Editorial Edhasa, dentro de su sello Fantasy Nebulae, recupera una de las más importantes sagas de fantasía épica de todos los tiempos. Se trata de las Crónicas de Elric, el emperador albino de Michael Moorcock.

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Nacido en Londres el 18 de diciembre de 1939, Michael Moorcock es uno de los más prolíficos y exitosos autores de fantasía épica y ciencia ficción. También es editor, periodista, crítico, compositor y músico. A los 15 años abandona los estudios para participar en diferentes actividades del denominado fandom británico, desde música hasta política (en el anarquismo). Moorcock es un seguidor de la obra de Mervyn Peake casi tanto como detractor de J.R.R. Tolkien. Su obra ha obtenido, entre otros, los premios Nebula, August Derleth, British Fantasy, World Fantasy, Campbell Memorial y el Guardian Fiction. La saga Crónicas de Elric, el emperador albino, es sin lugar a dudas su trabajo más emblemático; su protagonista, Elric, es uno de los más complejos y fascinantes personajes de la fantasía moderna y también uno de los antihéroes más carismáticos de la historia de la literatura; su autor lo dotó de enfermedades, de vacilaciones, de crueldades y también de una especie de sesgo existencialista (Incluso llega a pensar: «No estoy hecho para vivir»), variando así el modelo del héroe solar tan común al género. Otra diferencia interesante planteada por el autor es el reemplazo del binomio “Bien / Mal” por el de “Ley / Caos”. Moorcock  llega a la conclusión de que solo es deseable un equilibrio entre Ley y Caos,  ya que el triunfo total de una de las dos fuerzas significaría el fin del mundo; en este sentido podemos decir que todos los personajes de la saga están marcados por el sello del destino y en todo momento pesa sobre ellos la posibilidad de catástrofe al estilo del Götterdämmerung alemán o Ragnarök nórdico, que los entronca con la mitologías de Europa del este.

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Michael Moorcock

 

Editadas por primera vez en el orden cronológico recomendado por el autor, estas novelas no sólo son recomentables para todo amante del género, sino que pueden significar un saludable paso adelante para todo huérfano de Harry Potter.

Al momento han aparecido ya cinco títulos: Elric de melníboné; La fortaleza de la perla; Marinero de los mares del destino; El misterio del lobo blanco y La torre evanescente. Agradecemos a la gente de prensa de Edhasa Argentina el permitirnos reproducir a continuación los dos primeros capítulos de la primer novela.

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Elric de Melniboné

Ésta es la historia de Elric antes de que fuera llamado Asesino de Mujeres, antes del colapso final de Melniboné. Ésta es la historia de la rivalidad con su primo Yyrkoon y del amor por su prima Cymo­ril, antes de que esa rivalidad y ese amor provocaran el incendio de Imrryr, la Ciudad de Ensueño, saqueada por las hordas de los Reinos Jóvenes. Ésta es la historia de las dos espadas negras, la Tormentosa y la Enlutada, de cómo fueron descubiertas y del papel que desempeñaron en el destino de Elric y de Melniboné; un destino que iba a conformar otro mayor: el del propio mundo. Ésta es la his­toria de cuando Elric era el rey, el jefe máximo de los dragones, las flotas y de todos los componentes de la raza semi humana que había regido el mundo durante diez mil años.

Ésta es la historia de Melniboné, la Isla del Dragón. Es una his­toria de tragedias, de monstruosas emociones y de elevadas ambi­ciones. Una historia de brujerías, traiciones y altos ideales, de ago­nías y grandes placeres, de amores amargos y dulces odios. Ésta es la historia de Elric de Melniboné, gran parte de la cual sólo recorda­ría el propio Elric en sus pesadillas.

