Diez cuentos.

Un ser mal parido y abandonado bajo el marco de ingreso al orfanato. “Manotas” hace sus primeros pasos, guiado por impulsos asesinos. El cuento dibuja macabras hazañas de una bestia humana que escapa del encierro y debuta, sexualmente, contra el cuerpo muerto de una de sus víctimas. La necrofilia en ese eslabón de la cadena de perversiones y crímenes del monstruo.

Él mataba, trozaba los cadáveres; quemaba y escondía los despojos entre las hierbas crecidas. Finalmente se convierte en un mito popular reconocido por la población carcelaria.

Una leyenda urbana reclutando seguidores que le rinden culto. Y una pregunta que se impone: ¿El engendro realmente estará muerto?

Un monólogo en contexto de encierro es el que se expresa en “Fragmentos de un lince”. 

Un recluso y sus reflexiones; la justicia, el juez y el abogado. Un ruego: Papel y lapicera!, carcelero.

Una mujer olvidada tras ciertos juegos sexuales de sumisión y de ataduras. En este caso el hombre que ejerció el rol dominante, ahora lejos de la escena del placer, toma conciencia de su olvido y, midiendo eventuales consecuencias, pone en la balanza las provocaciones de aquella mujer.

Un testigo de Jehová y un castigo al mérito de prolongar una vida que, en caso de omisión, se hubiera escapado entre las manos de quien decide, contra viento y marea, aplazar la muerte.

Palabras montadas sobre un ritmo que acompaña la cadena de experiencias y frustraciones del baterista. Una peregrinación por el underground hasta llegar al templo del rock y, desde ahí, desde el estadio de Obras, sin escala, a la cárcel de Villa Devoto.

Una familia en los años ´70. Una vieja casa chorizo en Villa Urquiza. Padre, madre, hijo y abuela.

El hombre es un tipo que habla poco. Tiene su rutina, su trabajo diario, su gente, una siesta que es sacramental. El Torino blanco, los discos, y esos libros que, una noche de miedo, alimentaron la fogata en el patio mientras, él, sentado en un banquito, era la triste imagen de la desolación.

Son diez cuentos que nos hablan de situaciones, de circunstancias, de condiciones y de la pérdida de libertad que resulta de la interacción social.

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Tus relatos hablan, directa o tangencialmente, de la libertad, de las distintas libertades posibles y de sus recortes y condicionamientos. ¿Qué podés decirnos de ello?

En general la libertad de los personajes en casi toda la literatura que venimos leyendo desde la era moderna se pone en juego, grosso modo, bajo la idea de una doble vida, un afán de trascendencia o un cambio de forma, una huida, el deseo de los protagonistas de salirse de la organización social asfixiante en la que viven en busca de una suerte de paraíso perdido, epopeya individual o descubrimiento de un mundo subrepticio, algo así. Se trata, sobre todo en las grandes novelas, de personajes que persiguen la intensidad de una experiencia en detrimento de la grisura soporífera de la vida cotidiana. Es siempre el sueño de una vida peligrosa que choca de bruces con el desengaño de una realidad cruel que a fin de cuentas se impone y no los deja escapar. Desde el que sale poseído a perseguir una ballena blanca a la muchacha de provincia que quiere conocer París y se va con el primer hijo de puta que pasa, o el que comete un crimen para ser alguien hasta el empleaducho que constituye una secta oculta en el sur de Bs As, y así tantos más. Pero habría que ver hasta dónde se puede pensar eso como libertad, es complicado. El término es muy difícil de definir, muy complejo para entrarle del todo o al voleo. Digamos que hay una discusión posible acerca de la libertad natural, abstracta, la libertad civil, de culto, de comercio, etc. que es una libertad que requiere de una referencia externa, un afuera, una libertad con respecto a algo (el estado, la iglesia, el mercado), y hay una libertad ontológica, a la manera existencialista, puesta en la subjetividad: la libertad como hiperresponsabilidad, como condena, lastre, negatividad, y la angustia como móvil de la acción libre. Y está, se me ocurre, la eterna discusión acerca de si uno construye libre la trama del lenguaje o si la trama lo construye a uno… todo eso, ya trillado, que se yo… … La verdad no se me ocurre algo específico en relación a estos cuentos en particular. Mejor dicho, no me lo había planteado.

