Licenciado en Geografía e Historia, especialidad de Historia Antigua y Medieval, por la Universidad Autónoma de Madrid, Alfonso Mateo-Sagasta trabajó como arqueólogo, fue cofundador de la librería Tipo, especializada en arqueología y antropología, y editor de la revista Arqrítica. Es autor de El olor de las especias (2003); Ladrones de tinta (2004), que fue galardonada en 2005 con el Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza y el Premio Espartaco de Novela Histórica; El gabinete de las maravillas (2006), ganadora también en el año 2007 del Premio Espartaco; Las caras del tigre (2009), y Caminarás con el sol galardonada en 2011 con el Premio Caja Granada de Novela Histórica y publicada por Grijalbo. El reino de los hombres sin amor supone una nueva entrega de las aventuras de Isidoro Montemayor, protagonista de Ladrones de tinta y El gabinete de las maravillas.

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Alfonso Mateo-Sagasta

-Por cierto -comentó Lope-, he estado reflexionando sobre su idea de Fuente Ovejuna. Creo que la voy a utilizar. Al fin y al cabo tenía usted razón, el tema de fondo ya lo traté en Peribáñez y tuvo muy buena acogida.

Ladrones de tinta

¿Cómo nace en vos la vocación literaria?

En realidad, no empecé a escribir sino a jugar con la literatura; como una salida de lo que, creía, era mi verdadera vocación, la historia. Me encantaba la historia desde niño.

Trabajé diez u once años en una librería que fundamos con un compañero. Éramos dos, y la librería se especializaba en arqueología y antropología. Era muy poco comercial; requerida por museos, universidades e instituciones. A partir de ahí me fui convirtiendo en un gestor, un funcionario administrativo. La primer parte de nuestro tiempo se nos agotaba en trámites, en gestionar papeles para las aduanas, los ingresos, en fin…, cada vez nos alejábamos más del mundo académico. Para mantener las ganas de investigar, me inventé esta novela, que acabó siendo El olor de las Especias; funcionó como una iniciativa para estimularme, para estimular la investigación.

Situaste esa primera novela en el medioevo español

A mitad del  medioevo, siglo X, en la Península Ibérica; durante el reinado de Alhakén ll el segundo califa omeya de Córdoba. Es una historia de aventuras de un grupo de cristianos del norte, que acompañan en ese momento a Alhakén ll, que prácticamente reinaba  en toda la península; es el Califa de todos. Sucede que los reyes cristianos no rinden pleitesía al Califa de Córdoba. Acuden a él para que medie en sus conflictos. Entonces es una comitiva  de un aspirante a la corona de Castilla, Macedonio IV,  que acude a Alhakén ll el Segundo para que éste le ayude a recuperar el trono.

Eso es real…y con toda esa historia de fondo hago una ficción de aventuras. Esa es mi primera novela. La escribí dos o tres años antes de cerrar la librería. Fue un poco para mantener el estímulo de seguir leyendo, seguir investigando. Cuando cerramos la librería, tenía escritos tres o cuatro capítulos. Les habré dado la vuelta veinte veces, a lo largo de casi tres años. Entonces, finalmente, me planté a escribir la novela.

¿Y hoy en día te dedicás sólo a escribir?

Sí, ahora me dedico a escribir, solamente. Después de El olor de las Especias es cuando escribí Ladrones de Tinta.

Y da comienzo la saga de Isidoro Montemayor.

Bueno, tengo Ladrones de Tinta, después escribí El gabinete de las Maravillas, que es la segunda. Ladrones de Tinta fue una experiencia maravillosa. Fue una forma de volver a ver no sólo la literatura, sino también la historia. Y de dar la vuelta y empezar a concebir el mundo narrativo como una unidad. La verdadera proeza de Cervantes fue romper la raya divisoria entre la verdad y la ficción. Creo que eso es maravilloso para un escritor de ficción. Y también para alguien que viene de la “Historia” con mayúsculas. Ahí te das cuenta, realmente, que la “Historia”, con mayúscula, también es una ficción. En mis obras los elementos y hechos que acontecen son históricos, aunque sometidos a una manipulación orientada a llevarlo, todo, al terreno literario.

