Es domingo. Estoy en la cama con mate, libro, computadora y el control del televisor a mano. Claro que ahora solo estoy usando la computadora. Bueno, y el equipo de mate.

Suena el celular. Mensaje de texto. Me estiro para alcanzar el teléfono sin sacar la computadora de mi regazo.

—Hola, señorita, cómo está —dice el amigo del novio de mi amiga que conocí anoche en una reunión bastante aburrida. Tendrá apenas un par de años más que yo, pero no me tutea. No lo hizo en toda la noche. Supongo que es su modalidad de conquista.

Dejo el teléfono a un lado y sigo con lo mío.

Lo de estar tirada en la cama es mi plan dominguero preferido. Puedo pasarme la tarde alternando entre libro, computadora, series y películas. Solo me levanto para ir al baño o hasta la cocina a buscar comida. Es mi pequeño paraíso. Ya lo era cuando estaba en pareja. Aunque en esa época significaba un problema:

—Dale, vení. Me dijiste que este fin de semana me ibas a ayudar con la huerta —rompía.

O también en su variante:

—Salí al parque… respirá un poco de verde, para eso vivimos en una quinta…

Esas eran algunas de las frases que me taladraban el cerebro y coartaban mi disfrute dominguero.

Ahora que no tengo que dar explicaciones ni rendir cuentas ni andar negociando, tolerando o cediendo, aprovecho. Y me acuerdo de Roberto Arlt y su “Soliloquio del solterón”:

“Me miro el dedo gordo del pie, y gozo. Gozo porque nadie me molesta. Igual que una tortuga, a la mañana, saco la cabeza debajo la caparazón de mis colchas y me digo, sabrosa¬mente, moviendo el dedo gordo del pie: -Nadie me molesta”

Claro que hay días en los que quiero que alguien me ame y me haga cucharita para sentirme protegida. Pero bueno, son momentos puntuales. Y la verdad es que tampoco tuve demasiada suerte con eso: al principio me envuelven en sus brazos contentos. Mienten con que les gusta esa posición para dormir y hasta se atreven, caraduras, a proponerla ellos. Y yo, crédula, festejo para mis adentros. Pero apenas la relación se consolida empiezan con que se les duerme el brazo, les tira el cuello, les da calor…

Me pregunto si habrá algún hombre al que verdaderamente le guste dormir en esa posición. A mí nunca me tocó uno de esa clase.

—Hola, todo bien, ¿vos? —respondo el mensaje. Dejo a un lado el celular y me dispongo a ver una seguidilla de capítulos de The Walking Dead.

Llega otro mensaje. Supongo que me estará invitando a su pileta. Anoche me había propuesto ese plan para hoy y no le dije que no.

Me voy a arreglar el mate sin abrir el mensaje. Vuelvo con yerba nueva, el termo lleno y me pongo a ver un capítulo de mi serie. Termina. Dejo que corran los 19 segundos y que empiece el siguiente. Escucho que llega otro mensaje al celular. Termina el segundo capítulo y chusmeo el teléfono.

— Ahhh no le da mucha bola al cel (emoticón con ojos grandotes)… ¿muy ocupada? —dice ahora el chico que conocí anoche.

Efectivamente, en el mensaje anterior me invitaba a la pileta. Siento culpa y contesto:

—¡Recién veo los mensajes! Estaba limpiando el depto. y no escuché el teléfono. Ya es tarde para la pile. Además todavía no terminé. La próxima… Gracias por invitar.

—Si tiene ganas, esta noche la invito a cenar.

—Si no termino muy cansada te aviso.

Sigo mirando la serie. Sé que no voy a tener ganas.

Admito que anoche lo histeriqué un poquito porque estaba aburrida y era uno de los pocos disponibles. No pasó nada pero tal vez le di a entender que podía ser. Estuvimos hablando un rato largo. Es que entre la cantidad de alcohol y la falta de opciones me pareció que no estaba tan mal. En realidad no está tan mal, pero no me gusta. No es mi estilo.

Debe creer que soy una histérica, pero detesto la histeria. Suelo ser bastante clara. Fue por aburrida más que nada. Mientras hablábamos dilucidaba si me gustaba.

—Espero el mensaje. Besos —se despide en otro texto que ya no contesto.

Me calzo las ojotas y una camisa abierta arriba del pijama. Agarro la billetera, me pongo los anteojos de sol para taparme un poco y bajo.

Salgo de mi edificio y entro a la panadería de al lado. Tres señoras gruesas con pelo hasta el cuello me miran de costado. Elijo tres facturas rellenas con membrillo.

Con la bolsa de papel en la mano vuelvo a la cama. Me cebo un mate, muerdo un sacramento y aprieto play. ¡Qué pequeño gran placer! Se me sale el pie de la sábana, miro mi dedo gordo y le digo que nadie nos molesta.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Tina Muzi

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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