Hay obras que intentan actualizar un género corriéndose, caminando por los bordes, amparándose en la hibridez de los cruces o rompiéndose el alma contra la experimentación que sea. Melina Torres ingresa al policial con los cuentos de “Ninfas de otro mundo”  y llama la atención que no necesita esconderse de los tópicos del género para ocupar un lugar único y novedoso. Le basta con su voz narrativa, la poética áspera de su mundo y un humor entrañable y sucio, de zanjas,  para que estas tres piezas (“El alma va a venir”, “Ninfas de otro mundo” y “Secretos de cocina”)   no se parezcan a nada y, a su vez, se ubiquen rigurosamente dentro del género negro. Porque sí, sus cuentos son “rigurosamente” policiales y el amante del género  podrá encontrar allí lo que busca (a veces, los amantes necesitan eso),  y el lector que persigue voces nuevas podrá dar con una autora talentosísima que se sumerge en problemáticas actuales y se mueve por la sordidez sin esquivar sus llagas. 

En este volumen de cuentos (el primero de una serie que esperamos) la oficial Silvana Aguirre y su colaborador Ulises Herrera deberán investigar tres casos en donde las víctimas son dos mujeres y una travesti.

foto Ninfas

Para empezar, ¿podrías contarnos cómo fue tu formación literaria y cómo fue que llegaste al género negro?

Hay veces que leo en alguna entrevista “…escribía de muy chica, siempre andaba anotando e inventando historias” y la verdad es que a mí se me frunce porque en mi caso es todo lo contrario. Yo empecé a escribir narrativa de grande. No pasé por la facultad de Letras, soy Comunicadora Social, mi formación literaria se puede decir que empezó con Maxi Tomas. Me gustaba lo que él hacía, sus antologías, sus críticas y un día me animé y le escribí. Viajé durante dos años a su taller, mis lumbares aún lo recuerdan. Me tomaba un cole, cuatro horas hasta Capital, llegaba a ese mundo raro que es Retiro (confirmaba mis ganas de seguir viviendo en Rosario) cursaba el taller y me tomaba el colectivo de vuelta. De esa experiencia tengo amigos y amigas, nerdos totales, de esos que le decís un libro o un autor que no leyeron y van lo compran y a los tres días te hacen un comentario. Entonces diría que a Tomas le debo mucho pero sobre todas las cosas el estar atenta a mis contemporáneos; leer lo que se está cocinando ahora. Un día Tomas que no daba consignas dijo que pretendía para fin de año que escribiéramos un cuento policial. ¡Chan! Y para eso dio mucha lectura crítica, es decir esos autores que te dicen qué cosa no debés hacer para cagar un cuento policial. A fin de año leímos nuestros cuentos y luego votamos (en votación secreta); como esto tiene un final feliz el mío salió elegido.

Una de las claves de “Ninfas de otro mundo” es la dupla que forman Silvana Aguirre y Ulises Herrera. ¿Los personajes surgieron para estos cuentos o ya eran parte de otras obras tuyas? ¿Tenías como inspiración alguna dupla famosa del policial cuando los construiste? ¿Qué fue lo que más te interesó de ellos?

Los dos personajes nacieron para estos cuentos. El primero que escribí es Ninfas de otro mundo, surgió de un tirón y solo estaba Silvana Aguirre. Ella es como si me hubiera acompañado desde siempre. No necesito respirarla tanto como a otros personajes. No está inspirada en nadie y a la vez sí. Ese personaje arrastra la cantidad de lecturas sobre feminismo que llevo adentro, desde Judith Butler, Luce Irigaray a Rosi Braidotti; en Aguirre están desde el taller de posporno en Barcelona con Paul B Preciado a los encuentros nacionales de mujeres. Pero ni ahí que se nota, o al menos ese es mi interés. Mirá yo soy bailarina, desde que nació Amador (mi segundo hijo) que no voy a clase porque estoy obsesionada con la natación, pero a lo que voy es que una puede aprender la técnica, repasar las secuencias pero cuando realmente bailás es cuando no pensás, cuando el cuerpo comanda. Lo mismo creo que sucede con Silvana Aguirre, no pienso en el feminismo a la hora de escribirla, sale porque tiene que salir así. No tenía a ninguna dupla en mente, primero nació Silvana y necesitaba a alguien que le haga de pivote. Ahora que lo pienso, soy como a Dios pero al revés, primero creé la mujer y después al hombre. ¡Qué campeona!