En los cuentos aparecen distintos tiempos, incluidos los políticos; hechos que se inscriben dentro o fuera de períodos claramente democráticos. Hablemos de literatura y política.

Bueno, es una relación que está en el nudo mismo de la historia de la literatura argentina desde El Matadero en adelante, atraviesa las guerras civiles, la creación del estado-nación, y luego los distintos periodos democráticos y dictatoriales, con un gran acento puesto en el peronismo y la lucha armada de los 70. Es un lugar común decirlo pero no por eso menos significativo, que la política no es una exterioridad sino que está en la condición misma de la lengua. Igual, hay escritores que llevan aún consigo la vieja idea del lenguaje como representación y de la verdad como correspondencia con el mundo aunque ya no hablen de mímesis cuando se refieren a la elaboración de sus textos. Yo crecí en democracia, los años 80, donde las discusiones centrales giraban en torno a la interpretación de la historia y los derechos humanos pero además sobre las grandes crisis económicas y/o financieras. En ese sentido hay referencias explícitas en cuentos como Historia de un amor sólito, Muerto él y Discos viejos creo, tal vez algún otro. Pero prefiero tener cuidado con el empleo del término “política” y ser preciso con las categorías, porque hay como una inflación del vocablo, un abuso, una desmesura nominal, llamemosle. Escucho decir: “la política del brazo” cuando se mueve, “la política de la pierna” cuando camina. Eso de usar la política como sinónimo de gesto me parece un exceso, además de una pose esnob, y en última instancia una banalidad de cierta teoría cultural. Quiero decir, si política es todo, pues entonces es nada. Hay algo impolítico, o tiene que haberlo, sino es fascismo. Entiendo la política en virtud de relaciones históricas de poder, de relaciones de producción y distribución ligadas al Estado, la ley, el gobierno, la administración de bienes y servicios, las acciones de grupos de interés, de choque, las posiciones culturales, etc…  Pero de ahí a decir que mear parado o sentado en un baño público es un problema político o una guerra de los sexos me parece de una trivialidad exasperante.

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Tocás el tema de la justicia y, esto me lleva a pedirte una reflexión sobre la literatura en su relación con el derecho.

Uy… me acuerdo del gran ensayo de Derrida sobre Ante la ley de Kafka, “Prejuzgados ante la ley”. Allí la literatura y el derecho son claramente opuestos. La literatura es la posibilidad de decirlo todo y, por consiguiente, la posibilidad de callarlo todo también, donde no se reconoce límite alguno, es la democracia absoluta. En cambio el derecho es lo contrario, la autoridad que censura, coarta o limita la palabra, la fuerza fundante que prohíbe, “esto se puede decir y esto otro no”, lo que puede servir para traer a colación algunas figuras hoy un poco anacrónicas como la del escritor comprometido, por ejemplo, y toda esa dimensión ética: el escritor que se subordina a una ley, el escritor con arreglo a derecho (a cierto derecho). En tal caso, si se compromete con la causa política o con la causa moral, va hacia el lado del deber-ser y no hacia el de la literatura, digamos, así entendida… Por eso literatura y derecho son antitéticos, irreconciliables. La escritura es ya una suspensión del derecho y de todo régimen de la lengua. La literatura es de una escritura imposible mientras el derecho es siempre lo posible, ahí está la aporía derrideana (que sigue a Blanchot). Distinta es la justicia, un ideal inalcanzable que funciona como exigencia del derecho aunque siempre está más allá de él; una utopía, un imperativo. La justicia sería siempre una acción imposible pero necesaria, y, a diferencia del derecho – que puede ser injusto  – no es deconstruible… Escribir literatura es suspender el derecho, aunque sin abolirlo, para sostener la aporía.

Del mismo modo y, teniendo en cuenta tu profesión, me interesa conocer tu opinión acerca de los periodistas en los que se despierta una vocación por la literatura y, puntualmente, me gustaría conocer tu experiencia personal alrededor de este tema; ¿puede ser?

