Entre los secretos del bosque y la rueda de soles y lunas; entre las pampas del sur y todos los cielos, se despliega la historia de una estirpe inmortal. El linaje de los guanacos, señores de la Patagonia y de la Tierra del Fuego; hijos de dioses, del viento atento y de la tierra orgullosa.

 Entre traficantes de pieles y buscadores de oro; entre oriundos y pioneros; entre aguas furiosas, canales y canoas;  se encuentra el viejo de la pipa, sus cuentos, sus recomendaciones; la historia del navegante solitario y las tachuelas. Entre la Isla de los Estados y Ushuaia; entre el presidio y la libertad; entre la tormenta y el miedo, se enfrentan el soldado abandonado y el prófugo mudo. Y, entre la realidad y la ficción; entre conjeturas y certezas, entre esta decena de cuentos, se asoman personajes de aventuras, simbolismos y tesoros, nunca, definitivamente enterrados.

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Si hablamos de vocación, de infancia y de lecturas, llegamos a influencias y preferencias. Me gustaría iniciar esta entrevista poniendo el ojo en aquellos escritores estadounidenses que, seguramente, te quitaron horas de sueño.

El primer libro que recuerdo haber leído con una entrega total es  inglés: Robinson Crusoe, de DeFoe. Debía tener diez u once años y no sabía que estaba leyendo una versión acortada. Más adelante leí y volvía a releer la novela completa. Esta historia marcó un camino que siguió con Moby Dick, de Melville, con Joseph Conrad, con Jack London. Con respecto a los norteamericanos, como London, los he leído mucho y los sigo leyendo. Admiro su forma directa de contar. En El país del viento están presentes estas lecturas, en especial Mark Twain y Bret Harte y sus Cuentos del Oeste

¿Cómo penetrás en la Patagonia, en sus tiempos y espacios? y ¿por qué esta elección recurrente?

Llegué literariamente a la Patagonia a través de la historia de Jemmy Button, el indígena yámana llevado a Londres por el almirante FitzRoy en 1830. Luego sería uno de los protagonistas de mi novela La tierra del fuego. Cuando tuve un borrador de esa novela, viaje a Ushuaia. Quería conocer los lugares donde habían sucedido los hechos. El paisaje me admiró tanto que estuve cuatro meses sin escribir. Me preguntaba cómo podía hacerle justicia en una descripción. Después viajé muchas veces, creo que son ya dieciséis veces que he ido a la Patagonia y a Tierra del Fuego. Me gustó siempre el paisaje del frío y la montaña y el mar en el sur son imponentes, con algo atemporal. Si no hay alrededor algún signo de civilización, un auto, una casa, el paisaje te domina; tiene algo salvaje e intocado, como en el principio del tiempo.

Si estás de acuerdo, quisiera pedirte una pincelada sobre tres de los cuentos que integran El país del viento, tomándolos como tres ejemplos de intención e inspiración literaria: Habla Kishé, Tachuelas, La tormenta.

Más allá de lo que dice el cuento mismo, es difícil hablar de ellos. Todos los cuentos del libro, salvo Hablá Kishé, tienen un marco histórico real. En Tachuelas es el paso por Punta Arenas del navegante solitario Joshua Slocum, y en el caso de La tormenta, el motín real que ocurrió en la Isla de los Estados cuando trasladaban los presos. En ese marco histórico real, invento una anécdota particular y un personaje. En el caso de Habla Kishé me permití hablar de la naturaleza desde un ser “natural”, incontaminado.

¿Es acertado hablar de una literatura femenina? y, en todo caso, ¿por qué?

Esto me llevaría mucho tiempo y espacio explicarlo. No creo en una literatura femenina, en todo caso hay libros escritos por mujeres y por hombres.

¿Cuál es tu proceso de escritura?

El país del viento tuvo un proceso atípico de escritura. Desde España una editorial me pidió cuentos que tuvieran que ver con la Patagonia. Habían leído La tierra del fuego y querían algo con esos escenarios. Les dije que no tenía nada. Insistieron. Fue durante la crisis del 2001. Casi sin proponérmelo, tal vez como un modo de evadirme unas horas cada día de lo terrible que estaba pasando en el país, empecé a escribir los cuentos de ese libro. Y fueron saliendo uno a uno. Terminaba uno y empezaba otro, como sonámbula. Tenía muchas anécdotas del sur, muchos libros leídos sobre su historia, tal vez por eso el proceso pareció casi simple, aunque siempre corrijo mucho. Una cosa sabía; quería que fueran cuentos formalmente directos, donde predominara la anécdota. En unos meses había terminado y corregido los diez cuentos que forman el libro. Lo publiqué en la Argentina.

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Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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