Lo que más me interesa en ellos son los diálogos y lo que comen (risas). No, en serio, lo que más disfruto es escribir sus charlas. Porque en el diálogo es donde les tomo el pulso, donde me animo a jugar. Ahí sale la cuestión del humor que no es buscada, no te miento. No busco hacer reir, Silvana Aguirre es un poco mi contrapunto. Yo, Melina, hice muchas cosas: tomé ayahuasca, tuve una tara importante con lo vegano, pasé por muchas prácticas naturales. Aguirre se caga de risa de eso. Ella cree que hay una “delgada línea entre meditar y estar al pedo”. Como narradora me burlo de mí misma, me descentro un poco. Y eso parece que funciona. También le pone otro color. A mí me gusta mucho James Elrroy, es más, le robo sin escrúpulos (no va a venir Ellroy a Rosario a demandarme. Ponele que venga, me caigo de culo). Pero Ellroy tiene esa cosa medio machista del policial que no quiero escribir, el tipo que se voltea minas y se pega unas curdas terribles. No, dejá. Lo leo y me gusta, ahora lo que creo es que el género se tiene que renovar un poco. No sé qué pensás pero últimamente el cambio viene por ahí: los personajes principales los encarnan mujeres; pibas de todo tipo, débiles, fuertes, mandadas, quedadas. Y no necesitan ser escritoras las que tomen esas decisiones: te tiro ahora mismo tres autores: Sergio Olguín (La fragilidad de los cuerpos con su periodista Verónica Rosenthal la que le da a troche y moche al maquinista), Hernán Vanoli (Las mellizas del bardo, Vicky y su amiga, altas pibas) y vos con tus dos japonesas (mi preferida es Maeko). El aire sopla por ese lado.

¿Cómo abordás en tu obra el trinomio “lenguaje, trama, argumento”?

Lo primero que me sale decirte es que el trinomio me aborda a mí (risas). Qué buena pregunta. Soy muy obsesiva con el lenguaje. Necesito encontrar un tono y un ritmo y recién ahí, avanzar. Una vez dijeron que mi literatura parece un estilo sin estilo lo que en la jerga le dicen “palo y a la bolsa”. Agradezco ese comentario porque es así. En eso realmente trabajo. Me avergüenza decir la cantidad de veces que leo un párrafo en voz alta para ver si funciona. Mi debilidad, además de los alfajores cachafaz son las tramas. Esa es la parte que no disfruto.

¿Leés policiales argentinos? ¿De qué autores argentinos te sentís más cerca? 

Sí leo policiales argentinos, pero no es lo único que leo. Leo de todo, por ejemplo me gusta mucho leer crónicas o perfiles de largo aliento (soy fan de Leila Guerriero). Y me sirven para construir los personajes. Otro al que admiro del palo periodismo es a Cicco, no lo conozco personalmente pero a veces le escribo con alguna excusa. Ves ese tipo me hace reír mucho. Cada vez que me acuerdo que presté su libro y no me lo devolvieron me dan ganas de apretarme los dedos con la puerta. De quién me siento más cerca ummm, no sé me da vergüenza contestarte esa pregunta, porque mirá si lee y dice “esta cursienta qué se cree que señala que se siente cerca mío”. Tengo cierto respeto. Ahora lo que voy a decir es con quién del palo policial me gustaría sentarme en un viaje de cuatro horas: Leonardo Oyola, Horacio Convertini, Mariano Quirós, Osvaldo Aguirre, Ma Inés Krimer, Kike Ferrari, Salem … uy son muchos y podría seguir. La lista es larga, pero variada.

A la hora de construir estos cuentos, ¿cómo trabajaste la verosimilitud? ¿Necesitaste investigar o apelaste a otros recursos?

La única entrevista que hice es para el personaje de Agudo, el forense. A él llegué porque estaba haciendo una investigación que me habían pedido para un documental. Ahí conocí a un forense y con esa excusa (la del documental) le hice un par de preguntas que me sirvieron para amasar el personaje de Agudo. La cuestión de la verosimilitud fue un tema. Porque Aguirre y Herrera trabajan en la policía de Rosario, es decir: la cana de Rosario. ¡Imaginate eso! De alguna manera tenía que despegarlos de ahí porque necesitaba que el lector tenga una cierta empatía y creo que si alguien no despierta empatía es un cana. No quería investigadores privados y tampoco periodistas. Fue una jugada estratégica, en eso invertí mucho tiempo y muchos paquetes de galletitas integrales siete semillas.

Por último, ¿estás trabajando en nuevas historias de Aguirre y Herrera? ¿Tenés algún proyecto literario fuera del policial?

Ahora mismo estoy trabajando en un libro de cuentos con la dupla Aguirre y Herrera y una novela también policial con otro personaje, pero esta última viene lenta. Sí estoy co-escribiendo un guión de cine con un director rosarino que admiro mucho. Veo muchas películas y no sólo en casa; voy al cine una vez a la semana, generalmente los domingos a la función de la siete de la tarde, sola con una botella de agua y un chupetín. Es además de un placer una especie de terapia: lloro mucho y me río fuerte si la peli lo amerita, claro, tampoco es que soy una desquiciada.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Martin Sancia Kawamichi

Nació en Buenos Aires en 1973. Estudió el Profesorado de Literatura y Latín en el Instituto Alicia M. de Justo y Realización Cinematográfica en el Cievyc. Publicó, como Martín Sancia, tres libros pertenecientes al género infantil: Breves historias de animales sabrosos, engreídos, enamorados, malditos, venenosos, enlatados, tristes, cobardes, crueles, espinosos... (y otras historias) (Editorial Sudamericana, 2009), Los poseídos de Luna Picante (Segundo Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil 2014) y 25 tarántulas (Editorial Sigmar, 2016). Participó del libro Cuentos policiales para niños (Ediciones Lea, 2015). Fuera del género infantil, su novela Hotaru, firmada como Sancia Kawamichi, obtuvo el Primer Premio del Concurso de Novela Negra BAN!-Extremo Negro 2014. Coordina talleres de literatura infantil junto al escritor Ezequiel Dellutri.

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