A diferencia del estudiante de letras que posee un aparato teórico fenomenal, el de periodismo carece en su formación de conocimientos finos acerca de la gramática y la teoría literaria, pero en muchos casos hace usufructo de ese desconocimiento para mejor. Empieza a escribir sin ese yunque teórico encima y eso lo desencadena. Aprende la pirámide invertida y los géneros periodísticos y con eso ya tiene para armar una estructura narrativa estable: al menos intro, nudo y desenlace. Es como el músico que toca de oído, no lee partituras y que no por eso está en desventaja con el que estudió solfeo en el conservatorio. Además en la Argentina hay casos en donde la mejor literatura salió del periodismo: Rodolfo Walsh sería el emblema; Briante otro, quizás. También hay que recordar que las carreras de periodismo y comunicación se crearon hace más o menos unos treinta años, por lo que el periodismo fue durante décadas el refugio y el oficio de muchos escritores. Luego viene toda esa relación entre la realidad y la ficción que daría para otra discusión más amplia con respecto al uso de los materiales (la verdad, la imaginación) y al estatuto mismo de cada uno de esos planos en una dimensión, si se quiere, epistemológica. Hay quienes en una perspectiva radical confunden el cruce de registros y dicen que cualquier nota sacada de una revista o diario es literatura. Yo creo más en una idea normativa del lenguaje verbal y de los géneros discursivos, si bien se van modificando con los usos, no son compartimentos estancos, está claro. Volvemos a lo de antes: no todo es política y no todo es literatura. Hay recursos argumentativos, procedimientos retóricos y formas de enunciación que son impropios de un relato literario.

¿Cómo encarás el proceso de escritura?

Siempre sobrio, por supuesto… jaja… No… cuando tengo tiempo y ganas, no me impongo ninguna disciplina ni sigo ninguna gimnasia. Si es un cuento tengo para arrancar con la idea en la cabeza, los personajes, ya sé todo lo que va a pasar, entonces me siento, baja la musiquita y sale de un tirón. Después son meses de correcciones ya sí con alguna rutina más o menos establecida, más alguna lectura de amigos o conocidos cuya opinión me interesa. A la larga se convierte en un modo de ser: se escribe como una más de las actividades cotidianas, aunque sean diez minutos cada mañana, una actividad que ordena y da sentido a todas las demás: el trabajo, las relaciones interpersonales, los vínculos en general, etc.

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¿Cuáles han sido y son tus lecturas preferidas?; ¿cuáles tus influencias?

De afuera: Carver, Cheever, Ford, Yates, Roth, Foster Wallace, Ballard, Canetti, Pavese, Tournier, Bernhard, Coetzee, Sarduy… De acá: casi todo el XIX, la gauchesca, Hernández, Sarmiento, Ascasubi, Mansilla, y contemporáneos me gusta Néstor Sánchez,  Carlos Correas, Copi, Fogwill…… ¿Qué más? no sé… me encantan las biografías, los diarios íntimos y esas yerbas.

¿Cómo nace el título del libro? y ¿qué podés decirle a los lectores sobre ese último cuento y, fundamentalmente, sobre toda esa atmósfera, sobre el clima que envolvió durante ese continuo espacio temporal a Mempo y a sus pares?

Es una parodia, se trata de un cuento en parte humorístico, por llamarlo de algún modo, con la idea de parodiar e ironizar a partir de los chistes de bateristas la vida de un músico de rock y sus quince minutos de fama, todo ese argot de los géneros y subgéneros, el “rioba”, el under, ese mundo adolescente que me resulta ya tan lejano, toda esa mística, esa épica emancipatoria del rock que a mí ya no me pega ni un poco pero que es parte de una suerte de educación sentimental, de una sensibilidad y de la puerta de ingreso a la cultura. El título me lo dijo una vez hace mucho un viejo que trabajaba conmigo en relación a un conflicto laboral que había en ese momento, “en la gerencia hay pánico de trinchera” tiró, una cosa así, y me quedó, no sé, era pegadizo, tenía gancho, no hay mucho más que eso, nada especial, ningún significado profundo. Es el último cuento del libro (gracias a la recomendación de Laura Massolo) y es el último que escribí, a mediados de 2015, el resto vienen de larga data, algunos los escribí por primera vez hace quince años, otros entre medio, aunque todos sufrieron tantas correcciones que ya ni sé cuáles son viejos o cuáles son nuevos.

Fotos: Pablo Schroder

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Luis Adrian Vives

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integra el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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