JARDÍN DE INFANCIA

A pocos meses de la desaparición del “padre de la prosa árabe”, nos permitimos hacer este pequeño homenaje publicando uno de sus relatos breves. Fiel reflejo del clima político y social de su Egipto natal, Mahfuz supo transportarnos a las intrincadas callejuelas de El Cairo, donde conocimos personajes ciertamente memorables. A modo de introducción, presentamos la traducción de un pequeño fragmento de su discurso de aceptación del Premio Nobel, en 1988.

Introducción

Damas y caballeros,

A pesar de todo lo que sucede alrededor nuestro, yo estoy comprometido con el optimismo hasta el final. No digo junto a Kant que el Bien será victorioso en el otro mundo. El Bien logra la victoria cada día. Tal vez incluso sea que el Mal es más débil de lo que imaginamos. Frente a nosotros hay una prueba indeleble: si no fuera por el hecho de que la victoria siempre está del lado del Bien, hordas de humanos vagabundos no hubiesen sido capaces, frente a bestias e insectos, desastres naturales, miedo y egoísmo, de crecer y multiplicarse. No hubieran sido capaces de formar naciones, de destacarse en creatividad e inventiva, de conquistar el espacio exterior, y de declarar los derechos humanos. La verdad de la cuestión es que el Mal es un seductor ruidoso y enérgico, y que el Hombre recuerda más lo que duele que lo que reconforta. Nuestro gran poeta Abul-‘Alaa’ Al-Ma’ari tenía razón cuando dijo:

“Una aflicción en la hora de la muerte

Es más que cien veces

La alegría en la hora del nacimiento.”

Finalmente, reitero mis agradecimientos y pido su perdón[1].

Naguib Mahfuz.

—Papá…

—¿Qué?

—Yo y mi amiga Nadia siempre estamos juntas.

—Claro, mujer, porque es tu amiga.

—En clase… en el recreo… a la hora de comer…

—Estupendo… es una niña buena y juiciosa.

—Pero en la hora de religión yo voy a una clase y ella a otra.

Miró a la madre y vio que sonreía, ocupada en bordar un mantel. Y dijo, sonriendo también:

—Sí… pero sólo en la clase de religión…

—¿Y por qué, papá?

—Porque tú eres de una religión y ella de otra.

—Pero, ¿por qué, papá?

—Porque tú eres musulmana y ella cristiana.

—¿Y por qué, papá?

—Eres aún muy pequeña, ya lo comprenderás…

—No, ¡soy mayor!

—No, eres pequeña, cariñito…

—¿Y por qué soy musulmana?

Debía ser comprensivo y delicado: no faltar a los preceptos de la pedagogía moderna a la primera dificultad. Contestó:

—Porque papá es musulmán… mamá es musulmana…

—¿Y Nadia?

—Porque su papá es cristiano y su mamá también…

—¿Porque su papá lleva gafas?

—No… Las gafas no tienen nada que ver. Es porque su abuelo también era cristiano y…

Siguió con la cadena de antepasados hasta aburrirse. Trató de cambiar el tema pero la niña preguntó:

—¿Cuál es mejor?

Dudó un momento antes de contestar:

—Las dos…

—¡Pero yo quiero saber cuál es mejor!

—Es que las dos lo son.

—¿Y por qué no me hago cristiana para estar siempre con Nadia?

—No, cariñito, es mejor que no. Hay que ser lo mismo que papá y que mamá…

—¿Y por qué?

Francamente: la pedagogía moderna es tiránica.

—¿Por qué no esperas a ser mayor?

—No ¡Ahora!

—Bien. Digamos que por gusto. A ella le gusta más una y tú prefieres la otra. Tú eres musulmana y ella tiene otro gusto. Por eso tienes que seguir siendo musulmana.

—¿Nadia tiene mal gusto?

Dios confunda a ti y a Nadia. Había metido la pata a pesar de las precauciones. Se lanzó sin piedad al cuello de una botella.

—Sobre gustos no hay nada escrito. Lo único imprescindible es seguir siendo como papá y mamá…

—¿Puedo decirle que ella tiene mal gusto y yo no?

Salió al paso:

—Las dos son buenas: tanto el Islam como el Cristianismo adoran a Dios.

—¿Y por qué yo lo adoro en una habitación y ella en otra?

—Porque ella lo adora de una manera y tú de otra.

—¿Y cuál es la diferencia, papá?

—Ya lo estudiarás el año que viene o el otro. Por el momento conformate con saber que Islam y Cristianismo adoran a Dios.

—¿Y quién es Dios, papá?

Se detuvo, reflexionó un segundo y preguntó, extremando las precauciones:

—¿Qué les ha dicho Abla?

—Lee la azora y nos enseña a rezar, pero yo no sé. ¿Quién es Dios, papá?

Se quedó pensando con sonrisa torcida. Luego:

—Es el creador del mundo.

—¿De todo?

—De todo.

—¿Qué quiere decir Creador, papá?

—Quiere decir que lo ha hecho todo.

—¿Cómo, papá?

—Con su sumo poder.

—¿Y dónde vive?

—En todo el mundo.

—¿Y antes del mundo?