Crónica de la Espada Negra

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Libro primero

En la isla-reino de Melniboné aún se observan todos los viejos ritos, aunque el poder de la nación se desvaneció hace quinientos años; ahora, su modo de vida se mantiene sólo mediante el comer­cio con los Reinos Jóvenes, gracias a que la ciudad de Imrryr se ha convertido en el centro de encuentro de los mercaderes. ¿Han deja­do de tener utilidad esos ritos? ¿Pueden repudiarse y, pese a ello, bur­lar al destino? El que podría reinar en lugar de Elric prefiere pensar que no. Afirma que Elric traerá la destrucción a Melniboné por su negativa a respetar todos los ritos (aunque Elric respeta muchos de ellos).Y ahora se inicia la tragedia que terminará dentro de muchos años y precipitará la destrucción de este mundo.

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Capítulo 1

Un rey melancólico:

La corte se esfuerza en halagarle

Su carne es del color de una calavera blanqueada al sol y el largo cabello que le cae sobre los hombros es de un blanco lechoso. En su testa ahusada y hermosa destacan dos ojos sesgados, tristes y de color carmesí, y de las amplias mangas de su blusón amarillo sur­gen dos manós delgadas, también del color del hueso, que descansan en los brazos de un trono esculpido en un único e inmenso rubí.

Los ojos carmesí muestran preocupación y, de vez en cuan­do, una mano se alza para tocar un yelmo ligero, colocado sobre la cabellera blanca; un yelmo fabricado con una aleación oscura y ver­dosa exquisitamente batida hasta darle la forma de un dragón a pun­to de emprender el vuelo. Y, en la mano que acaricia la corona con gesto ausente, brilla un anillo con un raro solitario de piedra de Actorios cuyo corazón cambia a veces perezosamente y toma nue­vas formas como si fuera humo dotado de conciencia, tan inquie­to en su prisión diamantina como el joven albino en su Trono de Rubí.

Contempla la extensa escalinata de peldaños de cuarzo en la que se entretiene la corte, bailando con tal delicadeza y etérea gracia que parece un cortejo de fantasmas. Él reflexiona mentalmente sobre cuestiones morales y tal actividad, por sí sola, le separa de la gran mayoría de sus súbditos, pues éstos no son humanos.

Tales son las gentes de Melniboné, la Isla del Dragón, que gober­nó el mundo durante diez mil años y que perdió su mando hace menos de quinientos. Son gentes crueles y astutas y, para ellos, la moral no va más allá del debido respeto a las tradiciones de un cen­tenar de siglos.

Para el joven, cuatrocientos veintiocho descendiente en línea directa del primer Brujo Emperador de Melniboné, la arrogancia de las gentes es presuntuosa y estúpida; es evidente que la Isla del Dragón ha perdido la mayor parte de su poder y pronto, en un par de siglos, se verá amenazada por un conflicto directo con las nacio­nes humanas en alza a las que denominan, con cierto aire condes­cendiente, los Reinos Jóvenes. De hecho, algunas flotas piratas han hecho ya incursiones sin éxito sobre Imrryr la Hermosa, la Ciu­dad de Ensueño, capital de Melniboné, la Isla del Dragón.

Y, sin embargo, hasta los amigos más próximos al emperador se niegan a tratar la posibilidad de la decadencia de Melniboné. Les disgusta oíde mencionar el tema y consideran sus observaciones inconcebibles y, más aún, una grave falta de buen gusto.

Así pues, el emperador medita a solas. Se lamenta de que su padre, Sadric LXXXVI, no hubiese tenido más hijos, pues así habría podido ocupar su lugar en el Trono de Rubí otro monarca más ade­cuado. Sadric murió hace un año, musitando una alegre bienveni­da a la que acudía a reclamar su alma. Sadric no había conocido, durante la mayor parte de su vida, otra mujer que su esposa, aun­que la emperatriz había muerto al traer al mundo a su único vás­tago, aquel ser escaso de sangre. En efecto, Sadric, en sus emociones melnibóneas (tan distintas y ajenas a las de los humanos recién lle­gados), había amado siempre a su esposa y no había encontrado pla­cer en ninguna otra compañía, ni siquiera en la del hijo que había causado su muerte y que era lo único que le quedaba de ella. Pocio­nes mágicas, hierbas extrañas y encantamientos nutrieron al peque­ño cuya vida mantenían artificialmente todas las artes de los Reyes Hechiceros de Melniboné. Y ha sobrevivido -sigue haciéndolo­gracias sólo a la brujería, pues Elric es de naturaleza extremadamente lánguida y, sin sus pócimas, apenas podría alzar la mano del trono en todo el día.

