Atrapado en las tierras altas de la península de Indochina, Laos, el único país del Asia sudoriental carente de litoral, suplió su pobreza geográfica con una población rica en tradiciones narrativas. La destreza de sus oradores se plasma aquí en tres bellas historias. Una fábula en la que sus personajes producen una reacción en cadena que deberán desandar. Un cuento de influencia india, en el cual el dios Indra busca al autor de una hermosa música nocturna. Y finalmente, la historia de dos pobres ancianos que hayan un tesoro al que no saben si están destinados.

Introducción

Se suele ver a la península de Indochina como un corredor entre las dos civilizaciones que le dieron nombre. Dentro de ella, Laos ha sido el corredor del corredor. Único país que limita con todos los países del sudeste asiático continental, lo mismo que con China. Único país que, en el corazón de la península, no posee salida al mar. Su ubicación septentrional lo convirtió en paso obligado para los pueblos que poblaron la región, los cuales siguieron siempre una dirección norte-sur. Atrapado a lo largo de la historia por luchas entre los distintos reinos peninsulares, los mandalas (reinos, literalmente “centros”) laosianos estuvieron bajo soberanía siamesa, birmana, camboyana y vietnamita. También los franceses dominaron Laos, principalmente por su calidad de corredor necesario para el ingreso a China a través del río Mekong, arteria principal del país.

De este modo, la mixtura de pueblos fue total. Las “minorías” étnicas del Laos actual casi alcanzan en número a la mitad de la población total del país, correspondiendo a cerca de un centena de naciones de difícil catalogación, debido a las influencias mutuas.

La riqueza literaria de esta combinación es inapreciable. Cada etnia posee un cúmulo milenario de mitos, leyendas, cosmologías, proverbios, historias épicas, que durante siglos se transmitieron oralmente (los primeros rastros de escritura se corresponden con el establecimiento del primer reino laosiano de importancia, Lane Xang, en las postrimerías del siglo XIII, aunque el desarrollo de la literatura escrita laosiana se suele atribuir al período posterior conocido como “De los tres reinos”, correspondiente al siglo XVI). Los encargados del recitado de esta literatura oral eran los ancianos de las aldeas, quienes estaban a cargo del mantenimiento de este arte. Su destreza en la oralidad era tal, que al final del primer milenio de nuestra era los itinerantes monjes budistas se apropiaron de estos relatos para la difusión de su fe, otorgando de esta forma un gran desarrollo a su literatura doctrinaria, principalmente a los jatakas (historias de las vidas de Buda).

La tradición cuentística laosiana refleja fielmente las concepciones animistas de estos pueblos. Estos creen en los phi o espíritus, los cuales dan vida a las montañas, los ríos, los distintos animales. Las creencias animistas otorgan una lectura mítica de la realidad que, sin alegoría, supone en cada elemento del entorno una individualidad, una vivacidad, una personalidad. Al trasladarse ello al campo de lo literario, nos encontramos con que estos elementos se traducen fácilmente en personajes. La fábula es uno de los casos típicos, del que a continuación ofrecemos un ejemplo, en nuestro primer cuento. En él se puede apreciar también la adopción de la idea india del karma, llegada a la región gracias a los monjes budistas.

La influencia india que llegó a Laos en su forma más pura a través de los mons de la baja Myanmar no destruyó la impronta animista. De hecho, por ejemplo, la idea de reencarnación en diversos seres avaló la espontánea relación de los locales con animales. Sin embargo, tendió a generar una escala de importancia en esa relación. Dioses, hombres y animales ubicaban diferentes escalafones, como podemos apreciar en nuestra segunda historia, en donde también, a manera de fábula, los animales utilizan el lenguaje humano.

