Mientras en la casa se ultiman los preparativos, un hombre se demora en bajar a la fiesta. Es su cumpleaños, y es también un momento en que los recuerdos lo acunan y casi le impiden moverse. El ardid familiar es enviar al nieto para que lo rescate de sí mismo, y como tantas veces en estos casos, ocurre lo contrario. Los recuerdos no se disipan, aunque es cierto que se ordenan. Ante ese niño que pregunta, el hombre, José, hilvana la historia de su vida, los momentos que la han marcado. De golpe surge un personaje importante, Urbino, de profesión cartero. Pero luego aparece uno mayor: el legendario John William Cooke, el ícono de la resistencia, el referente, desde la década del cincuenta, de toda la izquierda peronista. José lo trató durante un año inolvidable: él era un joven y el otro un mito de la política estaba cerca de la muerte. Además de la amistad, los ligó un secreto: una carta que Cooke escribió a Perón, y que está perdida desde entonces. ¿Perdida? Pues quizás no sea la palabra indicada. Mejor decir que aún no ha visto la luz, y quizás sea el momento de hacerla pública.

Con una prosa emotiva, que liga la lucha y la militancia a la memoria y los anhelos, en La última carta, Daniel Sorín recupera el personaje de John William Cooke y su legado. En el doble sentido de la palabra: la conducta y el ejemplo que legó, pero también, y más importante, el hecho de dar a otros, de recordar que la vida es transmisión y que eso nos salva del dolor del tiempo. 

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De entre tus ficciones que abrevan en la historia, La última carta es la que aborda más tangencialmente al personaje en cuestión, en este caso Cooke. ¿Cómo surge la idea de esa última carta y cómo hubiera modificado, la existencia de la misma, el panorama político?

No recuerdo cómo se me ocurrió ficcionar una última carta del Bebe a Perón en la que le diría que se estaba muriendo de cáncer. Lo que recuerdo es que una tarde lo llamé a Fagnani y le dije que tenía una idea, lo que no era del todo cierto. Le dije lo único que sabía: John William Cooke. Nada más. Me dijo que lo dejara pensar y que nos comunicáramos en quince días.

La carta en cuestión es un testamento, sus últimas palabras. No quiero adelantarme al lector, solamente diré que la carta está en la novela.

¿Cómo y por qué construís la relación nieto-abuelo que funciona como motor de la narración?

Me seguía dentro de mí el estruendo que me provocó un texto impar que había leído hacía años, una novela extraordinaria: El último encuentro. Yo creo que es el mejor trabajo de Marai. Tenía en la mente y en la piel ese racconto, mezcla de nostalgia y de lúcido pesimismo. Además, no había escrito algo así y me interesaba. Necesito cambiar, cambiar climas, voces, sobre todo voces, escenarios, fondos. Cambiar, no repetirme.

¿Sos o fuiste en algún momento de tu vida militante, peronista?

En los últimos años de los sesenta y los primeros de los setenta fui un militante de base, muy de quinta categoría, no en el peronismo sino en la izquierda. Pero a mí siempre me gustó del peronismo dos cosas: su negritud y su comprensión de lo nacional. Aprecio al peronismo por lo mismo que lo odian los gorilas.

En la construcción de la memoria emotiva del protagonista de La última carta destaca vívidamente el mundo de la música. ¿Cuál es tu acercamiento con esta arte?

La música es para mí —como para José, el protagonista— un territorio amado pero ajeno. Es la parte autobiográfica de la novela. Mi viejo tocaba el violonchelo de forma amateur en un cuarteto. Los músicos del Cuarteto Guayaquil, tal su nombre, interpretaban a los clásicos tardíos y a los primeros románticos. Se reunían en el taller de un tornero, la viola del cuarteto, allí escuché a Haydn, Mozart y Beethoven, a Schubert, Schumann y Brahms. Eran músicos aficionados, que tocaban sin formalidad y con el vino presto. A los diez u once años fui al Colón, había llegado Stravinski, y no podía creer que los músicos de la Sinfónica, mi tío Héctor entre ellos, estuviesen de smoking. ¡Si a Mozart se lo interpretaba con la misma ingenuidad que a una zamba de Yupanqui! La música tiene poderes inmensos y sin embargo ordinarios, porque ejerce influencia en todos. La música me transforma pero, lamentablemente, carezco del don para interpretarla. Me hubiese gustado, es lo que más anhelé. Pero, somos lo que somos.

Hay en la novela un personaje interesantísimo, el cartero Urbino.

Urbino es un cartero, un cartero que roba cartas para entender el alma humana. Debía ser un simple porta­dor de noticias, pero su espíritu inquieto se resistió a tal destino. Con los años se fue convirtiendo en un estu­dioso de la correspondencia, lo que en su lógica equivalía a decir del alma humana. Por supuesto que la mayoría de las cartas no tenían la menor importancia, pero otras encerraban histo­rias y refle­xiones que logra­ron atraparlo como ninguna otra cosa. Un cartero ladrón de cartas que estudia en ellas las profundidades abismales del alma humana, una alquimia en un mar de palabras.

Urbino nació en el amanecer del siglo pasado a orillas del río Reconquista, en un paraje de nombre sugestivo: Paso del Rey. Allí creció entre sapos, comadrejas, perros y alimañas. Después recaló en Buenos Aires trabajando en diferentes oficios. Eran tiempos del Peludo, dura época de inmigrantes nostálgicos. La suerte quiso que trabase relación con italianos, judíos y alemanes, europeos pobres recién bajados de inmundos barcos, que se juntaban a leer libros alrededor de un fuego clandestino. Qué emoción y goce para ese joven que apenas deletreaba las palabras.

