Furia diamante, el libro de cuentos de Valeria Tentoni, nos presenta un puñado de relatos, historias de gente sobrepasada. Sea por una relación que no funciona, unas cuantas babosas (cada vez más), la presión social o la incapacidad de poder abrirse con el otro, porque ya hay un daño con el que no se sabe cómo lidiar. Los vemos, en palabras de la autora, ejerciendo “la elegancia de su desesperación”. Si alguna vez estuvieron en control no es ahora, se hallan en un estado de incertidumbre en el que lo más parecido a una esperanza es que tarde o temprano van a poder reconocerse. El problema es que quizás no se sientan tan cómodos con lo que descubran. Al final terminan siendo seres expuestos por su propia impotencia.

Al finalizar tu libro me quedé dándole vueltas a los relatos, tratando de descubrir qué me quedaba de las historias. Noté un corrimiento respecto, ya ni siquiera al cuento clásico, tradicional, sino también a las nuevas propuestas. Son relatos donde el final no supone una vuelta de tuerca. Hay una atmósfera marcada, una sensación que se va licuando de a poco –mérito también de la prosa–, como si más que por inyección, entrara por goteo. Me gustaría empezar hablando de esto, si estás de acuerdo.

No, no hay vueltas de tuerca, es cierto. Si hay movimientos son milimétricos, muchísimo menos ambiciosos que una vuelta de tuerca, y además antes al interior de los personajes que hacia fuera, de ahí su dificultad para comunicarse, para establecer líneas de acción conjunta. De hecho muchos de ellos están radicalmente solos. Pero incluso esa es una decisión de magnitudes y atmósferas, como decís, porque el espacio interior no tiene por qué ser angosto ni angustiante. El mundo interior es infinito, no hay por qué creer que, al menos, no sea capaz de duplicar al mundo exterior: el asunto es que no lo espeja, no funciona así, y esa distorsión es la que me interesó. Y sí, supongo que, al venir sin “moñito” final, no son relatos que ofrezcan ningún tipo de lección, de información capitalizable.

¿Podemos pensar a la furia como un momento de autodescubrimiento?

La furia es un desgobierno, una energía fuera de control, una potencia peligrosa, pero también es una experiencia de la que no se puede salir como si no se hubiera entrado: por su estridencia, por el modo en que se impone, nos somete a una modificación que no puede pasar inadvertida. Después de atravesar su explosión, como después de cruzar un puente, algo cambia. Grande, pequeño, algo irreversible se produce. Y la furia contenida, que es también uno de los modos de esta fuerza que intenté explorar, no modifica menos las cosas ni es menos contaminante. Los personajes atraviesan sentimientos que de algún modo son extremos en el contexto de sus vidas y se quedan con un sedimento, materia cristalizada. Respondiendo esto recordé un poema de Irene Gruss:

Y SI NO ES UNA PIEDRA PRECIOSA

Y si no es una piedra preciosa

sino simple arenilla

guardada a un costado

del tintero. Y si no es arenilla ni zafiro

eso que sale de mí, con pinzas,

como quien quita una piedra, airecito,

puro airecito guardado

para no respirar,

sangre y arena

en mi centro exacto,

late, molesta,

astilla de qué,

más tangible que lo que no se olvida

o se tiene.

Y si es dicha lo que he guardado,

el aire que no pudo salir

duele

en el sitio

del esternón, si es dicha pura

encerrada,

oh pedazo de mí, oh mitad apartada de mí,

si eso es lo que se quita, por fin

para que ría, qué alivio tendrá la dicha afuera,

qué fácil oler los tilos,

descostillarse, dejar secar la tinta.

Pienso en el relato “Babosas” donde la protagonista se encuentra atravesando un duelo y al mismo tiempo una invasión de babosas. En cierto momento, esto último se presenta como una salvación, un “tener una excusa más pequeña para estar triste”. ¿Podemos pensar en una idea de curación desarmando la tristeza en dolores más pequeños, sustitutivos?

Si en efecto es la que toma la protagonista, no parece una estrategia muy sana, ¿no? Se entretiene con ese desastre doméstico, sí, y uno puede preguntarse de qué lado del umbral de realidad quedan las babosas.

Por otro lado, pensaba algunas historias como de duelo, de aceptación de algo que ya no está o no va a estar más –me viene a la cabeza ese chico de la historia con el perro; o incluso una nariz como herida original-. En la literatura hay como una especie culto a la tristeza, a la melancolía, ¿dónde creés que radica este interés?

No sé hablar del sistema que hacen dos cosas tan grandes como la tristeza y la literatura. Sí es cierto que en el libro hay personajes que atraviesan situaciones de duelo y aceptación, algunos logran salir airosos y otros quedan atrapados, como en un loop, dentro de esos momentos. Supongo que el interés radica en los pliegues que el sufrimiento o la melancolía ofrecen para ser contados, ¿no? Da la impresión de que hay más tela para cortar ahí que en un sentimiento tan pleno e indiscutible como la alegría, por ejemplo, que como condición de posibilidad tiene a la simpleza.

