Cuando le dije a mi mejor amiga Manu que estaba pensando estudiar antropología social ella no respondió con mucho entusiasmo. Le pregunté por qué. Me respondió que la antropología está basada en principios con fallas intrínsecas: los antropólogos se disponen a observar seres humanos como los biólogos del comportamiento animal observan a los animales (ella misma era una etóloga especializada en murciélagos). Sentía que estaba mal que un ser humano afirmara su superioridad sobre otro, haciendo de este último un objeto de su observación. Unos años más tarde, Manu murió en un accidente de auto, demasiado pronto para aprender de mí que los propios antropólogos se encontraban en plena discusión y modificación respecto de su principal método en el trabajo de campo[1].

Desde el comienzo de mis estudios en antropología no quise sumergirme en la “observación” participante durante mi trabajo de campo y fue, sólo años más tarde, que llegué a utilizar el término “experiencia participativa” para designar el método con el cual me he conducido. Insertarme en experiencia participativa significa para mí que yo debería estar involucrada en aprender las técnicas y el conocimiento que quisiera estudiar hasta llegar a cierto nivel en el que pudiera realizar esas técnicas por mí misma. Supe, desde un comienzo, que quería estudiar Medicina China, en idioma chino y en China, pero no volverme un médico full-time, porque sabía que nunca tendría la paciencia para tratar pacientes. Sin embargo, quería aprender y usar la teoría antropológica para entender mejor el complejo edificio de la teoría médica china. También, yo no creía en estudiar sólo los textos, por lo que elegí a la Sinología como un estudio terciario. Era el conocimiento contenido en la práctica diaria -lo que llamaríamos conocimiento incorporado-, lo que en aquel momento sentí que ofrecería una nueva luz sobre cómo acercarse y entender la “lógica” del conocimiento médico académico altamente elaborado que la medicina china presenta. Esto me condujo al estudio de antropología social como primera instancia y la lingüística general como segunda.

Es preciso decir que muchos antropólogos estaban perplejos cuando escucharon mis ideas, incluso pusieron en duda mis motivos. Cuando comencé mis estudios de antropología social en Zurich en Octubre 1985, uno de los profesores me preguntó si mi intención era vivir un tiempo en China, o era, realmente, volverme una antropóloga. Recuerdo mi sentimiento de indignación mientras le explicaba que, si yo hubiese querido ir a China – y de hecho yo sabía que quería ir al Sudoeste de China – podría haberlo hecho en calidad de botánica; era una experimentada botánica, y la flora y de esa región es famosa por su riqueza y diversidad[2]. Mi interés se centraba en la percepción de que la teoría antropológica podría dar pistas para comprender la lógica de la medicina china y su razonamiento.

También sabía, desde el comienzo, que quería especializarme en antropología médica. La Universidad de Zurich era una de las primeras universidades de Europa en ofrecer esta especialización desde 1980. Fue en mis primeros años como estudiante de biología, durante cuatro largas horas de práctica cotidiana en química inorgánica, que escuchaba esa lección por sólo una hora y luego correr a la calle para sumergirme en un seminario de antropología médica, por dos horas, y finalmente volver a realizar mis experimentos en química en clase mientras ya mis otros compañeros estaban terminándolos. Usualmente, cuando el tutor venía a mi puesto de laboratorio, se burlaba respecto a mí desempeño debido a la lentitud y realmente no sé si él estaba al tanto de mis ausencias o sólo pensaba que era un poco tonta. Tenía buen corazón así que creo que, gracias a sus clases particulares, pude rendir bien mis exámenes.

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¿Por qué estudiar acupuntura?

Me tomó varios años estar segura de que sería la antropología médica sobre lo que querría investigar. No me animaba a dar el paso final porque creía que cualquier persona con dedicación puede hacer una contribución en el ámbito de las ciencias naturales, mientras que eso me parecía poco probable en el ámbito de la antropología. Cuando finalmente me decidí fue, nuevamente, esta falta de coraje, o quizás cierto grado de cautela, lo que me condujo a la acupuntura, zhenjiu, en vez de las hierbas de la medicina china, zhongyi, dado que sabía que, tanto la acupuntura como la fitoterapia, son dos subdisciplinas terapéuticas dentro de la medicina china, zhongyi. Mi padre es chino, y mi parientes chinos, quienes hablaban con gran estima de la medicina china y su filosofía, considerándola misteriosa (aomiao) y profunda (shen’ao), dudaban de mi decisión. Para realmente entender la medicina china uno tiene que estudiar la especialización de idioma chino y se deben conocer las drogas utilizadas: el famoso médico Li Shizhen, de la dinastía Ming, describió alrededor de dos mil tipos diferentes (Métailié 2001:233). En cambio, en el caso de la acupuntura, creía en aquel que sólo bastaba con memorizar los 365 puntos de acupuntura, o loci –que es el número estándar de puntos mencionados en el clásico de medicina china Clásico de Medicina Interna del Emperador Amarillo (Huangdi nei jing) -, aunque hay más que estos. Era importante para mí, como antropóloga incursionando en la experiencia participante, aprender las técnicas de las personas que me formaban a tal nivel de que yo pudiese ejercer la práctica por mi cuenta sin guías. Sólo este nivel de conocimiento me situaría en una posición en la que podría pensar sobre teoría médica en una nueva manera. Ganar estos conocimientos en acupuntura me parecía un poco más probable que en fitomedicina china.

También sentía que había cierta elegancia en la acupuntura, ya que implicaba una tecnología mínima (agujas) para realizar máximo efecto terapéutico (recuperación inmediata). Es norma general entre los habitantes de China que la medicina fitoterapéutica china actúa de manera gradual, mientras que la acupuntura tiene una historia de casos de emergencia (trabajo de campo 1988-9). Por otra parte, sabía en base a la lectura del libro de Paul Unschuld, Medicine in China (1980), que la acupuntura era el método terapéutico central en la formación en medicina china, y que, por razones históricas, bien valía la pena estudiarla.