—Arriba…

—¿En el cielo?

—Sí…

—Quiero verlo.

—No se puede.

—¿Ni en la televisión?

—No.

—¿Y no lo ha visto nadie?

—Nadie.

—¿Y por qué sabes que está arriba?

—Porque sí.

—¿Quién adivinó que estaba arriba?

—Los profetas.

—¿Los profetas?

—Sí, como nuestro señor Mahoma.

—¿Y cómo, papá?

—Por una gracia especial.

—¿Tenía los ojos muy grandes?

—Sí.

—¿Y por qué, papá?

—Porque Dios lo creó así.

—¿Y por qué, papá?

Contestó tratando de no perder la paciencia:

—Porque puede hacer lo que quiere…

—¿Y cómo dices que es?

—Muy grande, muy fuerte, todo lo puede…

—¿Como tú, papá?

Contestó disimulando una sonrisa:

—Es incomparable.

—¿Y por qué vive arriba?

—Porque en la Tierra no cabe, pero lo ve todo.

Se distrajo un momento, pero volvió:

—Pues Nadia me ha dicho que vivió en la Tierra.

—No es eso; es que lo ve todo como si viviese en todas partes.

—Y también me ha dicho que la gente lo mató.

—No, está vivo, no ha muerto.

—Pues Nadia me ha dicho que lo mataron.

—Qué va, cariñito, creyeron que lo habían matado pero estaba vivo.

—¿El abuelo también está vivo?

—No, el abuelo murió.

—¿Lo han matado?

—No, se murió.

—¿Cómo?

—Se puso enfermo y se murió.

—Entonces ¿mi hermana va a morirse?

Frunció las cejas y contestó advirtiendo un movimiento de reproche del lado de la madre:

—Ni mucho menos, ella se curará si Dios quiere…

—¿Por qué se murió entonces el abuelo?

—Porque cuando se puso enfermo era ya mayor.

—¡Pues tú eres mayor, has estado enfermo y no te has muerto!

La madre lo miró regañona. Luego pasó la vista de uno a otro azorada. Él dijo:

—Nos morimos cuando Dios lo dispone.

—¿Y por qué dispone Dios que nos muramos?

—Porque es libre de hacer lo que quiere.

—¿Es bonito morirse?

—Qué va, mi vida.

—¿Y por qué Dios quiere una cosa que no es bonita?

—Todo lo que Dios quiere para nosotros es bueno.

—Pero tú acabas de decir que no lo es.

—Me he equivocado, querida.

—¿Y por qué mamá se ha enfadado cuando he dicho que por qué no te habías muerto?

—Porque todavía no es la voluntad de Dios que yo muera.

—¿Y por qué no, papá?

—Porque Él nos ha puesto aquí y Él nos lleva.

—¿Y por qué, papá?

—Para que hagamos cosas buenas aquí antes de irnos.

—¿Y por qué no nos quedamos siempre?

—Porque si nos quedásemos no habría sitio para todos en la tierra.

—¿Y dejamos las cosas buenas?

—Sí, por otras mucho mejores.

—¿Dónde están?

—Arriba.

—¿Con Dios?

—Sí.

—¿Y lo veremos?

—Sí.

—¿Y eso es bonito?

—Claro.

—Entonces, ¡vámonos!

—Pero aún no hemos hecho cosas buenas.

—¿El abuelo las había hecho?

—Sí.

—¿Cuáles?

—Construir una casa, plantar un jardín…

—¿Y qué había hecho el primo Totó?

Por un momento se puso sombrío. Echó a la madre furtivamente una mirada desvalida, luego contestó:

—Él también había construido una casa, aunque pequeña, antes de irse…

—Pues Lulú el vecino me pega y nunca hace cosas buenas…

—Es que él ha nacido anormal.

—¿Y cuándo va a morirse?

—Cuando Dios quiera.

—¿Aunque no haga cosas buenas?

—Todos tenemos que morir. Los que hacen cosas buenas se van con Dios y los que hacen cosas malas se van al infierno.

Suspiró y se quedó callada. El padre se sintió materialmente aliviado. No sabía si lo había hecho bien o si se había equivocado. Aquel torrente de preguntas había removido interrogaciones sedimentadas en lo más hondo de sí. Pero la incansable criatura gritó:

—¡Yo quiero estar siempre con Nadia!

La miró inquisitivo y ella declaró:

—¡En la clase de religión también!

Se rió estrepitosamente, la madre también rió, él dijo bostezando:

—Nunca imaginé que fuera posible discutir estas cuestiones a semejante nivel…

Habló la mujer:

—Llegará el día en que la niña crezca y puedas razonarle las verdades.

Se volvió para comprobar si aquellas palabras eran sinceras o irónicas y la encontró enfrascada en el bordado.


[1] Traducido al inglés por Mohammed Salmawy, citado en
http://nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1988/mahfouz-lecture.html [29/11/2006] de Nobel Lectures, Literature 1981-1990, Editor a cargo Tore Frängsmyr, Editor Sture Allén, World Scientific Publishing Co., Singapore, 1993. (Tr. del A.)

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Ir a la barra de herramientas