En los relatos, ninguno de los personajes está en lo que podríamos decir “su mejor momento”, de hecho, están más cerca de todo lo contrario, ¿esto fue una decisión consciente?

Sí, me interesaba acercarme a los personajes en sus momento de quiebre, que coinciden con sus momentos de iluminación y revelación. Quería contar esos segundos y quería acercarme a ellos cuando tuvieran la guardia baja, el portón abierto de la desesperación. Pero esto lo supe después, y también conocí después el hilo que los reunía en un mismo libro. No todas las cosas que escribo responden a un plan. Controlo muy poco, en realidad, y no es que me enorgullezca, simplemente es que cuando tengo todo bajo control me aburro y dejo de escribir. Escribo mucho, pero descarto mucho y también corto escritura a la mitad por esto. La mayoría de las cosas que publiqué son esas en las que llegué a un lugar que empiezo a entender cuando queda a vista de los demás. No sé si siempre va a ser así.

Me gustaría preguntarte por el trazado de lectura que propone el libro situando los relatos más breves al comienzo y los de mayor extensión al final.

No me había dado cuenta del tema de las extensiones y el orden. El libro tuvo intervenciones de muchas manos editoras en el camino, comenzando en Chile con Daniel Madrid, además de editor poeta visual, y Julieta Marchant, una de las poetas chilenas que más me interesa y cuyo trabajo sigo desde hace más de una década, siguiendo en Argentina con Christian Kupchik, con quien además repensamos el sistema de acuerdo a las ilustraciones de Javiera Hiault-Echeverría que ingresaron. Pero antes estuvo en manos, por ejemplo, de Alfonsina Brión y de Gonzalo Ledesma, en una edición trunca que iba a salir también en Uruguay, y ellos aportaron con respecto al orden. E Inés Kreplak lo trabajó para la colección Leer es futuro, primero, en una versión bastante distinta que tenía otros elementos que saqué y a la que se agregaron varios más. Le pasaron un montón de cosas a este conjunto en el medio. Digo: un libro se hace entre muchas personas, muchísimas, esto es una obviedad pero tendría que rastrear hacia atrás, casi unos cuatro años atrás, cuando empezó a gestarse el origen de la disposición y sus modificaciones.

Algo que me llamó la atención fue la ausencia de diálogos, como si los personajes se encontrarán en otro tipo de soledad.

Alguien que no recuerdo dijo, ni siquiera sé si a mí, que escribir diálogos era lo más fácil, que era como una trampita para hacer avanzar los libros; creo que me quedó resonando e intenté esquivarlos, eliminé varios. No sé cómo hubiese quedado sin esa advertencia encima. Ahora no tengo tantas ganas de seguir haciéndole caso a ese ser anónimo, de hecho estoy escribiendo algo con muchos diálogos, y tengo un pequeño conjunto entero construido básicamente sobre diálogos que nunca me decido si está en condiciones o no. Supongo que sigue resonando la advertencia en mi cabeza. Soy influenciable, intento no compartir mucho las cosas en curso de escritura porque cuando lo hago casi siempre termino desanimada y freno, o modifico todo al punto de la eliminación. Además casi siempre los escritores que dicen cosas de ese orden, cuando te metés a leer, cometen sistemáticamente los adulterios de los que pregonan hay que cuidarse.

Para cerrar, y ligado a la pregunta interior, en algunos momentos del libro la intimidad se muestra como un peligro. Lo no dicho, aquello que no se atreve a pronunciar, surca una distancia entre ellos. Me interesa conocer tu opinión.

La intimidad es peligrosa porque siempre exige un grado altísimo de inocencia, de confianza, de entrega. Los personajes del libro atraviesan situaciones de extrema intimidad y muchas veces las palabras entorpecen el curso de sus deseos. Pero otras veces también los salvan. Creo que el sistema de ida y vuelta en todos los casos se juega ahí, entre lo dicho y lo no dicho, el mundo exterior y el mundo interior. Es en el territorio de esa aduana donde intenté escribir.

Sobre El Autor

(Buenos Aires, 1986) Trabaja en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Participa en RASTROS: Observatorio Hispanoamericano de Novela Negra y Criminal. Dogo (2016, Del Nuevo Extremo), su primera novela, fue finalista del concurso Extremo Negro. En 2017, Editorial Revólver publicó Cruz, finalista del premio Dashiell Hammett a mejor novela negra que otorga la Semana Negra de Gijón. Es hincha de George V. Higgins, Donald Ray Pollock, Edward Bunker, James Sallis, David Goodis, Raymond Chandler, Jeff Nichols, Kike Ferrari, Leonardo Oyola, James Crumley, Ben Affleck, Daniel Woodrell, Taylor Sheridan, Vern Smith, Newton Thornburg, Jason Aaron, RM Guera, entre otros.

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Ir a la barra de herramientas