Si alguna ventaja ha obtenido eljoven emperador de esta per­manente debilidad, quizá sea que, por fuerza, ha leído mucho. Antes de cumplir los quince años había leído todos los volúmenes de la biblioteca de su padre, algunos más de una vez. Sus poderes ocul­tos, aprendidos inicialmente de Sadric, son ahora superiores a los poseídos por sus antecesores en muchas generaciones. Tiene un pro­fundo conocimiento del mundo más allá de las costas de Melni­boné, aunque todavía carece de experiencia directa de él. Si lo desea­ra, podría resucitar el antiguo poder de la Isla del Dragón y regir ésta y los ReinosJóvenes como un tirano invulnerable. Pero sus lec­turas le han enseñado también a preguntarse por el uso que se da al poder, a cuestionar sus motivos, incluso a poner en cuestión si debe­ría utilizar el suyo, por causa alguna. Sus lecturas le han llevado a esta «moral» que, con todo, apenas comprende. Por eso, para sus súbdi­tos es un enigma y, para algunos, una amenaza, pues el albino no piensa ni actúa de acuerdo a sus cánones sobre cómo debe pensar y actuar un auténtico melnibonés (y, más en concreto, un empera­dor de Melniboné). Su primo Yyrkoon, por ejemplo, ha sido oído más de una vez expresando profundas dudas sobre el derecho del emperador a regir al pueblo de Melniboné. «Ese enfermizo ratón de biblioteca nos llevará a todos a la ruina», dijo una noche a Dyvim Tvar, Señor de las Cavernas del Dragón.

Dyvim Tvar es uno de los pocos amigos del emperador y se había apresurado a informarle del comentario, pero el joven monar­ca quitó hierro al asunto cali6cándolo de una «traición trivial», cuan­do cualquiera de sus antecesores habría recompensado tales senti­mientos con una lenta y refinada ejecución pública.

La actitud del emperador se complica más aún por el hecho de que Yyrkoon, quien ahora ya casi no esconde sus sentimientos de que debería ser él quien ocupara el trono, es hermano de Cymoril, la muchacha a quien el albino considera su mejor amiga y a quien, algún día, quiere hacer emperatriz.

***

En el piso de mosaico de la corte, puede verse al príncipe Yyrko­on con sus más finas sedas y pieles, con sus joyas y brocados, bai­lando con cien mujeres, todas las cuales -se dice- han sido sus aman­tes en algún momento. Las morenas facciones de Y yrkoon, a la vez hermosas y taciturnas, están enmarcadas por un largo cabello negro, ondulado y ungido de aceites; su expresión es, como siempre, sar­dónica y su porte arrogante. La pesada capa de brocado se mece a un lado y a otro, sacudiendo a los demás bailarines con cierta fuer­za. La lleva casi como si fuera una armadura o, quizás, un arma. Entre muchos de los cortesanos, el príncipe Yyrkoon goza de algo más que respeto. Pocos se sienten heridos por su arrogancia, e incluso éstos guardan silencio, pues se sabe que Yyrkoon es también un brujo de consideración. Además, su comportamiento es el que la cor­te espera y agradece en un noble de Melniboné; es el que desearían ver en su emperador.

Y el emperador lo sabe. Le gustaría complacer a su corte, que se esfuerza en halagarle con bailes y diversiones, pero no consigue animarse a participar en lo que, privadamente, considera una secuen­cia tediosa e irritante de posturas rituales. En esto, quizá sea más arrogante que Yyrkoon, quien es bastante patán.

