Se abre la puerta plateada del ascensor. Lucas espera al otro lado del vidrio, afuera del edificio. Me muestra todos los dientes en una sonrisa intencionalmente exagerada. Con cada brazo carga una maceta, de esas que son alargadas. Me la veo venir. “No te puedo creer. ¿Qué hice para merecer esto?”, despotrico para mis adentros.

—¿¿¿Y eso??? —pregunto con una emoción ridículamente sobreactuada.

—Un regalo. Bueno —infla el pecho—, en realidad dos. Lo preparé especialmente. Avanza hacia el ascensor, y sigue:

—Seleccioné cada brote pensando en vos, para que después no te quejes, como hacen todas las mujeres, que dicen que los hombres hacemos malos regalos porque siempre terminamos comprando cualquier cosa rápido.

—Pero no me tenías que hacer ningún regalo… — “y menos uno que me demande cuidado”, completo internamente la idea que callo.

Presiono el botón del tablero. Nos sonreímos entregados a la pausa del ascenso.

Recuerdo el preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj, de Cortazar. “Cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido… No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes…Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”.

— ¡No te lo esperabas, eh! Pero no te quedes ahí parada, ayudame —dice y se pone de perfil para facilitarme una maceta.

La agarro mientras pienso que es mejor decirle la verdad: que no las quiero.

—En realidad yo no soy muy de las plantas…

—Sí, sí, ya sé. También pensé en eso. Y justamente elegí una variedad de cactus para poner en una maceta y en la otra hay perejil, albaca, cebolla de verdeo, para que tengas tu propia huerta. ¿No te das cuenta que no son plantas comunes?

Miro una fila de nimiedades verdes que emergen de la tierra oscura. Podría haber plantado algo más vistoso, para que por lo menos se luzca. Me quedo con la anácora de rubíes, sin dudas.

—Son chiquitas —comento mientras entramos al departamento.

—Sí, porque son hijos de las mías. ¿Te acordás que te conté que estaba incursionando en la jardinería? Para que veas que pienso en vos.

—Ah… pero qué suerte tengo. Yo pienso incursionar en la pintura así que te voy a regalar un cuadro enorme para que cuelgues en tu living.

Recuerdo la época en la que Mica salía con un aspirante a artista que le había regalado un cuadro horrendo, con el dibujo de una caja que despedía una suerte de guirnaldas. Ella lo sacaba de debajo de la cama para colgarlo justo antes de que él la visitara. Recién cuando se peleó le pudo sacar algo de provecho: con chinches lo cubrió de fotos de viajes, de sus amigas, de su familia.

—¡Dale! Pero mira que lo voy a esperar, eh… —desafía sin captar el cinismo.

Asumo que soy una basura, me siento culpable y me propongo ser mejor persona a partir de ahora.

Compenetrada ya en mi plan de mejoramiento y dispuesta a hacerme cargo del cuidado de las platas, le pido que las deje en el balcón mientras voy a la cocina por un vino y dos copas.

Le digo que venga, que brindemos. Dice que en un segundo y escucho que arranca un monólogo sobre los cactus. Que uno nunca es igual a otro, que la forma depende del lugar y de con quién está… Habla fuerte para que su voz me llegue.

Desde la comodidad de mi sillón, pienso que correspondería que esté a su lado, haciéndome la interesada, indagando sobre los cuidados necesarios. Después de todo me trajo un regalo, no debería ser así de maleducada. Amago a pararme pero me da fiaca. Recuerdo mi plan de ser mejor persona. Pongo un plazo: si cuando termino de seleccionar la música sigue allá, voy con él. Le pregunto qué quiere escuchar. Me dice que lo que yo quiera. Pongo a Zaz en el televisor. Voy al baño. Vuelvo y sigue en el balcón. La puta madre. Voy.

Digo “¿qué onda?” cuando me acerco. Inclinado sobre la planta, me explica, me sonríe, me muestra entusiasmado. Lo veo mover la boca y me pregunto ¿qué carajo hago con él si no tenemos nada que ver? “Cuando crezcan más las tenés que transplantar”, dice. Le sonrío. “Vamos adentro”, insisto y por fin lo convenzo.

Buscamos en Youtube canciones de películas que nos hayan conmovido. Recordamos escenas. Nos reímos. Se le hace un hoyuelo en un cachete. Es lindo.

No sé cómo llegamos acá pero ahora hablamos de la soltería. Opino que no está tan mal y tomo un sorbo de vino. Se aleja un poco, se pone serio y dice que digo eso ahora que soy linda pero que cuando tenga 60 no va a ser igual y que uno se va agriando con el paso de los años.

Me siento amenazada con su pronóstico atroz. ¿¿¿Intenta presionar??? Ah naaah…ahora va a ver. Diseño un plan maquiavélico: le hablaré de las plantas, festejaré cada uno de sus chistes y ocurrencias, me mostraré atenta e interesada en sus cosas. Desplegaré mi mejor versión para que me recuerde así cada vez que piense en mí. Entonces tal vez le duela un poco más cuando no le quede más remedio que aceptar que no volveré a contestar sus mensajes ni llamados.

Sonrío con los labios pegados. Quiero juntar la yema de los dedos al estilo del “señor Burns” pero podría resultar sospechoso. Recuerdo mi proyecto de ser mejor persona y me prometo que el lunes empiezo. Para que no queden dudas, le juro al techo.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Tina Muzi

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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