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Madrid, verano de 1614. Han pasado diez años desde que Francisco Robles publicara El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, una novela descabellada de Miguel de Cervantes que tuvo un éxito arrollador. Poco después un autor desconocido, Alonso Fernández de Avellaneda, acaba de publicar una segunda parte de aquella historia a espaldas del autor y editor originales. Robles, frustrado y furioso por lo que le parece un robo que mermará sus ganancias y preocupado por los insultos que se dedican a Cervantes ya desde el prólogo, encarga a uno de sus empleados, Isidoro Montemayor “eterno aspirante a hidalgo, gacetillero, corrector de pruebas de imprenta y tahúr”, que averigüe quién se oculta tras el evidente seudónimo. Desde los círculos literarios más selectos hasta los tugurios de peor reputación, Isidoro Montemayor seguirá las pistas que, entre intrigas palaciegas, envidias perniciosas y juegos de corte, lo llevarán a develar el misterio literario más relevante del Siglo de Oro.

¿Cuánto tiene de construcción intelectual y política  la “Historia” con mayúscula?

Para mí, la realidad histórica no existe. La “Historia” con mayúsculas es una construcción artificial. Es un acuerdo social inconciente, no creo que se reúnan una serie de tipos y definan cómo va a ser la historia.

Acá en los últimos  años surgió una corriente muy interesante de historiadores reformistas que tratan de narrar la historia desde otro lugar. No desde el lugar de los personajes principales de la alta sociedad y los próceres destacados, sino desde las fuerzas subyacentes de las clases bajas. Hay una discusión grande.

Sí, pero la grandeza de la historia es que todo vale, hay tantísimas escuelas históricas. Unas apuestan por la economía como motor de la historia, otras por los movimientos sociales, otras se recuestan en las jerarquías. Pero la real historia no existe, es la gran ventaja.

El gran error de los historiadores “profesionales” es  considerar que la verdad histórica existe y es a lo que hay que tender. Yo creo que no. Creo que la verdad histórica no existe. Hay tantas historias como personas. Tenemos datos, una serie de datos, pero no significan nada, absolutamente nada. La historia es la interpretación de esos datos.

La historia la entendemos como una correlación de causas y efectos. Esas causas y efectos los construimos siempre mirando hacia atrás. Y, mirando hacia atrás, todos encajamos la historia como queremos y eso es evidente; porque ha pasado esto, o lo otro. No podría haber sido de otra manera. Y no es verdad, no es cierto, eso es una adaptación posterior.

Lo único que existe, en verdad, es el presente; el presente y el deseo de futuro de los pueblos.

Mis libros son novelas históricas, desde el punto de vista que deconstruyo cuidadosamente un entorno; soy muy cuidadoso con los detalles. A mi me interesa mucho el día a día, los horarios, las comidas, las bebidas, los ritmos de vida. En todo eso sí soy meticuloso. Pero eso no es historia. Es un marco.

La historia es quién hizo qué y por qué, y para qué. Y, de todo eso, no tenemos ni idea; todo eso es pura ficción. Los historiadores “profesionales” lo narran como quieren y yo me siento con la absoluta libertad de hacerlo como quiero, también. Lo que yo siento es historia, es mí historia.

A mi lo que me gusta e interesa de los libros de historia, y queda claro que no me refiero a los que “pretenden contar la historia”, es justamente eso, la posibilidad de  abrir puertas para poder definir qué historia quiere uno narrar, qué historia uno quiere entender, qué historia asimilar.

Los libros te hacen preguntas por todo. Ninguna actividad intelectual intenta dar respuestas, sino generar preguntas. Ahí está la parte fundamental de la “Historia”.

¿Qué libros historistas te parecen interesantes? Actuales o no.

Es muy difícil diferenciar cuáles son los más importantes para la historia de la literatura o para mí, en lo personal. Pero, sí podría decir que a mí me marcó, tal vez por la época en que lo leí, Alejo Carpentier, El Siglo de las Luces; esa novela  fue un descubrimiento maravilloso. Si hablamos de Argentina, me encantó Mujica Láinez, también maravilloso, y es curioso que lo tengan olvidado. Bomarzo me parece una novela espectacular. En fin, son muchos los libros y  autores valiosos y, a pesar de ello, algunos han sido olvidados. Pero, el libro que me descubrió toda posibilidad fue  Memorias de Adriano, de Yourcenar. Yo no sé si el original suena igual, yo lo leí  traducido por Cortázar, la traducción de Cortázar es maravillosa.

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Es remarcable en tus novelas la reconstrucción de la vida cotidiana y de las costumbres de época.

Hay una investigación constante, por ejemplo, cuando me puse a escribir Ladrones de Tinta,  me empapé en la literatura de los protagonistas porque muchos de ellos son escritores de la época. Y les doy vida a través de lo que ellos han escrito.

