Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, conde de Siruela, es una de las personalidades más interesantes del mundo editorial de habla hispana. Fundador de editorial Siruela ,y más recientemente, de Ediciones Atalanta, ha demostrado que es posible llevar adelante y de manera competente, una labor editorial que privilegie a la vez la calidad, el buen gusto y la coherencia temática.

Recién iniciado como ensayista con El mundo bajo los párpados, trabajo que fuera elegido a finales de 2010 por varios medios especializados como uno de los diez mejores títulos del año, Jacobo Siruela ha visitado recientemente nuestro país acompañado por su esposa, Inka Martí para promocionar su nuevo sello. Una mañana lluviosa de diciembre compartimos un té y la siguiente conversación.

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Inka Martí y Jacobo Siruela

¿Cómo te iniciaste como editor?

Bueno, mi comienzo fue un poco azaroso, porque lo primero que hice fue un libro de bibliofilia. En esa época, yo quería ser artista y me dedicaba a la pintura, no había pensado en ser editor. Pero conecté con un grupo de personas con el que hicimos un libro, la primera traducción de una obra anónima del siglo XIII titulada La muerte del Rey Arturo. Fue una edición de lujo, de no más de 500 ejemplares, con grabados, con papel bueno, con comienzos de capítulos que en lugar de a dos columnas hacían formas geométricas. En fin, un libro en realidad disparatado. Pero el libro tuvo la suerte -eso me salvó de la ruina- de ganar el primer premio al libro mejor editado del año del Ministerio de Cultura. Con ese libro aprendí todo, porque estuve un mes en una imprenta, revolucionándola. Allí empecé a conocer el oficio de editar, en los mismos talleres. El libro se vendió, y estando yo apasionado con la literatura medieval, pensé: “¿Por qué otra gente no habría también de estarlo?”. Habiéndome salido bien esta primera empresa, decidí reinvertir todo lo ganado y armar una colección de narrativa medieval. Así nace entonces la colección Siruela, cuyo primer título fue Sir Gawain y el caballero verde, que era el libro preferido de Tolkien; y el segundo fue Melusina o la noble historia de Lusignan. Bajo el asombro de todo el mundo, estos dos libros se vendieron en tres meses. Realmente, de una forma inocente y osada, había iniciado una colección sobre el medioevo, que era algo que flotaba en el ambiente. Recuerdo que en aquella época había salido la espantosa película de Boorman sobre el Santo Grial (Excalibur), por ejemplo. Habían surgido también algunas novelas de fantasía inspiradas en el medioevo, e incluso La Guerra de las Galaxias, que bien analizado es un argumento típico de narrativa medieval. Como te decía, entonces había algo en el ambiente, porque el medioevo es exactamente lo opuesto a la época moderna. Tal vez por eso la gente estuviese ávida de esa literatura. El hecho es que gracias a esa colección, al día de hoy, me sigo encontrando con gente que me hace referencia a aquellos libros, incluso hay quien me dijo que por tal o cual obra le puso a su hijo el nombre de Ivain o Péceval…

 

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¿Eres bibliófilo?

No, nunca lo he sido, a pesar de que siempre me han gustado mucho los libros, las buenas ediciones, pero nunca me ha interesado el libro objeto. Es decir, tendría que matizarlo, me gusta también el libro objeto, pero nunca me he sentido inclinado a perseguir y adquirir las primeras ediciones y todas esas cosas. Tengo algunas primeras ediciones, pero mi biblioteca es sobre todo de lector.

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Los grandes grupos editoriales, muchas veces siguen la tendencia de la mercadotecnia, leyendo y editando cosas que no son, en sí, del interés del editor.

Sí, es cierto, pero también es cierto que hay muchas nuevas editoriales, tanto en España como aquí, en Argentina, en su mayoría pequeñas, que funcionan por medio de la pasión. Creo que eso compensa la edición “anónima” de los grandes grupos. En mi caso, yo vendí Siruela porque se convirtió en una empresa que ya me obligaba, continuamente, a leer cosas que no me interesaban y a publicar, no cosas que me parecían que no deberían haber sido publicadas, pero que sí se alejaban un poco de mis intereses más inmediatos. Un poco la empresa me fue comiendo. Yo ya no era feliz editando.

