Tan pronto conoce a Ricardo Laverde, el joven Antonio Yammara comprende que en el pasado de su nuevo amigo hay un secreto, o quizá varios. Su atracción por la misteriosa vida de Laverde, nacida al hilo de sus encuentros en un billar, se transforma en verdadera obsesión el día en que éste es asesinado.

Convencido de que resolver el enigma de Laverde le señalará un camino en su encrucijada vital, Yammara emprende una investigación que se remonta a los primeros años setenta, cuando una generación de jóvenes idealistas fue testigo del nacimiento de un negocio que acabaría por llevar a Colombia —y al mundo— al borde del abismo. Años después, la exótica fuga de un hipopótamo, último vestigio del imposible zoológico con el que Pablo Escobar exhibía su poder, es la chispa que lleva a Yammara a contar su historia y la de Ricardo Laverde, tratando de averiguar cómo el negocio del narcotráfico marcó la vida privada de quienes nacieron con él.

El ruido de las cosas al caer es la historia de una amistad frustrada. Pero es también una doble historia de amor en tiempos poco propicios, y también una radiografía de una generación atrapada en el miedo, y también una investigación llena de suspense en el pasado de un hombre y el de un país.

Juan Gabriel Vásquez ganó con El ruido de las cosas al caer, el XIV Premio Alfaguara de Novela 2011

Entrevista a Juan Gabriel Vásquez tapa libro

¿Cansado de responder las mismas preguntas?

Las mismas preguntas no me cansan me cansan las mismas respuestas.

¿Este premio te da una nueva proyección de lectores?

Así es, yo ya estaba resignado a que la palabra best seller no formara parte de mi imaginario ni mucho menos. Siempre he tenido la idea de que mis libros sean minoritarios; la primera sorpresa del premio es esa, verte de pronto hablándole a una cantidad de lectores con la que nunca habías soñado.

Tanto en esta novela como en las dos anteriores abordás el pasado de Colombia. ¿Cómo fueron recibidos estos títulos en tu país?

Desde una cierta sorpresa; descubro que hablo de ciertas cosas que la gente no sabía que hubieran ocurrido o al menos no de esta manera. Y hay siempre el mismo conflicto, que de alguna manera está en los personajes de la novela y también entre la gente que prefiere que ciertas cosas se olvidaran, que no siguieran formando parte de nuestras conversaciones ni se siguiesen mencionando en nuestra literatura, porque son incómodas, porque son molestas, porque dan una imagen negativa de Colombia y por otro lado está la gente que cree que esa es la única manera de seguir adelante, revivir el pasado comprendiéndolo mejor, comprendiendo tal vez desde el arte de la novela que dice y hace cosas que la historiográfica y el periodismo no logran decir.

Vos también trabajás como periodista. Al reconstruir el pasado de tu país de origen en estas últimas novelas. ¿Dónde se tocan la metodología periodística y el arte de narrar?

Bueno, si bien yo soy periodista cultural, como dices, también tengo a parte una columna, esa es mi faceta más periodística. En eso encuentro que no hay dos oficios más distintos que el de columnista y el de narrador. Parte de la filosofía de la novela es la duda, la incertidumbre. Como género, la novela sirve para hacer preguntas y no para tratar de dar respuestas. El columnista político, por otra parte, es un hombre que posee certezas. Son dos situaciones muy distintas.

Los miércoles, que son los días que escribo mi columna, son el único momento en la semana en que me siento seguro de algo; el resto de la semana soy novelista y me agobian las preguntas y darme cuenta de cuánto ignoramos sobre la historia de nuestros países.

Tanto Los informantes como esta última novela fueron escritas fuera de Colombia ¿Cómo es esta relación entre la distancia y la reconstrucción histórica, entre sufrir un país desde adentro y analizarlo desde fuera?

Yo estoy absolutamente convencido, aunque esto sea muy difícil de demostrar y muy abstracto si quieres, que yo no hubiera podido escribir los libros que he escrito sobre Colombia si me hubiera quedado a vivir en el país.

Cuando yo salí de Colombia, mi primer libro maduro, un libro de cuentos titulado “Los amantes de todos los santos”, que son historias que suceden en Francia, Bélgica, en los países en los que yo he vivido. En esa época yo sentí que no podía escribir sobre Colombia porque la tenía muy cerca y por lo tanto no la entendía, no entendía el país ni su historia. Necesite seis años de vivir en el extranjero para darme cuenta de que no entender es precisamente la mejor razón para escribir del tema. No entender Colombia no era un handicap sino un incentivo para meter el país en mis novelas.

¿Cómo continúa la estructura del narcotráfico en Colombia luego de la muerte de Escobar?

Cambian muy radicalmente. Los años que obsesionan a mis personajes, que son los años 80 cuando Escobar le declaró esta especie de guerra a Bogotá, la violencia del narcoterrorismo en esos años estaba ligada a su figura. Muerto Escobar esa guerra contra los civiles desapareció. A partir de la muerte de Escobar, los carteles colombianos se atomizaron, hay muchos grupúsculos distintos que siguen con el negocio; lo más interesante y a la vez preocupante es que el negocio se convirtió en la principal fuente de financiación de todos los ejércitos ilegales de la guerrilla, de La FARC, de los militares de extrema derecha…todos están financiados por la misma fuentes de ingresos que es el narcotráfico. Y nuestro principal problema social que es el desplazamiento de campesinos expulsados de sus tierras es una consecuencia de eso, porque las tierras se convierten en objeto de disputa entre narcotraficantes, paramilitares y guerrilleros por el control de la tierra en donde se cultiva la droga, entonces sigue siendo un factor de desorden tremendo.