No tenía ninguna opinión formada sobre la identidad cultural del acupunturista, sin embargo, pronto la tendría de un alto académico de mi cursada de maestría cuando continué mis estudios en antropología social en la universidad de Cambridge en 1987. Me encontraba aplicando para conseguir financiamiento y escuché su prejuicioso comentario respecto a mi deseo de conseguir financiamiento con la excusa de una investigación antropológica para luego hacerme rica como acupunturista. Por lo tanto, la lección fue que, en Inglaterra, ser acupunturista estaba asociado con hacer dinero. No tanto en China.

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La identidad y consideración social de los acupunturistas en China

En general, los médicos chinos especializados en fitoterapia no toman seriamente a los acupunturistas: los médicos letrados recetan mientras que los acupunturistas están agrupados dentro de los masajistas y los terapeutas corporales. Por ejemplo, Christopher Cullen (1993: 110) observa para las prácticas de finales de la China imperial: “El augur Liu es un hombre ciego que realiza adiviniciones, alivia dolencias y práctica la acupuntura y la moxibustión. Crea muñecos con propósito de utilizar magia simpática y usualmente conocido como un personaje de vida ruin”. La acupuntura, sin embargo, no siempre estuvo asociada con elementos de bajo nivel. En la China Tang (618-906), era una de las cuatro especialidades enseñadas en el Departamento Médico Imperial (Taiyiju), en la China de la dinastía Song (960-1279) una de las trece, y como antes dije, en la China Han (206 a.n.e. – 220 n.e.), la acupuntura era la terapia alrededor de la que evolucionaron las complejas sistematizaciones teóricas médicas.

Fue la acupuntura, o, mejor dicho, una innovación en acupuntura de fines de 1950, llamada “anestesia acupuntural” (zhenjiu mazhen), que le dio a la medicina china su credibilidad como ciencia. Desde finales de 1960 a principios de 1970, esta innovación técnica fue presentada frente a invitados internacionales, dispuestos en gradas sobre la mesa de operaciones, para que pudieran convencerse por ellos mismos de la eficacia de este método (Hsu 1995, 1996a). En el “Oeste”, la gente estaba llena de admiración por este tipo de “acupuntura” y por error la consideraron como “la” medicina china, sin contar que la analgesia en base a acupuntura era una innovación recién nacida, raramente practicada en la República Popular China desde 1980 en adelante (trabajo de campo 1988-9).

En contra del indudable reconocimiento internacional, los médicos fitoterapeutas chinos usualmente menospreciaban la actividad de los acupunturistas, como también lo hacían los antropólogos practicantes que estudiaban medicina china. Aun así, en Kunming, donde realicé mi trabajo de campo, algunos acupuntores con larga experiencia, eran bien respetados. Quizás su reconocida posición social se basaba, en parte, por su lugar de origen: dos habían emigrado de Shanghai a Kunming, del centro al área periférica. Uno de esos dos doctores practicaba una forma de acupuntura que no se encontraba en los textos de Medicina Tradicional China (MTC), habiéndola aprendido  de su familia (jiachuan); el otro, mi tutor universitario[3], era un profesor miembro de la Universidad de MTC de Yunnan. Estos acupunturistas se sentían ofendidos frente a la creencia generalizada de que la acupuntura no tenía teoría alguna (meiyou lilun), y ellos usualmente comentaban que existían teorías y prácticas de acupuntura más elaboradas que aquellas detalladas en la fitomedicina china. Los principios básicos de la acupuntura, descritos textualmente en el Clásico de Medicina Interna del Emperador Amarillo, se delegan cada vez más a la esfera de conocimiento tácito del practicante virtuoso junto a la camilla. Los consultorios de acupuntura estaban usualmente cerca de los consultorios de masaje, y, típicamente, poseían camillas, en contraste con los consultorios de medicina interna o ginecología.

El este de China es conocido como la cuna de la acupuntura, por lo tanto los doctores contemporáneos no citan el Su wen 12 (Ren 1986: 39-40), sus contenidos eran bien conocidos para ellos: las agujas de piedra (bian shi) provienen del Este, las drogas (du yao) del Oeste, la moxibustión (jiu ruo) del Norte, y las nueve agujas (jiu zhen) del Sur. De acuerdo  con esto, los pacientes de Yunnan, en el oeste de China, eran conocidos por confiar en las drogas y no en las agujas (xin yao bu xin zhen). Algunos, por lo tanto, se preguntaban por qué yo había ido a Yunnan a estudiar acupuntura[4]. De hecho, el abanico de síntomas que se trataban era bastante limitado. Los acupunturistas de Yunnan no trataban fiebres o dolores estomacales, como aparentemente sí lo hacían en Shanghai, al este de China. En cambio, ellos trataban lo que se conoce como Síndrome Bi (bizheng): obstrucciones en la circulación del qi, que se manifiesta con dolor en las articulaciones y la espalda.

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La formación para ser acupunturista en China

Los acupunturistas toman las mismas clases básicas que aquellos que después se convertirán en doctores especializados en hierbas. Cursan materias en Teoría Fundamental de la Medicina Tradicional China (Zhongyi jichu lilun), Diagnóstico en MTC (Zhongyi zhenduan xue), Introducción a Idioma Chino Clásico para Médicos (Yiguwen) y otras. Un buen acupunturista también se encuentra capacitado para recetar hierbas, dado que los estudiantes de acupuntura también cursan materias de Farmacopea en MTC (Zhongyao xue) y Fórmulas Fitoterapéuticas en MTC (Fangji xue). De la misma forma, se supone que un buen médico especializado en fitoterapia es capaz de tratar pacientes con acupuntura, los estudiantes de la especialización en fitomedicina deben asistir a clases en Estudios de Acupuntura y Moxibustion (Zhenjiu  zhiliao xue). Este curso conjuga temas estudiados de forma separada para los acupunturistas: los Canales (Jingluo xue), los  Loci (Shuxue xue), Técnicas de punción y moxibustión (Zhenfa jiufa xue) y Terapéutica con Acupuntura (Zhenjiu zhiliao xue)[5].

