Hoy, el concepto de madre, la palabra, el alcance de su significado, parecería encontrarse inmerso en un proceso de cambio que contempla distintas variables, entre ellas, la construcción de hipótesis sobre una realidad, disforme, que no siempre encaja en un pensamiento circular, de comprensión, que promueve un balanceo entre especulaciones y fantasías orientadas a sostener una fe poética. ¿El consagrado amor materno, responde a una idealización?

La maternidad vista desde una mirada masculina. El poder de la madre.

La realidad, y ciertos vínculos patológicos entre madres e hijos; disfunciones, perturbaciones. ¿Esta parte de la verdad ingresa en el imaginario?

La Madre” en tela de juicio. ¿Se impone a su favor el beneficio de la duda?

Una perspectiva cultural. El deseo y un orden simbólico que es ley, y se le opone.

Un producto socialmente construido.

Un cambio de paradigma, una desacralización y un beneficio diferente; el beneficio de inventario sobre el “mito” del instinto materno.

Desde el lugar de lector, puedo decir que este ensayo, por su importancia, me lleva a repensar tres frases célebres de Simone de Beauvoir: “La familia es un nido de perversiones”; “Es absolutamente imposible encarar problema humano alguno con una mente carente de prejuicios”. “Es lícito violar una cultura pero a condición de hacerle un hijo”.

 

¿Podríamos comenzar por asumir o negar el hecho de haber quedado la figura de la madre en tela de juicio?; ¿qué puede decirnos al respecto?

Que la culpa la tiene la madre es un cántico que no tiene fronteras. Por suerte el coro desentona, y se vuelven audibles las voces distintas, impares. La madre, escrito en singular, suena a nombre de autor, autor anónimo. La que da a luz. Es un nombre que la desapropia de nombre. Es improbable llegar a escucharla porque, en tanto madre, sólo habla a los hijos. Está mal dicho ya que “madre” no es un título, es la presencia del origen en el presente. Me interesé en el distanciamiento del origen.

No coloqué a la madre en el banquillo de los acusados. No estoy seguro, pero creo que la expresión “poner en tela de juicio” proviene del derecho romano y se refería a cualquier caso que estuviera pendiente de averiguaciones para poder resolverlo. Como no todo asunto es materia de derecho, o no me gusta que lo sea, preferiría alejarme de ese ámbito.

No quise resolver nada, tal vez acentuar la irresolución, trabajar contra la síntesis, debilitar la pregnancia de los modelos y de los “tipos”. Quizás puse la palabra “madre” en discusión, si discusión significa sacudir algo. Cuando uno usa o escucha la palabra madre, piensa que sabe lo que dice, es inevitable. Y sin embargo, en contra de lo que dije, debo admitir que las resonancias jurídicas resultan a veces inadvertidas para el hablante. La hija o el hijo, es decir, cada uno de nosotros, en cuanto al lazo con la madre, cree disponer de cierta autoridad para situarse como beneficiario o víctima, que son las formas más frecuentes y pobres de engañarnos.

Está en juego un principio de propiedad o de lo propio. Si digo que tu madre es maravillosa, puedo recibir como respuesta: “porque no es la tuya”, y si la censuro, acompañando incluso una crítica del hijo, se puede adivinar en él una vaga resistencia o incomodidad, la advertencia informulada de que no hay que meterse con ella. Como el cartel que impide el paso en nombre de la propiedad privada. Esta caricatura, un poco anacrónica, pero cuya vigencia persiste en forma latente aunque se envuelva en vestiduras más desenvueltas, facilita algunas analogías con encrucijadas políticas.

Cuando la madre patria está gobernada por un régimen dictatorial execrable y se encuentra en guerra con una potencia extranjera (hace unos días fue 2 de abril), parecería que cualquier elección es desgraciada. El “patriota” será acusado de cómplice de la dictadura y el opositor al régimen de “traidor” a la patria. Sin duda simplifico, pero son valores que se ponen en juego en la relación filial. Cómo volar del nido sin convertirse en un renegado, cómo permanecer en casa sin estar esclavizado. Apenas se considere a la institución familiar, cualquiera sea su organización social con sus jerarquías y funciones (sin necesidad de apelar a esa vieja tradición que presenta las cosas como un crecimiento orgánico, familia, sociedad, estado), se puede advertir que hay algo más que una analogía y que los registros libidinales, éticos y políticos se encuentran entrelazados.