Muchos de sus comportamientos y actitudes, están sacados de sus mismas obras, detalles que tomo para mis personajes. Leo mucho, porque la literatura de la época está llena de de pequeñas cosas, referencias, extraídas de la vida diaria de la gente. Por ejemplo, una mujer acicalándose. Entonces yo los voy registrando, haciendo fichas,  realizando archivos de vida cotidiana  femenina, masculina, vestimentas, alimentación, maquillaje, viajes…

Para redactar el viaje narrado en El reino de los Hombres sin Amor, que es real, leí crónicas de ese viaje. Y fui sacando qué era lo que lleva cada uno, cómo viajaban con carros y con la Corte en movimiento.

Hay muchas crónicas y cartas de gente “solicitando tal o cual cosa” para el viaje. Mucha documentación que tienes que ir mezclando; esto es fundamental. Los “Historiadores”, con mayúscula, también utilizan esas fuentes de información y, yo no olvido que lo que estoy leyendo es literatura; de modo tal que, cuando el autor describe un estrado, por ejemplo, ese autor no está pensando en enseñarme a mí cómo es un estrado, sino que él está recreando en su mente ese estrado ideal.

Todo lo que escribe un escritor es literatura y todo forma parte de su imaginación, no de la realidad, ni de la verdad histórica. Lo que quiero decir es que a mi me gusta ese filtro, soy conciente que al recrear todo ese mundo, estoy recreando un mundo que existía en la mente de otro creador. Ahí hay un doble juego que es: Ladrones de Tinta,  es la vida de Isidoro Montemayor actuando en la vida de todos los escritores.  Y condicionándoles en cierta forma sus obras maestras… Pues, a mí me gusta eso y creo que nos enriquece a todos la visión.  La historia es una utopía.

¿Cómo construís el personaje de Isidoro Montemayor?

En las tres novelas, Isidoro nunca tiene cara. No existe. Sabemos que tiene bigote porque en un momento dado se lo peina (cambia la moda; eso quería marcar).

Porque el Siglo de Oro mete desde El Lazarillo de Tormes a principios del siglo XVI, hasta 1680 que es hasta la muerte de Calderón de la Barca. Fueron 180 años el Siglo de Oro. Han pasado mil cosas…el Renacimiento, para empezar. El barroco, el descubrimiento de América, la conquista, la expansión de Europa, la crisis de los Austria. Y, todo eso está metido en el Siglo de Oro.

Así, como ahora, la moda  cambia cada año, para ellos no era lo mismo 1615 que 1617. En cada año hay cambios, ellos no son conscientes  pero  nosotros sí. Ahí el único detalle es el del bigote. Él lo lleva apuntado y la moda marcaba que fuera despeinado. Es importante porque te muestra un hombre que no es moderno frente a otro que sí lo es. Pues ese tipo de cosas, sí, me gusta marcarlas. Pero es el único detalle de Isidoro.

¿Y en cuanto a la construcción filosófica o ideológica del personaje? ¿Lo concebiste como un antihéroe?

Sí, bueno, no es un perdedor ni un pícaro, que serían las divisiones fundamentales.

No es un típico desgraciado de la época, es un superviviente. Se mueve más o menos con habilidad donde le toca. No es ni culto. Tuvo que ir al ejército. Vuelve. Habla algunos idiomas con certeza. Bueno, tiene que hablar germanías, se le mezcla el italiano, español, alemán. No es violento y no maneja bien la espada. No es un espadachín. Se defiende con la navaja.

Los españoles normalmente combatían con dos espadas; eso es una peculiaridad, pero la segunda espada no es de combate. El broquel estaba prohibido, se lo arrollaban a la capa con la vizcaína. La vizcaína es una espada corta que  tiene un puño grande y se lleva terciada en la espalda.

Como Isidoro  no es un soldado, se mueve en un garito; sin embargo en la otra novela no usa la espada corta, se cubre, espera todo el tiempo. No es un valentón,  es muy conciente que la pobreza es su peor enemigo, que hay que tener mucho cuidado, en fin….

Luego, no es un pícaro  tradicional, porque los pícaros tienen esa vertiente moralista, e Isidoro no. Al tipo lo corrompen, le tientan,  acepta todo tipo de sobornos. Pero en realidad él no juzga; ve que la sociedad funciona de esa manera y  entra en ese juego.

Sin embargo tiene una ética personal y es por ello que se impone límites. No es un tipo religioso, para él la religión no es un tema central. Y dentro de ese mundo miserable él actúa con honestidad.