Los recuerdos que tengo ahora, quince años más tarde, de estas clases era del frío helado que hacía en la clase. Usábamos pantalones y camperas abrigadas, así y todo, dado que las ventanas estaban rotas, un brisa fría nos causaba dolores de panza y pies helados. Las manos se mantenían calientes debido a las notas de estudio que tomábamos. Yo me sentaba en las primeras filas junto con las otras doce mujeres de mi clase. Esto era necesario dado que hacer experiencia participativa implicaba tratar de absorber lo que se decía en clase, mientras que al sentarse en las últimas filas, como ocasionalmente hice después, daba más información etnográfica sobre la interacción de los estudiantes durante la clase. Hubo otras situaciones donde hacer experiencia participativa no era lo ideal para observar la interacción de la gente, pero, al margen de pasar varias horas sola en mi cuarto memorizando y aprendiendo los contenidos de la clase, hacer experiencia participativa no era muy distinto de la observación participativa.

En este contexto, es necesario decir que fui una gran privilegiada al poder sentarme junto a alumnos chinos. Los alumnos extranjeros de Medicina china en Beijing, Shanghai, Chengdu y otras ciudades eran mantenidos al margen y segregados. Yo era la primera estudiante extranjera en la Facultad de Medicina Tradicional China de Yunnan; en reconocimiento de mis estudios en biología, y como estudiante de posgrado (jinxiusheng), se me ofrecían varias tutorías privadas de dos de los mejores profesores titulares (fujiaoshou) de la Facultad. Sin embargo, dado mi deseo de hacer trabajo antropológico de campo, lo rechacé. Se realizó una reunión en la que participaron entre diez y veinte profesores y directivos, y me tomó algunas horas para convencerlos de que yo, de veintinueve años en ese momento, deseaba transitar la experiencia de aprender en una clase con chicos de diecisiete años. Como resultado, los dos profesores a los que la administración les había permitido un año de gracia para darme clases particulares estuvieron condenados a darme clase no sólo a mí sino a cuarenta alumnos más[6]. Ellos eran excelentes profesores, sus clases eran iluminadoras y claras, y espero que el resto de los alumnos haya apreciado la suerte de estar con ellos.

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Los estudiantes del entrenamiento del nivel terciario realizaban sus prácticas clínicas en el tercer año de cursada, mientras que aquellos que se convertirían en médicos lo hacían en su quinto año de cursada; yo quise comenzar mis prácticas ya a mitad del primer año del comienzo de mis estudios. De nuevo, una extensa reunión con los administradores y los profesores titulares se llevó a cabo, aunque menos severa que la realizada seis meses antes. Durante aquella reunión mis profesores fueron enfáticos respecto a que las Facultades de Medicina Tradicional China daban un entrenamiento sistemático, y que mi solicitud de comenzar el entrenamiento clínico tan pronto,  recién habiendo rendido el primer parcial de la carrera, impedía llevar adelante (Hsu 1999: 188-9). Uno de los profesores rechazó rotundamente tomar cualquier responsabilidad respecto a mi entrenamiento práctico. Así y todo, yo había pagado aranceles especiales para mi formación dada mi condición extranjera, y todo pudo darse finalmente como yo esperaba.

Desde Marzo en adelante, tres veces por semana, iba a una sala de acupuntura en el Hospital Provincial, aproximadamente a veinte minutos en bicicleta de la Facultad. En cada consultorio había dos doctores acupuntores, varios estudiantes y casi ningún paciente – sólo diez o veinte por turno. Es preciso destacar que recibí mínimo entrenamiento en punción. Sin embargo, las mañanas se hacían largas. Los médicos leían el diario u ocasionalmente algún trabajo sobre MTC; los estudiantes hacían lo mismo, o charlaban. En una ocasión memorable, formamos un “dragón”: esto significa que nos colocábamos en fila para hacernos masajes en la espalda uno a otro, cada estudiante al siguiente. De la risa y la charla ruidosa casi nos olvidamos de los pacientes que entraban a la sala.

Un médico era un fumador empedernido, y fue en el consultorio de acupuntura que yo comencé a fumar regularmente. Esta era una actividad muy poco femenina para ellos, pero gracias a ella logré tener conversaciones con él donde me hablaba de algunas maravillas especiales de la medicina china. Este profesor del Hospital Provincial estaba interesado en el estudio del Libro de las Mutaciones (Yijing), como varios otros colegas suyos en aquel tiempo; también le interesaba los remedios populares. En cierta ocasión trató la parálisis facial de una mujer con un emplasto de polvo de serpiente[7].

Este doctor decía que mi principal problema era ser demasiado tímida. Yo tenía temor de punzar a los pacientes y, al hacerlo, era dubitativa. Los pacientes se quejaban de que mi mano era muy pesada (shoufa tai zhong). En vez de lograr darles un sentimiento de electricidad (suan),  adomercimiento (ma) o expansividad (zhang) después de la inserción de la aguja, dolía (tong). El profesor creía que esto era debido a que yo era extranjera. Un día, cuando una señora mayor cojeando entró al consultorio, él sugirió que yo la pinchara, asumiendo que esta mujer estaba acostumbrada a soportar el dolor. Yo utilizaba cofia y guardapolvo blanco, por lo que ella no podía reconocerme como extranjera hablando ambas en el dialecto de Yunnan. Sin embargo, en el momento en el que le puse la aguja en su tobillo, se quejó del dolor y notó que yo era extranjera, evitándome en futuras consultas.

En otra ocasión, mi profesor me asignó un paciente que sufría depresión y alucinaciones y fue diagnosticado como “loco” (kuan). Se encontraba sedado vía psicofármacos, pero su madre creía que la acupuntura podría ayudar a mejorar sus espíritus. Mi profesor le específico a la madre que debía tratarlo en horas específicas del día, que él había calculado de acuerdo al método de escoger determinados loci basado en el ciclo de las ramas terrestres (ziwu liuzhu fa)[8], y me enseñó cómo aplicar el método de Sun Simiao de trece loci para tratar fantasmas (sisan guixue)[9]. Sin embargo, después de algunas semanas el paciente no volvió al consultorio.