La riqueza literaria del país siempre ha contrastado con su economía. Imposibilitados de desarrollar el comercio debido a su topografía (el 90 % del territorio está cubierto de montañas) y la falta de acceso al mar, Laos ha sido siempre una tierra de campesinos. Hombres que forzaron su existencia en fuerte lucha contra una geografía adversa. La religiosidad laosiana permitió mantener el espíritu vivo entre la población de este país, al que el Banco Mundial cataloga como el menos avanzado del Sudeste Asiático y uno de los más pobres del mundo. Nuestra última historia nos relata un extraño suceso en la vida de dos campesinos (decir que además son pobres sería una obviedad), ya en la última etapa de sus vidas. Lleno de alegorías, el cuento describe cómo la pareja de ancianos descubre una vasija llena de oro, que solo aceptarán si a ellos está destinada (nuevamente pueden leerse influencias indias). A pesar de su pobreza, Laos posee un territorio rico en piedras preciosas que aún no ha sido explotado. Pueda el lector excavar en sus profundidades y detectar el brillo de su cultura a través de estas tres historias que ofrecemos a continuación.

Martín Lo Coco

La Cigarra[1]

Una vez la cigarra cantó: “Lii lae lii lae haad, lii lae lii lae haad”. Pero para el búho amodorrado esos sonidos parecían decir: “Lii lae lii lae, caa khwaung hae, sai hua nok khao”, es decir: “Me atreveré a arrojar una red sobre la cabeza de ese búho”. El búho asustado se defendió gritando: “hok sak hok sak” (¡Voy a tirar una lanza! ¡Voy a tirar una lanza!)

Bajo el árbol de mimosa, el venado escuchó estremecido los gritos del búho y creyó que alguien le estaba arrojando una lanza a él. Así que corrió tan rápido, que pateó unas enredaderas de sésamo y las semillas de sésamo fueron a dar contra los ojos de un faisán silvestre.

El faisán enceguecido desgarró la tierra de un hormiguero. Las hormigas sorprendidas corrieron a morder el ombligo de la serpiente. La serpiente dolorida le clavó los dientes a la enredadera de la calabaza, y la calabaza cayó justo sobre la cabeza del bebé camaleón.

El camaleón fue a ver al león: “Por favor, rey de la selva, la serpiente mordió la enredadera de la calabaza y causó que una calabaza cayera sobre la cabeza de mi bebé”.

El león mandó a buscar a la serpiente de inmediato. Una vez allí, el león preguntó: “¿Por qué mordiste la enredadera de la calabaza? Eso provocó que una calabaza cayera sobre la cabeza del bebé camaleón.”

“Oh, por favor señor, la hormiga mordió mi ombligo y yo estaba dolorida, así que mordí lo primero que encontré”, respondió la serpiente.

El león entonces mandó a buscar a la hormiga. Una vez allí, el león le preguntó: “¿Por qué mordiste el ombligo de la serpiente? Eso causó que la serpiente mordiera la enredadera de la calabaza, y una calabaza cayó sobre el bebé camaleón”.

“Oh, por favor señor, el faisán silvestre destruyó mi hormiguero y eso me asustó tanto que mordí lo que estaba más cerca”, contestó la hormiga.

El león mandó enseguida a buscar al faisán salvaje. Una vez allí, el león le preguntó: “¿Por qué desgarraste el hormiguero? Eso hizo que la hormiga mordiera el ombligo de la serpiente, y por eso la serpiente dolorida mordió la enredadera de la calabaza, que provocó que la calabaza cayera sobre la cabeza del bebé camaleón”.

“Oh, por favor señor, el venado pateo la enredadera de sésamo y las semillas me golpearon los ojos dejándome ciego, por lo cual destruí el hormiguero”, respondió el faisán.

El león mando a buscar al venado de inmediato. Una vez allí, el león preguntó, “¿Por qué pateaste la enredadera de sésamo y provocaste que las semillas golpearan los ojos del faisán dejándolo ciego? Por esa razón él rasgó el hormiguero y causó que la hormiga mordiera el ombligo de la serpiente, que dolorida mordió la enredadera de la calabaza e hizo que la calabaza cayera sobre el bebé camaleón”.