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Madrid, otoño de 1614. Gonzalo Escondrillo, archivero del marqués de Hornacho, ha aparecido muerto en extrañas circunstancias en el gabinete de las maravillas, orgullo de la casa del marqués y su tesoro mejor custodiado. Entre otros objetos valiosos y extraordinarios, la colección cuenta con colmillos de elefante, una armadura del rey Carlos, cuadros de maestros italianos y flamencos, la piel de un oso polar e, incluso, prodigios insólitos como un cuerno de unicornio, un niño con dos cabezas, la mano de una sirena y el pezón de una santa. Tras el caso del Quijote apócrifo, Isidoro Montemayor es el encargado de investigar su muerte. Todo apunta a que se trata de un intento de robo pero ¿qué se han llevado? ¿Qué esconde el gabinete de las maravillas? ¿Qué o a quién buscaba el asesino?

Acá en Argentina Pérez-Reverte caló hondo con Las aventuras del capitán Alatriste. Calculo que serás conciente que la mayoría de los lectores van a tomar a Isidoro como primo del Capitán, ¿qué semejanzas y disidencias encontrás en las dos sagas?

El tema no es que sea distinto, pero hay una diferencia importante que es la concepción de la novela de aventuras. Mis novelas no son novelas de aventuras, aunque haya aventuras en ellas. Mis novelas son literarias. Y yo entiendo más a la novela negra, concebida como una novela social, que a la novela de aventuras. Advierto ahí una diferencia importante. Y luego está el tono que, para mí, es muy distinto.

Alatriste apuesta más por el tono de la decadencia de España; transcurre veinte, treinta años más tarde y viene un poco marcada por esa narración historiográfica tradicional de la decadencia  al final del imperio.  Ese Quevedo viejo, no desesperado, pero sí desencantado de la vida: “esto no puede ir mejor, este es un pueblo de mierda,  es lo que nos merecemos y es el final de nuestra gloria”… Es este tono el que yo intento evitar.

Si España iba bien o mal, no lo sé; pero era la cabeza del mundo. Había que ver, en todo caso, cómo iba Francia, cómo iba Inglaterra, cómo iba Holanda; todo era un desastre. Un gran desastre en todo el mundo. Y en ese juego es donde meto a mis personajes.

No puedo creer que durante esos 180 años todo haya sido una horrorosa decadencia.

Mis novelas están llenas de humor. Escribo con ironía, con sentido del humor, me río de mí mismo, y de mi pasado, de mi historia y de mis contemporáneos, y creo que se marca una diferencia importante, dado que el tono general  no es esa tristeza que irradia la Alatriste, sino que es más bien optimista.

Yo creo que “Alatriste” tiene que ver también con una concepción literaria cercana al folletín de Dumas.

Si bueno, Dumas también  tiene un peso tremendo en mi obra.

Porque  mi novela última, El Reino de los Hombres sin Amor,  tiene muchos personajes que están allí; mi novela se ubica diez años antes que Los Tres Mosqueteros. Y, en ese ambiente, marco una diferencia importante. Aunque Dumas también era un optimista, a pesar de todo.

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Hay también una diferencia de criterios a la hora de encarar la reconstrucción lingüística de la época. Por un lado Pérez Reverte,  considera que reconstruir los modismos de las diferentes etnias le da un valor extra. Hace un par de meses Ildefonso Falcones, me comentaba que, a su parecer, esto ensucia el recorrido del lector. ¿Vos en dónde te ubicarías?

En ese caso me ubico más del lado de Falcones. De hecho mis libros están escritos en idioma contemporáneo, actual. Y se supone que escribe un contemporáneo del siglo XVII; el autor de las novelas es Isidoro Montemayor, que escribe como nosotros.

Eso puede resultar extraño, falso, pero yo creo que los libros se leen bien.

Es una apuesta.

También tiene que ver la musicalidad del autor.

Es lo que yo creo. Yo intento crear un idioma limpio, intento escribir con un español culto.

Y hablo de español porque, para mi, el español no es castellano. El español es un idioma creado por muchos pueblos: castellanos, catalanes, argentinos, mexicanos…es un idioma universal. Que no es el castellano original.

En este idioma es en el que yo escribo, que tiene mucho de mucha gente. Intento cultivar ese idioma general, evitando los modismos  locales. Pero algo seguramente se me escapa porque hay referencias culturales que son solamente españolas. Eso es inevitable.

Pero creo que funciona esta apuesta  por un español actual.