Luego trabajé en otros consultorios de acupuntura y moxibustión. De hecho, en el período de práctica entre Marzo de 1988 y Diciembre de 1989 (del cual tengo pocas notas), trabajé en cinco consultorios diferentes. Mi directora de carrera de la facultad que realmente se preocupaba de mi formación como acupunturista me presentó durante sus vacaciones a sus amigos y colegas acupunturistas como su alumna particular. Uno trabajaba en un Hospital Militar (haciéndome pasar por una ciudadana china nativa, pude ingresar salteando los controles), otro en el Hospital Cruz Roja. El Hospital Cruz Roja, alineado con el modelo de los hospitales misioneros de fines del siglo XIX y principios del XX, había realizado, inicialmente, una gran cantidad de operaciones de cataratas y continuó atrayendo pacientes con problemas oculares[10]. El acupunturista de ese hospital – un médico que ejercía la medicina occidental y fue forzado a aprender medicina china en la década del ’50 –  fue creativo y desarrolló una técnica de punción para tratar la miopía y el estrabismo. Durante las vacaciones de verano su consultorio estaba lleno de pacientes miopes y niños con estrabismo de las zonas rurales; mientras visitaban a sus parientes en la capital provincial asistían diariamente a su tratamiento.

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Mi aprehensión a la punción persistió, especialmente dado que era impulsada a pinchar en zonas muy cercanas al globo ocular. Mis dificultades continuaron, inclusive, cuando comencé a asistir a las clases en técnicas de punción, en mi tercer cuatrimestre de estudios, y a los alumnos se les pide que se pinchen a sí mismos en uno de los puntos acupunturales del brazo, preferentemente quchi. Los pacientes seguían evitando que yo los atendiera. Dos amigas suizas se encontraban en China de viaje y me visitaron en aquel tiempo. Una de ellas, Sylvia, transitaba la menopausia y sentía excesivos calores y presentaba un eczema: su cara y cuerpo estaban cubiertos con grandes puntos rojos que le picaban terriblemente. Mi tutora de la facultad se alegró muchísimo; al fin aparecía una occidental para ser tratada y aproveció la oportunidad para hacerme tratar con acupuntura a Sylvia todos los días. Por diez días mi tutora vino al cuarto que yo ocupaba para tratar a Sylvia y me instruyó en qué puntos usar y cómo usarlos, así como también donde aplicar moxibustión. Sylvia, pacientemente, soportó mi tosca punción. Sin embargo, los efectos fueron sorprendentes y, por primera vez en mi vida, tuve una experiencia que debe ser crucial para la identidad profesional de un acupunturista que finalmente puede realizar un efecto sobre la recuperación del paciente.

Primero, experimenté un enorme gozo. Mis esfuerzos finalmente tenían un efecto, aunque las mejoras eran sólo sintomáticas y temporarias: el eczema volvió unas semanas más tarde, cuando Sylvia retornó a Suiza. Esta alegría que los novatos sentimos con nuestro primer tratamiento exitoso no debe ser subestimada. De Martino (1988: 86) señala: “Fue tal el acceso de misteriosa e irreprimible alegría en la que Aua se convirtió en Shaman”.

Simultáneamente experimenté una gran confianza. La mejoría había sido tan radical: casi ningún punto rojo era visible, y esos que se veían eran mucho más pequeños. Sumado a esto, Silvia ya no sufría de insomnio y no se quejaba de la constante picazón. Simplemente no parecía un caso de recuperación espontánea. Quizás fue el cuidado que mi profesora y yo le brindamos y la concentración con la que la atendimos lo que hizo que los síntomas se calmaran. Quizás fue la compañía y la diversión que experimentaba en nuestras salidas a las zonas rurales cercanas. Sin embargo, para mí se debía un efecto del tratamiento, a que había un efecto médico específico, no una mejoría difusa gracias una calma psicológica.

En tercer lugar, atribuí mi éxito en el tratamiento a los procedimientos específicos de acupuntura y moxibustión, y mi confianza en su efectividad se vio acrecentada. Esta creencia en las herramientas, dispositivos, guías espirituales o conocimiento específico, forman un aspecto indispensable de la identidad de cualquier tipo de terapeuta, sea un shaman, un médico clínico o un acupunturista. No era sólo yo, era yo y mis agujas, yo y mi conocimiento, lo que realizaba el efecto de mejoría.

Otra consecuencia fue que Sylvia me regalo una hermosa chaqueta de seda bordada. Así, aprendí otro aspecto más de lo que significaba ser acupunturista: al margen de cualquier honorario por consulta, los pacientes hacen regalos personales. Los tratamientos efectivos usualmente refuerzan el lazo entre el terapeuta y el paciente[11]. Este nuevo modo de relación social entre paciente y médico está marcado por transacciones materiales del paciente hacia el médico que, en contra partida, hace que el terapeuta esté en deuda con el paciente y de esta manera se refuerza el lazo entre ellos. En este sentido, curar se convierte en aspecto del entramado social y de la construcción de una comunidad.

La sensación de crecimiento emocional, el sentimiento de seguridad y la confianza en las herramientas y técnicas adquiridas puede que escape en un estudio donde uno sea sólo un observador participante, sin embargo es muy posible que transforme la actitud del investigador que realiza una experiencia participativa frente al objeto de aprendizaje. De forma destacada, me hizo apreciar los modos en los que trabaja el modelo de cuerpo que observa el acupunturista, de lo que hablaré a continuación.  Hay múltiples miradas sobre el cuerpo en la medicina china y, como Judith Farquhar defiende (1994b), el modelo del cuerpo de la acupuntura es el más cercano al del anatomista. Sin embargo, no son lo mismo.