¿Cómo funciona en ese sentido Atalanta?

Con Atalanta he vuelto a mis orígenes. Es decir, Inka y yo publicamos lo que queremos y de la forma en que queremos. Ya es puramente un proyecto cultural e intelectual. Es decir, yo ya no quiero ganar dinero con Atalanta, lo que no quiero es perderlo. Mi dinero lo gané con la venta de Siruela.

¿Lo estás logrando?

Sí. La verdad es que nos ha ido bien con Atalanta, porque empezar de nuevo no es fácil. Es decir, durante un tiempo la gente te sigue identificando con Siruela, entonces tienes que potenciar la marca. Incluso el papelero te hace pagar al contado -cosas a las que ya no estabas acostumbrado-. Visto así, empezar de nuevo es una especie de ejercicio de humildad. De todas formas, yo creo que lo mejor es tener una libertad absoluta; yo ya me quité pesos. La editorial somos Inka, mi mujer, yo y una secretaria, una asistente. Tenemos muy pocos gastos. La editorial realiza todo el trabajo desde nuestra casa de campo y publicamos exactamente lo que queremos.

Una cosa nueva que logramos con Atalanta es convertirnos casi en especialistas de cada título que sacamos. Lo estudiamos a fondo, aprendemos. A mí me generaba mucho hastío leer cosas muy diferentes que no me aportaban nada. En mis últimos años en Siruela, yo no estaba aprendiendo nada, para mí era un empobrecimiento. Yo empecé a publicar porque me gustaba leer, y dejé de publicar por la misma razón; porque me gustaba leer y quería seguir aprendiendo las cosas que me interesaban, aunque fueran contracorriente.

¿Cómo hacés el rastreo de los títulos?

Yo siempre digo que los títulos salen de la manga. Mira, el descubrimiento de autores, al que la gente le atribuye mucha importancia, en realidad es azaroso. Lo interesante de una editorial es que tenga una coherencia, un rostro, que se vea el gusto personal, la dirección; que no sea algo arbitrario, un cajón de sastre donde se puede meter todo tipo de cosas.

 

 

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Cuando decís que te volvés especialista en los textos que publicás…

Pues mira, te voy a dar un ejemplo: el I-Ching. Gracias a Internet, que hoy en día es una bendición, pedimos distintas ediciones a todas partes del mundo, leímos cuatro o cinco ediciones que, en relación a las investigaciones que hicimos Inka y yo, consideramos que eran las mejores. Estudiamos las obras, las comparamos; y nos dimos cuenta que una, de una universidad norteamericana, era la que nos resultaba más interesante. Esta edición contaba con los comentarios de Wang Bi, es decir, nuestro Yijing no sólo es el primero que se traduce íntegramente desde el chino, sino que además es un Yijing filosófico, porque cuenta con los comentarios de Wang Bi, que fue un filósofo taoísta muy interesante, un genio, porque murió a los 24 años, hizo su obra cuando era muy joven y sus comentarios tuvieron una repercusión de seis siglos. Luego, llegaron los confucianos, y Wang Bi quedó en el olvido.

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¿Y con los autores vivos generás una relación?

Absolutamente. Por ejemplo, con Patrick Harpur, Inka y yo estuvimos hospedados en su casa. Tenemos una relación muy estrecha, lo bueno de Atalanta es eso, los pocos autores vivos que publicamos, no sólo son amigos, sino que hacemos todo con ellos. Este año publicaremos una tercera obra de Harpur.

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¿A Tsutsui lo conocés personalmente?

No, está muy lejos, todavía no hemos ido a Japón. Con él pasó una cosa muy curiosa, cuando viajamos a Inglaterra para conseguir los derechos de Michio Kaku, la agencia que representa al autor nos preguntó por el tipo de material que publicábamos, aparte de ensayos, y nosotros contestamos que cuentos; cosa que sorprendió porque allí es el género menos vendido. Me recomendaron entonces una obra Salmonella men on planet porno, a lo que yo dije: -“Mire, no publicamos para jóvenes, no nos dedicamos a este tipo de literatura, esto parece un manga o una cosa de esas”.