 

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Daniel Sorín

José, el personaje y narrador decidió desaparecer. ¿Por qué lo hiciste desaparecer?

Hay una historia que cuenta Stefan Zweig muy interesante. La víspera de Waterloo, Napoleón había mandado al mariscal Grouchy a perseguir a los austríacos para que no uniesen sus fuerzas con las del duque de Wellington. El mariscal Grouchy no era arrojado como Murat, ni un estratega brillante como Saint-Cyr o Berthier, ni un héroe como Ney. Zweig lo describe como un soldado de mediana inteligencia, recto y obediente. Había peleado con él durante veinte años en España, Rusia, Holanda e Italia; era un guerrero que había alcanzado a ser mariscal gracias al paso del tiempo, la muerte de los mejores y su inquebrantable lealtad.

Grouchy fue detrás de los enemigos, pero sin lograr darles caza. Todo lo contrario, la columna de polvo que provocaba la caballería austríaca en su galope dejó, con el correr de las horas, de dibujarse en el horizonte. Como si se los hubiese tragado la tierra. Sus lugartenientes conjeturaron que los perseguidos habían hecho un rodeo y le explicaron que, seguramente para ese momento, ya estaban en camino de unirse a las tropas inglesas. Querían que vuelva sobre sus pasos para unir líneas con el Emperador.

El mariscal descubrió con terror que Europa y la historia dependían de él. Pero Grouchy era apenas un pequeño hombre mediocre. No podía imaginarse decidiendo el destino y tal avatar le resultaba del todo inconcebible. Y se asustó. No quería, no podía decidir. «Me ordenó perseguirlos», dijo, y se apegó a la letra escrita. A la estricta letra escrita. Siguió en la misma dirección, persiguiendo a un enemigo que en ese mismo momento se reunía con las tropas inglesas. Para mal de Napoleón, la historia y Europa.

José no quiere que la última carta de Cooke a Perón —su testamento político— caiga en las manos equivocadas —el Bebe había querido recuperarla por eso mismo—; y se reconoce tan mediocre como Grouchy. Por eso desaparece. José y el mariscal pueden no ser geniales, pero no traicionan. José, el mediocre, tiene la sabiduría de reconocer sus límites.

 ¿Qué lugar ocupa Cooke en el panteón peronista?

Cooke fue increíble. De pibe era radical, como su padre. Hasta 1942 era ferviente aliadófilo y participante activo de la Unión Universitaria Intransigente. Cuando a principios de 1945 su padre, Juan Isaac Cooke, conoce a Perón todo cambia. El coronel nombra al padre como canciller porque necesitaba una figura presentable para Estados Unidos. Como devolución, el Bebe integra las listas de candidatos a diputados para las elecciones del verano del 46. Lo fundamental es esto: Perón no sabía, el padre no sabía, el mismo Bebe no sabía que él, el Bebe, sería John William Cooke.

Fue peronista, no por conveniencia, sino por antiimperialista. Fue un diputado brillante, extremadamente brillante, por estudioso, por trabajador y por inteligente. Pero poco afecto al «sí, mi general». No es que se cortara con la suya, si hasta votó cosas en las que no estaba de acuerdo, pero era un problema. Cooke era un problema. Era de esos tipos que sirven para llegar al poder, pero no para mantenerlo. Así que en el 1952 no fue candidato y dejó la cámara.

Del 52 hasta poco antes del golpe dirigió una revista que apoyaba al gobierno pero le decía de todo a los que llamaba «burócratas». Después del golpe organizó la lucha espontánea y Perón lo nombró su delegado y jefe de la Resistencia. También interviene activamente en el pacto Perón-Frondizi. Fue hombre del General hasta la huelga del frigorífico Lisandro de la Torre, allí la burocracia sindical pidió su cabeza y Perón se la dio.

Inmediatamente después llega la Revolución Cubana. Cooke la abraza. Quien definió al peronismo como el fenómeno maldito del país burgués fue él mismo, el fenómeno maldito del fenómeno. Para Cooke si el peronismo no avanzaba hacia el socialismo se negaba a sí mismo.

¿Qué lugar ocupa el menemismo en la historia peronista y cuál el kirchnerismo?

El primer peronismo navegó tiempos de tránsito de la dominación británica a la norteamericana. Ese peronismo redefinió la relación del país con la nueva potencia hegemónica y con un mundo bipolar. El menemismo es el peronismo del Consenso de Washington y de un mundo unipolar. Y el kirchnerismo es el peronismo de un paciente movimiento hacia una hegemonía multipolar. Como esta navegación puede llevar décadas, el kirchnerismo no lo completará totalmente.

Pero lo que realmente me preocupa es que en veinte años reproduzcamos con China nuestras relaciones con Inglaterra: vender materia prima y comprar manufactura. Porque a una Argentina agroexportadora le sobra más de la mitad de la población. Es un problema serio. De ahí la importancia capital de un bloque regional.

¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto?

Obvio. ¿Hay otra cosa mejor para hacer? Los proyectos son secretos, lo único que puedo decirte, Damián, es que el 2014 se publica la saga de El cerco.

 

Sobre El Autor

Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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