Desde los pórticos, la música se hace más alta y compleja cuan­do los esclavos, especialmente instruidos y sometidos a una intervención quirúrgica para cantar una única nota perfecta, son esti­mulados a un esfuerzo más apasionado. Hasta el joven emperador se emociona ante la siniestra armonía de la canción, que poco se parece a nada de lo emitido hasta ahora por una garganta humana. ¿Por qué ha de producir su dolor una belleza tan espléndida?, se pre­gunta. ¿O es que toda belleza se crea mediante el dolor? ¿Es éste el secreto del gran arte, tanto en Melniboné como entre los hu­manos?

El emperador Elric cierra los ojos.

Abajo, en el salón, hay cierta agitación. Las puertas se han abierto y los cortesanos detienen su danza, se retiran a los lados y se incli­nan en una profunda reverencia mientras entran unos soldados. Éstos van vestidos de color azul celeste, con cascos ornamentales de for­mas fantásticas y lanzas largas, de ancha hoja, decoradas de cintas enjoyadas. Rodean a una muchacha cuyo vestido azul está a tono con los uniformes y cuyos brazos desnudos están rodeados por cin­co o seis brazaletes de diamantes, zafiros y oro. Sartas de diamantes y zafiros se enroscan en sus cabellos. Al contrario que la mayoría de las mujeres de la corte, su rostro no luce dibujos pintados sobre los párpados o los pómulos. Elric sonríe. Aquí está Cymoril. Los solda­dos son su guardia de honor personal que, según la tradición, debe escoltada hasta la corte. Juntos suben los peldaños que llevan al Tro­no de Rubí. Con gesto lento, Elric levanta sus manos y las extien­de hacia ella.

-Cymoril, pensaba que habías decidido no complacemos esta noche con tu presencia.

La muchacha le devuelve la sonrisa.

-Mi emperador, finalmente he considerado que estaba de humor para conversar.

Elric se siente agradecido. La muchacha sabe que está aburri­do y sabe también que ella es una de las pocas personas de Melni­boné cuya conversación le interesa. Si el protocolo lo permitiera, Elric le ofreceria su trono pero, dada su regia posición, Cymoril debe sentarse en el primer peldaño, a los pies del trono.

-Te ruego que te sientes, dulce Cymoril.

Elric posa de nuevo sus manos en el trono y se inclina hacia delante mientras ella toma asiento y vuelve la mirada hacia él con una mezcla de humor y ternura. La muchacha habla con dulzura mientras su guardia se retira hasta mezclarse con la propia guardia de Elric a los lados de la escalinata. Sólo Elric puede escuchar su voz.

-¿Te gustaría cabalgar conmigo mañana a la región más despoblada de la isla, mi señor?

-He de atender una serie de asuntos…

A Elric le atrae la propuesta. Hace semanas que no sale de la ciudad para cabalgar con ella, con sus guardias personales discreta­mente alejados.

-¿Son urgentes?                                                                                                     -¿Qué asunto es urgente en Melniboné? -responde él con un encogimiento de hombros. Después de mil años, la mayor parte de los problemas pueden contemplarse desde cierta perspectiva. Su sonrisa es casi la de un joven estudiante que proyecta hacer novi­llos engañando a su tutor-. Está bien; nos marcharemos por la maña­na temprano, antes de que despierten los demás.

-Fuera de lmrryr, el aire será claro y transparente. El sol calen­tará mucho, para la época en que estamos. El cielo estará azul y lim­pio de nubes.

-¡Vaya encantamiento has preparado! -se ríe Elric. Cymoril baja la mirada y traza un dibujo sobre el mármol del estrado.

-Bueno, no es gran cosa. No estoy falta de amigos entre los                                                                                                                                                             espíritus menos poderosos…

Elric extiende la mano hasta tocar su cabello rubio y delicado.

-¿Lo sabe Yyrkoon?

-No.

El príncipe Yyrkoon ha prohibido a su hermana que se ocupe de asuntos mágicos. Los amigos del príncipe se cuentan entre los más siniestros de los seres sobrenaturales e Yyrkoon sabe que es peli­groso tratar con ellos, por lo que cree que todas las prácticas de bru­jería comportan una peligrosidad similar. Además, a Yyrkoon le dis­gusta pensar que otros poseen el mismo poder que él domina. Quizásea esto lo que más odia en Elric.

