RULETA GAUCHA | Entrevista a Leila Guerriero

En enero del año 2011, Leila Guerriero viajó hasta un pequeño pueblo del interior de Argentina para contar la historia de una competencia de baile folklórico: el Festival Nacional de Malambo de Laborde. El malambo es un baile tradicional entre los gauchos argentinos y el festival termina con la coronación de un campeón. Para resguardar el prestigio del certamen, los campeones han hecho un pacto: una vez que ganan, ya no pueden volver a presentarse en otra competencia. La segunda noche, Guerriero vio a un bailarín que la dejó paralizada, Rodolfo González Alcántara, y decidió contar su historia. El resultado es esta crónica repleta de suspenso y plagada de personajes entrañables en la que González Alcántara cobra las dimensiones de un gladiador trágico. Este libro cuenta la más difícil de las épicas: la épica del hombre común. 

¿Cómo nace Una historia sencilla? ¿Por qué quisiste contar la historia de esta competencia?

Hace algunos años, en 2008 o 2009, vi un pequeño artículo publicado en el suplemento de espectáculos del diario La Nación, firmado por Gabriel Plaza. El título era “Los atletas del folklore ya están listos”. La nota hablaba de un festival de baile folklórico, el festival nacional de malambo de Laborde. Decía que era el más prestigioso en su tipo, que existía desde 1966, y que los participantes debían entrenarse casi como atletas, debido a la enorme exigencia del baile. Mencionaba que cada año el festival coronaba un campeón, que ese campeón lo era para toda la vida, pero que el premio no consistía en dinero: lo que importaba era el prestigio, el reconocimiento de los pares. Creo que todas esas cosas –que fuera un festival tan prestigioso y tan secreto; que los bailarines tuvieran que enfrentar el entrenamiento de atletas; que ganar el título implicara un prestigio tan grande; que el título máximo fuera el de “campeón” (no hay muchas disciplinas artísticas que premien con ese título: ¿existe el Campeón Mundial de Novela Negra, o el Campeón nacional de ballet?)- me despertaron una enorme curiosidad. Después supe que, además, por un pacto tácito establecido entre los campeones desde 1966, quienes ganan no pueden volver a presentarse en una competencia profesional de malambo nunca más, con lo cual el malambo con el que se consagran es, también, el último de sus vidas. Para mí era evidente que ahí había una historia: una competencia que, a cambio de llevárselo todo, otorga un premio que consiste en un gigantesco valor simbólico, y nada más (y nada menos). En tiempos en los que la fama sólo se piensa como lo que está adentro de una pantalla y tiene cuarenta puntos de rating, esto era casi revolucionario.

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¿Cómo es el pasaje del periodismo a la literatura? 

Si te referís a cómo es el pasaje del periodismo a la literatura de ficción, en mi caso no es. Yo no escribo ficción. Este libro es un libro periodístico. No hay ni escenas ni personajes inventados. Es puro reporteo en territorio. Todo lo que se cuenta sucedió. Tomás Eloy Martínez decía que el periodismo es una forma de literatura: literatura de no ficción. Y con eso estoy de acuerdo. Pero no sé por qué siempre que vemos un texto periodístico en el que el periodista intenta no pifiarle con las comas y poner más o menos donde deben ir el sujeto, el verbo y el predicado, empezamos a hablar de literatura. Como si ser literatura fuera una especie de upgrade sin el cual el periodismo no pudiera vivir.

¿Cómo fue el proceso de investigación y escritura?

Fui al festival tres años consecutivos –desde 2011 y hasta 2013- y seguí al protagonista, Rodolfo González Alcántara, durante todo ese tiempo. Me senté a escribir en febrero de 2013, pero no pensé que iba a escribir un libro, sino un artículo largo. El libro apareció durante el proceso de escritura, que fue complejo, tortuoso, difícil. El título del libro es tan engañoso como el de la película de David Lynch, de donde está tomado. Son historias muy difíciles de contar, porque cómo hacer que lo simple no sea ramplón, que lo bueno no sea ñoño.

¿Cuál es la primera impresión que tuviste de Alcántara? ¿Cómo fue el vínculo con él y su mundo?

