Mempo Giardinelli nos invita a viajar en la fantasía de muchos: huir para ser alguien más. Todo se inicia cuando un hombre supera el miedo, la consecuencia inmediata es que se inicia una nueva etapa en su vida: intentar ser quien el elija ser. Un hombre maduro que ve los años vividos en su cuerpo -sus articulaciones, la piel de sus manos- huye a Brasil para empezar de cero, con otro nombre, abandonando todo lo construído hasta ese momento.

Lo mínimo, lo cotidiano recobra fuerza y sentido, hace a la diferencia en quien se descubre ahora diferente y es en la renuncia a las prácticas más automatizadas donde se reinventa. Un ejercicio de re-conocimiento.

Introspectivo y poético, Giardinelli atraviesa la siempre presente culpa sin tregua de quienes somos sujetos sociales.

Podemos cambiarnos el nombre, los documentos, el lugar de residencia, pero aquello que nos habita de la piel hacia adentro no es tan mutable a pesar de la intención que en ello se tenga. Los fantasmas lo acompañan y persiguen. En la renuncia absoluta se exime la vocación de escribir, Bruno como todo artista sostiene su necesidad vital expresiva y en ella vemos la imposibilidad de desprenderse del pasado a nivel del pensamiento.

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¿Cómo nace La última felicidad de Bruno Fólner?

No lo sé con exactitud. Yo tenía un tipo que luego de un acto extremo e irreversible, tiene que huir. Siempre hay tipos que huyen en mis novelas. La huida me parece un tema literario fascinante, infinito, casi monumental. Y así empecé, pero sin saber adónde iba ese tipo. Que es lo que me suele ocurrir: hay una pulsiòn que va definiendo la peripecia y yo simplemente la sigo, la escribo. La literatura para mì es un camino de interrogantes que la escritura intenta develar. O sea que escribo para ir sabiendo qué y por qué escribo.

¿Es la sublimación de un deseo esta última felicidad? ¿Sentís que te reinventaste en la madurez de algún modo?

Toda escritura literaria implica sublimación. Y cada etapa de la vida de un autor es de hecho una oportunidad para reinventarse como tal.

La culpa está muy presente en el personaje, ¿Qué pensás en lo personal acerca del sentimiento de culpa a lo largo de la vida?

La culpa es un motivo literario fenomenal, porque hace a la esencia del ser humano. Toda la literatura universal gira, en cierto modo, alrededor de la culpa. Y así, al menos en muchos de mis cuentos y novelas la culpa ronda y determina a los personajes. Por ejemplo en Luna Caliente, en El Décimo Infierno, en Santo Oficio de la Memoria, en Visitas después de hora… y obviamente ahora en Bruno Fólner.

La novela por momentos está en primera persona y pasa a tercera de un modo muy natural, ¿cómo trabajaste este aspecto de la narración?

Pues trabajándolo. Para mí hacer literatura es también eso: probar diferentes voces narrativas para delinear el carácter de los personajes, precisar vocablos y trabajar la poética en busca de una mejor exposición y, si es posible, brillo.

¿Como ves el estado de situación de la literatura en la actualidad? ¿Cuáles son las voces más interesantes y cuáles los nacimientos más promisorios?

Pienso que la literatura argentina pasa por un buen período. Hay textos y autores valiosos. Entre los que más me interesan suelo citar a Samantha Schweblin y Alejandro García Schnetzer.

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Mempo Giardinelli y el editor Fernando Fagnani en la presentación de La última felicidad de Bruno Fólner

¿Cómo manejás el clima, la atmósfera, en tus narraciones?

Clima y atmósfera son construcciones lentas. La narración misma, a medida que avanza, las delinea. En cada caso uno debe encontrar el clima perfecto y único, como el tempo perfecto y único. Para ello, creo que se trata de trabajar, de leer mucho, muchisimo, y darle tiempo al proceso escritural. No hay más secreto, diría yo, que la conjugación de tiempo, lecturas, meditación y perseverancia.

¿Cómo abordás en tu obra el trinomio “lenguaje, trama, argumento”?

No lo sé. No me planteo este tipo de cuestiones, yo simplemente escribo.

