Diego Alfaro Palma (Chile, 1984) publicó los libros de poemas Tordo (Cuneta, 2014 / Limache250, 2013) y Paseantes (Temple, 2009); hizo la antología Poesía reunida de Cecilia Casanova (Ed. Univ. De Valparíso, 2014); tradujo El pensamiento zorro, prosa de Ted Hughes (Limache205, 2013); y colabora en revistas chilenas e internacionales. Tordo recibió el Premio Municipal de Santiago 2015.

“El Tordo, cureaus cureaus (nombre científico) proviene del mapundungun Kurew; Kur denomina lo negro y oscuro y es una onomatopeya del canto del abe; en esta cultura es un animal mágico encargado de predecir la lluvia. En los relatos míticos es quien resuelve las adivinanzas y responde con verdad. El latín Cur es el origen de la palabra Cuidador”.

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¿Cómo nace Tordo?

Nace de un continuo, una suma de experiencias, lecturas y viajes. El pájaro ya me venía persiguiendo hace ya un buen tiempo; donde iba se detenía frente a mí una bandada o un ejemplar solo que se me quedaba mirando. Fue ahí que, en medio de la escritura de una serie de poemas sobre la guerra, se me apareció la figura del tordo en la mente y anidó ahí. Se convirtió en mi tótem, un protector, y así fue que empezó a aparecer en otros poemas y alrededor de él se configuró una idea en común, poemas en verso y en prosa que indagaban en la relación del hombre con la naturaleza, con los otros hombres, la situación política y mi propia biografía. Toda esa primera parte del libro nace de ahí. En la segunda, el tordo me miró más de lejos y en cosa de tres semanas, viviendo ya en Buenos Aires, me vino una batahola de poemas largos en donde dialogaba con una voz femenina, Jeanne de Montreal, en la que los elementos de la primera parte se vuelven a repetir, a recargar y el verso a ser un flujo de imágenes y sensaciones que podrían ser dispares, pero que están unidas por un movimiento en común. El tordo fue mi tótem para proponer una totalidad, una obra total, logrando aquello o no, pero al menos intentándolo.

Desde el título del primer poema –Ballenero-, el mar es parte del paisaje de este libro, una geografía marina se delinea: ballenas, crustáceos, olas, peces… “El mar necesita sacrificios”, sentencia uno de tus versos. ¿Cómo se configura este escenario en tu poética?

El mar es mi padre, el campo mi madre. Mi padre es lo movedizo, lo cambiante; mi mamá, las raíces. De esto me di cuenta ya de grande. Mi relación con el mar tiene que ver con el trabajo de mi papá, que es marino mercante y con todo el tiempo que pasamos viajando con él o visitándolo a su casa-máquina. Gran parte de mi mundo imaginario viene de ahí, de haber experimentado la extensión de los océanos, haber visto a una ballena azul o a grupos de cachalotes. Toda esa fauna me encanta y la respeto con reverencia, porque poseen una vida y un lenguaje tan cercano a la palabra y a la música, a la vieja idea de la poesía: el canto. Por el otro lado, el campo me dio las montañas, los nombres de plantas y pájaros, un lenguaje igualmente primitivo -y no por ello en desuso- que es el de los refranes, la poesía popular de los huasos y el conocimiento de la vida oculta de los árboles.

También el terror recorre el libro: botas negras bajan de los buses, la ciudad está en estado de sitio, el poeta oye francotiradores, ve nubes de gas lacrimógeno que surcan la ciudad… “Y el terror: el terror va por derecho propio”. ¿Qué distancia es necesaria para poetizar el horror?