No obstante eso, nos obsequiaron un ejemplar. Inka leyó el primer cuento y no paraba de reírse; entonces yo leí el segundo cuento y no paré de reírme. Así, en ese viaje a Londres, estuvimos leyendo uno y uno los cuentos del libro y comentándolos; y llegamos a la conclusión de que estábamos frente a un autor singular.

Realmente yo creo que es más difícil la comedia que el drama. La gente que hace libros de humor suele caer en el chiste, que es lo peor para la literatura. Tsutsui, en cambio, te sumerge en ese delirio desde el cual critica a la sociedad actual, de esa manera tan extraordinaria. Por eso nos pareció un autor que valía la pena, por los frescos y originales de sus argumentos, y la lucidez de su crítica.

Nuestra gran sorpresa fue cuando descubrimos que era un señor de 73 años, y que había recibido los premios más importantes del mundo literario. Llevamos publicados tres libros de él y ya se ha convertido en un autor de culto en todos los países de habla hispana.

 

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¿Cómo fue debutar como ensayista?

A lo largo de toda mi vida, nunca tuve tiempo para escribir. Me hubiera gustado, pero Siruela me fagocitó, ocupó totalmente mi tiempo y mis energías.

Una vez que vendí la editorial y me retiré al campo, antes incluso de empezar con Atalanta, que también lleva mucho tiempo; decidí escribir algo. Se me ocurrió entonces escribir una historia de los sueños, me resultó un proyecto muy estimulante, tomé muchas notas, empecé a comprar libros por Internet. Esos libros me llevaron a otros hasta que terminé formando una excelente biblioteca sobre los sueños, soy el onirocrítico del reino.

Recién entonces empecé a trazar el plan de esta idea tan borgeana. Me di cuenta de que los temas que me resultaban más atractivos del mundo de los sueños, no se podían tratar académicamente, exigían un perfil más literario, hacer un ensayo más heterodoxo pero que fuese serio, es decir, que toda la narración fuese un vehículo de conocimiento, no una construcción subjetiva del autor. Por otro lado, me di cuenta de que no se podía trazar una historia lineal y cronológica de los sueños, que eso era ridículo hacerlo. Entonces me planteé varios temas; el primero fue la relación de los sueños con la historia, luego la relación de los sueños con lo sagrado, el espacio onírico, el tiempo onírico, y la relación de los sueños con la muerte. Ese listado de temas me pareció muy subjetivo, muy poco conocido, porque siempre se aborda desde el psicoanálisis, desde Lacan o Freud. Hay gente que me dijo: -“¿Por qué no tratas a Freud en el libro?”. No trato a Freud, porque los temas que trato están fuera de Freud. Éste es el primer volumen; van a ser tres volúmenes. Ahora estoy trabajando en el segundo, que es sobre los sueños y sus metáforas. Es decir, mientras que en el primer volumen me he ocupado de la parte histórica y fenomenológica del sueño; en el segundo recorro todas las interpretaciones que se han ido dando desde Gilgamesh hasta la actualidad.

 

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¿Cuánto tiempo te llevó escribir el primer volumen?

Ocho años. Claro, como es la primera vez, recién comenzaba yo a escribir, el primer año me lo pasé trabajando en un capítulo que luego quité. Lo importante es continuar.

Entre paréntesis, tenés muy buena pluma, fluye muy bien el texto.

Me alegro que te haya gustado. Traté de aplicar los principios de Calvino de levedad, velocidad y consistencia. Todos estos ingredientes que citaba Calvino como del siglo XXI.

¿Lo conociste personalmente a Calvino?