“Oh, por favor señor, el búho gritó fuerte «hok sak hok sak” (¡Voy a tirar una lanza! ¡Voy a tirar una lanza!), y yo me asusté tanto que salí corriendo y pateando todo lo que estaba a mi paso”.

Entonces, el león mando a llamar al búho sin demoras. Una vez allí lo interrogó: “¿Por qué gritaste «hok sak hok sak”? (¡Voy a tirar una lanza! ¡Voy a tirar una lanza!) Eso asustó al venado que corrió y pateo una enredadera de sésamo y las semillas de sésamo golpearon los ojos del faisán salvaje dejándolo ciego, y por eso él destruyó el hormiguero y causó que las hormigas mordieran el ombligo de la serpiente, que dolorida mordió la enredadera de la calabaza y provocó que una calabaza cayera sobre la cabeza del bebé camaleón.”

“Oh, por favor señor, la cigarra cantó “lii lae lii lae haad, ca khwuang hae sai hua nok khao” (Me atreveré a arrojar una red sobre la cabeza de ese búho). Me asuste tanto que me defendí gritando “hok sak hok sak” (¡Voy a tirar una lanza! ¡Voy a tirar una lanza!)”

Así que finalmente, el león mandó a buscar a la cigarra para que viniera de inmediato. Una vez allí, el león le preguntó: “¿Por qué gritaste lii lae lii lae, ca khwuang hae sai hua nok khao?» (Me atreveré a arrojar una red sobre la cabeza de ese búho). Eso asusto tanto al búho que gritó «hok sak hok sak” (¡Voy a tirar una lanza! ¡Voy a tirar una lanza!), y el venado se pegó tal susto que salió corriendo y pateó la enredadera de sésamo, y las semillas golpearon los ojos del faisán dejándolo ciego, y por eso él destruyó el hormiguero y provocó que las hormigas mordieran el ombligo de la serpiente, que dolorida le clavó los dientes a la enredadera de la calabaza y causó que una calabaza cayera sobre la cabeza del bebé camaleón”.

“Oh, por favor señor, esa es la forma en que me enseñaron a cantar”, respondió la cigarra.

Entonces el león dijo: “Ja, por fin conocemos la causa principal de todo esto. Así que has sido tú, cigarra, la que causaste la muerte del bebé camaleón”. Luego rugió enojado: “Castiguemos a la cigarra obligándola a pagarnos tributo a todos nosotros”.

La cigarra aterrada contestó, “Oh, por favor señor, no tengo nada con qué pagar tributo”.

El rey de los animales pensó un momento y dijo: “Muy bien, entonces tomaremos tus entrañas como pago”. Desde entonces, el cuerpo de la cigarra ha sido hueco.

Maeng Aguan, el grillo cantarín[2]

Una noche, Indra escuchó una música hermosa que decía “yong, yong, yong”, y se sintió tan complacido que tuvo enormes deseos de recompensar al cantante. Así que le dijo a sus cortesanos: “Deben traerme al que cantó esa hermosa canción anoche. Quisiera escuchar más de ella”.

Así que los cortesanos salieron de palacio proclamando: “Que dé un paso al frente el que haya cantado esa hermosa canción anoche. El Gran Indra quiere escuchar más de tu canción.”

El geco[3] dio un paso adelante y dijo: “Yo canté esa canción tan hermosa anoche”.

“Entonces dime qué necesito preparar para tu función de esta noche ante el Gran Indra”, preguntó uno de los cortesanos.

Gekko geco.

Gekko geco.

“Tienes que preparar una pipa de bambú de buen tamaño y colgarla de un pilar en la galería del Gran Indra”, contestó el geco.

Todo fue preparado antes del anochecer. Al caer la noche, el geco se arrastró al interior de la pipa de bambú y comenzó a cantar su canción: “¡gek-gek-gek-gekkkk! ¡tokay!tokay!tokay!”

