Al celebrar los 90 años del personaje más popular de la historieta argentina, el Centro de la Historieta y el Humor Gráfico de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno presenta A TODO PATORUZÚ, una muestra que reúne entre documentos inéditos y obras de arte originales varias de aquellas piezas clave que exponen la esencia, el origen y la madurez de una obra que se convirtió en un ícono cultural imperecedero para los argentinos y que ha sido fuente de inspiración para icónicos héroes de otros países.

Dante Quinterno con Walt Disney

LOS ATRIBUTOS DE UN CLÁSICO

Todo en él parece anacrónico: su lenguaje, su apariencia, su vestimenta, su conducta, su actitud moral… Nunca podría mudarlas o aggiornarlas. Son sus blasones aunque puedan aparecer como estigmas.

Porque hace 90 años ya era anacrónico. Así nació, a contramano de la época, de todas sus épocas. Y sin embargo, aunque ya hacen 40 años desde que se publicó su última aventura original, todas y cualquiera de sus hazañas hoy mismo pueden capturar la lectura y fascinar tanto como una impecable e implacable narración gráfica de factura estrictamente actual.

Fue con esto que se amasó la criatura ficcional más nítida y perdurable de la argentina, o si se quiere, de una subjetiva pero potencial argentinidad.

En definitiva, fue desde sus inicios y aún es, un héroe completamente atípico, tan desubicado en su entorno como imposible en cualquiera de sus tiempos y en cualquier panteón de héroes de ficción y superhéroes que pueda consagrarse, y quizás el más discutible si no se respeta su entidad de historieta, y si no lo consideramos en su contexto, con la mirada abierta hacia su época (y sus distintas épocas, ya que atraviesa periodos muy diferentes de nuestra historia). para justipreciar y valorar correctamente la historieta y el humor antiguo es preciso despojarse de las lecturas retrospectivas con la cabeza contemporánea, y tratar de leerla de atrás para adelante, es decir, prospectivamente, desde su época de creación y publicación hacia el futuro, con la cabeza y el contexto de entonces.

Es oportuno recuperar estas palabras de Fontanarrosa que prologan la compilación de tiras que publicó Diego Accorsi para Clarín en el 2004: “Patoruzú es a mi juicio el gran personaje de la historieta argentina. El más clásico, el más popular, merecedor de mezclarse en el hall de la fama con Fangio, Gardel, Perón, Monzón, Mafalda y Maradona. Y, como a todos los ídolos populares, me parece inconducente cuestionarlos. […] Es como criticar fenómenos metereológicos. Escribir, por ejemplo: “Defraudó anoche la tormenta prometida. Tímidos rayos, vacilantes relámpagos y un sonido calamitoso en los truenos configuraron una velada para el olvido”. Es inútil, nada modificará la conducta de las tormentas ni disminuirá su atractivo”.

Luego, el Negro se mete en uno de los quid con que el personaje fue cuestionado por académicos: “No sé si Patoruzú fue políticamente correcto. Con seguridad fue económicamente atípico. […] Porque, según se cuenta, Patoruzú era dueño de media Patagonia […]. ¿Cómo logró Patoruzú retener su imperio cuando ya todos los otros grandes caciques patagónicos habían sido corridos a sablazos por el cruel Rauch o por el plomo de los Remington de Levalle?

Y responde categórico: “Tal vez, simplemente, porque era Patoruzú. Simplemente por eso. Un héroe.”

LA FÓRMULA DEL ÉXITO

Patoruzú fue creado por un muchachito de 19 años como un desarrapado partenaire para una tira cómica que éste venía publicando desde hacía un año en Crítica, el periódico más popular y de mayor tirada del país, en octubre de 1928, que a los dos días levantó la serie.

Esa tira era Aventuras de Don Gil Contento, primer intento del autor de introducir en la historieta argentina un protagonista que no siguiera el modelo tradicional que reinaba, que era el del “chanta” porteño, el pillo o pícaro, tarambana, o el marido juerguista: un tipo honesto e ingenuo. Ese modelo duró poco y Don Gil muy pronto fue  alejándose de ese perfil, con lo que el autor pergeñó este partenaire para ser el tipo noble y honesto, apelando no a la figura mitificada del gaucho, sino directamente un aborigen. Con todo, sólo dos días duró la tira con este nuevo personaje. Y el motivo es que el copyright era del propio medio, del diario Crítica, y el joven dibujante quería poseer para sí los derechos sobre sus obras, algo completamente inusual en la época. Así que el muchachito comenzó otra tira en el diario La Razón, y al tiempo insistió con el humilde indio como partenaire del protagonista, pero aquí creció tanto en personalidad y simpatía ante el público que terminó siendo él mismo el protagonista de la tira. Y su autor, ya veinteañero, a pesar del éxito, viajó a los Estados Unidos a trabajar para los Estudios Fleischer –donde se animaba a Betty Boop y luego a Popeye- para aprender la técnica de la animación y para estudiar la industria del comic: en realidad para proyectar su instauración aquí en Sudamérica.