Me encuentro con los chavales de institutos, de dieciséis años, que incluso antes de leer el Quijote, se meten con Ladrones de tinta y luego leen el Quijote desde otro punto de vista. Y yo creo que está bien, se divierten más.

Porque el gran problema de los clásicos es que, precisamente, no escriben en nuestro idioma.

A mi me parece absurdo escribir para mis contemporáneos un texto que lo voy a llenar de notas, no tiene sentido. Escribo para gente del siglo veintiuno. Si bien la mía es una historia del siglo XVII, sería ridículo escribir como en el siglo XVII, porque yo no escribo para esa gente.

Ese es el problema del Quijote, parte de los episodios están escritos artificialmente arcaizantes. Cervantes escribía de forma arcaizante para hacer gracia  a sus contemporáneos que lo distinguían. Nosotros no sabemos cuál es la parte arcaica de la que hay que reírse. Eso lo hemos perdido, hemos perdido esa sensibilidad del idioma. En el Quijote nosotros no distinguimos ciertos matices. Y sin embargo, en su época se reían también por ese juego.

A mi me parece absurdo intentar escribir como en el siglo XVII, pues es como sacar una mala copia. No tiene sentido.

Un personaje interesante es la condesa de Cameros, por la actitud que tiene frente a la vida. ¿Lo basaste en alguna mujer emblemática, en algún personaje histórico?

Surge como un juego dentro de Ladrones de Tinta y luego, sigue la historia de amor, porque tiene que seguir. Nace dentro de al lógica de Ladrones de Tinta, en donde, la intervención de Isidoro Montemayor en la vida de los escritores, condiciona de alguna manera sus obras. Es Isidoro Montemayor quien le inspira a fray Gabriel Téllez su sobrenombre literario de Tirso de Molina y le incita a escribir los Cigarrales de Toledo. Isidoro también se acerca a Lope de Vega y le sugiere recrear con aditamentos literarios los sucesos de Fuenteovejuna. A todo aquél  con quien va interactuando, va abriéndole juego, le va abriendo puertas, despertando la curiosidad. Ladrones de Tinta, en su totalidad, es una preparación de la segunda parte del Quijote de Cervantes. Cervantes le va a oír la historia de Ladrones de Tinta, se va a inspirar y, de alguna forma, va a afectar toda la segunda parte de la obra. Dentro de ese juego está El Perro del Hortelano, la historia de la Condesa (Diana) que se enamora de su secretario (Teodoro). Ella se avergüenza de él porque es inferior, pero le quiere. Esto implicaba meter a El Perro del Hortelano dentro de toda la historia. Al final de Ladrones de Tinta, Isidoro le insinúa a Lope de Vega, “Mire yo tengo una historia entre una condesa y su secretario, a ver usted como lo arregla”. Y ese es el principio de El Perro del Hortelano, es esa idea germinal de la comedia. Es el juego de la literatura dentro de la literatura, por eso metí a la Condesa, e hice a la Condesa libre. La única manera que una mujer fuera “libre” en el siglo XVII era que estuviese casada y viuda. Ella es viuda secreta; ese es el juego, ella oficialmente esta casada. Al estar casada los varones se mantienen a distancia. Así tiene una libertad que de otra manera no tendría.

¿Funcionás con un andamiaje muy estricto cuando planteás la escritura de una novela?

Sí, y no. Empiezo a escribir de atrás para adelante, y hasta que no sé como acaba la novela no puedo empezar a escribir.

Empezar con un detonante impactante es relativamente fácil. Pues mientras no tengo el final, no empiezo.

Y otra cosa es que, una vez que ya sé dónde empiezo la historia y la acabo, ya tengo más o menos previsto el itinerario; aunque va cambiando, sí, el itinerario va cambiando.

Las dos primeras novelas están escritas en primera persona; toda la serie está escrita en primera persona. El gabinete de las Maravillas y Ladrones de Tinta funcionan muy bien en primera persona. Pero El Reino de los Hombres sin Amor es una novela de espías; es complicadísima en primera persona. Porque tiene que estar en todas partes, todo el tiempo para narrar, a veces rayando lo imposible…; pero bueno, vas haciendo piruetas para que él vaya cayendo y luego ya, sí, poder enterarse de todo lo que va pasando y tener una perspectiva de la historia. Cambié cuatro veces la novela hasta que dí con la clave y dije, “esto así se puede narrar”.