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La realidad del modelo del cuerpo de la acupuntura

Hoy en día, modelos de hombres y mujeres de plástico son realizados con las proporciones de la anatomía occidental, con líneas y puntos dibujados en la superficie del cuerpo en distintos colores. Compré uno de esos modelos porque pensé que sería útil para recordar los puntos loci. El modelo plástico era útil, pero sólo en pequeños casos, porque, de hecho, me vi usando mi propio cuerpo para memorizar los puntos acupunturales. Presionaba sobre mi piel, músculos y huesos, frotando sobre la ropa hasta que sentía (en mi caso en particular) cierto adormecimiento, suan, y después pronunciaba en voz alta el nombre de cada punto loci. Aprendí este método de mis profesores y compañeros y, eventualmente, pude recitar todos los puntos loci en su secuencia correcta a lo largo del canal.

El conocimiento de la localización particular de los puntos acupunturales es crucial. Cuando se realiza un tratamiento y se seleccionan los puntos, los acupunturistas en China tienden a a presionar a lo largo de las extremidades con sus dedos y suelen hacerlo con mayor intensidad en la zona de los puntos acupunturales previo la inserción de la aguja. Al presionar directamente sobre los loci, sin punzar, un puede obtener las típicas sensaciones de suan, ma y zhang  tanto en uno como en el paciente. Sin duda, esto aumenta la certeza de la presencia real de los loci en doctores y pacientes, estudiantes y profesores (Sagli 2003: 215-18).

En adición a los puntos acupunturales, los estudiantes deben memorizar (en idioma chino clásico) el curso de cada canal. Aunque estaba determinada a memorizar los loci, su localización en el cuerpo y sus funciones específicas en el tratamiento, nunca me molesté por memorizar el recorrido de los canales. Sin embargo estaba fascinada por los contenidos del Jingluoxue (Estudios sobre Canales y Colaterales; Li 1984), porque ofrecía una versión anotada de los textos sobre canales encontrados en Mawangdui combinado con los correspondientes pasajes del décimo capítulo en el segundo libro del Ling Shu del Clásico de Medicina Interna del Emperador Amarillo y seguido por una traducción al idioma chino moderno. Mi profesora solía leer pasajes de los textos de Mawangdui y hacía explicaciones de algunos términos. A los estudiantes se les pedía que leyeran y luego recitaran los pasajes del Ling Shu. Pasé horas durante mi trabajo de campo comparándolos mientras, al mismo tiempo, al otro lado del Pacífico, David Keegan (1988) ya había traducido y anotado estos textos en el apéndice de sus tésis de doctorado[12].

Había muchas discusiones sobre la certeza de la existencia de los puntos acupunturales y los canales, y recuerdo claramente una ocasión cuando discutía con unos jóvenes profesores universitarios sobre el innegable efecto de la acupuntura pero la dificultad para probar científicamente la realidad de los puntos acupunturales y los canales (ver Hsu 1996b). Estos jovenes profesores eran muy inteligentes, con una aguda mente crítica; eran seleccionados para estudiar en Shanghai ya que eran el primer grupo de profesores para dar las nuevas clases de acupuntura en la Facultad de Medicina Tradicional China de Yunnan. No eran naïve, sin embargo su práctica clínica los obligaba a aceptar la certeza de la existencia de que los puntos loci eran “reales” y esto era lo que la mayoría sostenía[13]. Sorprendentemente, no estaban muy convencidos de la realidad de los canales. Sus hipótesis eran que mediante la práctica médica en la China antigua los médicos habían encontrado los loci, pero que habían inventado los canales como una técnica mnemotécnica para unir los puntos en una línea. Ellos decían esto incluso sabiendo que en los textos sobre los canales de Mawangdui se mencionaban los canales pero no los puntos acupunturales – sugiriendo la idea de que los canales a lo largo de las extremidades precedían a los puntos loci en los usos terapéuticos.

Todavía recuerdo muy vívidamente como me sentía mistificada por el hecho de que los científicos no habían sido capaces de probar la realidad tanto de los puntos como de los canales; y recuerdo como, en discusiones con estos jóvenes profesores, yo acordaba de que la ciencia todavía no había probado su realidad. ¿Era una estudiante crédula? ¿Había sido el hecho de emplear la experiencia participativa, en vez de la observación participativa, lo que me había conducido a esa actitud? ¿O esa identificación con las creencias y conocimientos de las personas con las que uno trabaja una experiencia general para cualquier antropólogo haciendo trabajo de campo?

Nueve años más tarde, en 1998, fui invitada a dar un seminario en la Universidad de Londres durante el cual mencioné este incidente y reflexioné sobre mi credulidad, sin estar al tanto de que había irritado a una colega de la audiencia por haberme alineado con la punto de vista biomédico dominante. Recientemente, en 2003, después de invitar a esta misma colega (ahora miembro del grupo postdoctoral) a dar un seminario en Oxford, fue que ambas discutimos el seminario de Londres. Esta compañera, que trabajaba estudiando la labor de homeópatas en el Sur de Londres, se encontraba transitando transformaciones similares, y tenía mayor simpatía, con mi anterior punto de vista, mientras que yo, había perdido la certeza que tenía en aquel seminario. Ella asintió. Nos reímos. Y así nuestro entendimiento sobre las cualidades del conocimiento que en ciertas situaciones prueba ser útil y terapéuticamente efectivo, pero científicamente incomprobable, parecieron reconciliarse. Posiblemente, un observador completamente desafectado no puede empatizar con las cualidades del conocimiento que produce un antropólogo inmerso en el trabajo de campo, y que se sostienen vivas años más tarde. Puede que sea un tipo de conocimiento que, inclusive, la gente con la que uno interactúa en el intercambio del trabajo de campo sólo experimente de forma parcial.