De cualquier modo, este no es libro de historia ni de antropología; es un ensayo que se agarra de la obra de Freud y se deja llevar por algunas escrituras. La multiplicación de “figuras” de la madre no estuvo dirigida a contrariar un arquetipo ni a jerarquizar las diferencias llamadas multiculturales. Es cierto que en la práctica analítica se procede como si “madre” fuera un concepto definido por algunos rasgos electivos que se buscan y fatalmente se encuentran. Se jerarquiza entonces ciertos efectos, especialmente los que se podrían llamar maléficos, y cada madre parece una ilustración imperfecta del concepto. Es ceder a la tentación de un esencialismo abstracto que no se explica por la incidencia de las sociedades patriarcales, aunque los monoteísmos han tenido su papel.

Parto de otro lugar, quizás más cercano de las pasiones atribuidas a los dioses llamados paganos; un lugar obvio y a la vez un poco desatendido, el descubrimiento que hace el hijo de la mujer que hay en su madre, a veces de la niña, ese enrarecimiento de lo más familiar, cada vez en sus características singulares más extremas. Quizás es una subordinación al mito de que madre hay una sola, la de cada uno, y la multiplicación lleva a interpretaciones diferentes, divergentes y hasta contradictorias que posiblemente dificultan o impiden la construcción de lo que se llama, con desmesura entusiasta, un concepto. La ciencia es tan solo una de las formas de racionalidad, un poco sobreestimada en este campo.

Traté de reconocer la oscuridad o belleza que afecta a cada una de esas figuras maternas, sin ponerlas en la balanza del bien o del mal. Aunque el juicio suele ser una pasión filial, la interpretación es amoral, pero no neutral.

jinkis

¿Cuál ha sido el principal objetivo, la principal motivación que lo impulsó a escribir este libro?

Antes de que esto se armase como libro escribí sin tener presente un objetivo, como si un episodio diera lugar al siguiente y que entonces madre no quiera decir madre y que madre no sea igual a madre. En cuanto a los motivos, seguramente la mayoría los ignoro y me distraigo de los que conozco, aunque hay uno que se enlaza a la decisión de publicar y que puedo confiar sin infringir el pudor.

Cuando digo que este libro es un cuaderno de lectura, lo digo en serio. Se necesita estar solo para leer y se deja de estar solo leyendo. A ello se agrega que a veces es difícil soportar el asombro y admiración que provoca la lectura y quizás necesito contar o compartir esa experiencia y busco compañía. Puedo llamar a un amigo para preguntarle si recuerda la frase de Freud o si leyó ese libro de Joseph Roth o el de John Fante o el de Pedro Lemebel… Es posible que publicar, es decir, llevar algo al espacio público, sea un modo de extender ese llamado.

También es una huida de ese encuentro privilegiado, una forma de resistencia a una fascinación en la que se querría permanecer cautivo. En ciertos casos, en muchos, da tristeza terminar de leer un libro. Por suerte, es posible volver a leerlo. Quizás, entonces, se trata de anotaciones registradas en ese recorrido de regreso a lugares iluminados y sombríos que ofrecen su ocasión a la singularidad de una verdad.

¿La relación “madre-hijo” encuentra su revés de la trama en el vínculo del hijo con el padre?

No podría generalizar. Lo escribí a propósito de una anotación de Kafka en su Diario donde habla de la nostalgia por la madre de la infancia, de la persistencia del niño en el adulto, de la debilidad en el adulto como una vía infantil de facilitar la proximidad y la ternura de la madre y alcanzar una satisfacción impedida en su infancia.