Sí, tuve muy buena relación. En el año ’84 hice un curso de literatura fantástica en España para la Universidad de Menéndez Pelayo, en Sevilla. Y con la osadía de la juventud llamé a Borges, y Borges acudió. Luego llamé a Calvino, y Calvino acudió. Luego llamé a Bioy Casares, y Bioy no acudió…

Pero fueron unos encuentros muy exitosos. Allí entablé bastante amistad con Calvino. Cuando yo le conocí era un hombre muy tímido -no hablaba- y yo estaba aterrado. Solamente hablaba su viuda, Chichita, de la que también terminé siendo muy amigo. Ella decía Italo tal, Italo cual, pero Italo no abría la boca, cosa que a mí me alarmaba mucho. Al día siguiente de su conferencia; la cual dio en español, porque había vivido un tiempo en Cuba y su mujer Chichita era argentina, por lo que aprendió a dominar muy bien el español; en fin, después de la conferencia, él se relajó completamente y nos hicimos muy amigos. Desgraciadamente, al igual que Borges, murieron muy pronto. Yo había contratado para publicar sus dos libros de literatura fantástica, hubiéramos tenido una larga y verdadera amistad pero lamentablemente se truncó. Es un autor que yo siempre he querido y he seguido mucho.

Me dijiste que para escribir El mundo bajo los párpados estuviste ocho años…

Para el segundo tardaré mucho menos. Yo creo que para el 2014 o 15… Lo difícil siempre es arrancar, pero bueno, yo soy un joven escritor de 57 años.

Y el tercer volumen es una antología de sueños, donde compilaré todos los sueños que no fueron incluidos en los dos primeros volúmenes, sueños muy curiosos. Este es en definitiva mi proyecto. La idea de El mundo bajo los párpados es la de insertar los sueños en un contexto cultural e histórico. Hasta ahora los sueños se ven desde un contexto de pathos o de psicoanálisis, son un síntoma. Yo los quiero sacar de ese lugar, quiero mostrar lo que es la cultura del sueño. Es decir, el sueño tiene una cultura y es parte de la cultura, y de la historia.

En Atalanta también publicamos el libro de los sueños de mi mujer, es un libro fantástico. Jung decía que había cuatro momentos importantes oníricos: el de la niñez, el de la adolescencia, el de la mitad de tu vida (de los 35 a los 45 años) y luego en la cercanía de la muerte. Cuando con Inka llevábamos ya diez u once años juntos, ella empezó a contarme sus sueños. Y yo le dije: “bueno, escríbelos porque no son sueños normales”. Así nace este libro del que yo he escrito también el prólogo, en el que nos interesa resaltar el sueño como poética, es decir, sin interpretación. Porque la interpretación es muy difícil. Como decía Oscar Wilde, el arte es fácil o imposible. Con la interpretación pasa lo mismo.

 

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Te voy a hacer una pregunta que no sé si es políticamente incorrecta o no, ¿qué significa ser de la nobleza?

Es un tema complejo. Ahora ya no existen las clases sociales como existían antes, y menos los aristócratas. Hoy en día, un aristócrata puede ser un empleado de un banco o un terrateniente, puede ser cualquier cosa. Lo que tiene la aristocracia es un contacto interesante con la historia y yo, de alguna manera, lo defiendo; porque lo que trajo la burguesía, que es el culto al dinero… Me parece que estamos sufriendo las consecuencias del mundo burgués. El mundo de la aristocracia, con todas sus luces y sus sombras, era el mundo de los valores. No era el mundo del dinero, era el mundo del honor. Si uno estudia la caballería, por ejemplo, en la Edad Media, donde se fragua el imaginario de la aristocracia, es un fenómeno interesante, pero evidentemente está fuera de época.

El hecho de pertenecer a la aristocracia, ¿te favoreció a la hora de contactarte con diferentes escritores?

Bueno, es doble, a veces me ha favorecido y a veces no. Al principio fue muy duro. ¿Por qué un aristócrata va a meterse en un terreno que no es el suyo? Había un componente de hostilidad. Por otro lado, también me ha abierto puertas. Con el primer libro, La muerte del Rey Arturo, yo no tenía dinero y el impresor me fió, y lo hizo porque en España, aún hoy perdura un recuerdo vívido de los valores de la antigua aristocracia.

 

Sobre El Autor

Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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