-Esperemos que todo cuanto necesite Melniboné sea buen tiempo para mañana -dice Elric.

Cymorille observa con gesto de curiosidad. Ella es todavía una hija de Melniboné. No se le ha pasado por la cabeza que su magia puede ser mal recibida por otros. Después, encoge sus hombros ado­rables y roza con su mano la del monarca.

-Esa «culpabilidad» -murmura Cymoril-. Esa búsqueda de la conciencia… Su propósito escapa a mi corta mente.

-Ya la mía, debo reconocerlo. No parece tener ninguna fun­ción práctica. Sin embargo, más de uno de nuestros antecesores pre­dijo un cambio en la naturaleza de nuestra tierra. Un cambio tanto físico como espiritual. Quizás experimento una inconcreta premo­nición de este cambio cuando me asaltan esos extraños pensamien­tos míos, tan poco melniboneses.

La música sube de volumen. Luego vuelve a bajar. Los corte­sanos siguen bailando aunque muchos ojos están fijos en Elric y Cymoril mientras éstos conversan en la parte superior del estrado. Aumentan las especulaciones. ¿Cuándo anunciará Elric su com­promiso de boda con la futura emperatriz? ¿Restablecerá la cos­tumbre, abolida por Sadric, de sacrificar doce novias y sus prometi­dos a los Señores del Caos para asegurar una buena boda a los soberanos de Melniboné? Fue patente que la negativa de Sadric a que continuara la costumbre trajo la desgracia sobre él y la muerte sobre su esposa, le dio un hijo enfermizo y amenazó la propia continuidad de la monarquía. Elric debería reanudar la tradición. Inclu­so Elric debería temer la repetición de la fatalidad que había visita­do a su padre.

Sin embargo, hay quien dice que Elric no hará nada de acuer­do con la tradición y que no sólo expone su propia vida, sino la existencia misma de Melniboné y de todo cuanto significa.Y quie­nes eso dicen suelen estar en buenas relaciones con el príncipe Yyr­koon, que sigue bailando sin parecer percatarse de su conversa­ción o, siquiera, de que su hermana charla en voz baja con el primo que se sienta en el Trono de Rubí; del primo que se sienta en el borde del trono olvidando su dignidad; que no muestra un ápice de ese orgullo feroz y desdeñoso que, en el pasado, ha caracterizado prácticamente a todos los emperadores de Melniboné; que charla animadamente como si despreciara a la corte que, se supone, baila para divertirle.

Y entonces, de pronto, el príncipe Yyrkoon se queda inmóvil a media pirueta y alza los ojos oscuros hacia su emperador. En un rincón de la estancia, el gesto espectacular y calculado de Yyrkoon atrae la atención de Dyvim Tvar y el Señor de las Cavernas del Dra­gón frunce el ceño. Lleva la mano donde de costumbre está su espa­da, pero en los bailes de la corte no pueden llevarse armas. Dyvim Tvar observa con preocupación y resueltamente al príncipe Yyrko­on mientras el apuesto noble empieza a ascender los peldaños hacia el Trono de Rubí. Muchos ojos siguen al primo del emperador y casi nadie continúa bailando, aunque la música se hace todavía más estruendosa al exigir los amos de los coros un esfuerzo mayor a sus esclavos.

Elric alza la mirada y encuentra a Yyrkoon en el peldaño infe­rior al que ocupa Cymoril. Yyrkoon hace una reverencia que resul­ta sutilmente insultante.

-Comparezco ante mi emperador -dice.

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Capítulo 2

Un príncipe advenedizo:

Se enfrenta a su primo

Disfrutas del baile, primo? -preguntó Elric, consciente de que la presentación melodramática de Yyrkoon tenía por objetivo pillar­le desprevenido y, a ser posible, humillarle-. ¿Es la música de tu gusto?

Yyrkoon bajó la mirada y en sus labios se formó una breve sonrisa.

-Todo está a mi gusto, mi señor. Pero ¿qué hay de ti? No participas en el baile… ¿Hay algo que te disguste?

