Después de un cruce de mensajes por whatsapp y un par de llamadas telefónicas, salí con Lucas, el soltero que había conocido en el cumpleaños de la hija de mi prima. Todo fue bien…normal… Es decir, nada fuera de lo habitual, pero…

Me pasó a buscar por el departamento. Unos segundos más tarde de la hora pautada, un mensaje de texto me avisaba que estaba abajo. Manipulaba un celular de espalda a la puerta del edificio. Giró a mi encuentro al escuchar mis pasos. Beso en la mejilla; intercambio rápido de palabras; subimos a su camioneta.

Estacionamos frente un bar que me habían recomendado. El lugar no era gran cosa, pero iba bien para la situación. Me dejó elegir la mesa. Nos sentamos junto a una ventana.

Después de decidir que acompañaría la pizza con cerveza, sumergí el dedo índice en el charquito de cera derretida que rodeaba al fuego del centro de mesa. Pretendía embadurnarme también el mayor cuando el líquido se volcó y enchastró el mantel. Tomé consciencia de lo que estaba haciendo.

Me propuse mostrarme madura y lo más normal posible durante el resto de la velada. Intenté disculparme de un modo elegante pero sonó artificial y, para colmo, moví el brazo de tal manera que volví a tirar la vela, que él, rápido de reflejos, acomodó. “No te preocupes”, dijo, y miró alrededor. Creo que hundir los dedos en la cera me sentaba más natural. Aunque la mona se vista de seda… Pero todavía quería dejarle una buena impresión.

Se acercó una chica con un talonario azul en la mano a cobrarnos derecho de espectáculo. Dijo que más tarde tocaría una banda. Nos pareció bien. Él sacó su billetera y pagó por los dos.

Si no fuera por su insistencia en el remate humorístico, que me dejó con la mandíbula cansada de tanto forzar la gracia, hubiera dicho que todo iba más o menos bien hasta que se empecinó en contarme un sueño. Y ahí sí, me despertó unas profundas ganas de dormir.

¡Justo a mí! Que tiemblo cuando escucho un “che, che, no sabés lo que soñé”. Porque sé que se viene una perorata inacabable sobre imágenes absurdas e inconexas que solo le pueden interesar al que las cuenta. Para peor, exigen una interpretación, y el truco de recurrir a una frase general que cierre el tema (“Y… capaz que le debés algo a alguien. No sé. Fijate”) casi nunca resulta, porque quien arrancó con su sueño también decidió que no te dejará libre hasta que se lo analices.

Así que ahí estaba yo, exprimiendo mi costado más freudiano y tratando acertar alguna frase que lo conformara y, lo más importante, me liberara. Después se cansó del tema, o tal vez entendió mi tercer bostezo. Preguntó por mi vida amorosa. Le conté que había estado viviendo en pareja y que me separé. “¿Y antes?”, quiso saber.

Intuí que, por conocidos en común, conocía algunos detalles de mi vida. Supuse que la pregunta apuntaba a mi otra convivencia fallida. Así que le dije lo que seguramente ya sabía. Y en un arrebato de audacia, o acaso impulsada por la desilusión de la cita, decidí apretar el acelerador: como de él no me iba a enamorar, fui por más.

Le conté que a los quince empecé a tener novios. “Bah, noviecitos de puro beso”, aclaré (tampoco iba a andar exagerando). Dije que siempre fui de tener relaciones largas, pero que al final no me funcionaban.

Me había auto-impuesto un plazo “de duelo” de siete meses (sola) entre novio y novio. Pero con tantos chicos interesantes me resultaba dificilísimo respetarlo. En mi más secreta intimidad, lamentaba que algún día me tendría que casar y ahí sí, chau, debería olvidarme para siempre de todos los demás. Me parecía un desperdicio. Aunque claro, también me ilusionaba imaginarme avanzando con el vestido blanco.

Llegaba arañando a los siete meses. Por supuesto que mientras tachaba días en el almanaque iba preparando el terreno para mi próximo enamoramiento. Después, más canchera en el tema, descubrí una forma de acelerar el conteo: “El último mes casi ni nos vimos”, decía. Listo, con eso conseguía 30 días menos de duelo. O sea, a mi favor.

Le confesé que mis amigas más antiguas me consideran un caso perdido, pero que yo creía que la causa de mis relaciones fallidas era que no había encontrado –y lo miré directo a los ojos al pronunciarlo- “al indicado”.

Respondió al llamado: me agarró una mano y la acarició lentamente desde la muñeca hasta la punta de los dedos, con una media sonrisa hacia adentro. Omití decir que ya casi no encuentro candidatos que me resulten interesantes.

Él contó que estuvo saliendo unos tres años con una chica pero nunca formalizó la relación. Dijo que no se animó a presentarla a su entorno porque ella era de familia humilde y se le notaba. No tenía otra relación larga ni seria en su haber. Comenté que teníamos historias amorosas antagónicas: de un lado sobran y del otro faltan, pero no le causó mucha gracia.

Habrán sido cerca de las doce cuando cuatro chicos subieron al escenario y empezó el show que nos habían anunciado. El cantante era flaco y alto; usaba el pelo largo y enrulado. Con una bandana roja en la frente, cantaba clásicos del rock nacional.

El público, distribuido en unas veinte mesas, miraba apaciguado. Pero el cantante no hacía caso a los ánimos del lugar y se comportaba como un rockstar aclamado por un estadio. De a ratos se tiraba al piso y cantaba desde el suelo, despatarrado, o arrancaba a correr entre las mesas y terminaba sobre sillas vacías con los brazos en alto. La gente seguía sus movimientos con una mirada desganada, pero él se comportaba como si el lugar estuviera repleto de fanáticas que le gritaban. Eso sí que era ponerle garra.

Lo miré a Lucas, a mí, a la pareja de la mesa del costado y a las amigas de más atrás. Y me pareció que, en alguna medida, era también lo que hacíamos todos. No sé si me gustó su show, pero sí lo que para mí significó: un recordatorio de que pese a todo y a todos, hay que remarla. Como dice la canción: “A lo mejor resulta bien”.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Tina Muzi

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Ir a la barra de herramientas