Yo tengo la certeza de que el futuro de Chile no está en ningún mineral, sino que en perder el miedo. Toda la generación de mis padres y la mía crecimos bajo el alero del terror mediático de la dictadura y de la violencia física que se sigue arrastrando hoy en democracia. Por eso en el libro hay un contrapunto con la experiencia de la guerra llevada al campo de lo cotidiano, ya sea en la inclusión de las imágenes de las marchas estudiantiles o en cualquier modo de movilización que termina siendo aplacado por el galope de la policía. También hay otro tipo de terror, que es el del hombre puesto en un lugar arriba de la naturaleza, intentando gobernarla y extrayendo sus secretos y, en esa aniquilación, quedando solo, al desamparo con su finitud. Ese es el terror mayor. Ahí la única distancia necesaria es la de la sinceridad.

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Hay una generación en Tordo que apuesta sus mejores años “por el poder y la avaricia”. ¿Podés contarnos un poco más acerca de esa generación?

Creo que ese es uno de los puntos más pretenciosos del libro, el de increpar o aludir a una generación, que es más encima la de uno. Por ahí se me puede pasar la mano, pero concuerdo con otros de que al no existir causas comunes, el plan de vida ha quedado reducido a lograr la rentabilidad de una idea, su utilidad en el campo del mercado. Todo bien si esas ideas transforman nuestra manera de transfigurar nuestros residuos o de mejorar la calidad de vida de un montón de gente. Lamentablemente siguen siendo desprendimientos de individualidades y, por lo tanto, no tienen más vida útil que la de un producto que se puede desechar. Ese es quizás nuestro karma, muchas propuestas diseminadas, especializadas, a ratos con poco interés de divulgar. La poesía también cae en eso, en ser nicho para los amantes de los versos y toda esa tontera, en el exclusivismo del discurso académico, en el vacío de grupos autoprotegidos, en la dramatización de la lectura por transformarla en espectáculo; la buena poesía siempre tendrá lectores en cuanto sea exigente consigo misma y haga las preguntas necesarias, no necesita de un estímulo ajeno o de una corte de imitadores que la corone sin tener méritos.

“Y fuimos creciendo en medio del temor”… También la infancia asoma en tus páginas: “pero escapábamos en bicicletas por el ripio / y piedritas entraban en los zapatos / esa fue la infancia Jeanne / tardes de pan con palta videojuegos / el valle cerrándose con el movimiento de las montañas”. ¿Desde dónde accede la poesía a ese tiempo mágico y anterior?

Una manera de entrar en la infancia es a través de los objetos, pero ese viaje no tiene que estar cargado de nostalgia, al contrario, hay que reconducir esa energía para que esta aparezca tal cual, sin colorantes ni aditivos. A los objetos se les adhieren capas de tiempo, voces, experiencias, más si llegan a tener un papel preponderante durante nuestras vidas y las de otros. Tanto en Paseantes y mucho más en Tordo realicé esta operación llegando al mismo resultado que TS Eliot: la evidencia de que todos los tiempos, el pasado y el futuro, están contenidos en el tiempo presente. Volver a los objetos es un rito moderno que nos retrotrae a la circularidad de la naturaleza. La poesía me ha enseñado eso, su capacidad de brindar calma ante el apremio o la ansiedad que a muchos les genera publicar o andar figurando; también me enseñó que un poema es una pequeña máquina para comunicarse con los muertos.

“A mi abuelo los pacos le sacaron un auto / se lo devolvieron a los seis meses / pero a él no le pasó nada / Mi mamá fue a una protesta a los días / un tío la rescató de entre la multitud / pero a ella no le pasó nada / Mi papá era tercer piloto mercante / supo que habían arrojado cuerpos al mar / pero a él no le pasó nada…”. ¿En qué términos se explica tu generación la indiferencia, el silenciamiento?

