Luisa Valenzuela en su reciente obra “Entrecruzamientos” editada por Alfaguara, propone deliciosos puentes que comunican textos, citas, documentos que vinculan la producción literaria de dos célebres autores, Julio Cortázar y Carlos Fuentes. Y también la de la autora misma.

Los pensamientos, la escritura, las intimidades de cada uno de ellos se ve reflejada en un juego de espejos múltiples que provocan miradas enlazadas que van expandiéndose en el texto, llevando inevitablemente al lector a recorrerlo de modo vertiginoso. Los espejos van refractando deliciosamente ficción y experiencias personales, cartas íntimas y excelentes referencias filosóficas y literarias, así como también reflexiones personales de la escritora.

Los espejos múltiples entrecruzan en este libro no sólo a tres grandes escritores, sino que atraen inevitablemente al lector quien definitivamente queda también enlazado en esta multiplicidad.

 ¿Cómo surge en tu imaginario el plan de entrecruzamientos?¿Cuál ha sido la idea prima que te llevó a escribir este libro? ¿Qué autores o críticos literarios te han influenciado para hacerlo?

Lamento reconocer que no soy susceptible a las influencias, al menos no de manera conciente. Quizá sea un error, o una carencia de mi parte. Me lo han señalado los críticos, como si mi obra naciera por generación espontánea… por eso ahora entiendo que este libro se fue gestando a lo largo de muchísimos años de lecturas y de encuentros y me encontré con gran cantidad de material sobre Carlos Fuentes, había sido invitada a presentar varios de sus libros, también sobre Cortázar. Ambos son santos de mi absoluta devoción, eran amigos entre ellos y a su vez se admiraban mutuamente. Los conocí bien a ambos, cada uno por su lado, y creía tener un libro casi servido en bandeja. Simple, con secciones separadas y una intermedia y breve que titularía “Abrazos”. Grande fue mi sorpresa cuando empezaron a aparecer infinidad de entrecruzamientos insospechados en un principio, con lo que la tarea me resultó mucho más ardua y a la vez muchísimo más estimulante y enriquecedora.

 ¿Cómo realizaste el trabajo de investigación de documentación, manuscritos, cartas, notas, para poder producir los enlaces que proponés en el libro?

Navegaba por aguas muy exploradas ya por mí, por lo cual resultó un trabajo rápido pero de inmersión total. Me zambullí en ese mar de libros e información y referencias. En mi estudio monté una tabla de dos metros sobre caballetes y allí y en mi escritorio desparramé todo el material sobre ellos que tenía, que era vasto, y acudí a google como es lógico, pero siempre desde mi conocimiento profundo de la obra de ambos, y respondiendo casi sin querer a mi antigua formación de periodista que me allanó el camino de la construcción de una narrativa. Se dieron, no es de asombrarse, lo que llamé “instancias cortazarianas” cuando el azar (o las célebres sincronicidades junguianas que tanto apreciaban ambos escritores) que me ponían en contacto con entrecruzamientos inexplorados pero válidos.

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 Las diferencias descriptas en cada capítulo entre Julio Cortázar y Carlos Fuentes, que luego derivan en un punto de convergencia entre ambos ¿responden a la inscripción de este libro en el género “comparatista”, además de formar parte de tu propia experiencia?

Soy una escritora de ficción, no una crítica o ensayista. Lo que sí tuve en cuenta desde un principio es que el eje de mi trabajo serían los dos libros póstumos, Federico en su balcón, de Carlos Fuentes y el libro de la perfecta geometría del sueño recurrente del que Julio Cortázar me habló poco tiempo antes de su muerte. Siendo Nietzsche el Federico del balcón de Fuentes, entendí el trazo que su filosofía fue dibujando en toda la obra de este autor. Y habiéndome Julio confesado que en ese libro del sueño, no escrito con palabras sino con figuras geométricas, había logrado por fin decir todo lo que había intentado decir en el resto de su obra, me interné en la huella de lo que él había intentado decir y de hecho dijo. Total, que partí de la narrativa de ambos, y de la pasión de ambos, entremezclando la mía casi sin quererlo, y de ese furor  inspiracional, si es que puede usar el neologismo y si no le tememos a la palabra inspiración, se fue gestando ese texto ecléctico, que después Nathalie Goldwaser con su ensayo me hizo entender como un trabajo comparatístico. Y ahí se coló el espíritu Rayuela, porque si bien en la edición Mexicana, que fue la inicial, el texto de esta crítica aparecía de prólogo, pensamos que para la edición argentina sería más adecuado tenerlo de epílogo, pero por un grave error de compaginación ahora el libro local aparece con una fe de erratas que dice, abrevio: “el texto que figura en las páginas 9 a 13 pertenece a la sección colofón de la página 255.” Como quien salta de un capítulo a otro, distante, cotazarianamente.