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Consideraciones sobre la historia del cuerpo visto por la acupuntura

Hay todavía algunas cosas más que decir respecto al cuerpo considerado en la acupuntura. Como los nombres de las partes del cuerpo refieren más a un cuerpo arquitectónico estático, con estructuras y espacios como aquellos que se pueden ver en un edificio arquitectónico, es, quizás, mejor pensar en él como un cuerpo arquitectónico que como uno anatómico. Sin embargo, el elaborado vocabulario usado para describir las estructuras arquitectónicas corporales en los textos sobre canales de Mawangdui desaparecen casi completamente en los escritos que se volvieron prominentes siglos más tarde y que son enfáticamente propuestos en el Clásico de Medicina Interna del Emperador Amarillo, donde ya se introduce la doctrina médica de los humores. Esta propuesta médica de correspondencias sistemáticas entre los Cinco Agentes (wu xing), Viento, Fuego, Tierra, Agua y Madera, enfatiza el flujo y cambios continuos del qi, transformación constante. Esto puede explicar por qué la visión estática del cuerpo arquitectónico propuesto en los textos sobre canales de Mawangdui perdió, posteriormente, su importancia para los médicos que se centraron en un visión del cuerpo donde se manifiestan humores en transformación. Sin embargo la noción de canal y vasos, mai o jing, como una característica fundamental de la arquitectura corporal propuesta por los textos de Mawangdui nunca fue abandonada. Puede, incluso, ser anterior a la fecha de elaboración de los escritos de Mawangdui.

Li Jianmin (1999) anota que ciertos puntos loci, tales como tai yin y tai yang, puede haber dado sus nombres a los canales. Sugiere también que ciertos puntos acupunturales claves fueron conocidos, mediante la práctica médica, antes de que se propusieran los canales que los atraviesan. En etapas posteriores, más loci fueron encontrándose en los canales. Esto sugeriría que la combinación entre la observación empírica junto con los esfuerzos de sistematización del abordaje corporal llevaron a la elaboración del sistema de puntos acupunturales y canales como lo conocemos hoy. Li propone un argumento sumamente convincente. Sin embargo, no puede detallar de dónde proviene la noción de canal.

Interesantemente, los canales descriptos en los textos de Mawangdui son visibles sobre un figurín de laca desenterrado de Mianyang en la Sichuan del mismo período (He y Lo 1996). Se los anota en rojo sobre negro, con rutas que recuerdan a aquellas descriptas en los escritos de Mawangdui, aunque lejos de ser idénticas. Mientras que la experiencia participativa me llevó a tomar contacto con ejercicios de meditación, y así puedo dar testimonio de la experiencia subjetiva sobre la percepción de uno de esos canales durante la meditación, el du mai (canal de control), sin mayor evidencia, se vuelve una especulación anacrónica pensar si la percepción interna de los canales era una realidad vivenciada de los antiguos chinos que los llevó a conceptualizar estos canales que experimentaban (como postulan los autores arriba mencionados).

Incluso si adoptaramos la sugerencia de He y Lo, de que en el siglo II a.n.e. los canales reflejaban la experiencia interna de un prácticante de meditación, uno igualmente se preguntaría de dónde provendría la idea de un canal. La experiencia de que la presión en ciertos puntos del cuerpo libera de dolor en otras zonas es nombrada con recurrencia a lo largo del mundo (Melzack y Wall 1982: 238); mientras que la idea de canales sobre la superficie del cuerpo es más bien única. No obstante, no es tan única como un estudiante chino podría creer. Quizás representan una variación sobre un tema culturalmente muy diseminado que propone rutas de comunicación entre las partes del cuerpo. Conductos de conexión dentro del cuerpo y a lo largo de las extremidades se han datado también en África (Janzen 1978: 159, fig. e) y, con algunos cuestionamientos, en Sudamérica (Bastien 1989: 47). Las descripciones occidentales contemporáneas sobre la circulación del sistema nervioso puede ser vista como una representación particularmente refinada y elaborada sobre este tópico.

Un etnógrafo que trabajaba entre los Sunuwar del Este de Nepal señaló que durante cierto ritual a uno de los ancestros, chhegu, se colocan cuerdas agarradas al altar hogareño; usando las cuerdas, se dice que el shaman asciende al altar localizado en esquina sudoeste del hogar justo debajo del techo, busca a los ancestros, y los hace descender a lo largo de las cuerdas dentro de figuras hechas de arroz arrojadas en una canasta sobre el piso, donde son alimentados, interrogados y celebrados mediante canciones y danzas (Egli 1999: 135, 322-9). Un fotógrafo en Tailandia capturó la misma conceptualización sobre energías divinas y espirituales emanando desde cuerdas hacia el cuerpo de la comunidad de creyentes (Ittipon Elajukanon in Promsao et al. 1996: 129). Considerando que el término qi es a veces utilizado en reemplazo del término shen (espíritu) y shen qi (qi del espíritu) en el Clásico de Medicina Interna del Emperador Amarillo (Hsu 1999: 116-18), y que el concepto moderno de qi es tal que su fluir es más pronunciado a lo largo de esas cuerda o canales del cuerpo, uno no puede evitar considerar el paralelo entre el movimiento de los ancestros, la energía divina de Buddha, y aquella del qi del espíritu en el cuerpo considerado en la acupuntura.

Durante el ritual de chhegu, las cuerdas chara (cordón umbilical) que se encuentran sujetas a diferentes compartimentos en el altar, son dispuestas sobre un anillo de bambú que cumple la función de puente ritual, kya, para colgar y conectar a las figuras de arroz, torma, en la canasta colocada sobre el piso. Cinco, y a veces siete, cuerdas chara penden del altar y no se deben tocar unas con otras: cuatro conectan con uno de los cuatro pequeños torma, y aquellas cuerdas restantes son sujetadas a una larga. Sin embargo, no todas las cuerdas chara forman líneas suaves e ininterrumpidas. Sobre cuatro de las cuerdas chara el shaman coloca (cada 5 cm.) semillas de la planta llamada totla (Oroxylum indicum), con la apariencia de un pergamino, redondas y transparentes, que tendrían la propiedad de facilitar el descenso de los ancestros. Egli (1999: 325) propone que las cuerdas chara pueden asemejarse a las cuerdas mu tibetanas por las cuales los reyes tibetanos descendían desde el cielo y que, en tiempos míticos, permanecía sujeta a la punta de la cabeza o casco del rey. Se dice que estas cuerdas mu se parecían a pilares de viento, luz o humo, o a una montaña sagrada. Cuando un rey moría, su cuerpo se transformaba en luz y ascendía a lo largo de la cuerda mu hacia el Cielo. Debido a que uno de los reyes, descuidadamente, cortó la cuerda, los reyes tibetanos ahora tienen cuerpos. Sin embargo, existen especialistas rituales, como los sacerdotes Bon, que todavía pueden hacer uso de la cuerda mu, siendo también posible para los mortales menores ascender a lo largo de ellas hacia el Cielo después de la muerte. Es por esto que lo rituales adivinatorios y funerarios deben ser realizados por ellos (Stein 1989: 261-2).