Con su personaje ya famosísimo, en 1936 lanzó, enteramente dibujada y escrita por él mismo por razones de economía, una revista que apostaba enteramente a ese extraño y ya popular personaje, con su nombre y con su figura dominándola toda, con originales y poderosísimas portadas, en las que enseguida y para las fechas patrias, vistió con los emblemas nacionales enarbolados con orgullo pero sin solemne pacatería, con su incorregible alegría, el indio tehuelche, hasta patentarse él mismo como emblema. Emblema nacional en una década que fue para el país Infame, de crisis económica, política, moral. Este personaje de tinta y papel, de historieta, comenzó a generarse como un símbolo de una reserva de algo profundo y auténtico irreconocible en la realidad cotidiana pero a lo que se podía apelar como anhelo. Un extraño itinerario le tocó en todo ello, combatiendo frente a frente al símbolo más craso de la maldad, al propio Diablo, venciéndolo una y otra vez en el campo de batalla más sensible, aquel que se libraba en la ambigüedad de sus seres queridos, en su imperfecto padrino Isidoro, la evolución maravillosa del más antiguo tipo de la historieta humorística argentina, el chanta porteño, el pícaro, el pillo simpático con el cual todos podemos llegar a identificarnos en una u otra instancia. Porque una clave de la fórmula del éxito está depositada en él, en Isidoro. Y también en los antagonistas, en los malos de la historieta. Porque en donde podamos ver que alguna de sus debilidades o miserias nos implican es donde Patoruzú nos hace falta para que se nos meta a batallar. Así de simple y antigua es su misión.

Con esta matriz tan trillada como el mundo mismo, cuando la tira dejó de salir en el diarió El mundo a fines de los ’30, ese diario bajó 150.000 ejemplares en su tirada; y las revistas del universo patoruziano, en pocos años, alcanzaron los 300.000 ejemplares en un país de baja densidad poblacional.

Equipo de animación de “Upa en apuros”, Argentina 1941

Y sin embargo, a pesar de su condición de ser el último exponente de una cultura soslayada, y emblematizado con insignias claras nacionales que en la esquematización propia del comic estereotipaban al uso de la época las figuras extranjeras, al inmigrante como representante de una ambición inescrupulosa, y ello lo marginaba, su figura se reprodujo como escudo en aviones de muchos de los más de 800 pilotos argentinos que combatieron en Europa y el pacífico contra el Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Y para un buen o un mal fin, su figura fue siempre apelada para cada ocasión en que se precisara una imagen impetuosa pero desacartonada de la Argentina.

Y llegó a publicarse como tira diaria durante 8 años en el periódico neoyorquino PM durante la década del ’40, junto  a algunas otras ediciones en los Estados Unidos. Porque probablemente Patoruzú fue el primer indio, el primer originario de un territorio que protagonizó como héroe principal una tira de historietas. Y porque su fantástico poder y fuerza no emanaba de ninguna pócima mágica (como la espinaca de Popeye) ni de un evento tecnológico o extraterrestre. La magia de Patoruzú (y aquí otra clave de la fórmula), es que su poder nace de su entidad moral, de su bonhomía, de su innato sentido de la justicia, que además dice sin decirlo – como sucede con todas las historietas de superhéroes- que las instituciones formales son incapaces de impartir plena justicia, o que están desbordadas y se han vuelto inútiles. Por ello emerge el superhéroe, por ello los queremos, y los necesitamos, y por ello nunca mueren, y siempre retornan, era tras era, desde que algún momento infame los vio nacer.

Y sin embargo con su idiosincrasia netamente argentina, Patoruzú se prodigó como modelo para que René Goscinny, que vivió en Buenos Aires hasta los 19 años y mamó sus historietas, creara su primera serie (el indio Umpah-Pa) y adoptara ingredientes de la fórmula patoruziana para su héroe galo Asterix (y su Upesco –por Upa, el obeso hermanito de nuestro indio- compañero Obelix).

Y sin embargo las cambiantes modas y grandes revoluciones de gustos que se dieron desde su aparición en los comienzos de los años 30, en el campo de las historietas argentinas, Patoruzú siguió publicando su homónimo semanario durante 40 años, y sus aventuras reeditándose durante décadas, y sus Libros de Oro fueron parte insustituible de las Fiestas de fin de año desde 1937 hasta 1985: medio siglo.

Estos son sólo algunos de los muchos ingredientes y de observaciones que podemos mencionar a propósito de la muestra que se exhibirá en el Centro de la Historieta de la Biblioteca Nacional.

Sobre El Autor

Estudioso del cómic argentino, investigador de la Biblioteca Nacional. Miembro del Centro de la Historieta y el Humor Gráfico Argentinos. Autor de "La historieta argentina, de la caricatura política a las primeras series" y coautor, con Judith Gociol, de “La historieta salvaje -primeras series argentinas, 1907-1929-”

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