Pero todo ello enlazado al nombre de madre en una lengua que había perdido sin tenerla, el ídish de sus ancestros, una lengua que lo tenía a él. Entonces me parece que la extraordinaria Carta al padre, escrita en alemán, como toda su obra, lo que también vale como un ambiguo alejamiento del checo, esa carta que, como se ha señalado tantas veces, tiene un lenguaje jurídico, es un texto de derecho, una reclamación, aunque de ningún modo pretendo reducirla a eso. Hay un lenguaje de ley, y el revés de la trama es ese discurso de la debilidad que deja filtrar unos silencios inmemoriales que pertenecen a una lengua que habla en silencio, que habla en él y que él no habla. Alguna vez le dijo a Janouch que sería feliz si los pobres judíos del gueto soportaran en silencio su proximidad y le permitieran quedarse junto a ellos sin hablar. Tal vez el silencio es una creación de la lengua y callar es una ética del escritor.

De cualquier forma, la sugerencia proviene de cierto énfasis en rechazar el carácter “puro” de la lengua materna, también el español, que no sólo ha sido objeto de represión en muchos casos, sino que se ha conformado gracias a la represión de otras lenguas que sin embargo persisten y resuenan en ella a pesar de nuestra sordera. Todavía hay instituciones que abogan por una “limpieza de sangre” lingüística…, así que se puede celebrar a quienes amparan, hasta de manera inadvertida, la naturaleza mestiza de cualquier lengua.

¿Podemos afirmar que la ilusión y la fantasía son las que, de manera exclusiva, esconden una realidad no reconocida como tal? ¿Hasta qué punto podemos hablar de una imagen hipócrita?

 Lo que se llama realidad es a veces tan feroz que resultaría invivible si estuviéramos desnudos.

La imagen tiene una función formadora en muchas especies animales, también en el hombre. El contraste entre la información propioceptiva, desordenada, fragmentaria y superpuesta que le llega a un bebé desde su cuerpo y la unificación de ese cuerpo bajo la mirada de la madre o de cualquier otro adulto, es de un contraste esclarecedor. ¿Se podría decir que la imagen virtual, anticipatoria respecto de las funciones corporales, es una mentira que engaña, esconde y contradice la realidad? Es difícil situar con estos términos lo que se llama realidad, pues la imagen es constitutiva de la realidad del hombre. La seducción que ejerce esa imagen es, en ese sentido, un rescate. Como también lo son las ilusiones y fantasías de los padres que de esa forma prefiguran un lugar indispensable para el hijo y que a la vez puede convertirse para él en una pesada carga que hipoteque su vida. Estas cosas tienen una resolución singular. Si una madre sueña que el tren atropelló a la hija, o fantasea que eso ocurre cuando ella cruza la barrera, es posible que se trate de un deseo asesino, pero no se puede hacer una traducción automática. ¿Quién es “ella”, la ella que cruza la barrera, no es acaso la madre que también es hija? Y no todo miedo es deseo. La madre que no quiere nada de su hijo no lo quiere, y la que quiere…

Para Freud la ilusión no es un error que proviene de las presiones que se ejercen sobre el entendimiento, como lo afirmaron algunas filosofías, es un derivado del deseo. Y tampoco se reduce al valor de un consuelo. Ocurre que con frecuencia se llama “realidad” al obstáculo, a las distintas formas que adquiere la adversidad. Pero la fantasía también colabora en la construcción del obstáculo, no esconde la realidad, la configura según las coordenadas de una historia que trasciende los límites individuales.

Resulta inaceptable que una madre asesine a sus hijos para vengar el ultraje de su amante. Si leemos la noticia en un diario, recibirá nuestra condena, pero todos gozamos secretamente con la Medea de Eurípides. No hay mejor vía para la verdad que cuando la mentira la construye un poeta.

Freud decía que los hombres se ven forzados a reaccionar según preceptos que están por encima de sus medios y que eso puede ser calificado objetivamente de hipócrita. No es un juicio moral. Planteaba la cuestión de saber si la cultura no exige esa hipocresía y si esa hipocresía no es constitutiva de la cultura. En este sentido se podría decir que lo que se llama neurosis es una forma de la franqueza, hay otras, pero los síntomas neuróticos son quizás uno de los grados máximos de franqueza que soporta una sociedad, aunque al precio de considerarlos como perturbaciones indeseables e, incluso, como enfermedad. Lo que admito para mí y denuncio en el otro, en cambio, es una cuestión moral que no se confunde con la hipocresía de la que habla Freud.

¿Cómo se ejerce en nuestra sociedad el poder de la madre, y cómo trasciende, si es que así ocurre, de lo individual a lo social, y/o de lo social a lo individual?