Naturalmente, estas observaciones etnográficas que dan testimonio de las creencias de que los espíritus pueden moverse a través de cuerdas, y que esas cuerdas, conectan con sus ancestros o Buddha, son insuficientes para lograr explicar por qué los canales fueron y son una característica central dentro de la observación del cuerpo en la acupuntura. Sin embargo, sí logran descubrir una recurrencia cultural sobre modos de comunicación entre lo humano y lo divino que continua siendo practicado en el Himalaya y el Sudeste asiático; comunicación a través de cuerdas que toma lugar principalmente en momentos de oración y meditación. Queda todavía pendiente ver si es posible hallar mayores indicios que sugieran que, incluso en tiempos antiguos, las cuerdas sujetas a los altares y los canales a lo largo del cuerpo eran rutas para una experiencia subjetiva de comunicación con lo divino.

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Y, finalmente, cómo fue que no me convertí en acupunturista

Al poco tiempo de haber finalizado mi investigación, después de haber recibido mi entrenamiento en acupuntura por un año y medio, continué trabajando en otro hospital de Kunming con un médico acupunturista muy respetado, proveniente de Shanghai, que estaba realmente impresionado con mis conocimientos, considerando mi condición de extranjera. Esta aprobación respecto a las aptitudes que había adquirido a través de distintas fuentes fue muy importante para mí; aumentó mi confianza en que tenía el suficiente conocimiento para practicar la acupuntura en Inglaterra. Así y todo, Sylvia seguía siendo la primera y única paciente que había tratado satisfactoriamente mediante acupuntura.

No es que no haya intentado practicar la acupuntura en Inglaterra durante el período de redacción de mi tesis de doctorado. De hecho, en esa época consideraba que sería una pena perder el conocimiento específico de dicha técnica adquirida en China y pensaba que podía mejorar el nivel de los tratamientos ofrecidos en Inglaterra con las técnicas que había adquirido junto a estudiantes chinos, en lengua china y en China. Tampoco es que hubiera ausencia de pacientes deseosos de tratarse con este medio, comenzando por mí.

A los pocos días de haber regresado a Inglaterra caí de una escalera empinada y estrecha y me lastimé el hombro. Mi primera reacción, como lo hubiese sido en China, fue la de llamar a un acupunturista (que encontré a través de la Guía Telefónica). La respuesta que recibí por teléfono debe haberme alertado del futuro fracaso de mi intento de tratar pacientes en Inglaterra. El acupunturista dijo que él usualmente no trataba ese tipo de lesiones de hombro y me preguntó si yo no tenía algún otro tipo de síntoma. Como no entendí muy bien lo que quería decir, me explicó que los tratamientos mediante acupuntura que él ofrecía eran buenos para tratar inconvenientes psicosomáticos.

Esto sugería que los pacientes ingleses tenían la tendencia a consultar acupunturistas cuando sufrían de síntomas crónicos (y no de traumatismos agudos en las extremidades). Es por esto que los acupunturistas ingleses tendían a tratar principalmente con los, así llamados, problemas psicosomáticos. Incluso si estos se presentaran de forma somática con, por ejemplo, rigidez en los hombros o dolores de espalda. Como una acupunturista entrenada en Kunming, simplemente no estaba preparada para tratar esas complejidades psicológicas. Aunque muchos pacientes presentaban lo que yo conocía como síndrome bi, que sabía cómo tratar, podía haber complicaciones posteriores. Estaba profesional y emocionalmente poco preparada para enfrentar esos casos.

Sumado a esto, mi técnica con la aguja, que muchos chinos habían dictaminado como tosca, sin duda no daría satisfacción a la sensibilidad europea. Estaba entrenada para que la inserción de la aguja fuera profunda. Los acupunturistas chinos no aprueban la inserción superficial que practican los europeos. Por lo tanto es de suponer que los europeos no estén acostumbrados la punción profunda. Así, un colega que sufría de diarrea tuvo constipación el día después que lo traté; un amigo, que intentó que tratara su dolor de cabeza, se descompensó en mi sofá con una alarmante cara pálida minutos después de que la pinché.

Es necesario decir que dichas experiencias me dieron un sentimiento de desaliento respecto a seguir una carrera de medio tiempo en acupuntura en Inglaterra. En última instancia, no había incentivo institucional para que una estudiante de investigación en el campo de la antropología social pudiera trabajar medio tiempo como acupunturista. De hecho, los miembros de la facultad tomaban con mucha sospecha mis actividades como acupunturista; algunos abiertamente expresaban sus dudas respectos a mis deseos de desempeñarme como investigadora. Desde aquel momento he perdido el poco conocimiento adquirido sobre la práctica de la acupuntura y, de los 365 puntos acupunturales que alguna vez memoricé, sólo recuerdo algunos pocos dentro de mi repertorio. Digo esto con pena, pero sin arrepentirme, sin embargo, del esfuerzo extra que tuve que realizar dentro de mi labor haciendo experiencia participativa, logrando aprender las técnicas, el conocimiento teórico y la identidad cultural de los médicos acupunturista con un contacto directo con médicos reconocidos de China.

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Traducción por Juan Manuel Grande

[1] Estoy en deuda con Shirley Ardener por alentarme a escribir esta historia íntima y autobiográfica. También quisiera agradecer a Kent Maynard por sus valiosos comentarios sobre los primeros borradores.