Quizás un valor negativo que anda suelto hoy por hoy es el del aburrimiento, que es una sensación -al menos para mí- muy adolescente. Los versos que citas tienen que ver con la experiencia que tuvo mi familia con respecto al Golpe de Estado de 1973 en Chile, de cómo les afectó, que no fue de una manera terrible como a otra gente que sufrió la persecución y desaparición sistemática; es por eso que repito que a ellos no les pasó nada, como una manera de subsanar esa herida y al mismo tiempo hacerla patente. Ahora, en mi país, a muchos no les interesa volver a hablar ese tema, ni discutirlo, ya es algo “aburrido” o “fome”, como decimos allá, porque al no existir la cantidad de juicios necesarios ni al haber existido una política de Estado respecto a la restitución de la democracia, esta misma terminó cediendo ante el discurso de la “amnistía”: que el tiempo se haga cargo. Eso obviamente hoy está explotando por todos lados y es cosa de ver cómo los estudiantes hoy marchan criticando esa flaqueza de los partidos políticos, ya que las transformaciones de la dictadura siguen segmentando cada vez más a la sociedad y están tan adentro que se manifiestan hasta en la forma de hablar de las personas, de relacionarse con la cultura, de una forma imperativa y desconfiada, un sentimiento constante de frustración. Es por eso que hay que andar con las antenas arriba, porque lo que está pasando en Latinoamérica, más allá de la intromisión extranjera, es la de un debilitamiento del poder popular que entiende la política como algo ajeno, aburrido, un producto que se puede devolver antes de los treinta días.

“La poesía es inútil ante el poder de un muerto” / “El lenguaje queda corto para hablar de la miseria”. ¿Cuáles son los límites del poeta? ¿Cuáles los del lenguaje?

Enrique Lihn siempre fue un poeta que creía en los poderes encantatorios de la palabra y al mismo desconfiaba sumamente de su transformación para usos utilitarios o incluso su capacidad de comunicar dentro del poema. Su figura y esa potencia del pensamiento que nos dejó es imposible de baipasear y es una evidencia que el siglo XX nos heredó. Ante la muerte un poema no puede hacer nada, no puede traer de vuelta a los muertos, ese poder siempre en nuestra civilización ha quedado relegado a los dioses o a los dioses-hombres. En esta inmanencia, la poesía sólo puede recurrir a la elegía, a reconstruir para los vivos la presencia y los valores de otro que ha desaparecido, puede imprecar, puede maldecir como esa famosa composición de la Violeta Parra que se llama “Maldigo del Alto Cielo” o ese poema ríspido y dolido de la Mistral titulado cruelmente “El ruego”. Al mismo tiempo la poesía puede denunciar, dar cuenta de una realidad horrible, de lo indigno, pero no puede -por más que quiera- cambiar esa situación. Su límite está en que al ser una acción humana no puede -como cualquier forma de arte- ser el módulo para transformar la realidad. El poema puede movilizar, eso sí sin afanes propagandísticos -ya conocemos los desastres que eso produce-, puede como César Vallejo en “Masa”, conmover al nivel de que creamos que la muerte puede ser vencida, sabiendo de su imposible, pero atreviéndose a encararla, decirle: Death, be not proud.

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“… en el Tai chi hay un primer movimiento para reconocer que la energía es una / del aire hasta los pies y eres uno y todo y el todo / avanza dentro de ti para ser conducido”. ¿Cuánto de esa premisa define el acto poético?

La poesía, en primer lugar, trabaja con impulsos que posteriormente son ajustados a una forma. Cada uno de estos impulsos posee una fuerza y, por lo tanto, es un proceso que requiere energía, de toda una conjunción entre cuerpo y mente. Así cada verso es el trabajo con esas fuentes energéticas, las cuales al igual que la respiración, pueden ser conducidas hacia la página o hacia la memoria, con un ritmo particular, con su propia música. Siempre la aparición del verso es un remezón del organismo y luego un pulir de la razón, la lija, el moldear, el dejar respirar la forma, para más tarde retomarla, mezclarla con otras a cierta temperatura del pensamiento, hasta que uno logra -o al menos cree lograr- una especie de objeto vivo, una célula, otro organismo, independiente y a la vez en relación con la totalidad.

Me interesa tu perspectiva de educador: “El mejor alumno en el peor de los empleos posibles”, “mi mejor alumna se suicidó”. Pero sobre todo: “… Dante nunca sirvió ante el analfabetismo / enseñar un cuento cuando la literatura es una clase inútil / para eso están los pedagogos eternos / dejando dormir una generación completa bajo los laureles”. ¿Cuándo la literatura se vuelve clase inútil? ¿Cómo es posible escapar de esa derrota?