Elric se llevó un pálido dedo a la barbilla y contempló a su primo, que mantenía apartada la mirada.

-Aunque no baile, primo, disfruto con la fiesta. Supongo que es posible complacerse en el placer de los demás, ¿verdad?

Yyrkoon pareció realmente sorprendido. Abrió los ojos de par en par y los alzó hacia Elric. Éste notó una ligera sacudida y apar­tó entonces su mirada, señalando los porches de los músicos con un lánguido gesto de la mano.

-…O quizá sea el dolor de otros lo que me da placer. No te apures por mí, primo. Estoy a gusto, muy a gusto.Y ahora que te has asegurado de que tu emperador disfruta del baile, puedes continuar con tus danzas.

Sin embargo,Yyrkoon no iba a dejarse apartar de su objetivo.

-No obstante, para que sus súbditos no se vayan de aquí tristes y preocupados de no haber sabido agradar a su monarca, el empe­rador debería demostrar su complacencia…

-Te recuerdo, primo -replicó Elric en voz baja-, que el empe­rador no tiene ninguna obligación para con sus súbditos, salvo gober­narles. Los deberes son de ellos para con él. Tal es la tradición de Melniboné.

Yyrkoon no había previsto que Elric utilizara tales argumentos contra él, pero recurrió a su siguiente observación.

-En efecto, señor. El deber del emperador es gobernar a sus súbditos. Quizás ésta sea la razón de que muchos de ellos no dis­fruten del baile tanto como deberían.

-No acabo de entenderte, primo.

Cymoril se había puesto en pie y permanecía con las manos juntas en el peldaño superior al de su hermano. Estaba tensa y ner­viosa, preocupada por el tono burlón de su hermano, por su aire desdeñoso.

– Yyrkoon… -musitó.

El príncipe pareció advertir su presencia.

-Hermana…Veo que compartes la desgana de nuestro emperador por el baile.

-Yyrkoon -murmuró ella-, estás yendo demasiado lejos. El

emperador es tolerante, pero…

-¿Tolerante? ¿O indiferente? ¿No es acaso indiferente a las tra­diciones de nuestra gran raza? ¿No muestra desdén ante este orgu­llo racial?

Dyvim Tvar ascendía ahora los escalones. Era evidente que también él consideraba que Yyrkoon había escogido aquel momen­to para someter a prueba el poder de Elric.

Cymoril estaba estupefacta y murmuró en tono alarmado: -¡Yyrkoon, si quieres seguir vivo…!

-No me importa vivir si el espíritu de Melniboné perece.Y la preservación del espíritu de nuestra nación es responsabilidad del emperador. ¿Qué sucedería si tuviéramos un emperador que no cumpliera su responsabilidad, un emperador que fuera débil, un emperador a quien no preocupara en absoluto la grandeza de la Isla del Dragón y de su pueblo?

-Ésa es una pregunta hipotética, primo -Elric había recupe­rado su compostura y su voz helada arrastraba las palabras-, pues nunca se ha sentado en el Trono de Rubí un cmperador tal, y nun­ca lo hará.

Dyvim Tvar llegó hasta el grupo y tocó a Yyrkoon en el hombro.

-Príncipe, si aprecias tu dignidad y tu vida…

Elric alzó su mano.

-Eso no es preciso, Dyvim Tvar. El príncipe Yyrkoon sólo nos entretiene con un debate intelectual. Temeroso de que me aburriese con la música y el baile, cosa en absoluto cierta, ha pensado en pro­porcionarme un tema para una discusión estimulante. Y estoy seguro de que todos nos sentimos de lo más estimulados, príncipe Yyrkoon.

Elric dejó que una expresión de condescendiente calidez en­ marcara su última frase.

Yyrkoon enrojeció de cólera y se mordió el labio.

-Pero continúa, querido primo Yyrkoon -añadió Elric-. Estoy muy interesado. ¿Por qué no te extiendes en tu argumento?