Poder, madre, son palabras que la filosofía política y la devoción religiosa han hecho tan grandes que se está tentado de decirlas con mayúscula, como un movimiento involuntario que reverencia algún prestigio mayestático. Pero la escritura encuentra un respeto de fuente más legítima. Son palabras, y como ocurre con cualquier otra palabra, uno entra en ellas como en una caverna inconmensurable y apenas da unos pasos, se encuentra perdido.

Alguien que se interesó de manera explícita en esa relación fue Elías Canetti. En Masa y Poder, busca esclarecer lo que llama “las entrañas del poder”, y encuentra en la madre una figura de la pasión ausente de los tratados clásicos: dar de comer. Pensaba que la vida comienza como un ejercicio del dominio materno; alimenta al hijo dentro de ella, da de comer su propio cuerpo, “se duplica el estómago”, tiene control sobre ambos y gobierna el crecimiento del hijo como quien riega una planta y lo mantiene apresado como se restringe los movimientos de un animal doméstico. Parece un delirio de hijo, pero como sucede con otros delirios, se expone a los riesgos de la exageración para encontrarse con un pedazo de la verdad. La convención que hace de “dar la leche” la manifestación del amor más desinteresado –extraña palabra-, se le presenta como un ejercicio de dominio generador de poder. No es preciso coincidir con Canetti para apreciar la valentía de decirlo.

En La Ilíada de Homero, las Erinias, que luego los romanos llamaron Furias y que hoy se llamarían locas, vengaban los crímenes de sangre, especialmente los intrafamiliares. Eran potencias femeninas impiadosas que se hacían cargo de lo que le estaba vedado a la sociedad de los hombres. No se confunden con figuras de madre.

Por otra parte, tampoco es preciso identificar el ejercicio del poder con el salvajismo y la brutalidad. El poder tiene sus maneras insidiosas.

Existe una iconografía infinita de la ternura, palabra cuyo uso querría designar un afecto delicado, un cariño suave y, aunque no esté ausente de cualquier relación amorosa, se lo hace derivar electivamente de la inclinación de la madre sobre la fragilidad del niño pequeño. O no tan pequeño. En Luz de Agosto, el narrador habla de Joe: “No era el trabajo duro lo que él odiaba; no eran tampoco los castigos ni la injusticia. Ya estaba acostumbrado a ello. No esperaba menos, y, por consiguiente, no se sentía ni ultrajado ni sorprendido. Era la mujer: aquella tierna bondad de la cual se creía condenado a ser siempre la víctima y a la que odiaba más que a la justicia dura e inflexible de los hombres. Trata de hacerme llorar, pensaba, tendido en su cama, frío y rígido…, Trata de hacerme llorar. Y se imagina que es así como podría sujetarme”.

No hay oleaje en la ternura, no tiene la violencia desbordada de una inundación, pero sube como la marea y Joe interpone barreras para no ahogarse. Faulkner presenta a la ternura como una trampa materna, aunque la literatura abunda en hijos que extrañan o lamentan no haber caído en esas redes. ¡Qué dolor no haber conocido ese tiempo de dulce cautiverio, y qué dolor haber sido expulsado de esa jaula!

Pero en otro relato, “El sacerdote”, la madre del hijo de Dios es una joven sorprendida por la vida, herida y torturada, raptada como símbolo de los viejos pesares del hombre, y despojada de su primogénito. Por supuesto, Faulkner no generaliza, pero queda sugerido que los hombres pueden hacer de la maternidad el encierro de una mujer.

¿Podemos hablar de una mirada masculina, de un análisis masculino y de un resultado masculino, en lo que hace a este ensayo de su autoría?

Espero que no. En ninguna ocasión, si recuerdo bien, presto atención a las identidades sexuales, y aunque cito en la inmensa mayoría de casos a escritores que escriben sobre hijos varones que hablan de su madre, no se destaca la interrogación sobre si los varoncitos son masculinos o femeninos. No es un desentendimiento de la sexualidad, es una manera, quizás fallida, de atender a su diseminación equívoca en los laberintos amorosos. La sexualidad es algo que no se puede encerrar categorizando los objetos de elección.

 

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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