Nunca he dejado de ser profesor, de llevar a cabo mi labor pedagógica; cuando era niño jugaba a hacer clases… pobres de mis hermanos y primos. Y la primera forma de escapar de la derrota es con el entusiasmo, si uno no tiene la pasión, mejor se da media vuelta y se va a freír monos al África (una frase muy típica chilena). Lo que pasa, y por lo que yo evidencié siendo profesor en una villa, es que es imposible la adecuación de lo que llamamos el canon literario a una sala de clases donde no está garantizada ni la seguridad o el mínimo sentido de la dignidad de la persona. Ese verso lo pensé recordando una mañana en que hacían menos de tres grados y la sala no tenía ventanas, ni luz eléctrica. Los niños venían con sueño porque sin duda en su barrio era difícil conciliar el sueño, dentro de sus casas lo mismo. Muchas veces tuve que dejar el objetivo de una clase para hablar simplemente de la vida y dejar que los chicos me hicieran preguntas, que supieran de dónde venía, cómo me había educado y por qué estaba ahí. La poesía en esa situación puede llegar a ser una terapia, una salida, pero al mismo tiempo un lenguaje novedoso que genera mucho interés. Como la respiración hay que saber dirigirlo y hacer la progresión, porque el Infierno muchos no lo habrán leído, pero lo experimentan a diario y es ahí como uno debe ir paso a paso para mostrar cómo las palabras pueden sintetizar la experiencia.

¿Quiénes son tus referentes poéticos? ¿Cómo se conforma para vos la tradición literaria chilena? ¿Cómo ves el panorama actual?

Son tres preguntas muy grandes así que trataré de ser breve. Mis referentes son, en realidad, toda la poesía que pueda caer a mis manos y que vaya formando parte de mi imaginario, como compañeros de ruta. Obviamente, que los muelles principales en ese paraje son los de la poesía chilena. Es imposible escapar de eso. Pero, creo que -al igual que Seamus Heaney cuando habla de la poesía irlandesa- cada poeta (sobre todo en Latinoamérica) es una zona del mundo conocido, una particularidad de la lengua, un país sin límites fijos. Así como habría un país Violeta Parra, también creo que están los valles de Mistral o las honduras y los acantilados de Rosamel del Valle. Y cada uno de estos poetas al mismo tiempo tiene un tráfico, un comercio con los otros, hay una circulación de objetos, tiempos en común, geografías mentales que son compartidas. La provincia Antonio Cisneros es muy distinta de la provincia Ferreira Gullar o de las playas de Viel Temperley, sin embargo, hay toda una comunicación visible entre ellos. Eso es quizás lo que el arte y la cultura puede generar como un ejemplo para la política de los acuerdos en nuestro continente, ya que aquí siempre el oficio ha estado mucho más arriba que el actuar de nuestros representantes. Más hoy. Y en ese sentido, el panorama actual de la poesía en Chile me parece más abierto a ese diálogo, a recorrer otras zonas de sentido o de sentirse parte de la lengua continente, algo que obviamente va en contra de ese modelo de Chile neoliberal que al parecer no quiere ni mezclarse con sus vecinos. No sé, por ahí tienes más que nunca a poetas completamente disímiles viajando, interactuando con otros discursos, antologando, escribiendo crítica, movilizando ediciones y lecturas para adentro y fuera de esa isla cercada por la cordillera y devorada por el mar. Y eso es completamente sano y sin duda siento que va a transfigurar nuestra concepción tan esquematizada y canónica de lo que llamamos “la poesía chilena”.

Fotografías: Matias Gallardo

Sobre El Autor

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Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Jefa de Redacción durante años del portal Evaristo cultural, es actualmente editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; El ojo de la tormenta, y Metaliteratura -Argentina-, entre otras). Desde su rol docente, se dedica también al trabajo social.

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