La que se cuenta en el libro: lo vi bailar la segunda o tercera noche del festival, y lo que vi me dejó muda, incluso cuando no tenía muchas herramientas técnicas para entender si bailaba bien o no. Al verlo sobre el escenario me pareció que medía dos metros y medio, pero cuando corrí a los camarines a buscarlo me encontré con un tipo de un metro cincuenta, una especie de bautista estremecido: se había quitado la chaqueta y el chiripá, llevaba el cribo y la camisa blancos, chorreaba sudor y estaba temblando por la adrenalina. Rodolfo fue muy generoso conmigo, me permitió un acceso irrestricto a su entorno y, sobre todo, me dejó estar presente en momentos de su entrenamiento que exigían un enorme grado de soledad. Esos momentos no eran para compartir con nadie, ni siquiera conmigo. O mucho menos conmigo. Y sin embargo, yo me quedé y él me permitió quedarme, en un mudo y elegante acuerdo entre caballeros.

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¿La entrevista es un tipo textual muy particular que has recorrido bastante, qué podés decirnos acerca del arte de generar un diálogo?

No he escrito jamás una entrevista pregunta-respuesta. La entrevista como artefacto narrativo me interesa muchísimo como lectora, pero no podría escribirla. De todos modos, creo que cuando hago una entrevista trato de desaparecer, de desdibujarme, de ser completamente opaca. Una entrevista no es una competencia para establecer quién es más inteligente, sino el momento para que se despliegue, ayudado por las –ojalá muy pocas- preguntas del otro.

¿Cuáles han sido tus personajes favoritos en esta historia?

No tengo “personajes” favoritos. No me gusta referirme a las personas cuyas historias cuento como “personajes”. Son personas, no muñecos. No viven según un guión. Todos ellos son entrañables y viles y maravillosos y tremendos y oscuros y luminosos al mismo tiempo. Si los coleccionara, como si fueran relojes o autos, quizás tendría favoritos. Pero mi trabajo es tratar de contar sus historias. No coleccionarlos.

¿Pensás que tu seguimiento afecta, en algún sentido, la historia que se va contando? ¿Y el resultado final?

En general, creo que no, pero en el caso de Laborde esta pregunta apareció, y quedó muy explícita a lo largo de todo el libro, por la misma naturaleza de la historia. Yo seguí durante tres años a un tipo, Rodolfo, que estaba empeñado en ganar una competencia de baile en la que se jugaba todo: su futuro y el sueño más grande de toda su vida. Mi pregunta era ¿hasta qué punto Rodolfo no siente como una presión el hecho de que haya una periodista siguiéndolo a todas partes? ¿No afecta eso su capacidad de concentración; no lo pone más nervioso, más tenso; no podría eso modificar, en última instancia, la calidad de su baile y, por tanto, el resultado de esta competencia? Yo, sin embargo, jamás di un paso atrás. Era un pacto de adultos: él sabía lo que hacía, yo también. Y allá fuimos, cada uno a hacer lo mejor que pudo su trabajo.

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¿En qué sentido puede decirse que Una historia sencilla es un relato épico?

Bueno, no sé si soy la más indicada para calificar así el trabajo. Yo creo que sí es un relato épico, pero hay que ver qué piensan quienes lo leen. Si tengo que decir por qué a mí me parece épico, diría que porque Rodolfo es una especie de héroe contemporáneo, un tipo que nació en un entorno social muy humilde, que eligió una vocación complicada -la vocación artística- y que se jugó entero por eso, aún cuando todo indicaba que era una locura. Pero además, todo lo que sucede en Laborde es épico. Para mencionar sólo una cosa, ver caminar a un malambista hacia el baile que quizás sea el último de su vida, verlo dirigirse erguido y digno hacia ese sacrificio, lleno de miedo y de coraje, tiene una épica que te levanta del suelo. Es como ver a un gladiador caminando hacia la arena: alguien que sabe que, aún si todo sale bien, él no saldrá vivo de ahí.

¿Pensás que es posible hacer una lectura política de esta historia? ¿En qué sentido?

Una lectura social como la que hace el libro es, creo, una lectura política. Si me hubiera interesado hacer otra lectura política de esta historia, la hubiera plasmado en el libro. No la hubiera reservado para contarla, un año después, en una entrevista.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Roxana Artal

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Se formó como actriz con maestros de la talla de Carlos Gandolfo y Augusto Fernándes. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro. Se desempeña como periodista cultural. Colaboró en publicaciones como Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla (México); Agulha Revista de Cultura (Brasil); El ojo de la tormenta, Metaliteratura (Argentina), entre otras. Se dedica también al trabajo social, desarrollando diversas actividades en escuelas rurales del interior del país.

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