Entonces, el Gran Indra dijo: “Oh, cantaste de forma hermosa. Te recompensaré con una chaqueta muy colorida para que uses”.

A la noche siguiente, el Gran Indra nuevamente escuchó: “yong, yong, yong”, la misma canción tan hermosa. “La canción que se cantó anoche fue hermosa, pero no es la misma”. Así que les dijo a sus cortesanos: “Aún puedo oír esa hermosa canción. La misma que escuché antes de que viniese el geco a cantar la suya. Por favor, encuentren al que canta esta canción”.

Así que los cortesanos volvieron a salir con la misma proclama: “Que dé un paso al frente quienquiera que haya cantado esa hermosa canción anoche. El Gran Indra quiere escuchar más de tu canción.”

La rana toro dio un paso adelante y dijo: “Yo canté esa hermosa canción anoche”.

“Entonces dinos qué debemos preparar esta noche para tu función ante el Gran Indra”, preguntaron los cortesanos.

“Deben tener listo un cuenco de buen tamaño lleno de agua y ubicarlo al pie de las escaleras en la galería del Gran Indra”, dijo la rana toro.

Todo fue preparado antes del anochecer. Al caer la noche, la rana toro saltó dentro del cuenco y comenzó a cantar su canción: “Hueng aang, hueng aang, hueng aang”.

El Gran Indra dijo entonces: “Oh, cantaste un hermosa canción; y tú también mereces vestir una hermosa chaqueta”.

A la noche siguiente, el Gran Indra nuevamente escuchó: “yong, yong, yong”, la misma hermosa canción. “La canción que cantó la rana toro anoche fue hermosa, pero no es la misma”. Así que les dijo a sus cortesanos: “¿Saben que todavía puedo oír esa hermosa canción? La misma que escuché antes de que vinieran el geco y la rana toro a cantar. Por favor vayan a buscarme a ese cantante”.

Esta vez los cortesanos se cruzaron con Maeng Nguan, el grillo cantarín. Así que le preguntaron: “¿Tú cantaste esa canción tan hermosa anoche?”

“Sí, fui yo. ¿Por que preguntan?”, quiso saber Maeng Nguan, el grillo cantarín.

“Al Gran Indra le gustaría escucharte cantar nuevamente esta noche. ¿Quisieras venir?”

“Claro que iré”, dijo Maeng Nguan, el grillo cantarín.

“Entonces dinos qué debemos preparar para tu función esta noche ante el Gran Indra”, preguntó uno de los cortesanos.

“Oh, absolutamente nada. Simplemente volaré hacia la luz del pilar en la galería del Gran Indra y cantaré”, dijo Maeng Nguan, el grillo cantarín.

Así que esa noche Maeng Nguna, el grillo cantarín, voló hasta la luz del pilar en la galería del Gran Indra y empezó a cantar: “Yong, yong, yong.”

El Gran Indra se encontraba tan complacido y contento con Maeng Nguan, el grillo cantarín, que le concedió comer de la comida de los dioses y también le dio ojos divinos. Por eso el grillo puede ver tanto de noche como de día y no se alimenta de comida ordinaria, sino que disfruta de las gotas de rocío del cielo.

Si nos pertenece, entonces vendrá a nosotros[4]

Una vez, había un anciano y una anciana que vivían en una choza cerca de un campo de arroz. Era pareja muy trabajadora. Pero, aunque trabajaban duro todo el día, eran muy pobres. Trabajaban duro en su campo. Recorrían el bosque buscando plantas, hierbas y leña para vender. Así y todo, seguían siendo muy pobres. Un día, mientras la pareja estaba removiendo un montículo de termitas del campo de arroz, el viejo golpeó algo duro con su azada. Cavó hasta desenterrar el objeto por completo, y descubrió que era una vasija gigante. ¡Qué raro! La vasija estaba repleta de oro. El viejo llamo a su mujer. “¡Vieja, ven rápido! Alguien ha escondido una vasija llena de oro en nuestro campo de arroz”.