 En este marco, ¿los cruces propuestos intentan intensificar los opuestos entre ambos escritores o, por el contrario, resaltar los puntos de encuentro?

Más bien proponen un diálogo entre estos dos autores, y como suele suceder, a veces están de acuerdo y coinciden, a veces discrepan y ven un tema similar desde lugares muy  distintos. El vampirismo, para poner un ejemplo, o el tiempo. Eso me interesó profundamente: las miradas a veces convergentes y a veces divergentes, pero siempre tan lúcidas y brillantes que sorprenden, y en pos de algo que no puede ser dicho pero que nos lo ponen allí, al alcance de una lectura más profunda. Son dos autores que en verdad nos enseñan a leer a fondo, en los silencios, en las entrelíneas, en los espiralados vericuetos del decir.

 Tu elección para hacer referencia a otros escritores y filósofos (Nietzsche, Shakespeare, Borges, Virginia Woolf, Gabriel García Márquez, Walter Benjamin, entre muchos otros) ¿es solamente a los efectos de establecer los puentes necesarios para cruzar a Cortázar y Fuentes y así hacer progresar el texto? ¿O también conforman referentes personales que han marcado tu escritura o te han influenciado? ¿O tal vez ambas situaciones?

Ambas situaciones, claro está, porque las referencias que se traen a colación son reverberaciones de nuestros referentes. Pero por supuesto ofician de puente, caso contrario no tendrían razón de aparecer en el libro. Al fin y al cabo a lo largo de los años una ha ido formando toda una gran biblioteca interior, sería extenuante e inútil aludir a todos los referentes. Los que aparecen –salvo quizá García Márquez porque él está relacionado directamente con la creación, junto con Fuentes, de la Cátedra Julio Cortázar en Guadalajara– aparecen porque asocié algún texto de ellos con algún aspecto de la obra de ambos, y los pude hacer jugar a dúo o en contrapunto.

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 Por la extensión y dedicación en tu libro al tema de los maestros de ambos escritores, intuyo de tu parte una fuerte importancia atribuida a esta figura. ¿Qué podés decirnos de ello? ¿Cuáles han sido o siguen siendo tus maestros?

Creo que es envidiable la relación tan intensa que ha tenido Fuentes con Alfonso Reyes –del que siempre hizo referencia–, y Cortázar con Vicente Fatone, a quien de grande intentó olvidar por motivos que ignoramos pero que planteé en mi libro. Por mi parte no tuve a nadie con ese nivel de proximidad, pero es cierto que una se nutre de quienes nos rodearon en la adolescencia. Y Borges por ejemplo frecuentaba mucho mi casa materna, aunque no puedo jactarme de que haya sido mi maestro. También estaban allí Sábato, y los grandes poetas, y los republicanos españoles, así que habría tenido para elegir. Pero siempre fui díscola y ecléctica, así que los escuchaba con sumo interés y después partía en pos de aventuras menos intelectuales.

 Teniendo personalidades tan antagónicas -introvertido uno, extrovertido el otro- ambos autores coinciden en una escritura intensa y transgresora. ¿A qué lo atribuís?

Podría contestarte que a la época, pensemos que eran los tiempos del llamado Boom, cuando la literatura, y sobre todo la latinoamericana, lo era todo. Pero me interesa más mencionar el espíritu exploratorio de ambos, el necesitar, cada uno a su manera –barroca o clásica—exprimió el lenguaje hasta arrancarle su máxima posibilidad de expresión. Intentaban y por momentos lo lograban, para parafrasear a  Dario Antiseri refiriéndose a Wittgestein, delinear los confines de la isla para poder tocar  con la mano los límites del Océano (del conocimiento).

