Un hombre cuelga en las alturas para limpiar vidrios que lo separan de una vida otra, la vida dentro del monstruo de hormigón y acero que se pudre por dentro. La situación inicial que presenta el autor será a la representación fundante en la psiquis de nuestro personaje. El protagonista vive como un marginal sumergido en el olvido, habla para llenar con palabras todos los vacíos que hay en su existencia, se esconde, es parte del sistema de precarización laboral pero también de vida, vive en la culpa de quien no se esclaviza sumisamente, sino que se manifiesta desde su humilde lugar como un justiciero íntimo, víctima del acoso laboral que lo ubica en el rango de rata voladora. Mucha conciencia de clase puesta del lado de un espía que habita las oficinas de otros imaginando vivir sus vidas o privilegios, una víctima del mercado laboral que pareciera aún creer en a “selección natural”.

Vivir condenado a ver el propio reflejo y además limpiarlo hasta dejarlo reluciente. Para Supera el infierno no son los otros, como para Sartre, sino que el infierno es uno mismo mirando su propio reflejo día a día, colgando y deseando caer. Aparece esta certeza de que los sujetos más marginales son también los más lúcidos, sujetos híper conscientes que abandonan la sociedad porque ésta los a ha expulsado, ésta no supo tener un lugar para ellos, por lo tanto generan un espacio gris, donde miran desde las alturas, donde ya no se oyen ni conversaciones ni bocinas.

Nuestro limpiavidrios en caso de bajar de las alturas corre y no mira hacia atrás, corre para no pisar el mismo suelo, huye, como animal indefenso. Sus recuerdos están habitados por fantasmas, él a su vez será un fantasma en una realidad confusa que presenta pequeñas certezas.

La literatura insiste en poner a flote lo insoportable del sistema laboral que prima en el sistema hegemónico, hace poco reseñamos a Ginés Sánchez con su libro Entre los vivos y la transformación de un ser excluidos de la norma mayoritaria. Acá nuestro protagonista habita una clásica torre de cristal, un edificio digno del capital que debe generarse en él, digno de la despreciable vida de quienes desean “comerse el mundo” y a todos los que producen en él.

Virtud del autor que no hayan palabras de más, que cada cosa sea lo suficientemente específica como para que una mínima referencia permita que sigamos el hilo narrativo y a su vez genere un sistema de pseudo monotonía donde el sendero se pone turbio, de repetición a veces mecánica, a veces instintiva y así muta hasta que nos encontramos en un sendero rizomático y autentico. Lo poético fue ubicado por Supera de modo muy preciso.

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¿Cómo nace en vos Limpia vidrios?

Como algo escondido, silencioso y algo desesperado, también de casualidad. Como algo que no esperaba si se quiere. Iba caminando un día por la calle y levante la mirada a un edificio y vi a un hombre, y ese hombre era todos los hombres, porque colgaba de una soga, y no tenía miedo, solo tenía que limpiar.

¿Cómo se fue construyendo el personaje protagónico?

Era una época que me miraba mucho en mi espejo interior, estaba mucho hablando solo, limpiando cosas de mi vida que quería barrer, no fue que lo construí, él me contruye un poco a mí, porque a partir de la escritura, cambié.

¿Qué pensás vos de los trabajos mal remunerados por no requerir formación específica?

Que en este mundo capitalista, siempre va a haber gente desprotegida, que no tiene el escudo o no supo generarlo o se lo han robado, y así, siempre, se la terminan cogiendo y la ponen a colgar de una soga, para limpiarnos, para limpiarse. El sistema necesita de esta gente, y la vuelve no gente, la transforma en prostitutos del peligro.

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¿ En relación a novelas anteriores, qué cosas ves que se repiten o que te convocan permanentemente a la hora de escribir?

La reiteración, el silencio, la soledad, el pensamiento recurrente, el asco, pero por sobre todas las cosas, mis propias contradicciones.

¿Cómo fue tu formación?

No mucha. Estudié y me recibí en la carrera de Publicidad. Trabajé como redactor creativo en agencias. Fui mentalista y prestidigitador, eso me sirvió más, el tener que pararme delante de toda la gente y hacerles creer algo en lo que no creen, eso fue lo que más me sirvió. Un día deje la publicidad, dejé la magia, me puse a escribir cosas reales.

¿Cuáles son tus referentes?

Mark Millar, Walsh, mi dos tíos ya muertos, John Fante y alguien que nunca voy a poder volver a nombrar en mi vida porque así se lo prometí y me lo prometo todos los días.

¿Cómo ves el estado de situación de la literatura en la actualidad? ¿Cuáles son las voces más interesantes y cuáles los nacimientos más promisorios?

En mi ciudad, La Plata, pasan cosas increíbles. Hay muchos exponentes piolas como Krupa, Axat, Venturini, Carlos Ríos, Schierloh. A nivel nacional son muchos, pero Leo Oyola es alguien a quien admiro. Quiero ser como él. Pero sin la camiseta de Paraguay que siempre se pone porque se parece a la de Estudiantes y yo soy de Gimnasia.

¿Cómo manejás el clima, la atmósfera, en tus narraciones?

Trato de sorprenderme, de que el clima me vaya metiendo a mí, no me cuesta crearlo, porque creo en el clima verdadero que es el que te envuelve, y que de algún modo, vos no manejas sino que te maneja.

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¿Cómo abordás en tu obra el trinomio “lenguaje, trama, argumento”?

Creo que eso es mi estilo. No puedo pensar en un lenguaje sino pienso en una trama o argumento. Todo está atado.
¿Cómo funciona la memoria –olvido y recuerdo- en tu literatura?

Tengo una memoria de mierda. Me olvido muchas cosas en mi vida cotidiana. Cosas que me dan miedo ya porque tengo 34 años. Pero me pasó que escribiendo el Limpiavidrios me olvidaba el nombre de la chica de la que se enamora el protagonista, y como el protagonista es un poco el escritor, decidí dejarlo así en la novela.

¿Cuál es tu proceso de escritura?

No hay proceso. Me agarran épocas. Ahora escribo 3 novelas a la vez. Pero hace 6 meses que no escribía.

¿Cuáles son tus influencias literarias?

Los 4 fantásticos: Fogwill, Fuguet, Faulkner, Fante.

Sobre El Autor

Nació en 1986, rata porteña del sur de la ciudad. Trabaja desde hace doce años en Museo Nacional de Bellas Artes, en la actualidad como educadora. Es profesora de teatro y se forma como Docente en Lengua y Literatura.

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