Su mujer vino corriendo y lo ayudó a despejar la tierra alrededor de la vasija. Estaba llena hasta el borde con oro. La mujer estaba contentísima.

“Viejo, encontremos rápido a alguien que nos lleve este oro a casa”. Pero el anciano sacudió la cabeza. “Querida vieja, no creo que eso sea una buena idea. Este oro no nos pertenece. Debemos dejarlo aquí”.

La vieja pretendió comenzar una discusión acalorada, pero el viejo le habló con calma: “Vieja, si nos pertenece, entonces vendrá a nosotros. No podemos tomar lo que claramente no es nuestro”.

No muy convencida, la anciana por fin estuvo de acuerdo. Ella intentó convencer al viejo de que cambiara de opinión, pero él se mantuvo firme. Cuando llegaron a casa, la vieja les contó a los vecinos lo que habían encontrado, pero ellos sólo se rieron de ella. Nadie le creyó ni una palabra. Pero un día, unos comerciantes de búfalos que pasaban por allí escucharon la historia. Encontraron el montículo de termitas y cavaron hasta desenterrar la vasija. Con gran cautela, removieron la tapa y… debieron saltar hacia atrás del susto. ¡Que mentira! En la vasija no había más que una enorme serpiente, enroscada en su interior, llenándola por completo con su cuerpo.

“No podemos dejar que se salgan con la suya contándonos semejante mentira. Vamos a enseñarles una lección a esos viejos”. Así que los mercaderes se procuraron una liana de enredadera bien fuerte en el bosque, la ataron alrededor de la vasija y así, lograron subirla a su carreta. Esa misma noche, bien tarde, dejaron caer la vasija frente a la puerta de la choza de los ancianos. Recostaron la vasija sobre un lado, retiraron la tapa y entornaron la puerta. Luego desaparecieron en la noche con rapidez, seguros de que la serpiente entraría en la casa y mordería a los viejos.

A la mañana siguiente, la vieja se levantó, como de costumbre, antes del amanecer para prepararle el desayuno a su esposo. Aún estaba oscuro cuando abrió la puerta y salió. Pero tropezó con la enorme vasija y dio un grito terrible de susto. Su marido saltó de su estera y corrió a ver qué le había pasado. Allí estaba la enorme vasija del campo de arroz tirada justo frente a su puerta.

“¿Quién podría haber traído esto hasta aquí? ¿Quién haría una cosa así?” El viejo estaba perplejo. Acercó una vela y ambos inspeccionaron la vasija. Estaba repleta de oro.

“¿Puede ser verdad?” jadeó la vieja. “Querido, ¿esto significa que el oro es nuestro?”

“Sí”, dijo el viejo. “Es como te dije, si nos pertenece, entonces vendrá a nosotros. Y ha venido, así que tiene que ser nuestro”.

La vieja cabeceaba con solemnidad. “Sí, querido, ahora veo que es tal como tú dijiste: si nos pertenece, entonces vendrá a nosotros”.

[1] Chakacan (La Cigarra), recontado por Maha Bunyok Saensunthon. Extraído de www.seasite.niu.edu/lao/multimedia/cicada.htm

[2] Extraído de www.seasite.niu.edu/lao/multimedia/cricket.htm

[3] “Los gecos son lagartos de tamaño pequeño a mediano pertenecientes a la familia de los Gekkonidae, que se encuentran en climas templados a lo largo de todo el mundo. Los gecos son únicos entre los lagartos en su vocalización, haciendo ruidos chirriantes en sus interacciones con otros gecos”. http://es.wikipedia.org/wiki/Gekkonidae [13/02/2007]

[4] Extraído de www.seasite.niu.edu/lao/multimedia/belong_to_us.htm

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