A las menos cuarto ya estábamos frente a la puerta. En el mail pedían puntualidad y no tocar timbre al llegar. Debíamos esperar pacientes hasta que abrieran. Yo había tirado la idea de ir, pero mi amiga Ale rápido se enganchó. Sería un recital a “ojos cerrados”. Prometían una experiencia sensorial atípica.

 

Ale, entusiasmada, se había ocupado de las tratativas para reservar lugar: después de rastrear al organizador e insistir inútilmente con un número de teléfono que nadie contestó, probó con un mail. Recién a los quince días llegaría una respuesta, y no muy satisfactoria: anunciaba que el músico-artista encargado de la performance se encontraba de viaje. Nos escribirían a su regreso. Eso fue lo que dijeron.

 

Después de un mes y medio sin noticias, Ale volvió a la carga: otra vez llamó y, por fin, alguien contestó.

 

—¿Que qué cosa? Ah… ¿De dónde sacaron el dato? Bueno… Déjame un número y nos comunicaremos —le dijo del otro lado del tubo una mujer con acento colombiano.

 

Después de todo ese trajín conseguimos reservar para el siguiente viernes. Finalmente podríamos experimentar eso, que en realidad no sabíamos bien en qué consistía. Es que decían que el factor sorpresa era uno de los componentes esenciales de la propuesta.

 

Así que ahí estábamos, frente a la puerta de un PH, entregadísimas, sedienta de nuevas experiencias que guillotinen la rutina. De a poco fueron llegando parejas y grupitos de amigos.

 

A las en punto se abrió la puerta y apareció una mujer de antifaz rojo con plumas. Sólo se le veía la mitad inferior de la cara. Con una seña indicó que avanzáramos por el pasillo, en silencio. Estaba oscuro y caminamos en fila india hasta la última casa.

 

Desembocamos en un patiecito interno que olía a palo santo. Nos recibieron tres personas con capas negras y máscaras venecianas. La palabra “Silencio” salía de unos parlantes repetida como un mantra. Pagamos $120 en concepto de entrada y nos cubrimos los ojos con las vendas que repartieron.

 

Recién cuando estuve a ciegas me entraron las dudas. Caí en la cuenta de que por motu propio me había metido en una situación que desde chica me aterró: en las próximas horas estaría en la oscuridad absoluta, en un lugar que no conocía y sin idea de a dónde estaba la salida.

 

A lo largo de mi vida padecí tres o cuatro episodios en este sentido que me resultaron terroríficos. La cosa se dio, en cada oportunidad, más o menos igual: me despertaba en medio de la noche, totalmente desconcertada en tiempo y espacio. La oscuridad que me rodeaba era tan intensa que asfixiaba. Y entonces empezaba a caminar a ciegas, tanteando alrededor, en busca de la puerta o la perilla de la luz. Pero sólo daba con paredes que no conducían a nada y me desesperaba.

 

Por eso ahora, antes de dormir, me aseguro que quede una mínima claridad en el ambiente. Aunque más no sea una rendija de luz que se cuele bajo una puerta o a través de una ventana.

 

No había pensado en eso hasta ese momento, cuando me encontré a oscuras, y por unos segundos me arrepentí de estar ahí. Pero enseguida descarté mis miedos y me di ánimo recordando que la propuesta incluía música, sonidos y –suponía- sensaciones agradables. En el peor de los casos -me dije- sólo debería enfrentar el bochorno de sacarme la venda en mitad del show para huir despavorida.

 

Una mano desconocida tomó la mía y comenzó a guiarme. Me dejé llevar. Atravesamos una cortina de tela pesada, como una especie de telón, y entramos en un espacio con sonidos intensos que me remitieron a un valle. Pero esos de cuentos, con cascadas y animales regordetes chapoteando en el agua. Imaginaba muchos colores.

 

Las manos que me guiaban me hicieron girar y después bailar una suerte de vals hasta que me sentaron en un lugar acolchonado. Al rato sentí que acomodaban a una persona a mi lado. Me rozaba el brazo.

 

Después de un rato los sonidos se empezaron a poner más oscuros -o tal vez era yo- y me paranoiqué.

 

Nos habíamos enterado del evento por una nota que salió en el diario. Eso suponía cierta garantía, pero, ¿y si Ale se confundió y llamó a otra persona? Justo a unos pervertidos que decidieron aprovecharse de la situación. O si al músico le habían robado el teléfono y el ladrón además de chorro participaba en una secta o estaba en el tráfico de órganos. “No, eso no”, pensé. Leí un artículo en el que aseguraban que en Argentina no existía. Quería preguntarle a Ale más detalle de cómo fue el contacto con los organizadores, pero tendría que ir tanteando a ciegas hasta dar con ella. Y corría el riesgo de que los enmascarados me interceptaran en medio del camino y decidieran empezar conmigo. Decidí que lo mejor sería quedarme quieta para que no me vieran.

 

Muchas personas se reían fuerte. ¿De mí?, ¿de todos?, ¿de qué?, ¿por qué?. Las carcajadas sonaban cada vez más cínicas. Me rodeaban, me señalaban, se burlaban.

 

Alguien tomó mi mano, puso algo en la palma y me cerró el puño. Por la forma y el papel imaginé que se trataba de un caramelo. ¿Y si es un somnífero? Presté atención a lo que hacían los demás. Traté de escuchar a la persona que estaba a mi lado. Me pareció que todos comían. Dudé. ¿Y si está bueno y me lo pierdo? Comí atenta a cualquier posible sensación rara en el cuerpo. Nada.

 

Me distraje con una pelota de básquet que rebotaba sobre el piso, cada vez más fuerte. La paranoia se empezó a disipar. Finalmente me olvidé de mis miedos y me sumergí en la historia que me querían contar.

 

Sobre el final, me obligaron a tomarme de la mano con alguien, con la persona de al lado. Obedecimos, pero nuestros movimientos fueron torpes y terminamos enganchados de un dedo.

 

Primero me incomodó, después afloró la Madame Bovary que hay en mí, con sus fantasías de amor romántico, y pensé en el amor de mi vida. Tal vez el destino decidió cruzarnos en ese lugar y terminamos tomados de las manos, bueno, haciendo ganchito dedo con dedo. La materialización del famoso andábamos sin buscarnos pero andábamos para encontrarnos de Cortazar. Y después le contaríamos a nuestros nietos que nos conocimos con los ojos vendados…. Y ellos se emocionarían con la historia de sus abuelos y… Creo que hay una película pochoclera pedorra que arranca así.

 

En fin, todo terminó, nos sacamos la venda y miré ilusionada, pero… no era.

 

De cualquier forma fue una excelente experiencia sensorial y, la verdad, el día que conozca al hombre de mi vida preferiría tener los ojos bien abiertos. Digo… no sé… por las dudas… no sea cosa que…

Sobre El Autor

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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