 Utilizás determinados elementos que colocás en el relato para hacer funcionar los cruces: las distancias, los viajes y las cartas. ¿Forman parte de una elección estética, amén de estar  estos elementos mencionados en las experiencias de los protagonistas por vos narradas?

El calificativo “estética” me incomoda. Más bien creo que oficiaron como los llamados atractores extraños, que en la teoría del caos son los que organizan un sistema caótico para devolverlo a su cauce.

 Desde el punto de vista estrictamente formal, la organización del texto en capítulos nominados con las letras del alfabeto remite directamente al texto “Fragmentos de un Discurso Amoroso” de Roland Barthes. ¿Tu elección de este orden a qué obedece?

Mi propuesta inicial fue la de organizar un juego, del tipo Juego de la Oca. Pero para seguir avanzando sin retroceder, entonces pensé más bien en un laberinto espiralado, como rayuela circular, que tuviera casilleros. Dio la casualidad que fueran 26 los capítulos, razón por la cual el alfabeto estaba cantado. Es algo que siento muy cercano, no en vano escribí un ABC de las microfábulas. Pero también lo asocié con el libro En esto Creo, de Fuentes, que está así organizado. Y para armar la imagen especular y cerrar el círculo, en esos días apareció el libro de Julio Ortega que organiza alfabéticamente textos de su tocayo Cortázar.

 En referencia al libro de Barthes antes mencionado, en el que el mismo autor escribe que el “principio activo” de su texto no es “lo que dice, sino lo que articula”… ¿Podría pensarse que es este mismo “principio activo” el que construye “Entrecruzamientos”?

Sí, es una muy interesante manera de verlo. Te agradezco.

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El tiempo y la historia también son conceptos que funcionan enlazando, por un lado las divergencias y convergencias de Julio Cortázar y Carlos Fuentes según vos, y por otro lado, en un plano textual entretejiendo la narración uniendo ficción, documentos “reales”, citas, referencias a otros textos y mezcolanza de géneros. ¿Cuál es tu concepción del tiempo  y de la historia, o por lo menos cuál ha sido al momento de escribir este libro?

No entiendo las comillas ante la noción de documentos “reales”, dado que están al alcance del público, a menos que como Nabokov pienses que la palabra realidad hay que escribirla siempre entrecomillada… Es un excelente propuesta. Pero contestando a tu pregunta, en el libro propuse que si para Fuentes el tiempo es multiplicidad y eventual sobreimpresión, para Cortázar el tiempo parecería ser elástico y/o torsado como cinta de Moebius, o bifurcado, como los senderos del célebre jardín de Borges. Yo jugué entre las dos nociones, y la física cuántica siempre viene en nuestro socorro cuando entramos en esta dimensión desconocida.

 ¿Podría decirse que además de autora y constructora de este libro en el que en definitiva los protagonistas principales son Julio Cortázar, Carlos Fuentes y sus “entrecruzamientos”, vos participes como una protagonista más del texto?

Podría decirse, sí, alguna manera. Soy como te dije narradora de alma,  y en la narración siempre el ojo de quien narra aparece entre líneas. Por otra parte, está mi intervención personal, o en intercambios con ambos autores, por ejemplo el diálogo con Fuentes público con Fuentes en Nueva York, inédito hasta entonces (pero tengo los documentos)  y conversaciones con Julio de índole verdaderamente amistosa a la vez que literaria (como cuando me contó su sueño recurrente de la perfecta geometría) que me llevaba a sentirlo más que como un maestro –que en verdad lo fue—como un compinche  .

 

Sobre El Autor

Abogada egresada de la UBA en 2004. Estudió Licenciatura en Letras en la UBA desde 1995 hasta 2000. Recibió el premio "Proyecto de Investigación sobre el Discurso Jurídico" otorgado por el Dr. Germán Bidart Campos, titular del Instituto de Investigaciones Ambrosio Gioja de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales UBA. Integra el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno

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