[2] En Marzo de 1986 realicé un mes de trabajo de campo preparatorio en una sala médica de acupuntura en Chengdu. El trabajo de campo concreto lo llevé adelante en Kunming entre Septiembre de 1988 y Diciembre de 1989. Kunming, la capital de la provincia de Yunnan, era la ciudad hermana de Zurich, que facilitaba los intercambios estudiantiles; a fines de 1980, los pedidos de trabajo de campo de extranjeros eran recibidos con un constante  bu xing (“es imposible”).

[3] Ellos eran bien respetados pero no tanto venerados como algunos de los famosos doctores (ming yi) de la Facultad, quienes practicaban fitomedicina (Zhang 1989: 151 ff.)

[4] Una de las razones es la dada en la nota al pie 3. Mi deseo de estudiar acupuntura, en vez de fitomedicina china, reforzaba su consideración como extranjera; i.e., los extranjeros estaban interesados en acupuntura.

[5] En Yunnan, a fines de los ´80, la acupuntura se enseñaba en un nivel terciario, que involucraba tres años de cursada. Era muy popular en los estudiantes jóvenes en ese tiempo, cuando la opción de llevar una emprendimiento privado o radicarse en el extranjero era atractivo para todo el mundo. Los estudiantes dedicados, sin embargo, se enrolaban en la carrera regular de MTC de 5 años, que ponía énfasis en medicina fitoterapéutica (Hsu 1999: 145-57).

[6] Yo había aprendido chino entre 1978 y 1979 en la Escuela de Lenguas Peking, y de 1982 a 1984 me ganaba la vida dando clases y tutorías privadas como profesora de chino moderno; ya al comienzo de mi trabajo etnográfico de campo mi nivel de conocimiento del idioma era el suficiente como para no tener que tomar lecciones particulares.

[7] Los hospitales pertenecían a la Jurisdicción del Ministerio de Salud (Weishengbu), mientras que las Facultadas eran parte del Ministerio de Educación (Jiaoyubu). Los profesionales de MTC, en este último, eran rigurosamente seleccionados y se les transmitía concienzudamente los principios y prácticas de la MTC oficial, en contraste con lo que hacían los así llamados “doctores de alto rango” (laoshongyi).

[8] El método ziwu liuzhu fue desarrollado en la Dinastía Song, ver Despeux (2001:157); fue suprimido como supersticioso durante la Revolución Cultural (1966-76) y vuelto a considerar a partir de fines de la década de los ’80.

[9] En el historial de este paciente se registra que fue atendido los días 14, 16, 18, 21, 25 y 28 de Marzo y 1, 4, 6,11, 13, 15, 20, 22, 25 de Abril de 1989. Del 28 de Marzo en adelante, los trece loci para tratar fantasmas fueron regularmente aplicados. En mis notas los siguientes catorce puntos se encuentran registrados:  renzhong, shaoshang, yinbai, daling, shenmai, fengfu, jiache, chengjiang, laogong, shangxing, huiyin, quchi, jianshi y houxi. Para comparar, ver Unschuld (1980:42) and Sun (1993:327); los nombres de los loci obviamente difieren. Al mismo tiempo, al paciente se le prescribió tratamiento con hierbas, por ejemplo, el 21 de Marzo se le recetó: chaihu  (Radix Bupleuri), danggui (Radix Angelica Sinensis), chuanxiong (Rhizoma Chuanxiong), chishao (Radix Paeonia Rubra), shengdi (raw Radix Rehmannia), jiegeng (Radix Platycodi), huainiuxi (Radix Achytanthis Bidentate), zhiqiao (Fructus Aurantii), taoren (Semen Persicae), honghua (Flos Carthami), tiannanxing (Rhizoma Arisaematis), shichangpu (Rhizoma Acori Tatrinowii), chenpi (Pericarpium Citri Reticulatae), danshen (Radic Salviae Miltiorrhizae) y gancao (Radix Glycyrrhizae).

[10] Hsu (1992), quien realiza un acercamiento al estudio histórico basada en la teoría del significado, encontró teoría en la literatura específica y en los testimonios de los profesionales del Hospital Cruz Roja, que le permitió sostener esta declaración. No así Bretelle-Establet (2002), quien realizó un estudio cuantitativo. En su dossier de 2000 notas, las operaciones de cataratas sólo fueron mencionadas 12 veces (Fonds du Gouvernemente de l’Indochine, dossier 32756, Hoihao 31.5.1900 y 56359, Semao, 5.7.1900).

[11] Caractericé a esto como la última etapa en la “lógica” que da base a las relaciones interpersonales en los rituales de curación, donde la relación médico-paciente se transforma en una relación de amistad (Hsu 1999: 58-66)

[12] Para ver traducciones impresas de los textos de Mawangdui sobre los canales ver Harper (1998: 192-212). Para trabajos sobre el sistema de canales en el Canón de Medicina Interna del Emperador Amarilli, ver Unschuld (2003: 167-80). Para investigaciones sobre los canales en libros de MTC, ver Porter (1974: 197-346) y Sivin (1987: 249-72).

[13] Los reconocidos investigadores Lu y Needham (1980) estaban intrigados por las máquinas que podían detectar cambios en el voltaje eléctrico en los puntos acupunturales, lo que algunos consideraban una prueba de su existencia.

 

Texto publicado en MEDICAL IDENTITIES. HEALTH, WELL-BEING AND PERSONHOOD. Maynard, Kent (ed.), Inglaterra, Berghahn Books, 2007, p. 101. ISBN-13: 978-1-84545-038-0.

Sobre El Autor

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Elisabeth Hsu es Profesora en Antropología en el Instituto de Antropología Cultural y Social de la Universidad de Oxford. Sus investigaciones refieren a la antropología médica y la etnobotánica. Ellos tratan sobre la difusión y los modos de aprendizaje y tratamiento de la Medicina China, entre otros. https://www.isca.ox.ac.uk/about-us/staff/academic/prof-elisabeth-hsu/

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