Estoy masticando un raviol de espinaca amasado por mamá. Mi celular avisa la entrada de un mensaje. Me estiro un poco para alcanzar el teléfono. Leo “Hola”. Me sorprende el remitente. Hacía rato había desaparecido de mi cabeza. Pero ahí estaba de nuevo, resucitado de entre los muertos. Otra vez los caracteres que forman su nombre aparecían en mi pantalla. Qué recuerdos… qué tiempos…. ¿fue realmente hace tanto?

Dejo el celular a un lado y sigo conversando. Hablamos de religión. Mi mamá no entiende la diferencia entre creer en la existencia de algo así como una fuerza suprema y en ser Católico Apostólico Romano. Para ella es lo mismo. Se trata de creer o no creer. Intenta parecer progre y tolerante, pero no acierta con las frases. Discutimos por eso.

Mi papá, un hombre grandote y parco (aunque el paso de los años lo fue ablandando) me mira desde la punta de la mesa para decirme algo. Con mamá callamos para escucharlo:

–Quizás ahora no lo necesites, pero la vida, muchas veces, te pone ante situaciones límites y es importante creer en algo para tener de qué aferrarse. No importa en qué, lo importante es tener fe.

Sus palabras me llegan. Noto que le salen de adentro, lo veo en su mirada. Más que sus palabras, su intención es la que me atraviesa. Intenta decirme algo que me pueda servir en el futuro. Él nunca fue de andar dando consejos. Me emociona un poco. Pienso que se está poniendo viejo.

Terminamos de almorzar y voy a mi antigua pieza. Se mantiene bastante parecida a como se veía cuando yo vivía ahí. Solo que las dos camitas de bronce fueron reemplazadas por una de dos plazas que ostenta un gran respaldo negro de hierro. Mamá hizo el cambio hace varios años, con mi primera convivencia. Decidió reacondicionar mi habitación para cuando estuviésemos de visita. Así fue que pasé del dorado individual al negro matrimonial. Me pregunto si habrá sido un augurio.

Me acuesto y me quedo viendo las vigas de madera del techo: alto, me parece muy alto. Miro el placard, empotrado, del tamaño de la pared. Hoy me arreglo con menos de la mitad de eso y tengo más ropa. Bah, tal vez sea por la falta de espacio para guardar que parece más. No sé. Comparo las dimensiones con las de mi departamento y la casa me parece enorme. Me siento más chica ahí dentro.

Me acuerdo del mensaje. ¿Qué querrá? Reactivar lo que alguna vez fue…. Tal vez solo quiera saber qué fue de mi vida, cómo estoy… Nah… ¿Le habrá pasado algo? Y si es así, ¿me importa? No debería.

–Hola. Qué sorpresa –contesto.

Dice que hace tiempo se viene acordando de mí, que estuvo pensando mucho en “nosotros”, que me extraña y quiere que nos encontremos para hablar. Miento en que justo me agarra en medio de algo y me comprometo a llamarlo más tarde.

Debería ponerme contenta. Está desplegándose ante mí la situación que deseé con bronca y lágrimas. Vuelve arrepentido. Y, de alguna manera, yo ya no estoy. O, al menos, no como en esos tiempos de enamoramiento.

Pero, ¿por qué no siento la alegría de la venganza cumplida? Hago un paneo dentro de mí tratando de localizar algo de regocijo. Nada.

Recuerdo su tajante: “Ya no estoy para esto”, que me arrebató la ilusión de haber encontrado “al gran amor”. Pero nada. No hay caso. Permanezco inmune a los recuerdos. Los siento lejos. A veces las cosas pasan cuando ya nadie las espera y da igual que sucedan o no. Tal vez sea lo mejor, pero un poco lo lamento. Me parece un desperdicio de situación.

Saco mi libro de la cartera y leo hasta que me duermo.

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Pasaron dos semanas de la resurrección. Es sábado. Mis amigas tienen planes, yo no. ¿Y si le escribo? Seguro me dice de ir a cenar o al cine o al teatro… Era divertido y la pasábamos bien… Tal vez podría volver a reestablecer ese vínculo pero sin involucrarme esta vez. Como para tener algo…

Nos recuerdo… mi cabeza sobre su hombro, él leía el guión en el que estaba trabajando y yo volaba, convencida de estar con un genio que el mundo todavía no había descubierto. Me gustaban, sobre todo, sus libros, los que había escrito, y la manera en que se narraba a sí mismo.

Físicamente nunca me resultó demasiado atractivo. O sí, quizás en ese momento sí, pero ahora sé que no lo era. Además, se le notaba en el cuerpo y en la cara la década y media que me llevaba de ventaja. Para mí era un hombre talentoso y experimentado. Sentía que podía abandonarme en sus brazos.

¿Tengo ganas de volver con él? Trato de imaginar cómo sería. Registro qué me pasa. No encuentro restos de deseo, ni de admiración… ni nada. También las personas cumplen un ciclo.

Pienso en el paso del tiempo como un espiral que nos obliga a ir cambiando de perspectiva. Y, al cambiar de posición, se vuelve imposible recuperar la antigua mirada. Supongo que eso vuelve todo un poco más interesante.

Me decido por lo que me parece el mejor plan para esta noche: una botellita de cerveza, una hamburguesa y una sobredosis de mi serie. Evaluando las alternativas, concluyo que es una buena opción. Y sí, en terrenos del amor, definitivamente prefiero creer en -y apostar al- “soltar” y no andar prendiéndole velas a los que reaparecen después de muertos.

Como dice Coti: “Fuiste la luz de mi vida y mi musa preferida, pero todo se acabó… Y acá, delante de todos, te estoy diciendo a mi modo: buena suerte, chau, adiós”.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Tina Muzi

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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