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En la España del siglo de Oro, codicia, corrupción, estafa y asesinato han invadido un reino gobernado por tres viudos y un fraile. Entre tanto hombre sin amor, apenas queda sitio para un hombre honrado. Una doble boda real y un azaroso viaje sirven de telón de fondo para esta aventura de caballeros despechados, damas enamoradas, aunque no bobas, y metales preciosos que unos y otras desean sobre todas las cosas.

¿La ruptura amorosa y la ruptura del personaje tienen que ver con estos cambios?

No, eso estaba previsto. Por un lado había una trama de novela negra para contar; de historia social, de corrupción, de plata, de tráfico de esclavos. Pero también una historia de amor, que para poder contarla necesitaba una ruptura.

Para contar la historia de la pareja tenía que romper por algún lado. Entre las tres novelas hay un año de diferencia…, una es en verano de 1614,  otra en otoño de 1614, es como la luna de miel. La siguiente es un año más tarde. Algo tenía que pasar en la vida de este secretario…. Y, ese algo responde a la decisión de alejar a Isidoro de la condesa, para poder meterlo en todos los follones en que finalmente se mete. Tenía que haber una causa de ruptura  y yo quería contar una historia de amor. Esta es una historia de amor, por una parte, y de espionaje por otra. De espionaje nacional e internacional. De juegos de poder, de equilibrios y desequilibrios de ese poder y de cómo está relacionada la corrupción con la historia de amor de ellos. Es un entramado muy complicado,  son muchas piezas.

En El reino de los hombres sin amor comenzás situándonos en las dobles bodas de 1615 y remarcás el esfuerzo de las Casas Nobles por posicionarse en un poder político que pareciera se está definiendo.

Es un cambio de política, sí. Es una separación de los Austrias Orientales del Imperio. Es una variación política, una derivación hacia Francia y Europa Occidental. Es un intento, digamos.

Pero aquí lo importante, creo yo, es que no hay “naciones” como tales todavía. Estamos viendo que la historia de España del siglo XVII es la historia de dos familias. España no existe. En realidad lo que hay es el patrimonio oriental y occidental de los Austrias y las Casas de los Borbones que están empezando a colocarse en Francia.

Y esa es la historia, dos familias, dos familias compitiendo y cada una con sus clientelas.

Porque la política en realidad es un juego de mayorazgos, clientelas, débitos y créditos. Son los dos mundos enfrentándose, ajustándose y negociando Europa.

Don Felipe II…el gran problema de Flandes es que no consigue que haya unos tipos que digan que esa sea su tierra. El “pueblo” como tal todavía no existe. Son súbditos. Y súbdito significa que no tienes derecho a la tierra. Nada es tuyo. Todo es del Rey.

En el Reino de los Hombres sin Amor hay mucho de la política real. De la realidad política, del sueño de la política, de la razón de Estado.

Y para la mayoría de los ideólogos de España de la época, esto es inconcebible, renunciar a Flandes y dejar la lucha. La obligación del Rey es hasta la ruina total, la lucha constante contra los protestantes, para eso “Dios” les ha dado un Reino.

Lógicamente, si hubiesen sido un poco más listos, habrían optado por deshacerse de Flandes, hubieran negociado una paz, y no se hubiera arruinado todo el Imperio.

Visto desde fuera, es de locos haber mantenido una guerra así, a una distancia enorme. Los españoles, con una ingeniería gigante para llevar los tipos desde Génova hasta Flandes, es una locura.

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Doble matrimonio franco-español: Luis XIII desposa a la Infanta Ana de España y Elisabeth de Francia es desposada por Don Felipe, Príncipe de Asturias, sellando así una efímera paz entre Borbones y Habsburgos.

Los titulos de las tres tres novelas son poéticos e insinuantes. Surgen como disparador o como epítome de las narraciones.

Para mí el título es lo último. De la misma forma  que también siempre escribo al final el primer capítulo. Las tres primeras páginas, que es lo último que escribo, es la invitación a que leas el resto. Ya debo tener muy claro qué es el resto para invitar al lector a que me siga.

En Ladrones de Tinta, es real lo que cuento en el prólogo. Existe un cuadro que se llama Ladrones de Tinta, de un señor Fernández Marañón que es amigo mío, dibujante y escritor. El

cuadro muestra grandes escritores y a todos les puso una malla negra; a mí me encantó  el nombre para mi libro y me regaló. El gabinete de las Maravillas es porque la historia es también de maravillas. El Reino de los Hombres sin Amor es porque en ese momento de España -1615-, gobernaban tres viudos y un fraile; seguramente, por cómo fueron las cosas, la falta de amor tuvo algo que ver.

Sobre El Autor

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Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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