Yyrkoon miró a su alrededor, como si buscara apoyo. Sin embar­go, todos sus partidarios estaban en el salón de la estancia, al pie de la escalinata. Cerca, sólo había amigos de Elric: Dyvim Tvar y Cymo­ril. No obstante,Yyrkoon sabía que sus partidarios estaban oyendo cada palabra y que perdería categoría ante ellos si no replicaba. Elric se daba cuenta de que Yyrkoon habría preferido retirarse de esta escaramuza y escoger otro día y otro terreno para continuar la bata­lla, pero eso ya no era posible. El propio Elric no deseaba prose­guir la estúpida pelea que, por mucho que disfrazara, no era mejor que la disputa de dos niñas sobre quién jugaría primero con los escla­vos. Así pues, decidió poner fin al episodio.

Yyrkoon empezó a responder:

-Entonces, déjame sugerir que un emperador fisicamente débil podría ser también débil en su voluntad para gobernar como está establecido y…

Elric alzó su mano.

-Ya has dicho suficiente, querido primo. Más que suficiente. Has decidido ocuparte de suscitar esta conversación cuando, en rea­lidad, preferirías estar bailando. Me siento conmovido por tu soli­citud, pero también yo me descubro abrumado por las preocupa­ciones. -Elric hizo una seña a su viejo criado, Huesos Torcidos, que permanecía al otro extremo del estrado del trono, entre los solda­dos-o ¡Huesos Torcidos, mi capa! -Se puso de pie y añadiá-:Te agra­dezco de nuevo tu solicitud, primo. -Después se dirigió a su corte en general-: Me he divertido. Ahora me retiro.

Huesos Torcidos le trajo la capa de armiño y la colocó sobre los hombros de su amo. Huesos Torcidos era muy anciano y mucho más alto que Elric, aunque tenía arqueada la espalda y todas sus extre­midades parecían nudosas y retorcidas sobre sí mismas, como las ramas de un viejo y robusto árbol.

Elric cruzó el estrado y desapareció atravesando la puerta situa­da al fondo de éste, que conducía a sus aposentos privados por un largo pasillo.

***

Yyrkoon se quedó ante el trono, encolerizado. Dio una brusca media vuelta en el estrado y abrió la boca como si quisiera dirigirse a los cortesanos que le observaban. Algunos, que no le apoyaban, sonreían abiertamente.Yyrkoon apretó los puños a los costados y lanzó mira­das furibundas. Observó a Dyvim Tvar y abrió sus finos labios para añadir algo. Dyvim Tvar le devolvió la mirada con frialdad, retando a Yyrkoon a decir algo más.

Entonces, el príncipe echó la cabeza hacia atrás hasta que los rizos de su cabello, enroscados y ungidos, le colgaron a la espalda. Después, soltó una risotada.

El áspero sonido llenó la sala. La música cesó. La risa continuó. Yyrkoon dio unos pasos más hasta alcanzar el estrado y, dando un tirón de su capa, envolvió su cuerpo en ella.

Cymoril se adelantó hasta él.

-Yyrkoon, por favor, te lo ruego…

El príncipe le echó hacia atrás con un gesto de su hombro.

Yyrkoon avanzó con pasos tensos hacia el Trono de Rubí. Se hizo evidente que se disponía a sentarse en él, llevando a cabo uno de los actos de traición más pérfidos en el código de honor de Mel­niboné. Cymoril corrió los breves pasos que le separaban de su her­mano y le asió por el brazo.

La risa de Yyrkoon subió de tono.

-Es a mí a quien desean ver en el Trono de Rubí -dijo a su hermana.

Ésta emitió un jadeo y miró horrorizada a Dyvim Tvar, cuya expresión era torva y llena de furia.

Dyvim Tvar hizo una señal a la guardia y, de pronto, dos filas de hombres armados se interpusieron entre Yyrkoon y el trono.

Yyrkoon volvió la vista hacia el Señor de las Cavernas del Dragón.

-Tendrás suerte si pereces con tu amo -susurró.

-La guardia de honor te escoltará fuera del salón –respondió Dyvim Tvar en tono sereno-. Todos nos hemos sentido estimula­dos por tu conversación de esta noche, príncipe Yyrkoon.

