa
para sentarse en la rama más sólida del árbol.
A los que se preguntan: ¿Qué podemos hacer?
les regalo una idea:
Atrapen a los barones del “polvo” y de las armas.
Empresarios, senadores, diputados, gremialistas, jueces,
presidentes esconden la cabeza, dejan libres las manos.
Vamos a ver quién puede con nosotros.
La solución sería una atómica sobre cada hormiguero.
Solución radioactiva, ¿se imaginan?
No hay más “normalidad”. Piensen en esto, piensen.

EL BALANCE DE SUPERMAN
Inmóvil en el hueco del huracán
me acostumbré a seguir naciendo.
Partero de mi mismo,
me alimento de organismos perfectos.
La justicia responde a mis pulgares
y el peligro afiló mis facciones.
Incursiono en un desfiladero de pantallas
a diez mil pies de altura
con la satisfacción de estar lejos
de la casa donde me dicen que nací.
Llegué a ver a través de los objetos
y a doblar el acero.
Mi reloj de aventuras detecta
a los amigos de verdad.
Las mujeres y los hombres que amé
y me amaron conservan su belleza.
Mi escritor preferido es Michel Onfray.
Puedo vivir sin soluciones.
Tengo 300 `pares de zapatos.

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EL PLAN DIVINO
El plan divino está debajo del colchón de los pobres
y en los frascos de perfume.
El plan divino cambia de pareceres y de ropa,
está en los socios que se citaron en el bar
para sumas y restas
y en los plátanos que bordean el casco primitivo del parque.
Alguien guarda monedas fuera de circulación,
una vulgaridad contra las tablas de la Ley
y allí está el plan divino.
Un secreto terrible o una cadena de silencios
y el plan divino pide que abandonemos definitivamente
Esta manera estúpida de vivir.
El plan divino aprieta el cuello del perverso
de cuya lengua brotan bellas plegarias
y juramentos falsos
pero también asiste a los amores,
al paraíso de la parturienta,
al semen en el papel higiénico.
El plan divino florece con la revolución
y cuando la revolución se pudre y hay que enterrarla
también florece.
El plan divino es un señor escondido en la piedra.
Con manos metafóricas
a punto de convertirse en garras
nos da la salud, nos da la enfermedad,
nos acorrala usando nuestras propias paredes,
la función corporal, la utopía del alma,
códigos, tradiciones, fracturas,
animales domésticos.
Nos mata el plan divino,
Nos deja solos ante el precipicio que debemos salvar
entre la desesperación y la confianza.
El tiempo, que no existe, es su mapa de ruta.
El plan divino cumple sus promesas.
El plan divino ve mejor en la noche, como el buho.

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