¿Cuál es tu proceso de escritura?

Vivir intensa y apasionadamente, leer a lo bestia todo el tiempo, y escribir cada vez que me muero de ganas.

¿Cuáles son tus influencias literarias?

Todas mis lecturas, las que me maravillan y también las que desprecio. Para mí un escritor debe ser, primero, una especie de esponja que absorbe todo lo que lee. Y si acaso la pregunta pretende nombres, digamos que mi lista sería infinita y yo preferiría no caer en lugares comunes.

Memoria –olvido y recuerdo- en tu obra.

Pues sí, claro. Mi Santo Oficio de la Memoria es una metáfora de esa lucha de opuestos.

La última felicidad de Bruno Fólner se inscribe en la tradición de novela negra, género sobre el que has reflexionado en más de una oportunidad y sobre el que nos interesa hablar ahora. Desde el Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal consideramos este género como un vehículo efectivo de ciertas ansiedades sociales –conscientes o no en los escritores y en los lectores-, en tanto que, cuando se piensa el crímen, el descontento social o la situación del individuo, generalmente se está pensando, aunque más no sea tangencialmente, en el derecho y, por lo tanto, en la construcción imaginaria de la sociedad. ¿estás de acuerdo con este postulado?

En general sí. Yo suelo decir, y tengo escrito, que hoy en la literatura de América Latina el Género Negro es una forma del costumbrismo.

20123357143_d44183a4af¿Cuáles son las particularidades del género en nuestro país y en latinoamérica? ¿Cuáles las distancias con el género en EEUU y Europa?

Creo que mi posible respuesta a esa pregunta está en mi libro El Género Negro, que escribí hace 30 años y reviso en cada reedición, lo que indicaría que son particularidades cambiantes, porque el mundo cambia vertiginosamente.

La última felicidad… presenta un tema ético en desarrollo, la eutanasia. ¿Por qué el protagonista se cuestiona tanto, siendo que él mismo reconoce que nadie merece el deterioro de ciertas enfermedades terminales?

Por la culpa de que hablamos antes, que, para muchísima gente, y para casi todos mis personajes, es una condena o un destino irrenunciable.

¿Cómo se transfigura el género cuando el delito adquiere forma de reparación social? Hablemos de la distinción literaria entre los conceptos de ley y justicia.

No lo sé, y no creo que la literatura deba hacer más que variaciones sobre esto, como lo viene haciendo desde la Biblia, Homero, Dante y quien se quiera. Lo que no es poco, pues al menos la literatura se ocupa de problematizar y debatir todo eso. Porque la ley y la justicia aplicadas a la vida de la gente y de los pueblos, en casi todo el mundo, la verdad es que son una mierda. Es duro decirlo, pero es lo que veo.

¿Cómo percibís el cruce entre historia nacional y literatura?  

No son la una sin la otra. Desde Esteban Echeverría y Sarmiento, y después Mitre y toda la Generación del 80, y luego Lugones y Arlt y Borges y quien se quiera mencionar hasta nosotros, nadie ha podido eludir ese cruce. Algunos pueden tener la ilusión de que sí, pero las ilusiones son gratuitas y no hacen mal a nadie.

¿Considerás que la escisión capitalismo/ democracia que dió lugar a la crisis en Europa modificó el género en esos países?

Vaya pregunta… Me gustaría pensarlo un rato, pero no sé si ahora mismo tengo tiempo.

¿Por qué no ha surgido aún la gran novela criminal sobre el poder económico?

No lo sé ni es asunto que me interese, porque yo no espero las «grandes novelas» de nada. Yo leo y escribo, nomás. Y en todo caso pienso que muchas novelas negras, de Chandler, MacDonald, Goodis, Thompson, nuestro Rodolfo Walsh y tantos más, no han hecho otra cosa que cuestionar al «poder económico» de tu pregunta.

¿En Argentina, el derecho se arrastra o se empuja?

A mí me parece que aquí a los derechos hay que arrancarlos, lo que figurativamente sería una forma superlativa de empuje. Pero no sé si entendí bien la pregunta. Repito que yo leo y escribo, nomás.

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