El príncipe permaneció inmóvil, le miró fijamente y, por últi­mo, se relajó. Después, encogiéndose de hombros, añadió:

-Queda tiempo. Si Elric no abdica, habrá que deponerle.

El esbelto cuerpo de Cymoril seguía rígido. Sus ojos llameaban. Se volvió hacia su hermano y le dijo:

-Si haces algún daño a Elric, te mataré con mis propias manos,

Yyrkoon.

El príncipe enarcó sus finas cejas y le dedicó una sonrisa. En ese momento parecía odiar a su hermana, más incluso que a su primo.

-Tu lealtad a ese ser te ha asegurado tu propia condena, Cymo­ril. Antes preferiría verte muerta que engendrando a un hijo de su estirpe. No deseo que la sangre de mi casa se diluya, se tiña, sea toca­da siquiera por la de él. Mira por tu propia vida, hermana mía, antes que amenazar la mía.

Con esto dicho,Yyrkoon bajó por la escalera abriéndose paso entre quienes acudían a felicitarle. Sabía que había perdido y el mur­mullo de sus sicofantes no hacía sino irritarle aún más.

Las grandes puertas del salón crujieron tras él al cerrarse de nuevo.Yyrkoon había abandonado el salón de la corte.

Dyvim Tvar alzó ambos brazos.

-Seguid el baile, cortesanos. Complaceos con lo que tenéis en el salón. Esto es lo que más alegrará al emperador.

Pero era evidente que poco más se bailaría esa noche. Los cor­tesanos ya estaban sumidos en profundas conversaciones mientras debatían animadamente los acontecimientos. Dyvim Tvar se volvió hacia Cymoril.

-Elric se niega a comprender el peligro, princesa Cymoril. La ambición de Yyrkoon puede traemos a todos el desastre.

-Incluido Yyrkoon -suspiró Cymoril.

-Sí, incluido Yyrkoon. Sin embargo, ¿cómo poder evitarlo, Cymoril, si Elric no da órdenes para que se detenga a tu hermano?

-El emperador opina que las personas como Yyrkoon deben poder decir lo que deseen. Es parte de su filosofía.Yo apenas lo entiendo, pero parece un aspecto fundamental de su manera de pen­sar. Si destruye a Yyrkoon, destruye la base en que se sustenta su lógica. Eso, al menos, es lo que ha intentado explicarme, Señor del Dragón.

Dyvim Tvar suspiró y frunció el ceño. No alcanzaba a com­prender a Elric y temía, en algunos momentos, compartir los pun­tos de vista de Yyrkoon. Al menos, los motivos y argumentos del príncipe eran relativamente claros y directos. Sin embargo, cono­cía demasiado bien el carácter de Elric para creer que éste actuara llevado por la debilidad o la lasitud. La paradoja consistía en que Elric toleraba la traición de Yyrkoon porque era fuerte, porque tenía el poder para destruir a éste cuando quisiera. Y, por el contrario, el carácter del príncipe era tal que le llevaba a poner a prueba cons­tantemente la fuerza de Elric, pues sabía instintivamente que si éste daba muestras de debilidad y ordenaba matarle, habría vencido. Era una situación complicada y Dyvim Tvar deseaba fervientemente no haberse involucrado en ella. Sin embargo, su lealtad a la línea real de Melniboné era poderosa, y fuerte su fidelidad a Elric. Pensó insis­tentemente en la idea de hacer asesinar aY yrkaon en secreto, pero sabía que tal plan no llegaría, casi con seguridad, a buen puerto.Yyr­koon era un hechicero de inmenso poder e, indudablemente, esta­ría prevenido de todo intento contra su vida.

-Princesa Cymoril -dijo Dyvim Tvar-, no puedo sino rezar por que tu hermano llegue a tragar tanta de su propia cólera que acabe por envenenarse.

-Me uno a ti en esa plegaria, Señor de las Cavernas del Dragón. Juntos abandonaron el salón.

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