 

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Pablo Escobar

En Argentina estuvimos discutiendo hace poco el tema de la legalización de la droga. ¿Qué postura tenés al respecto?

Soy un defensor muy radical y muy convencido de la legalización. Creo que no sólo tenemos el caso probeta de la legalización del alcohol en los Estados Unidos donde se ve precisamente cuál es la consecuencia de la prohibición, que es la generación de las mafias, la corrupción; la inmensa capacidad de violencia es una consecuente de la prohibición que genera estos niveles de riqueza tan monstruosos. Exactamente lo mismo sucede en el mundo de las drogas.

Toda la gente que ha estudiado el tema ha demostrado que no ha habido sociedades libres de drogas, todas las sociedades humanas han consumido drogas. Si uno se fija en la historia americana en los años 60 ya se estaba consumiendo marihuana de una manera masiva pero solo a partir de la guerra contra las drogas que comienza Nixon en el 71, solo a partir de todas las estrategias de la prohibición se producen más mafias. Las mafias son una consecuencia y la legalización seria una forma de quitarles el poder inmenso que tienen.

¿Qué opinión te merece entonces la postura de Uribe?

Siempre he sido muy crítico del gobierno de Uribe, creo que es un gobierno que ha implicado para Colombia una regresión violenta en términos de derechos civiles, de libertades individuales. Es un gobierno que borroneó la división entre Iglesia y Estado, que dejo que sus políticas se contaminaran de un puritanismo que llegó a ser omnipresente en la administración Uribe. Una de sus decisiones más controvertidas fue la penalización de la dosis mínima, es decir, tratar al consumidor ocasional de marihuana como a un criminal. Me parece que es un grave error, la droga tiene que volver a ser una cuestión de libertad individual y un problema de salud pública; no un problema policial, ni militar. La mafia, el terrorismo y la corrupción si son problemas de orden público pero hay que separar las dos cosas. Como reza el título de un libro muy interesante sobre el tema: Vicios no son crímenes.

En la novela, Laverde muere en el mismo año en que vos te vas del país. ¿Es una coincidencia simbólica relevante?

Toda la novela parte de un accidente de avión que ocurrió en Colombia realmente en diciembre del `95 de manera que eso no lo podía cambiar y las consecuencias de ese accidente atravesarían el año 1996, pero para mí si fue muy importante que los hechos de la novela coincidieran, meses más meses menos con el momento de mi partida. Hay incluso un crítico que ha sugerido que la novela es una especie de prolongación de mi vida en Colombia, es decir, una especie de especulación sobre lo que me habría sucedido si me hubiera quedado en Colombia. Me gusta pensar en eso, me parece que tiene un grado de verdad.

¿Europa superó el realismo mágico latinoamericano?

Es una pregunta frecuente, ¿Cómo se escribe después de García Márquez, después de Cien años de soledad?

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Juan Gabriel Vásquez

 

Bueno, en Chile, cuando Alberto Fuguet publicó McOndo lo crucificaron en muchos países

Esa antología salió en el ´97, si no estoy mal, que es cuando yo empezaba mi vida en Europa. Recién llegaba a París y esta discusión estaba en su apogeo.

Acá fue un tema a superar. Ahora, del otro lado del charco, ¿se superó?

Si, y yo creo que eso fue responsabilidad de Alberto Fuguet, Edmundo Paz Soldán. Mi generación es la que se ha desprendido del boom latinoamericano.

Política y socialmente ¿Qué visión tiene Europa de Latinoamérica?

Creo que siempre es una visión parcial y hasta cierto punto involuntariamente sensacionalista, en términos de que las noticias que llegan allá son siempre las más extremas. En este sentido los lectores de novelas tienen una visión mucho más ajustada a la realidad, creo que los novelistas logramos al menos eso, neutralizamos esa visión negativa.

Mientras viviste en Colombia. ¿Cómo fue tu relación con la violencia cotidiana que describís en tu novela?

Bueno, la novela también fue un intento de responder a esa pregunta porque lo que yo recuerdo no necesariamente tiene que ser objetivo; la memoria distorsiona mucho estas cosas, por este motivo acudí a la memoria de muchos de mis compañeros de generación para saber si lo que yo recordaba se ajustaba a la realidad o no y así era. Recuerdo una convivencia casi fantástica con el miedo y con la amenaza; una vida que se organizaba para poder continuar adelante mientras a su alrededor estallaban las bombas, mataban a los políticos y todo eso. Recuerdo en especial las pequeñas estrategias: llevar siempre una moneda en el bolsillo y memorizar la ubicación de los teléfonos públicos de la zona por donde ibas a andar así si estallaba una bomba saber desde donde comunicarte con tu familia para avisar que estabas vivo. Recuerdo también la frecuencia con la que acababas durmiendo en casa de desconocidos porque estabas en cualquier lugar, mataban a un político y se decretaba un toque de queda inmediato y te tocaba pasar la noche ahí en el sofá de una casa extraña.

Esa naturalidad con la que seguía la vida a pesar de todo es mi principal recuerdo junto con ciertos momentos de ansiedad que eran cuando mis padres, mi novia, tenían que llegar a las siete eran las ocho y todavía no habían llegado, esa era una espera preocupante, no obstante esto, no recuerdo que la vida entera fuera miedo, la cabeza de uno se acostumbra. Ese acostumbramiento anestesiado es mi principal memoria.

Sobre El Autor

Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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